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Hijos

4 mayo, 2017

Padres que escuchan, hijos que hablan

Todos los padres buscamos tener un vínculo de confianza con nuestros hijos y eso se logra a través de la comprensión y la escucha, evitando las advertencias, castigos, comparaciones y retos constantes. El libro "Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen" propone estrategias para acompañarlos y fortalecer su autoestima.


Por Fabiana Fondevila. Ilustración: Mónica Andino.

Situación A: Volvés a tu oficina de pésimo humor después de haber recibido una crítica de tu jefe injusta e inmerecida. Llamás por teléfono a una amiga, en busca de consuelo o para descargar tu enojo. Tu amiga contesta y, apenas concluís el relato de la ofensa sufrida, dice: “¡Eh, no lo tomes así, no es para tanto!”. Pregunta: “¿Y vos qué hiciste para que te hablara así?”. O, incluso, te reta: “¿Te das cuenta de que estás actuando como una nena? Pedile perdón a tu jefe y dejate de embromar”.

Situación B. Hace tiempo que esperabas noticias de un trabajo muy anhelado, y te enterás de que eligieron a otra persona. Le pedís a tu pareja un abrazo reparador pero, en vez de brindártelo, te ataca: “¡Qué dramática! Ni que fuera el último trabajo del mundo…”. O exclama: “¡Cómo te vas a poner así!”. O propone: “Mirá, están dando una buena película. ¿Qué tal si vamos al cine y te dejás de lloriquear?”.

La pregunta es cómo nos sentiríamos al recibir semejante reacción a nuestras emociones. Estas respuestas podrán sonar inverosímiles y en el mundo de los adultos quizá lo sean. Pero para los chicos resultan familiares. Las reciben a menudo cuando expresan emociones incómodas para sus padres, como el enojo, la pena, la frustración o el desánimo. No es que los padres no quieran –no queramos– hacernos cargo; es que muchas veces el dolor de los hijos es más doloroso que el propio, y a falta de una alternativa mejor, el primer impulso es intentar disuadirlos de que están, efectivamente, sintiendo lo que sienten.

Este fue el punto de partida de Adele Faber y Elaine Mazlish, ambas formadas en el teatro y la actuación, al escribir su libro para padres “Cómo hablar para que los niños escuchen y cómo escuchar para que los niños hablen“, definido por el diario estadounidense The Boston Globe como “la biblia de la crianza”. El libro tiene treinta años, vendió más de tres millones de ejemplares y fue traducido a treinta idiomas. Tuvo tanto éxito que, en su tercera década, acaba de reeditarse, con críticas tan superlativas como las originales.
“Yo era una gran madre antes de tener hijos”, confiesa desde el vamos una de las autoras (que eligen escribir a una sola voz). “Era una experta en por qué todos los demás estaban teniendo problemas con sus niños. Hasta que tuve tres propios”.

Vivir con chicos reales terminó dándole un baño de humildad, continúa la autora. De a uno, de a dos, de a tres, sus vástagos libraban batallas sin parar. “¡A ella le serviste más!”. “Esa es la taza rosa. Yo quiero la taza azul”. “Esta comida es horrible”. “No me voy a ir a mi cuarto. Vos no sos mi jefa”. Las peleas y los desafíos a la autoridad parental se sucedían sin tregua, y, casi sin quererlo, la autora se encontró asistiendo a un grupo de autoayuda para padres, dirigido por un entonces joven psicólogo llamado Haim Ginott.

El tema del grupo era “las emociones de los chicos”, y el encuentro le resultó transformador. Por un lado, conoció a quien sería su coautora. Por otro, dice: “Volví a casa con un montón de pensamientos nuevos y con un cuaderno lleno de anotaciones sin digerir: ‘Conexión entre cómo los chicos se sienten y cómo se comportan. Cuando los chicos se sienten bien, se comportan bien. ¿Cómo los ayudamos a sentirse bien? ¿Aceptando sus emociones? Problema: los padres no suelen aceptar las emociones de sus hijos’”.
Aunque de entrada esto le resultó poco convincente, la autora dedicó los días siguientes a observar los intercambios que tenía con sus hijos.

Este fue uno de los diálogos que anotó en su cuaderno:

Hijo: Mamá, estoy cansado.
Madre: No podés estar cansado. Acabás de dormir una siesta.
Hijo: (más fuerte) Pero estoy cansado.
Madre: No estás cansado, solo tenés un poco de sueño. Vamos, a vestirte.
Hijo: (a los gritos) ¡No, estoy cansado!

Otro de los diálogos:

Hijo: Ese programa fue aburrido.
Madre: No, fue interesante.
Hijo: Fue estúpido.
Madre: Fue educativo.
Hijo: Fue una porquería.
Madre: ¡No hables así!

La conclusión era obvia: no solo terminaban en pelea la mitad de sus conversaciones, sino que también quedaba cada vez más claro que estaba enseñándoles a sus hijos a no confiar en sus propias percepciones, y en apoyarse en cambio en las de ella.
Durante el tiempo que siguió, el desafío fue ponerse en los zapatos de sus hijos cada vez que ellos expresaban una emoción, sobre todo del grupo de las “desafiantes”. El vínculo con sus hijos dio un vuelco radical.

“No es un camino fácil”, aclaran las autoras. Casi todos crecimos con padres (y en una sociedad) que tendieron a negar nuestras emociones, por lo que el lenguaje de la empatía y la aceptación es un aprendizaje y, como tal, requiere paciencia, conciencia y, sobre todo, práctica. Había, entonces, que empezar por lo más difícil: aprender a escuchar.

La indicación resumida de los pasos a seguir en el libro sugiere esto: Escucharlos con absoluta atención. Reconocer sus emociones con palabras o expresiones sencillas, como “Ah…”, “Mmmm”, “Claro”, “Entiendo”. Ayudarlos a nombrar sus emociones. Y darles su deseo “de fantasía”.

¿A qué se refieren con el deseo de fantasía? Cuando concederles su deseo resulta imposible, poder darles uno “de fantasía” es una manera de escuchar el deseo y de validarlo. Por ejemplo: un chico quiere comer un cereal que no hay en casa. En vez de enojarnos ante su insistencia, podemos decir: “¡Ojalá tuviera una varita mágica que hiciera aparecer cientos y cientos de cajas de ese cereal!”. Tras jugar a imaginarlo juntos, es muy posible que el chico acepte, finalmente, comer el cereal que sí hay disponible. Y lo que es más importante: habrá resuelto el conflicto por sí solo.

Pero ¿qué es lo que pasa cuando las emociones de los chicos están tan desbordadas que no pueden escuchar y, mucho menos, dialogar calmadamente? Lo indicado en estos casos es darles algún medio para drenar el desborde: invitarlos a golpear un almohadón, tirar dardos contra un blanco, aplastar bolas de arcilla, rugir como un león. Mejor aún, es posible invitarlos a dibujar su enojo. La madre puede quedarse a un lado y ofrecerle más y más papeles, hasta que la emoción empiece a ceder y a transmutarse. Mientras tanto, se puede apoyar el proceso con comentarios del estilo de “Veo que estás muy enojado”. “¿Así es cómo te sentís?”.

Claro que hay situaciones que ponen en jaque al progenitor mejor dispuesto. “Sé que debo aceptar sus emociones –dice una madre–, pero me cuesta saber de qué manera reaccionar cuando escucho frases como ‘Te odio’ o ‘Sos mala’ de boca de mi propio hijo”. ¿La respuesta de las autoras? “Si escuchar ‘Te odio’ es un problema, podés decirle: ‘No me gusta lo que acabo de escuchar. Si estás enojado por algo, decímelo. Entonces quizá pueda ayudarte”.

Por supuesto, para que este método tenga éxito, el cambio de actitud debe ser genuino. Una madre que lo puso en práctica confiesa: “Descubrí que nunca antes había escuchado a mis hijos. Esperaba a que dejaran de hablar para decir lo que quería decir. Escuchar de verdad es un trabajo duro. Tenés que concentrarte si no querés darles solo una respuesta automática.”

El segundo tema que abordaron las autoras es otro caballito de batalla de cualquier hogar con niños: lograr que los chicos cooperen con las tareas de la casa, y que no hagan las cosas que uno no quiere que hagan.

En la lista de los métodos habituales aparece esto: “Criticar y acusar. Amenazar. Dar órdenes. Sermonear. Dar advertencias. Compararlos con otros (mejores). Hacer profecías (terribles). Hacerse el/la mártir. Apelar al sarcasmo (con los adolescentes)”. Solo leer la lista genera una sensación de casi cómica futilidad. De ahí que el método propuesto por las autoras no incurre en ninguna de esas acciones. Más bien, apela a la autonomía, la inteligencia y la voluntad de los chicos. Ellas recomiendan esto: “Describir el problema (por ejemplo: ‘Hay una toalla mojada sobre la cama’). Dar información (‘La toalla está mojando mi frazada’). Decirlo con una sola palabra (‘¡La toalla!’). Hablar de lo que uno siente (‘¡No me gusta dormir en una cama mojada!’). Escribir una nota (y colgarla sobre el perchero de la toalla: ‘Por favor, colgame acá para que me pueda secar. ¡Gracias! Tu toalla’)”.

¿Pero qué pasa cuando la infracción ha sido grave y merece un castigo? El doctor Ginott, mentor de las autoras, no creía en la idea del castigo. Siguiendo esa línea, Faber y Mazlish decidieron idear un camino diferente y esto es lo que aconsejan: “Expresar firmemente lo que uno siente, sin criticar el carácter del niño. Expresar lo que se espera del niño. Mostrarle al niño cómo reparar el daño. Ofrecer una opción, o resolver el problema entre los dos, colaborando entre sí”.
Estas y otras prácticas son la materia prima de los talleres para padres que Faber y Mazlish dictan en los Estados Unidos y en otras partes del mundo.

Generaciones de padres les agradecen la comunicación lograda con sus hijos a partir de poner en práctica sus consejos. Pero quizás el mejor tributo sea el capítulo adicional que incluyeron en la reciente edición aniversario, escrito por Joanna Faber, hija de Adele, que decidió seguir los pasos de su madre y le agradece “el regalo poderoso” que le hizo mientras toma el legado y promete continuarlo, mejorarlo, honrarlo, seguir.

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