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Espiritualidad

13 julio, 2017

Nuestros miedos

José Antonio Pagola nos invita a reflexionar acerca de la honda experiencia de creer y hacer de esa práctica una fuerza vital que nos lleve a vivir de una manera más generosa, más arriesgada. Fe, para dejar de temer.


Por José Antonio Pagola *

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.

En palabras de Pagola

Así describe su trayectoria y su labor el reconocido sacerdote, autor de numerosos trabajos y libros destinados a la honda reflexión, y siempre enfocado en hacer de su palabra una fuente de encuentro e inspiración para quienes creen, o buscan creer: “Nací en Añorga, San Sebastián, en 1937. Ordenado presbítero de la diócesis de San Sebastián en 1961, estudié Teología Dogmática en Roma y Ciencias Bíblicas en Roma y Jerusalén. Fui profesor de Cristología en la Facultad de Teología de Vitoria y Vicario General de la diócesis de San Sebastián. En la actualidad me dedico a estudiar y dar a conocer la persona de Jesús y su Buena Noticia”. Un largo camino de aprendizajes que comparte a través de sus textos publicados en el blog www.feadulta.com, de donde fue extraído el que elegimos para compartir en esta ocasión. 

Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.

Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.

Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.

La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es esa confianza viva la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.

La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de enfrentarse a ellos.

“Miedo: Angustia por un riesgo o daño real o imaginario. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea” (Real Academia Española). 

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