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Hijos

12 julio, 2018

¿Malas madres?

La maternidad perfecta no existe. Las publicidades nos engañan con imágenes edulcoradas y mujeres que –pareciera– viven para cambiar pañales. Pero la realidad está muy lejos de un living ordenado y un niño sonriendo en la cuna. Contra los mitos y estereotipos, nace el concepto de #MalaMadre, que, con ironía y espíritu libertario, reivindica a la mujer por sobre su rol materno.


Por Leila Sucari. ilustración: Eugenia Mello.

Confieso que he dejado a mi hijo durante horas frente al televisor para poder terminar un libro que me gustaba, que lo he extorsionado con caramelos y dulces a cambio de unos minutos de paz, que permito que duerma conmigo solo para poder descansar sin interrupciones, que no le hice jamás una saludable leche de almendras y que más de una vez tuve el insano impulso de revolearlo por los aires. No cumplo con la imposible lista de requisitos que –se supone– debe cumplir una mujer para ser considerada buena madre: paciente, abnegada, siempre pulcra y cuidadosa. Amo a mi hijo y vivo la maternidad con una intensidad única, pero no nací –no solo– para coserle los botones y acunarlo durante la noche. Tengo, además de su crianza, otros deseos y proyectos donde él no es el protagonista. Confieso que, según la lógica patriarcal de la maternidad, he pecado. Varias veces. Pero no estoy sola. En los últimos años, comenzó a romperse el tabú: ahora sí podemos hablar de las angustias del puerperio, de la presión diaria con la que cargamos las mujeres que tratamos de conciliar la vida profesional con la crianza, de los prejuicios que nos acechan, y del lado B de la maternidad, que, lejos de ser una vie en rose, nos enfrente a continuos desafíos, temores y contradicciones.

Hace dos años, la española Laura Baena sintió la necesidad de hacer catarsis y compartir la experiencia de una maternidad real: esa que enloquece entre pañales y agendas repletas, que desarma los mitos y requiere con urgencia la construcción de un nuevo modelo social, donde la mujer no pierda su identidad como persona y se vea subyugada al rol materno, y en el que esté permitido sufrir menos y reírse más. De esta manera, nació la comunidad virtual de Malas Madres, que hoy nuclea a más de 500.000 mujeres. “Somos madres que no queremos renunciar a nuestra carrera profesional, pero tampoco queremos renunciar a ver crecer a nuestros hijos. Bajo el lema ‘Yo no renuncio’, llevamos dos años de lucha. La imagen tradicional de la maternidad, la que está asentada, ha quedado obsoleta”, dice Baena. “Hay una sociedad que te mira de reojo si no cumplís con las normas, porque tenés planes en los que no entran tus hijos y porque no querés que la M de Madre aplaste a la M de Mujer. No nos equivoquemos: somos las mejores madres que podemos ser y nuestra lucha es el mejor ejemplo para nuestros hijos”.

Madres no tan malas

“Club de Malasmadres es una comunidad emocional 3.0 de madres con mucho sueño, poco tiempo, alergia a la ñoñería, con ganas de cambiar el mundo o al menos de morir en el intento… Nace hace dos años en una cuenta de twitter @malasmadres con el objetivo de desmitificar la maternidad y romper el mito de “la madre perfecta”. Laura Baena, su fundadora, sintió la necesidad de compartir su visión de una maternidad real, que reivindicase un nuevo modelo social de madre. Madres que luchan por no perder su identidad como mujer y que se ríen de sus intentos fallidos por ser madres perfectas. De un sentimiento individual a conectar con una necesidad social y convertirse en un movimiento tendencia que con mucho sentido del humor rompen estereotipos”, puede leerse en el sitio web de la comunidad.

Ser madre no es todo sonrisas y satisfacción. Ser madre cansa. El trabajo doméstico –que implica lavar calzoncillos, preparar el almuerzo, hacer la cama marinera y lavar los tuppers del jardín– está invisibilizado y no es remunerado, y representa una carga extrema para las mujeres, muchas de las cuales, además, trabajamos fuera de casa. Como frutilla del postre, vivimos siendo señaladas por no hacer o ser lo suficiente Supermamis… Si la nena se olvida de llevar el tutú a la clase de danza, nadie piensa en la irresponsabilidad paterna, todo cae siempre sobre la mujer. 

“El principal problema en este contexto es la culpa”, dice Adriana Martínez, psicóloga y coordinadora de la Fundación Tiempo. “Por un lado, con los hijos, por no estar todo lo presente que (por estereotipo) se considera que una madre debe estar, y, por otro lado, con el espacio de trabajo que muchas veces debe postergarse por asuntos familiares. La presión por cumplir con todo al 100% es muy fuerte y el reparto de tareas con la pareja suele ser desigual. La culpa por ser mala madre o no lo suficientemente buena es un impedimento para disfrutar de la vida, es una voz interna de insuficiencia permanente. Es indispensable cuestionarse qué implica ser una madre buena y romper viejos paradigmas que sobrecargan a la mujer de manera injusta”.

Históricamente se habló de la maternidad como un evento, incluso un deber, como algo del orden de lo sagrado y también como un concepto repleto de cursilería. Hoy en día, a pesar de estar en el siglo XXI, de que las mujeres ocupan cargos políticos y sociales, y de que el reclamo por la igualdad de género ha crecido en todo el mundo, las publicidades y los sectores de poder siguen representando a las madres a imagen y semejanza de una falsa caricatura: felices, tranquilas y rozagantes. El agotamiento, la exigencia y la contradicción no entran en el modelo a seguir. Pero ¿cómo se puede vivir relajada cuando todo lo que hacés está teñido de críticas y moralismo? Es difícil si tenemos en cuenta que a las madres se las acusa de abandónicas si salen y dejan a sus hijos al cuidado de niñeras, se las acusa de anticuadas si deciden quedarse en pijama cocinando tortas para sus hijos, de hippies inconscientes si defienden el parto respetado, de crueles si les dan leche de fórmula a sus bebés y de hijodependientes si prolongan la lactancia más allá del año. No hay caso: cualquier cosa que hagas, va/puede a estar mal 

“Hay mucho mandato familiar y social”, dice Marina Gersberg, psicóloga y creadora de la muy visitada revista digital sobre pater-maternidad El cielo del mes. “A mí me fluyó hacer la mía por momentos, pero por otros me cuestionaba todo y me preguntaba si estaba haciendo las cosas ‘bien’; todavía me lo pregunto. Somos muy criticadas por lo que hacemos y dejamos de hacer todo el tiempo y es muy difícil sentirnos seguras y libres. Las mayores dificultades son las que padecemos por el hecho de ser mujeres. Me parece que es muy de esta época eso de que la mujer tenga que hacer como que no pasó nada inmediatamente después de parir y responder a las necesidades del mercado y de nuestra cultura (al deber ser de la mujer moderna, en relación con lo laboral y con lo estético también). Para mí fue un trabajo emocional fuerte aceptar a esa nueva yo. Entender que un hijo cambia todo y una no es ni va a ser la que era antes. A pesar de que tuve a mi hija a los 36 años, cuando ya estaba establecida en el ámbito profesional y con cierto equilibrio en relación con mis deseos como mujer, igualmente me costó un tiempo conectar con ella de recién nacida y no sentir el deber mezclado con las ganas de salir a trabajar a la semana de haber parido”. Este testimonio, con franqueza, dice lo que muchas no se animan a decir con todas las letras: que no logran conectarse probablemente porque no se han conectado antes, durante el embarazo, más pendientes del afuera que de otra cosa. 

Madres del mundo unidas 

Reunirse, hablar de todo eso que se intenta esconder bajo la alfombra, pensar y repensar las estructuras de poder y dominación, armar proyectos de ley para que las licencias de maternidad y paternidad sean más justas, tomar mate y darse un abrazo para calmar la angustia que tantas veces implica el crecimiento de un hijo, celebrar cada pequeño paso en grupo, creando redes que nos atajen y nos impulsen hacia arriba. “Hacer tribu es superimportante; en la actualidad se fue perdiendo lo de criar en grupo, la transmisión del conocimiento y las vivencias entre mujeres y, sobre todo, entre generaciones”, dice Gersberg. “Cuando nació mi hija sentí la necesidad de compartir mi experiencia y leer y escuchar la de otras; leer, ver imágenes y pensar las mater-paternidades desde un lugar más artístico es una manera de no estar tan solas”.

La comunidad de Malas Madres se define como un lobby “con mucho sueño, poco tiempo libre, alergia a la ñoñería y ganas de cambiar el mundo o, al menos, de morir en el intento”. Se trata, en definitiva, de cuestionar y construir desde otro lado, donde la culpa no le gane la pulseada al genuino deseo de disfrute. “Las mujeres sufren por sentir que incumplen en todos los ámbitos: la necesidad de ganar dinero, el deseo de desarrollarse en un trabajo, mantener los lazos de amistad, estar actualizada en la vida política, tener una relación de pareja satisfactoria… la lista es tan larga y la exigencia es tan alta que queda poco lugar para lo evidente: que la maternidad requiere satisfacer una demanda masiva, sin pausa, sin horarios. El tironeo es, por ende, permanente. ¿Se puede aun así disfrutar de la maternidad? Sí, en la medida en que no se la idealice, ni se quieran mantener varas tan altas de rendimiento en todo a la vez”, dice Martínez.

¿Qué pasaría si la maternidad dejara de ser un mandato esclavizante y se transformara en un puente hacia una libertad mayor? ¿Si implicara reinvindicar un lugar en el mundo y no volverse una persona sumisa, asexuada y sin metas personales?  ¿Si se tratara de multiplicar en vez de aplastar? La revolución está por verse y no será televisada. 

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