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Psicología

5 febrero, 2018

Mirar adentro (apuntes sobre la introversión)

"Nos dicen que ser grande es ser audaz: que ser feliz es ser sociable", dice con mirada crítica la estadounidense Susan Cain, autora del libro El poder de los introvertidos y defensora de la cautela y el recogimiento. ¿Qué hay detrás de esta revolución silenciosa que pone en valor la introspección?


Por Lina Vargas. Ilustración: Florencia Capella.

Podría decir que soy introvertida. Al menos eso creo. Ahí estoy a los 5 o 6 años escondida bajo la cama imaginando que mis lápices son niños que transporto al jardín de infantes en un micro escolar. Ahí estoy a los 11, una tarde soleada de vacaciones, encerrada en mi cuarto leyendo Las aventuras de Tom Sawyer, y a los 15, una noche de viernes, los cuentos de Tolstoi. Ahí estoy en la época de la universidad regresando de una fiesta –una buena fiesta– con la imperiosa necesidad, atrapante como las garras de un águila, de estar sola un rato. Ahí estoy en la larga mesa de un restaurante con los compañeros de mi primer trabajo, divertida, ligeramente incómoda, intentando hablar con un tono de voz tan alto como el de ellos. Ahí estoy en un cumpleaños, balbuceando una excusa torpe para huir, media hora después de haber llegado. Esos recuerdos apuntan a que soy introvertida y, sin embargo, por cada uno, hay otros que me hacen pensar lo contrario: rendir un examen oral frente a la clase, cantar sin pudor en un karaoke, celebrar un gol con desconocidos. Lo he hecho. ¿Soy extrovertida?

Carl Jung fue uno de los primeros en usar los términos introversión y extroversión. Los llamó “actitudes” en su libro Tipos psicológicos, de 1921, y les dio la tarea de modificar las cuatro funciones psicológicas: sensación, intuición, pensamiento y sentimiento. A unos les interesa el mundo interior, son reservados y reflexivos, mientras que otros se sienten cautivados por el mundo exterior, son entusiastas y habladores. Jung advirtió que no existe tal cosa como un introvertido o un extrovertido puro, por lo que propuso varios tipos de personas: idealistas o realistas, herméticas o adaptadas a su época, modestas o prácticas, soñadoras o visionarias.

Desde entonces, el tema estuvo presente en estudios académicos e investigaciones psicológicas y científicas, hasta que en 2012 con la publicación del libro El poder de los introvertidos, de la abogada y consultora estadounidense Susan Cain, explotó también en la cultura popular. Traducido a cuarenta idiomas, con dos millones de ejemplares vendidos, el libro provocó un torrente de notas en Internet: “10 formas de actuar que diferencian a los introvertidos del resto”, tituló el periódico Huffington Post, “23 signos inconfundibles de una persona introvertida”, la página web mexicana Pijama Surf. BuzzFeed lanzó un test llamado: “26 reacciones de un gato que todo introvertido entenderá” y otro que pregunta: “¿Eres introvertido, extrovertido o algo en el medio?”.

Aunque en su libro Susan Cain menciona varias de las características que suelen atribuirse a los introvertidos –huyen de las multitudes, son solitarios y callados, piensan antes de hablar, se sienten decaídos después de la actividad, prefieren quedarse en casa, toman pocos riesgos, realizan una tarea a la vez, evitan los conflictos–, su definición se basa en una única palabra: estímulos. Los introvertidos necesitan menos estímulos externos que los extrovertidos. Menos interacción, menos luces, menos ruido. Incluso, dice Susan Cain en una entrevista para la revista Scientific American, producen menos saliva cuando se les pone una gota de limón en la lengua.

En febrero de 2012, un mes después de la publicación de El poder de los introvertidos, Susan Cain, exalumna de Princeton y de la Escuela de Leyes de Harvard, introvertida irremediable, dio una charla TED ante 1500 personas. De pie, con actitud modesta, pero decidida, vestida de negro y sosteniendo una valija cargada de libros, habló un poco de sí misma, de haber crecido en una familia cuya actividad grupal más entrañable consistía en reunirse cada noche a leer en el living, y también habló de su libro. Es un manifiesto –racional y tranquilo– por la aceptación de los introvertidos. Sin ellos la humanidad carecería de las teorías de la gravedad y la relatividad, de Google y Apple, de Charlie Brown, de La metamorfosis, En busca del tiempo perdido y 1984. El problema es que la sociedad occidental, sobre todo la estadounidense, privilegió la personalidad extrovertida al punto de que adjetivos como dominante, atrevido y enérgico convocan la imagen del éxito, mientras que cauteloso y recogido sugieren cierta debilidad. “Nos dicen que ser grande es ser audaz; que ser feliz es ser sociable”, escribe.

Como si se tratara de un enorme tejido, Susan Cain recorre los espacios de la sociedad donde la extroversión es el ideal: oficinas, facultades de negocios, cursos de liderazgo, avisos publicitarios del tipo Just Do It, de Nike. Todos favorecen un mismo perfil, el del individuo que encuentra satisfacción siendo el centro de las miradas. Pero luego habla de Rosa Parks, Albert Einstein, Stephen Wozniak y J.K. Rowling. Una líder de derechos civiles, un científico, un inventor y una escritora que reúnen los mejores rasgos de la introversión. En 2015 Susan Cain fundó una compañía, Quiet Revolution (Revolución Silenciosa), que trabaja en distintas áreas para enseñar que esos rasgos –trabajar en soledad, expresarse mejor por escrito, saber escuchar, tener modos suaves– son fundamentales no solo para los oficios tradicionalmente relacionados con la introversión –artistas y científicos–, sino para aquellos que se consideran exclusivos para extrovertidos gerentes y comerciantes.

La Revolución Silenciosa cayó bien en un mundo donde la figura del estrafalario magnate interpretado por Michael Douglas en la película Wall Street fue reemplazada por la de un chico con remera de Star Wars que trabaja desde su casa. En las redes sociales, introvertidos confesos y orgullosos se convirtieron en celebridades. Uno de mis contactos en Facebook subió la imagen de un Bingo Introvertido, solo que en lugar de números tiene frases: “Leo al menos tres libros al mes”, “Mi casa es mi lugar favorito”, “Con frecuencia pienso en pensar” “Compro por Internet”. En Twitter, una cuenta llamada @IntrovertLiving recibe a sus seguidores así: “Bienvenido al Club de los Introvertidos. Podés registrarte o cambiar tu decisión, volver a casa y encerrarte en tu cuarto a ver Netflix”.

“Somos seres sociales: si no hay un otro que nos reciba y nos dé cobijo, podemos morir”, Claudia Messing, psicóloga social e investigadora. 

Le pregunto a un amigo si considera que es introvertido y me dice que sí. Entonces le pregunto por las características que le hacen pensar eso y responde que el temor a ser juzgado lo obliga a abstenerse de interactuar, que tiende a pensar demasiado y que a veces le cuesta actuar o expresarse. Luego me cuenta que su introversión creció en la adolescencia cuando decidió romper con el modelo de comportamiento –lo define como el de un macho patriarcal– que le imponía su padre y que ahora, poco antes de cumplir 40 años, el matrimonio y la paternidad le han permitido valorar. Le gusta ser introvertido. Le ha servido para construir relaciones sólidas, aunque reconoce que en ciertos ambientes laborales ha pretendido ser extrovertido. Otro amigo me dice que no es introvertido, sino extrovertido con ansiedad social. Eso me recuerda a una antigua compañera de estudio genuinamente extrovertida, capaz de llamar la atención en una sala repleta de extraños, y a la vez escritora, dueña de un vasto y sensible mundo propio.

Una fría mañana de julio, desde su oficina en una calle apacible en el barrio de Palermo, la psicóloga social, psicodramatista e investigadora Claudia Messing explica que alguien puede conservar sus características introvertidas sin perder algún grado de socialización. “De lo contrario, habría un deterioro porque el cerebro necesita estímulo externo. Somos seres sociales: si no hay un otro que nos reciba y nos dé cobijo, podemos morir”. Así como la extroversión llevada al extremo es causa de dependencia y falta de concentración, el aislamiento, la incapacidad de comunicarse, el bloqueo ante la posibilidad de dar una charla en el trabajo son síntomas que tendrían que ser tratados. El introvertido histórico, la personalidad creativa y artística, tendría hoy un correlato en el chico retraído frente a la pantalla de su computadora. “Ese joven, o bien puede haberse mimetizado con un familiar que tienda a la introversión, o bien estar atravesando una situación de tensión, de hostilidad, de miedo, que lo lleve a evitar un ambiente externo no amigable”.

Otra cosa, sugiere Messing, es la introspección: la búsqueda interior, la capacidad de rectificar los errores, de sanar y evolucionar. “Esa mirada es necesaria para dejar de ser una víctima y sentir que el mundo nos ataca. Es un rasgo ausente de la personalidad actual, aun en los introvertidos. Se alcanza a lo largo de la vida cuando las personas empiezan a trabajar en sí mismas”. Ya Jung había hablado de ella al relacionarla con el desenlace de la curva vital: “Lo que la juventud encontró, y debía encontrar afuera, el hombre de la tarde lo encuentra en el interior”.

De nada vale, me temo, ser introvertido o extrovertido, si no se toma ese camino interior.

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