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Género

18 febrero, 2019

Mujeres rurales: cultivar el cambio

Producen más de la mitad de los alimentos en el mundo. Sin embargo, no son dueñas de sus tierras, reciben bajos salarios y, en muchos casos, no cuentan con un ingreso propio. Nacieron en áreas rurales y se sienten orgullosas de su lugar, pero, para poder permanecer, enfrentan desafíos a diario. Por eso quisimos darles voz.


Por Tais Gadea Lara

Tocan el trigo con sus manos. Abrazan a las ovejas. Cuidan el suelo, el agua, la naturaleza misma. Disfrutan cada alimento que comen porque conocen el proceso por el cual llegó a sus platos. Hablan con orgullo del lugar al que pertenecen. Comienzan a imponerse como líderes de un movimiento, como defensoras de los derechos de sus pares, como fervientes cuidadoras de la Madre Tierra

Partícipes de actividades fundamentales para la vida en la ciudad –en un país como la Argentina, que depende económicamente de lo que produce el campo–, las mujeres rurales comienzan a adquirir protagonismo en la lucha por mejorar sus condiciones de trabajo. Aun cuando las entrevistemos cerca de una de las avenidas más ruidosas de la Ciudad de Buenos Aires, donde el tráfico prima por sobre cualquier otra cosa, sus tiempos serenos, sus actitudes firmes, sus palabras ávidas por involucrarse y actuar nos ubican en otro ámbito, nos trasladan a la zona rural, nos llevan más cerca de lo profundo de la tierra.  

En la Argentina, las mujeres están al frente del 5% de los puestos jerárquicos del sector rural.

Por eso, el grupo de trabajo de Women 20 del G20 (grupo de los 20 países industrializados y emergentes) decidió incorporar por primera vez el desarrollo rural como uno de sus cuatro ejes de trabajo. El objetivo fue reconocer el rol que cumplen en el desarrollo de las economías nacionales y regionales, además de facilitar acciones que garanticen su inclusión a través del acceso a los sistemas financieros y digitales. 

Las mujeres como agentes de cambio

Las mujeres que viven en las zonas rurales saben por experiencia propia cuánto las afecta el cambio climático. En ese sentido, las palabras de Dolores Gonzales son contundentes: “El cambio climático se debe a la inconsciencia del ser humano”. La dirigente indígena de Cayastá, comuna del departamento de Garay, en Santa Fe, habla del egoísmo y se extiende: “El materialismo lleva a que el que más tiene más quiere. El monocultivo y el uso de agrotóxicos contaminan el suelo, y los que vivimos en las zonas rurales sabemos que el suelo lo es todo”.

A los 51 años, esta madre de nueve hijos de entre 14 y 30 años sufrió en carne propia la sequía y la inundación. “Tenemos que empezar a cuidar la naturaleza, que es vida. Si no damos una vuelta de tuerca, nos estamos eliminando a nosotros mismos. La naturaleza está respondiendo al mal uso de los recursos”. Gonzales debe manipular agrotóxicos mientras trabaja para determinadas empresas, y tiene miedo, pero la necesidad la obliga a aceptar. “Hemos perdido la semilla originaria; hoy todo es transgénico”, agrega. 

Según un reporte presentado por las Naciones Unidas en marzo pasado, el 80% de los desplazados por el cambio climático son mujeres. Ellas son quienes más se ven obligadas a buscar nuevas tierras para poder trabajar y cosechar, además de ser víctimas de los intereses privados por explotar recursos tan preciados como el agua. 

Eva Diaz, referente de la comunidad del Ayllus de Abralaite en Jujuy, recuerda la disputa con una minera y la lucha que mantienen hasta hoy para preservar la laguna del lugar: “Tenemos un vínculo espiritual con el agua. Dentro de la cosmovisión andina, representamos al agua, al sol y a otros elementos de la naturaleza como a seres a los que les debemos gran respeto”.

El acceso a la tecnología 

En la mayoría de los casos, la paga que perciben las mujeres que viven en las áreas rurales es diaria y no cobran una pensión una vez concluida la vida laboral. En este contexto, el acceso a una computadora con wifi podría permitirles no solo estar más informadas, sino desenvolverse mejor al acceder a un marco de trabajo formal: poder sacar un CUIT vía Internet o tramitar una cobertura de salud, entre otras cosas. 

PROMOTORAS DEL BIEN COMÚN

“Así como las mujeres conforman uno de los grupos más vulnerables al cambio climático, también son agentes de cambio y pueden contribuir a la resolución de problemas”, explica María Julia Tramutola, especialista en Género en la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN). En abril pasado, en la última edición de los Premios Goldman Environmental –los premios Nobel del ambiente–, seis de los siete ganadores fueron mujeres, reconocidas por su defensa del ambiente y su lucha por los derechos de los pueblos indígenas en Colombia, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Sudáfrica y Vietnam.

A través de la Fundación Gran Chaco, Melissa Adriana Rojas trabaja con treinta organizaciones que nuclean a más de dos mil mujeres indígenas de la región. Las mujeres de esas comunidades trabajan, en su mayoría, con artesanías, empleando la palma o la fibra del chaguar (plantas locales). “Son comunidades aisladas que no tienen caminos ni acceden al agua potable, o no disponen de la cantidad suficiente para las necesidades diarias”, explica.

Así lo vive Miriam Vilcay, pequeña productora de verduras y alimentos de origen animal del Paraje Los Socavones, a 20 kilómetros de Villa Tulumba, en Córdoba: “Necesitamos una mayor cantidad de agua potable para producir más en las huertas; más electricidad para conservar los alimentos, y poder acceder a más servicios públicos como el transporte”, explica.   

Las artesanas y las productoras en agricultura o ganadería del Gran Chaco destacan el acceso a la tecnología y a una educación de calidad como medios fundamentales para su desarrollo económico.

Instalamos algunos centros con computadoras e Internet que, en muchos lugares, representan el único medio para comunicarse con el exterior”, dice Rojas. Muchos de los trámites que las productoras realizan para sus proyectos se concretan por vía digital, e Internet les permite llegar a nuevos consumidores. “Gracias al acceso a Internet, hoy muchas mujeres tienen una página de Facebook propia para ofrecer sus artesanías y así pueden entrar en contacto con otras personas”, cuenta.  

Entre el campo y la ciudad

La vida de las familias del mundo rural está marcada por los tiempos y cambios de la naturaleza. Durante el verano, Gonzales comienza sus actividades al alba, entre las cuatro y las cinco, un horario de inicio que se atrasa en invierno por la falta de luz natural y las bajas temperaturas.

Al igual que las mujeres en las grandes ciudades, Gonzales se ocupa de los quehaceres de la casa y cuida a sus hijos. “Pero donde yo vivo muchas mujeres deben caminar horas para buscar agua para sus hijos y eso les quita tiempo para dedicarse a estudiar o a adquirir otros oficios o conocimientos. Algunas no pudieron ir a la escuela secundaria porque les quedaba muy lejos”, aclara Vilcay. Para Gonzales, las diferencias entre las mujeres rurales se acrecientan en el caso de las mujeres indígenas, que tienen menos oportunidades de obtener un empleo.  

VOCES ARGENTINAS EN EL MUNDO

En los últimos meses, un grupo de mujeres de áreas rurales de la Argentina participó en talleres y actividades en los que pudieron elaborar un informe sobre el estado de situación de las mujeres rurales, campesinas e indígenas. El reporte será presentado ante el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (CESCR) de las Naciones Unidas en septiembre próximo en Ginebra, Suiza. Tras participar de uno de los talleres en Buenos Aires, la jujeña Eva Diaz alza la voz en nombre de sus pares: “En el futuro, la discusión la darán nuestros hijos. Mientras que el Estado sigue hablando de tierras a nivel superficial, nosotras venimos a hablar de territorialidad, abarcando la totalidad del espacio natural”.  Para más información sobre el informe: www.plurales.org 

Miriam Vilcay se mueve entre las áreas rurales y la ciudad: “La mayor diferencia es la alimentación. La mujer de la ciudad se alejó de la tierra, de sus raíces, y ya no sabe de dónde viene lo que come. La mujer rural tiene una visión y una alimentación más naturales”. Gonzales suma otro punto de vista: “Hay una diferencia en lo que es el buen vivir. Para nosotras, el buen vivir es tener la libertad de abastecerse con lo que uno produce y ser feliz con eso, no con algo que se nos impone. Para otros, es poder tener plata”. 

Gonzales es optimista respecto de algunos cambios en el sector: “Cuando éramos chicos, nuestros padres nos llevaban a la cosecha porque no había jardines de infantes. Ahora nosotros vamos a trabajar la tierra mientras nuestros hijos estudian en las escuelas”. Vilcay también mira hacia delante y reconoce algunos avances y oportunidades: “La situación empieza a mejorar. Hemos hecho mucho hincapié en que los chicos puedan terminar el secundario, incluso cuando los lugares donde estudian no quedan cerca de su casa”.  

Yo espero que se afiancen los derechos humanos de las mujeres, que tengamos las mismas oportunidades que ellos, los hombres”, concluye Gonzales. “En los pueblos indígenas, hablamos de dualidad porque sabemos que el hombre no puede existir sin la mujer, ya que ella es la generadora de vida. La mujer es la base de la familia”. 

Símbolo de una época de grandes cambios en los que buscan ser protagonistas, las mujeres rurales tienen mucho que enseñarnos y compartir desde una visión y un estilo de vida más cercanos y armónicos con los ciclos y la riqueza de ese todo más grande, la Madre Tierra. 

Las mujeres producen entre el 60 y el 80% de los alimentos en el mundo. La cifra de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) evidencia una realidad que necesita a las generaciones jóvenes más que nunca. Violeta Morales tiene 27 años, es madre de un niño y vive en la comunidad coya del departamento de Los Andes, en Salta. Se dedica a criar animales y en su vida diaria el agua de lluvia es clave para mantenerlos hidratados. Se alimenta de la carne de las llamas que cría, pero no puede comercializarla porque no está habilitada dentro del código alimentario. Le preocupan sus pares y la dificultad que tienen para asistir a las escuelas y desarrollarse profesionalmente. “La mayoría termina yéndose a otras ciudades a estudiar y trabajar”, dice, y señala la importancia de que los jóvenes tengan la posibilidad de especializarse en temas de ambiente o agricultura, y que alguno pueda volver a la tierra que los vio crecer. “Tenemos que hacer algo para seguir manteniendo nuestra cultura y que el sentido de comunidad no se pierda”, concluye.

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