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Mitología

6 enero, 2017

Mitos universales, una historia sin fin

¿Cómo es que siguen asombrándonos, hoy, los relatos mitológicos que heredamos de nuestros antepasados? ¿Cómo explicar que, en plena era de bytes y tweets y nicks, siga viva y vibrante la visión mitológica del universo? En esta entrevista, algunas pistas para comprenderlo. Por Fabiana Fondevila. Ilustraciones de Maite Ortiz.


Atalanta, heroína griega, hoy valorada como ícono feminista.

Zeus, Demetria y Atenea, entre los antiguos griegos. Wiracocha y Pachamama, en el Imperio incaico. Shiva y Shakti, a orillas del Ganges. Odín y las Valquirias, en las costas nórdicas. Sedna y los Tuniks, en el gélido paisaje de los inuit. Cada pueblo que habitó la tierra tuvo los propios: relatos poblados de héroes y dioses que daban cuenta del origen del universo, señalaban el lugar del ser humano en el mundo, susurraban sueños, marcaban caminos, plasmaban vivencias. Estas antiguas narraciones –los mitos– nos acompañan todavía, aun cuando en el habla popular el término haya devenido en sinónimo de “mentira”.

En diálogo con Sophia, la especialista en mitos y ciencia ficción Teresa Mira de Echeverría exploró el impacto que ejercen aún estas historias antiguas y universales, en perpetuo estado de evolución.

–Las explicaciones de la ciencia han desplazado hasta cierto punto los relatos cosmogónicos de las distintas culturas. ¿Cuál es el propósito que cumplen aún los mitos en la sociedad de hoy?

–En primer lugar, un mito no es una explicación precientífica o paralela a la ciencia. No intenta cumplir ese rol, de modo que bien pueden convivir ambos órdenes. El mito no explica, sino que implica. Un mito que habla del trueno no busca explicarnos qué cosa es un trueno o cómo se da tal fenómeno (preguntas científicas), ni por qué sucede (pregunta filosófica), sino que utiliza ese símbolo para referirse a otra cosa, a algo que no es tangible o visible, algo que tiene que ver con nuestra naturaleza, con nuestro ser, con nuestras inquietudes más esenciales como seres humanos. En una palabra, un mito es una guía; y el hombre, hoy, tal como hace miles de años, sigue necesitando esa guía. Una guía que no le dice qué cosa tiene que hacer, o sea, que no avasalla su libertad, sino que sugiere, indica, interpela.

–El gran mitólogo Joseph Campbell supo decir con ironía que los mitos son las religiones de otros. Dado que ambos -mitos y religiones- involucran creencias y tratan sobre las grandes preguntas de la existencia, ¿cómo podemos diferenciar uno de otro?

–Un mito es una cosa viva, que cambia y muta en cada ser que lo oye, o lo recita, o lo vive. Es un germen, un entramado de símbolos y sentidos que surgen en un ámbito determinado, en una época determinada, y hasta de un individuo determinado, pero que pronto es apropiado por el conjunto hasta volverlo “de todos”. Es entonces cuando el mito se amasa en las manos de miles de seres humanos a lo largo del tiempo y trasciende sus propios límites iniciales.

La religión también es un fenómeno vivo y dinámico, pero al mismo tiempo genera dogmas, doctrinas y cánones. Eso hace que el texto sagrado quede fijo, establecido, quieto. A primera vista esto mataría el mito; sin embargo, toda religión tiene un cuerpo exegético, un sistema de interpretación que permite renovar la vida del texto fijado. Además, sobre eso, y más allá de los estudios teológicos, está la fe viva del pueblo, que se encuentra más cerca de la vivencia mítica original, inyectando vida constantemente a la palabra para que no sea solo eso: palabra. Por lo tanto, mito y religión se ven ligados, pero no son lo mismo.

Céfiro y Cloris, dioses del viento y de las flores, ambos mensajeros de la primavera.

–¿Qué es exactamente un mito, entonces?

–En el modo popular de hablar de nuestra época, influida mucho aún por los viejos ideales de la modernidad, la palabra “mito” pasó a desprestigiarse frente a la luz de una racionalidad mal entendida y escindida del resto de las facultades humanas. Entonces, se opusieron los términos. Si la razón descubría la verdad, el mito solo fraguaba ilusiones, fábulas, mentiras… Muchas publicaciones utilizan el término “mito” como sinónimo de “mentira”. Por ejemplo: “X alimento engorda. ¿Verdad o mito?”. Eso no es un mito. Un mito no solo no es una mentira, sino que es una verdad y una muy profunda. Claro que, como todo lo complejo, no es un sistema “literal” de expresión, sino uno simbólico. Un mito hace referencia a cosas tan profundas que solo de modo muy indirecto puede acercarse a ellas. Por lo tanto, un mito no se lee, se interpreta y, sobre todo, se vive. Ahora bien, si el mito es una cosa viva que sigue gestándose, si aún hoy entre nosotros siguen naciendo mitos, la primera conclusión es, entonces, que el mito no es una cosa del pasado, sino algo del aquí y el ahora.

–¿Cómo nacen los nuevos mitos?

–Una forma es la ciencia ficción, un género literario al que me gusta llamar también “filosófico”, pero es más que eso. Es un modo de enfrentar la vida y entender la realidad. No es tanto que se centre en el futuro como que –tal como decía Isaac Asimov– anuncie lo inevitable del cambio y la necesidad de este. La ciencia ficción nos enfrenta a las posibilidades más extremas, a las visiones más radicales de nosotros mismos y de nuestra sociedad; a la posibilidad siempre abierta y fluyente del cambio, de la existencia de otros modos de pensar, de ver, de entender el mundo, que son muy distintas a las mías. En una palabra: abre mi horizonte ampliándolo maravillosamente con esa exquisita frase que es también una declaración de principios: “¿Qué pasaría si…?”. Es decir, qué pasaría si lo que doy por sentado no es tan así, si mi punto de vista fuera otro, si pudiera ver el mundo con los ojos de los demás. Y, de esa manera, funciona incluso como guía. La ciencia ficción opera siempre con símbolos. Por ejemplo, un zombi es un símbolo perfecto del consumista: siempre anhelante de algo más, siempre insatisfecho, una máquina irracional que solo busca saciar un apetito sin para qué, y que contagia esa locura a otros. ¿Dónde suele estar el refugio en un relato de este tipo? Por lo general, en un shopping. ¿Y un mutante? Un mutante es el “otro” respecto de mí, el que no comparte mis ideas, o mi cultura, o mi credo, o mi apariencia, o mi tendencia sexual, pero que busca hacerse entender, ser comprendido por mí. Y los relatos de ciencia ficción exploran la reacción del hombre medio como un símbolo de nuestro modo de proceder con el otro: ¿Busco comprenderlo? ¿Lo ataco? ¿Le tengo miedo? ¿Lo acepto? ¿Lo quiero “normalizar”? Aquí no hallaremos fuegos sagrados o árboles parlantes, pero sí habrá calderas, electricidad, automóviles o basura, actuando como medios simbólicos. Cosas cercanas a nosotros, pero no por eso menos susceptibles a expresar cosas profundas. En ese sentido, algunas obras de la ciencia ficción suelen incluso constituir una mitología –es decir, un sistema de guía–, cuando sus cultores se apropian de esas estructuras simbólicas y las dotan de un sentido para sus vidas.

Ícaro, el joven que acercó sus alas de cera al sol y se derritieron.

–¿Son los mitos –y quizás, hasta cierto punto, también los relatos de ciencia ficción– una búsqueda de lo sagrado por otros medios?

–Es que lo Sagrado es algo que siempre buscamos, consciente o inconscientemente en nuestras vidas, aun cuando huimos de él. Cuando digo “lo Sagrado” hablo de toda búsqueda de sentido último de la existencia para un ser humano. Y sí, el mito y la ciencia ficción hacen eso de un modo especial. Hay una pregunta peligrosa e incómoda que nos acecha todo el tiempo: ¿Para qué vivo? ¿Es esto todo? La búsqueda de una respuesta implica un cambio. Nadie que se haga esa pregunta puede continuar con su vida sin que algo cambie en ella. Y hablo de la pregunta, no de la respuesta –que puede ser desde caleidoscópica, hasta infinita o, por qué no, inexistente–. La pregunta es la guía. Mientras nos hagamos esas preguntas, haremos de nuestras vidas algo nuevo, algo mejor. El mito aborda esa pregunta desde una trama simbólica que es necesario descifrar. La ciencia ficción la expone como algo que nos interpela y nos hace pensar… que nos toca profundamente.

–Algunos antiguos mitos mostraban a la mujer en un rol sumiso o pasivo. ¿Hay nuevos mitos que estén surgiendo para acompañar su realidad actual?

–¿Qué mito ve a la mujer como un ser pasivo y sumiso? Las mujeres de los mitos son seres activos, representan no a una determinada idea de rol de mujer, sino a lo femenino cósmico, a lo femenino en cada hombre y mujer; y por extensión, a la mujer en tanto tal. Penélope tejiendo y destejiendo no es un ejemplo de “mujer que se queda en casa y espera”; el mito nunca es literal. Penélope allí es eso, una “tejedora”, es decir, una constructora y deconstructora de destino, casi una moira (N. de la R.: poderosas personificaciones del destino en la mitología griega). Teje y desteje una mortaja; es decir, ella es la dueña de la vida y la muerte, y sobre sus dedos pende el destino de un reino entero. Ella es un símbolo clave allí. Y su función está muy lejos de ser pasiva. Lo mismo se puede decir de todas las figuras femeninas de los mitos. Por eso, insisto, el problema no está en cómo aparece la mujer, sino en la lectura que hagamos de ese mito. El mito no es literal, es simbólico. Y sí, el mito se reinventa en nosotros, tanto a través nuestro como por nuestra mano. Pero algo debe quedar claro: el mito no es ni funcional ni disfuncional, el mito es lo que es. No enseña moral, ni buenas costumbres, ni el rol de la mujer en una sociedad. Es más profundo que eso. Se vale de esas imágenes para hablar de algo más. Quedarnos con esa visión reductiva sería como si alguien nos señalase el cielo con un dedo, y nosotros, en lugar de mirar las estrellas, nos quedásemos viendo el dedo mismo.

–La mujer, como todo ser humano, es un ser que debe hacerse a sí misma. Tiene que elegir, y para ello debe reconocer qué quiere y diferenciarlo de lo que se supone que debería ser. Y los mitos modernos están diciéndole eso a la mujer tanto como los antiguos. ¿Podrías citar algún ejemplo?

–Puedo citar un mito vasco moderno hermosísimo, según el cual ninguna muchacha debe salir de su casa de noche y dar tres vueltas alrededor de esta, o corre el riesgo de “no volver”. Por supuesto que la protagonista del mito lo hace y, entonces, “desaparece” tras un puente. La casa –etxe en euskera, la lengua vasca– es también templo y tumba, una variante de la cueva, sitio de inicio y fin de la vida, y símbolo de nuestro ser. Aquí, la muchacha tiene una doble llamada: la regla que le impide salir, la inercia de seguir en la infancia, en la seguridad; y la necesidad de libertad que la impele a transgredirla. En este caso Catalina –tal es el nombre popular– oye a su sed de crecer, de avanzar y “sale de sí” dando tres vueltas en torno a la casa, es decir, a sí misma en tanto principio y fin. Y lo hace porque, en el fondo, la regla que se lo prohíbe es como una prueba, la prueba de que es capaz de superar el miedo a ir más allá de lo conocido, a reintegrarse a su naturaleza más profunda: la noche, la vida-muerte, la aventura de crecer y cambiar. (No nos olvidemos de que los poderes de la naturaleza, de la noche, de la vida y la muerte, son parte esencial del simbolismo universal de la mujer. La bruja –la precristiana, por supuesto– es el más bello ejemplo: partera, maestra de venenos y remedios, sabia conocedora de las leyes de las plantas, el bosque, la luna, la naturaleza, experta en el amor). Así que Catalina cruza el puente. Claro que, según concluye el mito, “nunca más se la ve”; y así debe ser, porque ya no es la misma mujer: ha trascendido, ha crecido, ha cambiado. Aunque sus compañeras cobardes –las que sí se quedaron en la casa– la vieran, ya no podrían reconocerla.

Pandora, en la mitología griega, fue la primera mujer creada por Zeuz.

–¿Es sustancialmente distinto el viaje del héroe -la salida al mundo y la conquista de sí mismo- para el hombre y para la mujer?

–Sí y no. Cuando el protagonista de un mito es un varón, por lo general realiza un viaje circular: sale de su casa o su país, recorre tierras extrañas, realiza proezas, muere y resucita, y regresa al punto de partida como alguien nuevo, alguien que ha cambiado al mundo y a sí mismo en el proceso. Pero cuando es una mujer, la heroína suele estar centrada, es decir, ubicada en el centro de sí misma, y es el mundo y las circunstancias las que giran en torno de ella. En ese girar del cosmos a su alrededor, ella se va descubriendo a sí misma, conociéndose y reconociéndose en lo que se le presenta. No es una actitud pasiva frente a otra activa, sino una actitud cosmológica frente a otra más antropológica. Es como si el héroe se perdiese a sí mismo en las cosas para, luego de ordenarlas, ordenarse en el proceso. En cambio, la heroína se ubica en el eje de sí misma y el universo entero que ella recrea es su espejo. Es como si hablásemos de un círculo: en el caso del varón, él es la circunferencia que mira el centro desde diversos ángulos a medida que realiza su viaje. En el caso de la mujer, ella es el centro, y la circunferencia gira a su alrededor, mostrándose y mostrándola. Pero aunque la forma sea diferente, el objetivo es el mismo: crecer. Y crecer no significa aumentar de tamaño sino mutar, evolucionar, hacerse más sabio.

Caminos de antigua huella que cambian y se renuevan a nuestro paso. ¿De cuántos viajes, relatos o aventuras podemos decir que somos testigos, espectadores y protagonistas a la vez? Así de asombroso es el poder del mito, así de rica nuestra larga, peculiar y colectiva historia.

(Nota publicada en la edición impresa Nº146 de la revista Sophia).

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