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Pareja

8 agosto, 2017

Por qué tratar de estar casado para siempre puede matar tu matrimonio

El psicólogo norteamericano Kelly Flanagan nos dice por qué no debemos pensar en la inmortalidad del amor. No, al menos, sin antes permitirnos cuidarlo como lo haríamos con una flor muy preciada, de esas que solo deben regarse semanalmente...


matrimonio

Antes de casarme, me sentía totalmente inseguro.

Y pensé que casarme sería finalmente la forma de dejar de sentir una tortuosa baja autoestima. Me imaginé que mi ansiedad se iría de mí, porque ya no tendría que preguntarme si iba a ser amado para siempre. Y pensé que mi soledad desaparecería, porque habíamos decidido enredar nuestras vidas.

Un varón conectado

kelly flanagan

El doctor Kelly Flanagan es piscólogo clínico y vive en Illinois, Estados Unidos. Colabora con el diario The Huffington Post y tiene su propio blog, llamado UnTangled (donde suele discurrir sobre distintos temas de reflexión psicológica). En Sophia lo entrevistamos tiempo atrás, cuando viralizó una carta dirigida a su hija en ese entonces de 4 años, donde le decía que ella nunca debía pensar cómo mantener a un hombre interesado, sino ser simplemente ella misma y buscar siempre su propia felicidad. La carta, llamada “La carta de un papá a su pequeña hija (sobre su futuro marido)” fue furor en las redes y despertó la reflexión de muchos otros papás. “Tengo dos hijos varones y la llegada de mi hija menor, me hizo consciente de todas las maneras en que las mujeres se colocan automáticamente en desventaja en nuestro mundo. Porque sé que ella, que tiene la misma fuerza, el coraje y la pasión por la vida que mis otros dos hijo varones, pero va a encontrarse con que muchos no verán con buenos ojos que viva con la misma audacia que ellos. Entonces, mi desafío es hacer un aporte, el que sea, para que ese tipo de cosas no sigan ocurriendo”, nos dijo al otro lado de la línea. Flanagan se encontró aquella vez con que su emotiva carta era la de todos los padres y de las hijas del mundo. “Los padres, a lo largo del tiempo, no hemos hecho nuestro mejor trabajo. Pero me quito el sombrero ante aquellos que ya están trabajando por inculcarle otro sentido a la vida de sus hijas”, nos dejó a modo de conclusión.

Yo, em… había calculado mal.

Mi miedo y la soledad no fueron sacrificados a los dioses ante el altar de nuestra boda. Sobrevivieron a nuestra unión. Por lo tanto, hice lo único que me pareció razonable: intenté garantizar que nuestro matrimonio iba a vivir para siempre, con una atención ansiosa, una conversación constante y una unión fiscal.

No fue hasta más tarde que me di cuenta: un matrimonio es como una orquídea.

Las orquídeas son plantas tropicales cuya floración es conocida por el color vibrante de sus pétalos, sus exuberantes fragancias y la vaina de vainilla que producen, que da sabor a nuestro mundo. Y, con el cuidado adecuado, son increíblemente resistentes. En palabras de algunos botánicos: “casi inmortales”. Pero ellas mueren cada vez con mayor frecuencia por ahogamiento, por cuidadores ansiosos que creen que como son plantas de origen tropical, se supone que deben ser regadas todo el tiempo. Y en su intento de asegurarse de que esa flor va a vivir, accidentalmente la matan.

Yo casi mato a mi matrimonio por regarlo demasiado.

Preocupado por cuán duradero podría (o no) ser, le echaba agua con demasiada atención. Depositaba en él demasiadas exigencias para curar así todas las heridas de la infancia a la vez. Pero sobre todo, eché sobre él mi demanda de cierto grado de certeza de que realmente así iba a vivir para siempre.

Afortunadamente, a veces mi esposa era como el sol y secaba toda mi humedad adicional.

Sin embargo, los años han ido y venido y en estos días estoy totalmente seguro. Ejem. Está bien, en estos días estoy un poco menos inseguro acerca de mí mismo, pero estoy bastante seguro de nuestro matrimonio. Estoy empezando a vislumbrar su inmortalidad. Lo veo en los roces que nos hacemos casualmente al pasar, en las miradas y las palabras, en la dulzura, y en la rapidez con que pasan nuestros conflictos también. Lo que significa que, en estos días, está corriendo el riesgo opuesto:

El riesgo de que nuestro matrimonio se esté regando demasiado poco.

Debido a que estoy empezando a creer que nuestro matrimonio realmente podría durar para siempre, estoy en peligro de no darle la suficiente de la atención que requiere. Esto es en realidad una de las amenazas más grandes y más comunes para el matrimonio: decimos que vamos a estar juntos para siempre, y muchas veces lo decimos delante de la gente y de la iglesia y de Dios, y suponemos que de esa manera el acuerdo ya está sellado.

Y eso nos deja demasiado seguros de su inmortalidad.

Ha habido mucha especulación acerca de por qué los matrimonios protestantes son más propensos a durar que los matrimonios seculares, que mayormente terminan en divorcio. Bueno, no hace falta seguir especulando: es que cuando se cree que la hermosa flor de nuestro matrimonio está obligada a sobrevivir para siempre, será mucho menos probable que la reguemos tan a menudo como sea necesario. Y entonces, esa cosa potencialmente inmortales se marchita y muere.

Es así que en lugar de tratar de asegurar que nuestros matrimonios van a durar para siempre o, por el contrario, suponer que no lo harán, debemos preguntarnos: ¿y si nos centramos en discernir qué tan a menudo necesitan ser regados nuestros matrimonios?

Las orquídeas necesitan ser regadas aproximadamente una vez a la semana.

Creo que también los matrimonios necesitan ser regadas semanalmente.

Sí, un día a la semana. Sé que suena absurdo. Sin embargo, se puede encontrar una manera. Vender todos los viejos álbumes para poder pagar una niñera. O beber una taza de café juntos en las primeras horas de oscuridad, antes de que los niños comiencen a exigir que toda el agua de la regadera sea para ellos. O ir a dar un paseo. O ir a terapia, donde se le dará al matrimonio una hora semanal. Sea lo que sea, programar el riego de un matrimonio debería ser como programar en el calendario cualquier otro evento de la vida o de la muerte. Punto. Habrá que hacer que suceda.

Ser implacable al respecto.

Y entonces, en esa hora riego semanal, se deberá prestar atención a sobre qué tipo de suelo crece nuestro tiempo juntos. En otras palabras, habrá que comprobar que el ego quedó en la puerta, porque nada vibrante y fragante e inmortal puede crecer en un suelo rocoso hecho de ocultamiento, de actitud defensiva y sensación de superioridad.

Y será bueno recordar que nada vive para siempre cuando lo único que importa es hacer que viva para siempre, cuando de lo único que se habla es de cómo garantizar su supervivencia. En su lugar, habrá que ver si el agua que se le da contiene los nutriente más importantes de todos:

Honestidad. Transparencia. Veracidad.

Pero no la veracidad del tipo descuidado, que tanto hemos empezado a valorar en nuestro mundo. Se trata de regar con el tipo de veracidad que se parece a la ternura y se siente como la vulnerabilidad. Regando la orquídea del matrimonio con esas cosas buenas, semanalmente, hará que siempre llegue un nuevo florecer.

Mirá cómo crece y se vuelve hermosa.

Mirá cómo que se convierte en inmortal.

orquidea

(*) Kelly Flanagan es psicólogo clínico y cofundador de Clinical Associates Artisan en Naperville, Ilinois, Estados Unidos. Está casado y tiene tres hijos. Podés leer sus artículos (en inglés) en drkellyflanagan.com

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