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Cultura

1 septiembre, 2017

Ñandutí

Las piezas hechas a mano que imitan el tejido de una telaraña son la artesanía emblemática del Paraguay, con sus entramados de hilos que rescatan símbolos y motivos de la naturaleza. En compañía de Carolina Urresti, guardiana del local Guarani Porá, visitamos el taller de la artista Dina Mereles.


Por Lina Vargas. Fotos: Camila Miyazono.

Dina Mereles tenía 9 años cuando su bisabuelo le preguntó: “¿Vos, rubia, no querés aprender el ñandutí?”.

Estaba en Encarnación, la ciudad paraguaya a orillas del río Paraná, donde nació en 1952. Su bisabuelo, al que recuerda como un cacique ava guaraní, un hombre de piel cobriza y el único de tres hermanos que sobrevivió a la guerra de la Triple Alianza para luego vivir 112 años, le pidió –tal como su madre le había pedido a él– que tomara dos ramas finas de un árbol, que las cortara en cuatro partes y formara un marco con ellas, que tensara un lienzo y lo atara con pirí, el hilo extraído del junco. Sobre el lienzo dibujó una flor y señaló el centro para que ella diera la primera puntada. “Medí bien –le dijo–; usá la vista como se debe usar”. La niña llevó el hilo del centro al borde, y el dibujo a lápiz se convirtió en un trazado de diagonales parecido a una hélice de avión. Sobre esas líneas cruzó otras que remató en nudos, guiada por la voz del bisabuelo, hasta que la flor apareció, impenetrable y frágil.

Dina Merele, maestra apasionada, con uno de sus tejidos.

El ñandutí, el encaje de agujas paraguayo, es la artesanía emblemática del país. No tiene equivalente en ninguna otra parte del mundo. En cada hogar paraguayo hay una carpeta, un mantel o una bandera en ñandutí. En Itauguá, la ciudad que mejor acogió la tradición artesanal al finalizar la guerra, existen casas especializadas, y en su momento un tercio de la población –2500 mujeres– practicaba esta técnica. Su nombre en guaraní recuerda la tela de la Epeira socialis, la araña que habita los sembrados, pero también la gota de rocío que queda en su red y brilla con la salida del sol. De lejos, una pieza de ñandutí es un entramado firme –la tela suele llevar almidón–, y de cerca, un laberinto de hilo exuberante, colorido y delicado.

La base es circular. El círculo se dibuja sobre el lienzo y las líneas van del centro al borde. Sobre esa trama se teje un motivo, conocido como “dechado”, que surge de la naturaleza. Durante años, hombres y mujeres paraguayos han creado más de quinientos dechados inspirados en la flor del guayabo, la espiga de arroz, la rama de romero, las huellas de la garza y el ñandú.

Dina está en el jardín de su casa en Rafael Castillo. Tiene 64 años, cuarenta y siete de haber llegado a Buenos Aires, las mejillas y los labios pintados de rosa, el pelo recogido como una bailarina y una blusa en ñandutí rojo y amarillo. Se sienta en una silla bajo un limonero paraguayo, apoya los pies en otra donde Morena, su gata, duerme, y teje sobre una tela rosa extendida en el bastidor. Desde hace un par de días trabaja en un tatú del que apenas ha tejido la cabeza. Desliza el hilo negro, la aguja aparece y desaparece entre sus manos, da vuelta el bastidor y explica: “Fijate, con la aguja voy para atrás”, “Fijate, voy a enganchar”. La misma tarea, todos los días, desde el primer mate hasta las cinco de la tarde.

Desde los 17 años, Dina da clases de ñandutí. Fue a las casas de sus alumnos, enseñó en el Centro Social y Cultural Paraguayo “Silvio Morinigo” y en 2012 dio talleres en Guaraní Porá, un local de objetos artesanales en Palermo. Su dueña, la diseñadora argentina Carolina Urresti, había sido curadora del Fashion Week en Asunción y viajaba dos veces por año a Paraguay fascinada por la riqueza del arte popular.  Cuando conoció a Dina, le propuso dictar los talleres, que se realizaron entre 2012 y 2013.

“El ñandutí es un hacer cotidiano que se enseña como una receta que sobrevive porque alguien la prepara. Dina y su marido, Antolín, nos transportaban a Paraguay, y a veces la charla era más rica que solo tejer”, cuenta Urresti.

Los talleres terminaron, pero ellas siguieron trabajando juntas. A Carolina le interesaba el proceso artístico más allá de las piezas con un fin práctico. Le sugirió a Dina conservar la tela en el bastidor en lugar de desmontarla y probar con dibujos que no tuvieran una estructura circular. Dina aceptó y empezó a tejer los diseños que Carolina le enviaba y que su marido, Antolín Vera, copiaba para ella en el lienzo.

Ahora, en la mesa del comedor de su casa, Dina muestra sus creaciones: el yacaré, el yaguareté y el árbol de la vida. El yacaré, sobre una tela de color crema, es una trama de verdes y amarillos pulcramente trenzados con los dientes triangulares en encaje blanco.

“Lo del Paraguay es bello, bellísimo, pero allá se dedican a los manteles y a la ropa. En cuadros así, como los que yo hago, solo tienen flores y gallos”. De vez en cuando, Dina se interrumpe, señala hacia el centro de la mesa, un plato de mbejú, la tradicional torta de fariña, y dice: “¿No comen? Es rico. Agarren una servilletita”.

El origen del ñandutí es incierto. Se cree que un encaje similar fue usado como adorno en las misiones jesuíticas del siglo XVII o que las mujeres españolas enseñaron a las indígenas a tejerlo. Pero Dina cuenta que el ñandutí nació en Paraguay cuando un cacique vio el rocío sobre una tela de araña, iluminado como una veta de oro, y dijo que lo quería.

“El ñandutí es la única forma que tenemos para decir que acá estamos”. “Requiere tiempo y paciencia”. “Es como meterse en un bosque sin fin”. Dina dice todo esto mientras sostiene una falda tejida que hace juego con la blusa que lleva puesta. Atrás de ella, colgado de un clavo en la pared, está el bastidor con el tatú a medio hacer; al frente, otra pared con varios bastidores colgados; sobre la mesa, los dibujos del árbol de la vida que su marido hizo, y junto a la mesa, un armario con cajas de cartón donde guarda hilos de colores. “Me gusta el hilo, me gusta la aguja, me gusta el bastidor”, dirá Dina al despedirse, y quedará así, rodeada del ñandutí que la ha acompañado desde siempre.

Clases de ñandutí con Dina Mereles: 4625-2660 /  11 6232-8509. Agradecimiento: Carolina Urresti / Instagram: guaranipora.

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