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Género

6 diciembre, 2018

Nueve mujeres para descubrir

A lo largo del continente, las mujeres encuentran maneras innovadoras de construir, enseñar, hacer y compartir. Aquí, sus valiosas contribuciones tras animarse a vivir de lo que las apasiona y modificar, en el camino, su realidad y la de los demás.


Por Lina Vargas

Karla Tammekand

Administradora de empresas, México. Creadora de Truekeo.com, plataforma gratuita para realizar trueques. 

Intercambio campaña de diseño gráfico, animación y posproducción por bicicleta. Intercambio cuentos de Oscar Wilde por collares. Intercambio cinco rockolas por una moto. Intercambio coaching de vida y salud por alimentos orgánicos. Hace 10.000 años, cuando surgió la agricultura, surgió también la posibilidad de almacenar el exceso de bienes que no llegaban a consumirse. Entonces, empezó el trueque.

Además de ser la fundadora de Truekeo.com y trabajar en marketing digital es voluntaria de Greenpeace, está convencida de que el trueque y la reutilización de cosas evitan la contaminación y propician una economía alternativa.

La misma práctica que hoy Karla Tammekand, mexicana, administradora de empresas por el Instituto Tecnológico de Monterrey, promueve en su página Truekeo.com, creada en 2010. Es una red social en la que más de cuatro mil usuarios intercambian cosas, servicios y conocimiento, un bazar donde cada uno ofrece artesanías, instrumentos musicales, libros, muebles y electrodomésticos.

La regla es sencilla: ser honesto. Registrarse con datos reales, ofrecer productos en buen estado y cumplir con los tiempos de entrega.

Tammekand, quien además de ser la fundadora de Truekeo.com y trabajar en marketing digital es voluntaria de Greenpeace, está convencida de que el trueque y la reutilización de cosas evitan la contaminación y propician una economía alternativa. Por eso Truequeo.com, cuyos usuarios son estudiantes, padres, viajeros y empresarios, forma parte del marketing social, definido como la utilización de las técnicas clásicas de mercadeo para mejorar el bienestar de las personas y las sociedades.

Claudia Llosa 

Cineasta, Perú. Gran referente del cine latinoamericano, filmó Madeinusa, La teta asustada y No llores, vuela. 

El cine era una opción lejana para Claudia Llosa (Lima, 1976). Durante los dos últimos años de colegio se había interesado por la escultura, quizás influenciada por su madre, la artista plástica Patricia Bueno Risso; había estudiado en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Lima, y a fines de los noventa trabajaba en una agencia de publicidad.

Escarbó los recuerdos de sus viajes de infancia y se encontró con los andes peruanos, el territorio ancestral atravesado por la violencia política de las dos últimas décadas del siglo XX, que es el espacio de sus dos primeras películas Madeinusa (2006) y La teta asustada (2009).

El cine era una opción lejana porque apenas si había dos estrenos anuales de películas peruanas, pero Llosa, de 20 años, decidió tomarla.

Decidió también que el cine fuera una búsqueda personal. Renunció a la agencia de publicidad, juntó ahorros y partió de Perú, el país que había recorrido con su familia desde que era niña, rumbo a
Nueva York para estudiar dirección de cine en la NYU, y luego a Madrid, donde hizo una maestría en guión. De Madrid viajó a Barcelona y allí, un verano en una plaza, vio Los espigadores y la espigadora, el documental de Agnès Varda sobre recolectores franceses.

Entonces supo que quería contar una historia. Escarbó los recuerdos de sus viajes de infancia y se encontró con los andes peruanos, el territorio ancestral atravesado por la violencia política de las dos últimas décadas del siglo XX, que es el espacio de sus dos primeras películas Madeinusa (2006) y La teta asustada (2009).

Llosa ha dicho que las referencias para narrar el pulso andino, “ese estado anímico, la relación con el silencio y la naturaleza”, las halló únicamente en el cine oriental. Ambas películas, una filmada en la Cordillera Blanca, otra en el barrio limeño de Manchay habitado en su mayoría por migrantes de la sierra, comparten un pueblo: el andino, un idioma: el quechua, una protagonista: la actriz y cantante ayacuchana Magaly Solier, y cuentan historias en las que las heridas de un pasado violento no consiguen sanar.

Tras recibir varios premios, incluyendo el Oso de Oro a la Mejor Película en el Festival de Cine de Berlín por La teta asustada, Claudia Llosa estrenó su tercera película, No llores, vuela, en 2014, filmada en las praderas de la provincia canadiense de Manitoba.

Marta Gómez

Cantautora, Colombia. Su voz dulce lleva canciones y mensajes de paz a los escenarios del mundo. 

En agosto de 2014, cuando el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC llevaban dos años de conversaciones en La Habana, la cantautora colombiana Marta Gómez lanzó “Para la guerra, nada”, una canción provista de un prefacio bellamente honesto: “¡Cuánta creatividad desperdiciada hay en una guerra!”.

Para el viento una cometa / para el lienzo un pincel / para la siesta una hamaca / para el alma un pastel / para el silencio una palabra / para la oreja un caracol / un columpio pa la infancia y al oído un acordeón / para la guerra, nada”.

Marta Gómez, nacida en 1978 en una pequeña ciudad a 130 kilómetros de Bogotá y criada en Cali, había escrito los primeros versos: “Para el viento una cometa / para el lienzo un pincel / para la siesta una hamaca / para el alma un pastel / para el silencio una palabra / para la oreja un caracol / un columpio pa la infancia y al oído un acordeón / para la guerra, nada”, conmovida por un reciente despliegue armamentístico del conflicto palestino-israelí.

Grabó esos versos sencillos, melodiosos como una ronda infantil, con la misma voz dulce y susurrante con la que había grabado siete discos, el primero de ellos, Marta Gómez, en 2001. Después los envío a artistas amigos suyos –León Gieco, Nicolás Buenaventura, Adriana Ospina, Mariana Baraj, Gaddafi Núñez– para que añadieran otros hasta convertir la canción en una creación colectiva, un manifiesto por la paz en Medio Oriente, Colombia o cualquier otra parte del mundo.

Marta Gómez ha cantado desde los 4 años. Durante su infancia, cantó en el coro del Liceo Belalcázar de Cali; tras recibir una beca, viajó a Estados Unidos y cantó en la Berklee College of Music, de la que se graduó con honores; cantó en las calles de Boston junto a un estuche de guitarra abierto; cantó en matrimonios y bautismos; cantó con Bonnie Rait, Martirio y Mercedes Sosa; cantó la canción “Paula ausente” para la escritora Isabel Allende en recuerdo de su hija; cantó poemas de García Lorca; cantó en honor a Basilio, un niño minero boliviano, y en conciertos en Israel, Sudáfrica y España, donde vive desde hace varios años, en Barcelona.

Trabaja de manera independiente, sin ataduras comerciales, autofinanciándose. Se define como una artista latinoamericana. Sus canciones son un paseo por los ritmos tradicionales del continente: cumbia, samba, carnavalito, bambuco, bolero y chacarera, y en ellas, ha dicho, hay una tristecita –así, en diminutivo porque no es grave– por vivir fuera de Colombia. Quizá debido a esa extranjería su música no tiene fronteras.

En un concierto en Estados Unidos un señor me dijo: ‘No entendí nada, pero te creo’”, contó. A Marta Gómez le gustan las canciones de cuna y lo que su voz transmite tiene el mismo aire, la cercanía y la calidez de esas melodías.

Verónica Kato

Perfumista, Brasil. Su talento para diseñar fragancias la han convertido en una experta a la hora de combinar aromas y aceites esenciales.

De niña olía las flores. Vivía en Bastos, la ciudad en el interior del estado de San Pablo cuyas principales actividades económicas, la industria avícola y la fabricación de hilo a partir de la seda de gusano, hacían que todo oliera mal; al menos así lo recuerda ella. Pero en la casa de Verónica Cato, brasileña de abuelos japoneses, había un jardín con dalias, begonias, un rosal cultivado por su madre, guayabas, mangos y eucaliptos.

“Un perfume no se puede ver ni tocar, pero habla de nuestros sentimientos, sueños y emociones. De nuestra personalidad y de los momentos vividos”.

Esos fueron los olores que la acompañaron cuando estudió Farmacia y Bioquímica en la Universidad Estatal Paulista y cuando siguió estudiando en Inglaterra y Francia donde aprendió a perfumar no solo perfumes sino cremas, lociones y jabones.También cuando tuvo su primer trabajo como asistente del francés Jean Luc Morineau y ahora que lleva once años trabajando como perfumista exclusiva de la marca brasileña de cosmética y fragancias Natura.

El suyo es un arte exótico: hay solo seis grandes casas dedicadas a la creación de todos los aromas de todos los productos del mundo, y ella, Verónica Kato, es la única perfumista –la única nariz–
latinoamericana que trabaja para una marca de cosméticos.

Es, con sus maneras tranquilas, con su voz suave, con su amor por las rosas –nada artificial, ha dicho, reemplaza al olor de la rosa–, con su gusto por la jardinería japonesa, quien custodia uno de los bienes más preciados de la marca brasileña: aceites esenciales de origen vegetal, no animal, extraídos de manera sustentable. Son el alma de una planta y el color de un pintor, suele explicar Kato: dieciocho aceites esenciales inéditos que son también los aromas de Brasil –copaiba, priprioca, pitanga– y el tesoro del centro de desarrollo de fragancias llamado Núcleo Olfativo, donde Kato y su equipo trabajan.

Ella, que prefiere los cítricos en verano, las notas frutales de día y las maderas frescas de noche, dice que una fragancia tiene la capacidad de crear recuerdos, de hacer que una persona recorra en un instante toda su vida. “Un perfume no se puede ver ni tocar, pero habla de nuestros sentimientos, sueños y emociones. De nuestra personalidad y de los momentos vividos”.

Sonia Jalfin

Socióloga, Argentina. Dirige Sociopúblico, un estudio de comunicación de ideas complejas.

Sonia Jalfin, licenciada en Sociología por la UBA, máster en Medios y Comunicación por la London School of Economics, encontró esto: una sociedad, la actual, que se enfrenta a tres monstruos –así los llamó en un evento sobre innovación en 2016–. El primero es el temor a las nuevas tecnologías para comunicar: “sentimos que nada está firme”, dijo.

A pesar de estar rodeados de herramientas tecnológicas, o quizá por eso, no todos saben cómo comunicar algo, cómo evitar perderse en las inagotables aguas de lo digital. Simplicidad, aconseja Jalfin.

El segundo es la dificultad para captar la atención de un público. El tercero es la sobreinformación. “¿Cómo hacemos para que nos escuchen en medio de este frenesí?”, se preguntó entonces. Fue la misma pregunta que la llevó a fundar en 2013, con el politólogo Ignacio Camdessus, el estudio de comunicación para la difusión de ideas complejas Sociopúblico.

¿Y que es una idea compleja? En su charla TED “Mi vida en un gráfico”, Jalfin lo definió: “No es una idea complicada, puede ser simple. Es una idea que llevó tiempo desarrollar, a veces años, en la que intervinieron muchas personas que aportaron su esfuerzo intelectual para resolver algún problema de nuestro tiempo”.

Una idea compleja es, por ejemplo, la que tuvo Chequeado, el sitio web de periodismo que verifica la veracidad de los discursos políticos. Al asesorarlos, a Sociopúblico, que trabaja con aplicaciones, videos, visualización de datos y estrategias en redes sociales, se le ocurrió tomar las frases en las que los políticos habían mentido y componer una canción con ellas. A pesar de estar rodeados de herramientas tecnológicas, o quizá por eso, no todos saben cómo comunicar algo, cómo evitar perderse en las inagotables aguas de lo digital. Simplicidad, aconseja Jalfin, y agrega que para comunicar una idea sirve el corazón. “Capturar el corazón de una idea y capturar el corazón del espectador”.

El estilo de Jalfin –sus conferencias son ágiles, imaginativas y con humor– también está en las notas que publica en La Nación sobre nuevas formas de consumir noticias, hacer negocios y ser un orador, y en su columna “Datalandia”. Allí habla de cómo los datos –aquellos símbolos numéricos o alfabéticos que una vez procesados y analizados descubren información valiosa– están cambiando el mundo. Los datos y sus parientes cercanos, los datos masivos, son la fuente de la comunicación creativa y el germen de nuevos proyectos de Sociopúblico.

Marcela Turati (43)

Periodista, México. La fundadora de Periodistas de a Pie difunde audaces investigaciones sobre derechos humanos y narcotráfico.

Este libro –dijo la periodista mexicana Marcela Turati (Ciudad de México,1974)a la revista Gatopardo a propósito del lanzamiento en 2011 de Fuego cruzado: las víctimas atrapadas en la guerra del narco– no se enfoca en los violentos, no se enfoca en los narcotraficantes, no se enfoca en las autoridades, en los que están propiciando la violencia, sino que es el primero que habla de las víctimas (…) ¿Qué pasa cuando un crimen no se castiga? ¿Qué pasa cuando tienes a un familiar desaparecido? ¿Cómo te carcome emocionalmente, psicológicamente, económicamente?”.

En 2007 fundó Periodistas de a Pie, una organización cuyo propósito inicial fue reunir a reporteros que cubrían el tema de la pobreza, y que se ha ido transformando en una red de apoyo, capacitación y técnicas de seguridad para que los cientos de periodistas que cada día son amenazados continúen con su oficio.

Su voz es suave, compasiva. De ella dicen que es tímida, algo callada, que es una observadora extraordinaria, que como periodista va a donde nadie más va. Antes de graduarse en Comunicación por la Universidad Iberoamericana de México, antes de tomar un taller con Ryszard Kapuscinski y descubrir la necesidad de contar las historias de los silenciados, antes de trabajar en el diario Reforma y en la revista Proceso, donde empezó a cubrir narcotráfico, antes de escribir Fuego cruzado… y de ser coautora y coordinadora de una veintena de libros sobre violencia e impunidad en su país, Turati ya sabía que quería ayudar a los demás.

En el camino supo investigar también la masacre de 72 migrantes ocurrida en 2010 en Tamaulipas, y ganó el Reconocimiento de Excelencia de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y el Premio Louis M. Lyons a la conciencia e integridad del periodismo, que otorga la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard.
Ya durante su adolescencia, cuando viajó a conocer a los indígenas de la sierra Tarahumara, pensaba en ser misionera. Y de alguna manera, dicen, lo es.

En 2007 fundó Periodistas de a Pie, una organización cuyo propósito inicial fue reunir a reporteros que cubrían el tema de la pobreza, y que se ha ido transformando en una red de apoyo, capacitación y técnicas de seguridad para que los cientos de periodistas que cada día son amenazados continúen con su oficio.

Emilia Díaz

Científica, Chile. Desarrolló un biosensor para indicar cuando el agua está contaminada por la marea roja.

Emilia Díaz sale al escenario del auditorio del Rollins Center for Entrepreneurship & Technology de la Universidad Brigham Young ubicada en la ciudad de Provo en Utah. Tiene 24 años, es 2015 y está ahí para hacer la presentación de su proyecto de biotecnología en la International Business Model Competition (IBMC): la más grande competencia global para el desarrollo de emprendimientos en la que ella obtendría el primer lugar.

“Me considero una emprendedora”, dijo en su charla TED, y recordó que en el camino hubo intentos fallidos y respuestas escépticas. Pero esa es su definición de emprendimiento: la búsqueda implacable de la oportunidad.

En un inglés sin rasgos de su acento chileno, Emilia Díaz señala una diapositiva con el mapa de los cinco continentes que, salvo África y algunos puntos aislados, es una gran mancha roja. Entonces dice que son veintiocho los países más afectados por la marea roja, una proliferación de algas en los océanos –también en lagos y ríos– que producen toxinas que una vez acumuladas en los mariscos se convierten en veneno para el consumo.

Díaz nació en Chile, un país “donde todo lo que pasa en el océano nos afecta el doble”, y cuenta que tuvo una idea –una idea loca, la llama– para detectar la toxicidad en la marea roja con un método barato y simple.

Ocurrió cuando estudiaba Ingeniería Civil en la Universidad Católica de Chile. Iba por su quinto año de carrera y quería elegir una especialidad, algo intermedio entre ciencias de la computación y biotecnología. “Hice un curso de biología sintética en el que te enseñaban a pensar en las bacterias como máquinas –dijo en su charla TED de 2015–. Mi máquina favorita era un computador, así que me obsesioné con cómo usar las bacterias como computadores biológicos”. ¿Por qué no les damos un software, un circuito genético, para que encuentren la toxina y que después les permita mostrarnos lo que hicieron?”, pensó.

El proyecto recibió apoyo financiero del Estado chileno en 2013, ella se retiró de la universidad y fundó su propio laboratorio, Kaitek Labs. Allí desarrolló los dos primeros modelos del kit para la detección de la marea roja. Luego organizó una gira mundial de preventa, de la que regresó con veinte socios internacionales y la promesa de venta del kit, de una base de datos y de un software de monitoreo para ver en tiempo real el movimiento de la marea roja en todo el planeta.

Me considero una emprendedora”, dijo en su charla TED, y recordó que en el camino hubo intentos fallidos y respuestas escépticas. Pero esa es su definición de emprendimiento: la búsqueda implacable de la oportunidad.

Eliana Paco Paredes

Diseñadora textil, Bolivia. Sus colecciones de ropa revalorizan la tradición y la identidad de su tierra.

En las polleras que Eliana Paco Paredes diseña está el color de lo andino. De origen aimara, nació en febrero de 1982 en La Paz y poco antes de cumplir 20 años, cuando estaba a punto de seguir su carrera como secretaria, decidió confeccionar, al igual que su madre lo había hecho toda la vida, la vestimenta de las cholas paceñas, patrimonio cultural e intangible de La Paz. Como ellas –llamadas “cholitas” y mujeres de pollera–, Eliana Paco Paredes viste blusa estampada, manta con flecos, prendedor de oro y plata, pollera con pliegues, varias enaguas y aguayo. Y como ellas, tiene un sombrero bombín adornado con un ramillete sobre sus dos trenzas y vistosos aretes elaborados por artesanos.

El empoderamiento de la mujer es también el empoderamiento de esta vestimenta –dijo Eliana Paco Paredes en aquella entrevista–. La chola paceña carga su aguayo y va trabajando todos los días. Es lo que nos dejaron nuestros ancestros: trabajo, perseverancia, lucha y humildad”.

El 14 de julio de 2016 presentó la colección Pachamama en el Palacio Quemado, sede del gobierno boliviano, la misma que dos meses más tarde llevaría, invitada por primera vez, al Uptown Fashion Week de Nueva York.

Entonces sucedió el color: polleras de seis metros de tela fucsia, celeste, púrpura, esmeralda –Diseños Esmeralda es el nombre de la tienda que inauguró en 2004 en La Paz– en lana de alpaca, vicuña, oveja y tocuyo; mantas cafés y rosas iluminadas con pedrería y macramé, y enaguas bordadas. Cuando se conocieron durante la Semana de la Moda de Cochabamba, la diseñadora española Agatha Ruiz de la Prada le preguntó cómo podía ocultar la belleza de esas enaguas de seis piezas de las que apenas se adivina el delicado borde y que le dan vuelo a la falda.

Esa vestimenta tan pródiga en texturas, tan finamente tejida y exultante en detalles es la que han usado las mujeres de la familia Paco Paredes –y las mujeres paceñas–desde siempre. “En Nueva York pensaban que era un disfraz y yo les aclaraba que vengo de un lugar donde las mujeres lucen así todos los días”, contó en el programa Hora 23.

Durante muchos años la forma de vestir de las cholas paceñas fue vista con menosprecio. Ahora, como se lee en la revista Warmi, especializada en el trabajo artesanal boliviano, llevar las prendas tradicionales significa estatus y posicionamiento económico. “El empoderamiento de la mujer es también el empoderamiento de esta vestimenta –dijo Eliana Paco Paredes en aquella entrevista–. La chola paceña carga su aguayo y va trabajando todos los días. Es lo que nos dejaron nuestros ancestros: trabajo, perseverancia, lucha y humildad”.

Mariana Costa

Empresaria, Perú. Su proyecto Laboratoria capacita a mujeres de bajos recursos en desarrollo web.

Zaraí, Milagritos, Lucero, Kendy, Galia, Jessica y Lía. Elena, Arelis, Josselin, Fiorella y Carmen. Todas son mujeres peruanas, chilenas y mexicanas, tienen entre 18 y 35 años, y están listas para empezar una carrera en el sector de la tecnología. Todas pasaron por Laboratoria, un emprendimiento social que desde el año 2014 se dedica a formar a mujeres de escasos recursos en desarrollo web para que aprendan a crear códigos, páginas web, interfaces de software y videojuegos. Todas estudiaron diez horas al día, cinco días a la semana, durante seis meses. Todas conocen a Mariana Costa.

“Son mujeres que no habían podido acceder a una educación de calidad o tener un trabajo. Nosotros las entrenamos y las conectamos para que tengan oportunidades laborales en tecnología”, explicó Mariana Costa al expresidente Barack Obama en una cumbre de emprendedores en California a la que fue invitada en 2016.

Cuando Mariana tenía 18 años –hoy tiene 33– viajó de su Lima natal a Londres para estudiar Relaciones Internacionales en la London School of Economics y después a Nueva York, donde hizo una maestría en Administración Pública en la Universidad de Columbia.
Al regresar a Perú decidió crear junto con su esposo, el ingeniero de sistemas Herman Marin, y con su amigo Rodulfo Prieto, también ingeniero, una agencia de desarrollo web.

El posterior descubrimiento cayó como un aluvión: había muy pocos desarrolladores en el país y todavía menos mujeres dedicadas a lo tecnológico: no llegaban al 7%. Entonces Mariana Costa, que había trabajado con organizaciones sociales en El Salvador, Haití y Kenia, fundó Laboratoria, con la esperanza de transformar ese porcentaje.

Las clases se iniciaron con dieciséis alumnas y ya se han graduado cuatrocientas, no solo en Lima, sino en las sedes de Laboratoria en Arequipa, Santiago de Chile y Ciudad de México. “Son mujeres que no habían podido acceder a una educación de calidad o tener un trabajo. Nosotros las entrenamos y las conectamos para que tengan oportunidades laborales en tecnología”, explicó Mariana Costa al expresidente Barack Obama en una cumbre de emprendedores en California a la que fue invitada en 2016.

Al graduarse de Laboratoria, un proyecto que le otorgó a Costa un lugar en la lista de innovadores menores de 35 años elaborada por el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), un 75% de las estudiantes consigue trabajo. Ahora, dice Costa, son capaces de entender un lenguaje, el de los códigos de páginas web, que es el lenguaje del futuro más cercano.

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