Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

5 marzo, 2018

Mujeres que habitan el campo

Ellas son alma y sostén de aquello que ocurre a su alrededor, en ese escenario tantas veces árido y solitario que es el campo. Allí eligen vivir y conectar con lo que en verdad importa: los otros, la espiritualidad, la naturaleza, el tiempo... Postales de la vida tierra adentro, de la mano de tres historias.


Postales del altiplano neuquino.

Por Catalina Castro Almeyra

La mano gentil y firme de quien sabe criar y arropar es también la mano de que quien puede transformar y crear valor para sí, y para los demás. Las mujeres del campo lo saben, por experiencia y por intuición. Ellas agregan valor en medio de la aridez de un verano de 40 grados, en los largos trayectos para llevar chicos a la escuela en las mañanas heladas de Neuquén, o en una húmeda tarde pampeana impregnada de aroma a tierra y oración.

El campo como elección

En el centro de Neuquén en una zona semiárida de pre cordillera vive Cecilia de Larminat junto a su marido y su hija. A esta ingeniera agrónoma y amante de la naturaleza no la inmutan los inviernos de 14 grados bajo cero, o los veranos calurosos y de clima seco. Ella eligió su profesión pensando en la vida que quería vivir.

El día de nuestra entrevista Cecilia se levantó, como todas las mañanas, a las 5.45 para llevar a su hija a la escuela en Zapala, a 50km de su casa. De vuelta en el campo la esperaba un lote de vacas para recibir todos los tratamientos sanitarios de la primavera; y a sus terneros, les tocaba “la señalada”, una señal en las orejas para saber el año de nacimiento; además de la vacunación y castración de los machos no destinados a reproducción. Ese mismo día tenía también que preparar unos lotes de animales para la venta. “Lo que más me gusta es el manejo del rodeo de campo, organizar la inseminación, las pariciones, y el tambo para criar los terneros que quedan huérfanos. Mi marido se encarga del riego, de la conservación del forraje y de la parte agrícola”, dice.   

La hija de Cecilia, veranos e inviernos en el campo de Neuquén.

Además de su trabajo Cecilia siempre tuvo mucha relación con la parroquia del pueblo más cercano, que es compañía y sostén en medio del paisaje solitario. “He sido catequista de niños, de adolescentes y de pastoral juvenil”, comparte esta mujer que también forma parte de un grupo de observadores de aves que se dedica a la observación, el registro,  y la promoción de la conservación. En la parroquia tiene un grupo de chicos entre 11 y 14 años, entre los que se encuentra su hija,  que se llama “Los guardianes de la creación”. Con ellos sale todas las semanas a registrar especies y hacer educación ambiental integral, conjugando el  disfrute de la naturaleza con su cuidado.

Su mirada sobre el rol de la mujer en el campo es clara: “Hace tiempo es bastante equiparable el trabajo que hacen la mujer y el hombre en el campo. Cuando recién llegamos acá, los peones estaban acostumbrados a que los dirigiera un hombre. Costó un poco, pero cuando trabajás con gente que va a la par, se hace todo más fácil. Acá hay mujeres que andan a caballo, ordeñan y hacen todo lo que hacen los demás”, señala y asegura que en cuanto al cuidado de los animales, “las mujeres son más atentas y observadoras”. Al finalizar la charla, lista para seguir con sus actividades, concluye: “Lo que más me gusta de mi estilo de vida es el contacto diario con la naturaleza, no lo cambio por nada”.

Pachi y su sobrina, Josefina Llorente.

Pachi, la de la casa redonda

Pachi Llorente tiene 96 años y hace 40 que vive en el campo, en el centro de la provincia de Buenos Aires. Su casa, redonda, fue construida dentro de un tanque australiano que estaba justo en el lugar que a ella le gustaba y entonces su sobrino construyó la casa allí mismo. Cada una de las ventanas abre la mirada hacia un punto cardinal. Las paredes blancas están todas vestidas con cuadros hechos por ella misma con distintas técnicas, casi todos con motivos religiosos. Pero antes de instalarse en su casa redonda, la jovial Pachi, construyó una capilla cuya cúpula sorprende, porque fue diseñada al estilo de la arquitectura rusa . “Fui dos veces a Rusia  y me sentí muy identificada con esa cultura”, cuenta y dice que la diseñó de ese modo pensando en que quizá, si algunos rusos venían a la Argentina,  se sentirían más cercanos a su casa al ver la cúpula.

La Capilla. Foto gentileza de Josefina Llorente

Su niñez transcurrió entre el campo en el sur de Córdoba, Buenos Aires y algunos viajes a Europa, acompañando a su padre que tenía a sus hermanos viviendo en su España natal. Confiesa que jugaba al polo y que este deporte era un desahogo en medio de sus responsabilidades.  A los 13 años y luego del fallecimiento de su madre, tuvo que tomar las riendas de su casa  y hacerse cargo de sus cinco hermanos menores. Al principio, la educación estuvo a cargo de una maestra española que vivía con la familia en el campo. Recién en cuarto grado Pachi llegó a la escuela, en Buenos Aires. Luego estudió catequesis y dibujo, fundó y fue bibliotecaria de la parroquia San Martín de Tours, y combinó el mensaje de su fe con su pasión por el arte.  Hoy está trabajando en un libro de catecismo para adultos para la parroquia del pueblo ilustrado y escrito por ella.

Pachi se levanta temprano y prepara el desayuno. Luego hace un rato de lectura, oración y escritura.  A la tarde mira la televisión.  Se maneja muy bien con la tecnología, usa Whatsapp y escucha al sacerdote Hernán Pereda por Youtube, desde su teléfono.  Reconoce que se acuesta muy tarde, mientras los perros entran y salen, y se ríe al recordar que alguna vez han parido a su cría arriba de su cama. En cuanto a la vida actual en esta zona de campo, reconoce y celebra que cada vez más gente se vuelca a los pueblos.  Pachi confiesa: “En el campo me encuentro en mi casa, en mi ambiente. Me gusta alabar al Señor y es como si lo buscara acá, en este lugar”.

Carolina San Millán y Agustina Lienemann, en Salta.

Emprendedoras con conciencia social

Carolina San Millán y Agustina Lienemann, salteñas y concuñadas, despliegan sus jóvenes 30 años entre las tardes campechanas, sus familias en crecimiento y las responsabilidades en Coronel Mollinedo y Las Lajitas, a 200 kilómetros de Salta, cerca del campo en el que viven. Mollinedo, con sus casi 2000 habitantes, es un pueblo caluroso y húmedo que regala inviernos secos y veranos lluviosos.

Ellas empiezan el día atravesando el camino de tierra para llevar a los chicos al jardín de infantes. Su actividad empezó cuando Carolina quiso aprender a tejer crochet, y se armó un grupo que luego se transformó en un taller de costura que se fue ampliando a otras actividades como cocina, huerta y reciclado de plásticos.“Era, básicamente, un grupo que trabajaba por el pueblo”, confiesa Agustina.  Inquietas, presentaron el proyecto en el programa “Semillero del futuro” de Monsanto, ganaron y lograron montar una cooperativa que se especializa en la confección de ropa de trabajo, camisas, pantalones y bombachas de campo.

Sin embargo, eligieron no quedarse solo en emprender. Luego de la llegada del “Tren alma” a Mollinedo, un tren que viaja por las localidades donde no hay hospitales, apareció el diagnóstico de desnutrición en algunos de los niños del pueblo y entonces decidieron acercarse al centro CONIN de Las Lajitas, ubicado a 20 kilómetros de Mollinedo. Hoy hacen llegar al pueblo un “CONIN itinerante” para atender a los chicos. No conformes aun, presentaron otro proyecto: “Talleres que alimentan”, destinado a enseñarles oficios a las madres de los chicos que tratan, para generar fuentes de trabajo.

Madres y profesionales de Conin itinerante, Coronel Mollinedo, Salta.

Más tarde, estas jóvenes emprendedoras crearon acRSE, una consultora de responsabilidad social, donde trabajan coordinando dos programas de la Asociación Conciencia, llevan adelante la administración y gestión de la Fundación Nutrir Anta, Centro CONIN Las Lajitas y desarrollan un proyecto junto al Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.  “La posibilidad que te da vivir en el campo es la de salirse de uno mismo y poder brindarse a los demás. Estás en medio de gente que realmente lo necesita, no solo económica sino afectivamente. Te permite ayudar a mejorar la calidad de vida de otros, brindar oportunidades y valorar las pequeñas cosas conectadas con la naturaleza”, describen Agustina y Carolina, socias y concuñadas. Y aunque su rutina es ajetreada, siempre encuentran en el campo un espacio para el sosiego.

Madres y niños Conin itinerante Coronel Mollinedo. Salta.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()