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20 octubre, 2017

Niños esponja: la sensibilidad es su fortaleza

Su enorme empatía y percepción los lleva a absorber fácilmente los estados emocionales del entorno. Los adultos a su alrededor temen que esa cualidad les juegue en contra. Sin embargo, si los acompañamos a cultivarla, puede convertirse en su más bello baluarte.


Por Mariana De Anquin *

Me gusta llamarlos niños esponja. Elijo referirme a ellos de ese modo porque son niños exquisitamente sensibles, muy perceptivos, compasivos y, tan empáticos, que absorben las emociones del entorno y  las hacen propias.

¿Qué los caracteriza? Ellos sienten la tristeza de un compañero y, movidos por la compasión, buscan consolarlo. Tienen un radar emocional y captan con precisión nuestros estados anímicos. Si nos perciben agobiados, se acercan y nos dan una caricia; si nos sienten enojados, nos ayudan a calmarnos. Es tanta su empatía emocional, que parecen fundirse en las emociones del otro: sufren si ven sufrir un animal, se angustian ante una injusticia, se alegran al ver reír a otro niño.

Es común escuchar anécdotas acerca de sus comportamientos compasivos, como aquella de la niña que guardaba panes en un cajón de su habitación para llevárselos a un chico que, según vio por televisión, pasaba hambre. Son niños que están fuertemente conectados con el corazón, y su  exquisita sensibilidad hace que ellos se carguen de emociones fácilmente.

Pero a menudo, los adultos que estamos a su alrededor tememos que esa alta sensibilidad les juegue en contra y los dañe. Esa sensibilidad tan peculiar que llevan en la piel no los hace más débiles o frágiles que el resto de los niños, todo lo contrario, es su fortaleza. Por eso, mejor no intentar quitárselas o pretender hacerlos más duros. Ese corazón de esponja es lo que los hace especiales. Solo hay que enseñarles algunas cosas  y ofrecerles actividades para que esa sensibilidad les juegue a favor. Por ejemplo:

Enseñarles que su empatía y su sensibilidad son grandiosas. Están en este mundo para volver a conectarnos con nuestra ternura, amabilidad, y con esa emoción tan poderosa que a veces por temor a ser lastimados o dañados, no la expresamos: el amor. Estos pequeños niños son nuestros grandes maestros en el arte dar y entregar sin pretender algo a cambio. Nos recuerdan que la salida a los grandes problemas del mundo es hacia adentro, hacia nuestro corazón, hacia la compasión.

Promover y brindarles espacios para que puedan descargar todas esas emociones que van acumulando en su corazón. La mejor manera de hacerlo es habilitarles la posibilidad de realizar actividades individuales: necesitan estar con ellos mismos. Disfrutan de pasar tiempo tranquilos y a solas. Es el momento y la zona donde su corazón se repara y recarga energía emocional.

¿Qué tipo de actividades o ambientes podemos ofrecerles?

→Las artísticas y las musicales.

→El contacto con la naturaleza.

→La compañía de una mascota (los gatos, en especial, son buenos compañeros de los niños altamente sensibles).

No recomiendo insistir con involucrarlos en deportes competitivos. Ellos no vienen a este mundo a competir sino a cooperar. Si buscamos hacerlos más fuertes, mejor brindarles oportunidades para  colaborar y ayudar. Sumar es el verbo que encaja con su misión, porque cuando ayudan a otros es cuando se sienten fuertes.  Y una cosa más: es importante recordar que su sensibilidad no los vuelve frágiles, los hace personas fuertes y maravillosas. Mirar el mundo desde el corazón no los hace vulnerables, los hace grandiosos.

*Mariana de Anquin es licenciada en Psicopedagogía y autora de los libros Niños Brillantes. ¡¡¡Todos lo son!!! (Editorial Dunken) y co-autora de Aprendizajes Amigables al Corazón (Dunken).  Escribe sobre educación y entornos de aprendizaje en su blog marianadeanquin.blogspot.com.ar

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