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Psicología

9 Agosto, 2017

Marianne Williamson: “Los períodos oscuros pueden traer depuración y aprendizaje”

En una sociedad en la que vivimos sometidos a múltiples presiones y donde muchos recurren a pastillas para combatir la tristeza y la ansiedad, la autora nos invita a ahondar en qué provoca nuestros malestares, a buscar diagnósticos y a sumergirnos en los rincones del alma.


Por Fabiana Fondevila

Hablar con Marianne Williamson (64) se parece, por momentos, a mantener una sesión de esgrima intelectual de nivel olímpico. Dispara a velocidad de bala argumentos médicos, históricos, bíblicos, ideológicos. Y luego, al escuchar una noticia triste (el reporte de los últimos femicidios en la Argentina y las marchas de protesta que propicia), hace silencio, inclina la cabeza en posición de rezo y dice: “Mi corazón está con ustedes”. En instantes vuelve la activista y propone que las mujeres argentinas se conviertan en escoltas unas de otras y den batalla mancomunada a la violencia. Así, entre las realidades del mundo y la luz del espíritu se mueve esta autora, que es maestra de vida para muchos.

Reconocida por sus once títulos (varios de ellos best sellers), sus enseñanzas espirituales (fue la primera y principal difusora de Un curso de milagros), sus proyectos para paliar la pobreza y otros males (como Project Angel Food, que ofrece comida caliente para personas con VIH que no pueden movilizarse en la zona de Los Ángeles), y su fundación The Peace Alliance, que promueve legislación para que se establezca un Departamento de Paz en el gobierno norteamericano, Williamson es una figura en quien muchos buscan guía para entender el mundo moderno y su infinita complejidad. Ella se dirige muy especialmente a las mujeres, a las que insta a convertirse en funcionarias públicas y a alinear sus políticas con sus convicciones espirituales.

Su último libro, Tears to Triumph. The Spiritual Journey from Suffering to Enlightenment (“De las lágrimas al triunfo. El viaje espiritual del sufrimiento a la iluminación”), propone ver a la tristeza y a la depresión, no como desórdenes mentales ni como enfermedades, sino como parte normal de la experiencia humana y, más aún, como una forma de iniciación sagrada.

En conversación vía Skype desde su casa de Nueva York, explica: “Divorciarse, perder a un ser querido, sufrir problemas económicos, tener 20 años… todo esto puede traer dolor y sufrimiento, pero ciertamente no constituye una enfermedad mental. En algún momento hicimos que la tristeza fuera algo que temer. La tristeza no significa que algo esté mal. La Biblia nos habla de períodos de sufrimiento: los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto, los tres días entre la Crucifixión y la Resurrección… San Juan de la Cruz nos habla de la noche oscura del alma. Hemos perdido este registro”.

¿Por qué este libro ahora? “Me pareció que valía la pena escribir un libro que elucidara la dimensión de la sanación espiritual en la ansiedad y la depresión –dice la autora–, en un momento en que hay un apuro por resolver todo con fármacos. Entiendo la legitimidad de una conversación acerca del tratamiento psiquiátrico del desorden bipolar o la esquizofrenia, pero hay un amplio espectro de sufrimiento humano que no constituye una enfermedad mental. La angustia ha existido durante tanto tiempo como el ser humano”.

¿Cómo distinguir entre la sencilla y no por eso menos dolorosa tristeza del duelo, de una pérdida o de una situación de adversidad sostenida y el sufrimiento de una depresión clínica?

“No hay análisis de sangre para detectar la depresión”, continúa Williamson. “El diagnóstico es enteramente subjetivo; por eso, es tan riesgoso que se apure a medicar aquello que muy a menudo es una crisis espiritual, y una oportunidad de crecimiento. Además, si nos desensibilizamos frente a los sufrimientos propios, también lo hacemos con los sufrimientos de los demás. Uno de los regalos del dolor es que nos da una visión de rayos X sobre el dolor ajeno”.

Ella lo sabe bien. Sufrió dos períodos largos de depresión en su vida: uno de ellos duró un año. En ambos casos resistió la tentación de aliviarse con medicación, para poder mirar su dolor a la cara y escuchar su mensaje. “Hay que poder mirar a las entrañas de la tristeza, y preguntarnos: ¿cómo fue que nos separamos del amor? Estos períodos oscuros pueden ser un tiempo de depuración y aprendizaje. Son dolorosos, a veces no dormimos. No comemos. Es un ayuno espontáneo, porque tu sistema está buscando acercarse a Dios. Para sanar nuestros corazones rotos no podemos solamente tomar analgésicos; tenemos que cambiar nuestro modo de pensar”.

De hecho, en su libro le dedica un capítulo a lo que denomina “la cultura de la depresión”.

¿En qué consiste? “Nuestra sociedad se erige sobre principios que no llevan a la felicidad”, responde. “Buda dijo que las cosas de este mundo solo pueden hacernos felices por un rato. Nos siguen diciendo que persigamos una y otra cosa, en busca de la satisfacción. La mitad del tiempo nos lo pasamos correteando detrás de algún apego. Cuando lo conseguimos, la alegría no dura y después nos sentimos peor, porque eso que tenía que aliviarnos no lo hizo. Y ahí viene la sociedad y nos ofrece todo un abanico de cosas para lidiar con nuestra depresión”.

“El diagnóstico es enteramente subjetivo; por eso, es tan riesgoso que se apure a medicar aquello que muy a menudo es una crisis espiritual, y una oportunidad de crecimiento. Además, si nos desensibilizamos frente a los sufrimientos propios, también lo hacemos con los sufrimientos de los demás”.

Para Williamson, sufrir es “estar temporariamente fuera del círculo del amor de Dios”, y el remedio para lo que llama “la sobre-secularización de las sociedades modernas” yace en recuperar la dimensión sagrada de la consciencia, el amor incondicional y la paz interior.

Pero esa consciencia evolucionada no siempre se encuentra a gusto en el mundo en que vivimos. “A veces la neurosis se define mejor por lo que a uno no lo angustia”, dispara. “Vivimos tiempos angustiantes. En Estados Unidos sufrimos problemas raciales, de justicia civil, desigualdad económica, terrorismo, y en mi país la última elección presidencial ha sido muy desalentadora, por decirlo livianamente… Si alguien no está preocupado por todo esto, yo me preocupo por ellos”.

Williamson considera que las mujeres son las más perjudicadas a causa de la presión de la industria farmacológica por querer encasillar el sufrimiento en el manual de diagnóstico de desórdenes mentales. “A menudo las mujeres sienten que su sistema nervioso, exquisitamente sensible, es una debilidad, cuando en realidad es una fortaleza. Somos muchas las mujeres que estamos deprimidas hoy por las cosas que ocurren en nuestro planeta y por lo que vemos a nuestro alrededor, pero la tendencia social a negar lo que está mal nos vuelve más dóciles y pasivas, cuando lo que tenemos que hacer es alzar nuestras voces en protesta. Nos hacen sentir en falta, fallidas, cuando en verdad necesitamos poder adueñarnos de nuestra gloria”.

A la hora de activar ese amor universal cuando los dolores propios y del mundo no dan tregua, la autora propone dejar de vivir desde el ego y adoptar una perspectiva espiritual. Finalmente, se trata de una elección, que ella explica de este modo: “Podemos enfocarnos en los que nos dañaron, condenándonos a una vida de dolor y auto-conmiseración. Podemos insistir en que, no importa lo que digan, no hay esperanza de que las cosas mejoren, condenándonos a una vida de inacción. Podemos enfrentar al mundo con negatividad y con culpa, con autodefensa o ataque, crítica y enojo, condenándonos a nosotros mismos a una existencia fría y aislada. O podemos elegir un milagro”. Apelar a la acción, a un camino diferente, aunque acceder a ese “milagro” requiera, de tanto en tanto, atravesar algún que otro océano de pena.

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