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Pareja

11 abril, 2017

¿Para qué sirve la terapia de pareja?

Cuando la distancia, las diferencias y los silencios son cada vez más profundos, es necesario pedir ayuda para volver a encontrar espacios de encuentro o resolver situaciones críticas. Tal vez sea hora de emprender un nuevo viaje juntos...


Por Gabriela Picasso

Mariano les cae bien a todos. Es divertido, inteligente y muy bueno en su trabajo. Tenemos dos hijos, una linda casa, una vida confortable, pero… la verdad es que no soy feliz. Siento que no tengo un marido, sino un hijo más. Se olvida cuando le promete ayudarlo con su tarea al más chiquito, dice que llegará a cenar y después se aparece dos horas más tarde sin avisar, lo deja esperando a Santiago en la puerta del club cuando se comprometió a buscarlo al terminar el entrenamiento de fútbol, dice que va a tirar la basura y la deja en el tacho, y así siempre. Yo voy sumando los reclamos, y él, bueno… es como si nada. Ni un sí ni un no. Ni se disculpa ni se defiende. Eso me termina de sacar. Me pongo como loca y, al final, siempre parece que la bruja desquiciada de la historia soy yo. “¿No es cierto, Mariano? ¿Mariano?… ”.

“¿Qué? Mm… Sí, sí está bien, Renata, está bien”, suspira él, sin plantear pelea.

Renata y Mariano acaban de dar una pequeña muestra de su eterna y viciosa dinámica matrimonial. Una danza de pequeños pasos equivocados y acumulados que terminaron llevando su relación al límite, y que ahora los tiene codo a codo, sentados en el consultorio de un terapeuta matrimonial. Saben que ésta es su última oportunidad; la última esperanza para salvar ese matrimonio que juntos supieron construir durante quince años. Y no es porque durante ese tiempo haya habido terceros en discordia, ni tambaleos económicos, ni grandes vendavales que hayan sacudido o puesto a prueba ese amor que alguna vez se prometieron. Sin embargo, esta vez sienten que han llegado a un callejón sin salida. Ella acumula reclamos; él los esquiva con gracia. Ella enloquece en soledad; él se repliega y se aísla. Ella no quiere sólo un buen compañero, quiere más sintonía, más intimidad. Ella no es feliz, y a causa de su infelicidad, él tampoco puede serlo.

“Por extraño que pueda parecer, el 70% de los divorcios son iniciados por las mujeres. En la mayoría de las parejas que llegan a la consulta con un terapeuta matrimonial, es la mujer quien se siente insatisfecha con la relación, es la que quiere más. Ellas desean que ellos hablen, y ellos piden que ellas se callen. El problema es que no saben cómo expresar qué es lo que esperan de su relación. Una buena terapia de pareja sirve para enseñarles a comunicarse, a que puedan identificar sus necesidades y a marcar sus límites, a que aprendan a escucharse y a responder con respeto, a que puedan lograr una buena intimidad, que es la base esencial de toda relación”, asegura el estadounidense Terrence Real, reconocido psicoterapeuta familiar, consejero matrimonial y miembro del Family Institute de Cambridge.

Autor de varios libros que tratan sobre la no siempre conocida depresión masculina y la dinámica de la pareja, y fundador del Relational Life Institute, en Boston, Massachusetts, Real se convirtió en una de las voces más innovadoras sobre la problemática de las relaciones entre varones y mujeres. Casado desde hace veinticinco años con la terapeuta familiar Belinda Berman y padre de dos hijos, en una charla telefónica con Sophia nos contó sobre los principales desencuentros que existen hoy en la pareja, nos dijo cuándo es necesario pedir ayuda y qué se puede esperar de una terapia de a dos.

–Según las últimas estadísticas y siguiendo la tendencia mundial, en la Argentina el matrimonio está devaluado. Las parejas jóvenes se divorcian más y la edad promedio de duración del matrimonio pasó de los veinte a los diez años. ¿Podemos decir que el matrimonio está en crisis?

–Hoy en día, el matrimonio está a la deriva. La principal causa de esto es que hay una revolución en el ámbito femenino. Las mujeres han cambiado, y los hombres en su mayoría no. Por eso, ellos no son tan infelices en su matrimonio, pero son infelices porque sus mujeres no son felices con ellos. Las mujeres, por otro lado, sí quieren una transformación radical. Quieren que sus matrimonios sean “íntimos”, más que de compañerismo. Pero su forma de plantear lo que desean no está bien encaminada. Critican, se resienten, se quejan y provocan más resentimiento que simpatía en sus parejas. Entonces, los hombres les responden con sus peores impulsos, como la evasión, el alejamiento, la intimidación o la arrogancia, esperando poder escaparle a la tormenta. ¿Cómo pueden acercarse? Simplemente, reemplazando la acusación por entendimiento y dejando de lado los egos personales por una relación de intimidad. Las mujeres están demandando una mayor intimidad emocional de sus hombres y, según parece, ellos no están lo suficientemente capacitados para dársela. Esto provoca una insatisfacción, en especial en el lado femenino. Pero es una buena problemática, porque en realidad lo que ellas están reclamando es algo bueno y legítimo.

–¿De qué se quejan los hombres?

–En la mayoría de las parejas que llegan a la terapia, la principal queja masculina es que ellos no comprenden qué es lo que pretenden sus mujeres de ellos. Por un lado, quieren que sean protectores, que sean “el hombre de la casa”, el macho alfa, mientras que por el otro, les reclaman que sean sensibles, que estén atentos a sus emociones. Es como la raíz básica de la problemática masculina y creo que, en realidad, se están comportando como bebés grandes. A los varones se les pide que tengan un gran corazón, pero que también sean fuertes, y dicen que esa duplicidad los confunde. “Le doy todo, no le falta nada, pero parece que esto no le basta; además, me pide que la escuche y que esté atento a sus emociones”, se queja el marido que siente que el reclamo es excesivo. Pero cuando hablo con las mujeres, no escucho que ninguna de ellas se sienta confundida cuando sus hombres les piden que sean sexys, femeninas, inteligentes y seguras de sí mismas, todo a la vez, porque sabemos que ellas son capaces ser todo eso. Esto puede darse de la misma manera para los hombres: ellos pueden ser sensibles y generosos, y tener un gran corazón, y al mismo tiempo ser fuertes, protectores e inteligentes. Si las mujeres son capaces de lograrlo, ¿por qué ellos no?

terapia de pareja

–¿La terapia de pareja es una herramienta que ayuda a superar el conflicto o es una forma de dilatar el problema?

–Creo que la terapia de pareja como se la conoce tiene grandes fallas. Uno sabe que son las mujeres quienes arrastran, en su gran mayoría, a sus esposos a la consulta porque creen que el terapeuta las ayudará a que sus maridos puedan relacionarse más con ellas, a que sean más sensibles para que puedan tener una mayor intimidad. Lo que nos enseñan en las escuelas de consultoría tradicionales es que tenemos que otorgarles el beneficio de la duda a esos hombres, que no hay que tomar partido. Sin embargo, yo sí creo que hay que hacerlo.

Nos dicen que uno debe partir de la idea de que cada problema es 50 y 50, y eso es ignorar la verdad de la problemática, es perderse en el gran panorama. Los hombres no son los que traen a sus esposas a la terapia; son las mujeres quienes traen a sus esposos. Si yo me ganara un dólar por cada hombre que me llama y me dice: “Quiero tener una entrevista con mi esposa porque deseo tener más intimidad o cercanía en la pareja”, seguramente no me alcanzaría el dinero para pagar la cuenta del teléfono. Eso es porque los hombres no están tan infelices o, por lo menos, no parecen estarlo. Hay parejas que vienen para decidir si su matrimonio continuará o si es mejor divorciarse. Pero aun en estas parejas, cuya relación está pendiendo de un hilo, cuando yo hablo a solas con los hombres, ellos siempre te dicen: “La verdad es que esto no es tan tremendo; lo único que quiero es que me la saques de encima con todos sus reclamos”. Lo que ellos deben entender es que estos reclamos son justificados. Y lo que las mujeres deben aprender es a saber expresar lo que esperan de su pareja y reconocer que éste es un gran cambio. No deben quejarse, sino aprender a decirle al otro: “¿De qué manera podemos entendernos mejor?”. Ésta es la regla de oro en cualquier relación.

–¿Por qué ahora las mujeres están demandando esta necesidad de intimidad con su pareja?

–Porque las mujeres están redefiniendo lo que el matrimonio significa. El matrimonio del siglo XX no tiene nada que ver con el de este nuevo siglo. Las reglas del matrimonio de antes hablaban de compañía, de acompañamiento. Mientras que tu marido no te pegara, no bebiera demasiado y cumpliera con las cuestiones básicas, todo estaba bien. Pero ahora la mujer quiere otro marido; quiere intimidad con él, quiere poder compartir momentos de intimidad no sólo sexual, sino también emocional, intelectual y espiritual. Quiere un amante completo para toda la vida. Durante el siglo pasado, ellas pasaron de estar desautorizadas a ser reconocidas. Y no se puede volver atrás, como no se puede guardar un genio liberado otra vez en la lámpara. Ahora ellas quieren dar el siguiente paso. Quieren que su relación también esté revalorizada. Desean llevar toda esa fortaleza que tienen a su relación, para poder tener ese vínculo de intimidad y plenitud que ambos se merecen.

–¿Cuáles son las señales que marcan que una pareja necesita ayuda?

–Uno busca ayuda cuando no puede hacer algo por sí mismo. Los signos a los que las parejas deben prestar atención son pasar cada vez más tiempo distanciados, que cada vez haya más temas que no se pueden discutir, que sientan el temor de estar cada vez más separados, que alguno haya perdido interés en el sexo o en las manifestaciones amorosas, que sospechen que el otro es infiel o que tengan fantasías sobre el tema, y que uno se sienta atrapado, poco comprendido y enojado la mayoría del tiempo. La realidad es que hay cinco claros asesinos del amor: la necesidad de tener siempre la razón, la intención de controlar a la pareja, la expresión de los deseos y necesidades en forma descontrolada o con ira, la represalia y el alejamiento. Si los integrantes de una pareja se identifican con cualquiera de uno de estos factores o con más de uno de ellos, significa que la pareja necesita ayuda. No basta con que lo sepan; hay que enseñarles y mostrarles el camino.

–¿Cuáles son en la vida matrimonial los típicos momentos de crisis que llevan a más parejas a la consulta?

–Hay momentos clave. El primero es cuando llegan los hijos. Uno de los grandes secretos a voces de la terapia de pareja es que la llegada de los hijos arranca de cuajo el romance. La mujer le dedica todo su tiempo y esfuerzo a ese hijo que depende de ella en los primeros meses, y el hombre intenta integrarlo, en medio de los celos que le provoca la dedicación emocional y física de la madre al bebé. En cierta medida, es natural que uno quiera lo mejor para ellos, que sean amados, que crezcan sanos, física y emocionalmente. Pero últimamente se ha vuelto una necesidad casi imperiosa convertirse en “los mejores padres del planeta”. Estamos siempre disponibles, las veinticuatro horas y los siete días de la semana, para cubrir sus necesidades y deseos. Nos encontramos tan absortos en esto que no nos queda ni tiempo ni energía para seguir siendo amantes, para tener en cuenta a nuestra pareja. En los tiempos que corren, la relación con nuestra pareja es la última en la lista de nuestras prioridades. Antes están el trabajo, los hijos, las amistades, la familia, y hasta el propio cuidado personal. Uno tiene la ilusión de que no es necesario hacer demasiado con la pareja ni dedicarle mucho tiempo porque permanecerá allí por siempre. Hasta que una mañana nos despertamos y vemos que ya no existe, que no hay nada que nos una con el otro. Por eso, es necesario cultivarla todo lo que sea posible: salir a comer solos, a tomar un café, al cine. Otro momento de crisis se da en la otra punta de la vida, cuando los hijos se van del hogar. Aquí es cuando sale a la luz todo ese tiempo de “abandono” del otro. Hay que reconstruir esas situaciones que nos llevaron a formar una pareja. Debemos volver a aprender a usar ese tiempo compartido para lograr la intimidad.

–¿Qué significa la intimidad en una pareja?

–Según nuestra visón, la intimidad es la conjunción de amor y verdad, una práctica espiritual entre dos personas que eligieron compartir sus vidas de una manera saludable. La capacidad para la intimidad crece en la medida en que se ejercita. Uno puede aprender sobre la autoestima y los límites, pero nada cambiará si no se practica la intimidad. Tener una buena relación de pareja no significa que no haya peleas. La verdadera intimidad es la unión de las imperfecciones de uno con las de su pareja, mientras que se sostienen el uno al otro con amor y respeto. El respeto por el otro es en sí mismo un acto de amor.

–¿Hay casos en los que una pareja está en una “emergencia”?

–Sí, son los casos de las parejas que están listas para divorciarse y que han visto muchos consultores, pero siguen en el mismo lugar. En esas situaciones, yo hago lo que se denomina “intervención de la relación (relationship intervention)”. La gente se reúne durante dos días completos e intensos conmigo. Al final de ese tiempo, se renueva el contrato matrimonial o se divorcian. No hay grises. O se ponen de acuerdo en que las cosas pueden mejorar, y se les da un mapa de ruta para hacerlo y lograr el matrimonio que ambos quieren, o deciden que ya no hay esperanzas y que lo mejor es llamar a un abogado.

–¿Qué puede esperar una pareja de la terapia?

–Que sea un lugar donde se puede conversar y se puede decir lo que uno quiere del otro. Lo que quieren los integrantes de una pareja es entenderse y uno debe poder ver en la terapia qué es lo que se interpone entre ambos para que esa comprensión no se logre. Se ve cómo fue la familia, cómo fue la crianza, como se “armó emocionalmente” esa persona, y también se ve qué es lo que significa para cada uno ser más agradable con el otro. La idea es que aprendan a escucharse y a decirse las cosas de una manera amorosa y respetuosa.

–¿Cuáles son las dinámicas más comunes de una pareja en crisis?

–Los hombres sienten que nada parece hacer felices a sus esposas, que no aprecian su trabajo y su esfuerzo, y se sienten poco valorados. Por otro lado, las mujeres sienten que los hombres no son muy cariñosos ni amorosos con ellas, y que muchas veces están desconectados y distantes; entonces, se quejan.

–¿Tiene alguna influencia la edad de los integrantes de la pareja en el tipo de problemática que muestran cuando llegan a la terapia?

–Las parejas más jóvenes son distintas. Los hombres tienden a ser más abiertos y se vinculan un poco más con su pareja que los de la generación mayor. Pero, por otro lado, las mujeres jóvenes tienden a estar más enojadas y son más demandantes, porque como están más liberadas, exigen más de la contraparte masculina, quieren más igualdad en la relación. Las parejas jóvenes tienen más deseos de encontrar una respuesta a lo que les pasa, pero a la vez son más impacientes. Si la pareja no funciona, pueden descartarla más rápidamente y empezar de nuevo. Es como si la prioridad estuviera puesta en el “sentirse bien” personal, más que en el compromiso con el otro. Las personas mayores, en cambio, están más acostumbradas a que la relación funcione como está, y también hay más fidelidad a la idea de preservar el matrimonio.

–¿Cuándo sabe un terapeuta que esa pareja está en el camino correcto para recomponerse?

–Cuando una pareja siente que su matrimonio es un lugar agradable donde estar. Cuando ambos pueden dejar su ego y sostener lo que creen.

–¿Hay estrategias para mejorar la pareja antes llegar a la terapia?

–Hay cinco estrategias eficaces: moverse de la queja al pedido; decir las cosas con amor; responder con generosidad; impulsarse mutuamente y manifestar cariño por el otro. Las dos primeras estrategias se relacionan con comprenderse. La tercera y la cuarta, con dar todo lo que uno puede a la pareja, y la última es esencial para cultivar y hacer crecer la unión.

–¿La terapia puede ayudar, aun en esos casos donde no hay vuelta atrás?

–Sí, la terapia puede ayudar a que el final sea menos doloroso. La gente lucha por salvar su matrimonio, en especial cuando hay hijos involucrados. Nadie termina un matrimonio con liviandad y sin quedar con heridas. Pero también es una realidad que hay parejas que necesitan terminarse. Por ejemplo, aquellas donde una de las partes un día se da cuenta de que no está enamorada y que, en realidad, nunca lo estuvo. En estos casos, la terapia ayuda a que el final sea más limpio, más tranquilo y no tan traumático.

–Una de sus frases de cabecera es “Podés tener razón o podés estar casado”. ¿Qué quiere decir con esto?

–Cuando una pareja llega a terapia, una de las partes puede pensar siempre que tiene la razón y que su pareja no la tiene. Es posible que eso sea cierto, pero al otro no le gusta mucho la idea de estar equivocado. Engancharse en esta discusión sobre quién es el dueño de la verdad tiene una sola respuesta: “¿A quién le importa?”. Lo que realmente interesa es cómo vamos a salir adelante y seguir juntos.

Archivo edición impresa julio 2011.

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