Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

16 octubre, 2020

Madres de todos, hijas de la tierra

Son mujeres sabias, comprometidas con el cuidado de nuestro entorno. Con más de 80 años y desde distintas disciplinas, trabajan sin descanso, amorosamente, para velar por la vida, ese enorme tesoro que tenemos y que a la vez nos trasciende. ¿Te gustaría descubrirlas?


“Nunca la naturaleza dice una cosa y la sabiduría otra”.

Juvenal

En su libro Loa a la tierra: un viaje al jardín (Herder), el filósofo y ensayista coreano Byung-Chul Han describe con honda belleza su regreso a la naturaleza. Esa vuelta a un paraíso para muchos perdido lo ayudó a advertir, en un ritual mágico y secreto a la vez, el valor de lo sagrado. “El trabajo de jardinería ha sido para mí una meditación silenciosa, un demorarme en el silencio. Ese trabajo hacía que el tiempo se detuviera y se volviera fragante. Cuanto más trabajaba en el jardín, más respeto sentía hacia la tierra y su embriagadora belleza”, cuenta en el prólogo.

Con ese llamado que Byung-Chul Han supo atender a tiempo, es como la Madre Tierra convoca, uno a uno, a sus hijos. Y a través de la añoranza de un sentimiento de unión en la que nos reconocemos parte de ella, es como recuperamos el sentido de sabernos vivos y, a su vez, vislumbramos nuestro propósito.

Por eso, en vísperas del Día de la Madre, queremos rendir nuestro homenaje a estas mujeres que, de algún modo, son madres de todos, como buenas hijas de la gran Madre Tierra. Ellas nos cuidan a través de sus pensamientos y obras, encarnando aquella célebre frase de Mahatma Gandhi que se volvió proverbio: “La tierra no es herencia de nuestros padres sino un préstamo de nuestros hijos“.

Sin importar su edad (¡todas tienen más de 80 años!), nacionalidad o creencias, todas comulgan en una misma certeza: la necesidad de brindarse en un abrazo largo y potente con todo aquello que nos rodea.    

Anne Baring, analista junguiana

“No estamos separados de la tierra, somos parte de ella”

A sus 89 años, esta mujer nacida en Inglaterra renueva a diario su compromiso de bucear a través de los símbolos y misterios que dan sentido a la experiencia humana. “¿Quiénes somos y por qué estamos aquí, en este planeta?”, invita a preguntarse en tiempos complejos como los que hoy nos toca vivir. Y señala que fue la pérdida de lo femenino, entendido como el espíritu de lo ancestral e intuitivo, lo que nos llevó a esta situación dramática donde reina el sinsentido.

Ella misma experimentó esa sombra en carne propia cuando, inmersa en una depresión severa, sintió la necesidad de ampliar la mirada y comenzó a estudiar mitología, religión y psicología para investigar los misterios del cosmos en el que estamos insertos. 

Con una decena de libros publicados, hay un concepto central que es el eje de su pensamiento y de su obra: la transformación de la consciencia de la humanidad a través de un cambio de cosmovisión que explica cómo el paso de una primera fase lunar (femenina) a la fase solar (masculina), significó la ruptura del estrecho vínculo que unía a los seres humanos con la naturaleza y cómo esa desintegración afectó todos los órdenes de la vida: material, espiritual y simbólico. 

Por eso, según expresa, debemos entender el alma como una realidad cósmica. “La razón por la que se ha pensado que el alma es femenina es, creo, porque la idea del alma se desarrolló a partir de la imagen de la Gran Madre cuyo útero cósmico fue la fuente de toda vida. Una de las ideas más importantes derivadas de la imagen de la Gran Madre, fue que la vida se experimentaba instintivamente como un todo orgánico, vivo y sagrado, donde todo estaba tejido en una red cósmica y todos los órdenes de vida estaban relacionados, porque todo era compartido en la santidad de la fuente original“, explica, al tiempo que destaca la necesidad de iniciar cuanto antes el viaje de regreso.

Jane Goodall, primatóloga y activista ambiental

“La especie más diminuta desempeña un papel en este hermoso y complejo tapiz de la vida”

Donde sea que vaya, cientos, miles de jóvenes, la esperan, la aplauden, la reciben de pie, con aplausos, carteles de bienvenida y, según el lugar de la Tierra que esté visitando, con danzas. Jane Goodall, a sus vitales 86 años, es amada y admirada por millones de personas en todo el mundo. El carisma de esta primatóloga inglesa que en los años 60, siguiendo una fuerte vocación naturalista, se internó en el espesor de la selva tanzana, en África, para estudiar a los chimpancés salvajes, supera el ambiente del activismo ambiental.

“Gracias a los chimpancés, la ciencia se ha dado cuenta de que no somos los únicos seres del planeta con personalidades, mentes y emociones. No estamos aparte, sino que formamos parte del reino animal. Nos han enseñado humildad”.

Entrevista en National Geographic (17/12/2018).

Serena, alegre, siempre acompañada por un monito de peluche, viaja por el globo 300 días al año transmitiendo un mensaje de paz y deja, en cada sitio que visita, una semilla de grandeza y humildad. Reconocida con doctorados honoris causa en varias universidades internacionales, condecoraciones y premios por su extensa trayectoria científica relacionada con los animales más similares a nosotros, Jane es para el mundo no ya una madre, sino acaso una inmensa abuela universal cuyo legado es haber ampliado la mirada de la ciencia sobre la naturaleza, ayudando a la humanidad a tener una visión mas empática sobre cada forma de vida que habita el planeta.

Con 34 Institutos Jane Goodall alrededor del globo, Jane es la líder de cabellos blancos y cola de caballo que moviliza a adolescentes y niños a través de, por ejemplo, el programa Raíces y Brotes (Roots&Shoots), presente en casi 80 países, con el objetivo de multiplicar el compromiso ambiental y social de las generaciones más jóvenes. Su sola presencia y esos ojos claros siempre encendidos, despiertan el espíritu de quienes la siguen y la escuchan hablar de lo que hoy más necesitamos: compromiso y esperanza.

Sylvia Earle, oceanógrafa

“Un mundo sin océanos es un mundo sin nosotros”

Las palabras “ecología” o “cambio climático” apenas se pronunciaban cuando una jovencita Sylvia Earle se sumergió por primera vez en las profundidades del océano. Tenía 17 años y tal vez sin saberlo, vivía la primera de una larga trayectoria dedicada a la exploración y a la protección de los mares. Hoy lleva décadas estudiando y cuidando el ambiente marino, ese espacio donde en un tiempo remoto se originó la vida.

Con 85 años, tiene en su haber más de 7500 horas bajo el agua, observando la riqueza y la fragilidad del mundo submarino.

Por su trabajo, esta oceanógrafa estadounidense obtuvo el reconocimiento de Héroe del planeta de la revista Time en 1998 y el Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2018, entre varios galadornes. Como toda pionera, abrió caminos e inspiró a otras mujeres. Admiradora de Jacques Cousteau, Sylvia encabeza actualmente el proyecto Mission Blue (Misión azul), una iniciativa con la que pretende lograr que este año, el 20% de las aguas marinas se hayan declarado áreas protegidas.

Un mundo sin océanos es un mundo sin nosotros. Y lo cierto es que vamos progresando. Cabe recordar que en 2006 apenas un 0,65 % de los mares gozaba de algún tipo de protección“, se lee en una declaración publicada por la revista National Geographic, entidad científica de la que es parte, con el título de Explorer. Motivada por la curiosidad, el amor al conocimiento y el proteccionismo ambiental, Sylvia aún desciende al océano para ser testigo, por ejemplo, del momento del año en que los corales del Golfo de México realizan su habitual desove masivo, en una fiesta reproductiva como solo naturaleza fecunda sabe obsequiar.

Jean Watson, enfermera

“El cuidado humano es una experiencia invisible pero maravillosa”

Hija menor de ocho, esta enfermera estadounidense supo desde chica que quería dedicar su vida a cuidar de otros. “Tener tantos hermanos me hizo estar atenta a lo que ocurría a mi alrededor”, sostiene hoy, con 80 recién cumplidos. Desde entonces, su misión sigue intacta. Y fue la repentina muerte de su padre, cuando era adolescente, lo que la llevó a inscribirse en la escuela de enfermería. 

Pero durante los años de estudio, Jean vio con decepción cómo todo era acerca de procedimientos, tratamientos, medicamentos, patologías… “Nunca nos hablaban de la dimensión de lo humano”, lamenta. Así fue que, a la hora de acompañar a sus pacientes, decidió dejar la teoría a un lado para conectar con los sentimientos y apelar en sus tratamientos a desplegar una mirada trascendente.

Para nutrirse, estudió filosofía y psicología transpersonal, viajó por el mundo y abrazó la espiritualidad de distintos países. Hasta que decidió volver a su mundo conocido para unir todos esos saberes y visibilizar la importancia del cuidado, creando un método basado en un contacto estrecho con la la naturaleza humana. Porque, para ella, cuidar es una parte trascendente del ser; el acto más primitivo que un ser humano realiza para llegar a ser.

Cuidar es una práctica fundamental para sostener la vida”, remarca esta enfermera que también es madre y abuela y que, luego de perder un ojo en un accidente, tuvo aprender a mostrarse vulnerable y dejarse cuidar. “Esas vivencias me enseñaron a ser, a entregarme, a dejar ir, a recibir y a estar abierta a misterios y milagros desconocidos. Así aprendí que, en este viaje de cuidado y sanación que todos emprendemos, lo único que nos sostiene es el amor”.

Abuela Margarita, guardiana de la tradición maya

“Toda la humanidad tiene la sabiduría divina dentro”

Solo basta escucharla reír con fuerza para comprender el sentido, profundo y a la vez simple, que alberga el acto de vivir. Nacida en México y guardiana de la tradición maya, la abuela Margarita invita a todo aquel que quiera oírla a reconectar con el gran espíritu que nos habita, de la mano de esa sabiduría ancestral que, asegura, todos llevamos dentro. ¿La clave? Mirar, sentir, tocar, escuchar…

Soy el poder dentro de mí. Soy el amor del sol y la tierra. Soy gran espíritu y soy eterna. Mi vida está llena de amor y alegría”.

Abuela Margarita

Soy el poder dentro de mí. Soy el amor del sol y la tierra. Soy gran espíritu y soy eterna. Mi vida está llena de amor y alegría”, canta y jura que, a través de ese mantra, es posible volver al gran útero de la Madre Tierra. Allí, asegura, podemos vivir alegremente, en armonía, y amándonos y amando. “El poder del cosmos, de la tierra y del gran espíritu está ahí para todos, basta tomarlo. No hace falta aprender nada, solo debemos recordar”, señala.

En ese tránsito hacia una consciencia instintiva, ¿qué rol podemos cumplir las mujeres?El papel de las mujeres es bien bonito, porque somos las cuidadoras de la humanidad”, suelta, agradecida de tener ella misma ese poder. Criada por su bisabuela, a quien define como “curandera y milagrera”, lo sabe con certeza: para ser feliz en el mundo se necesita despertar lo femenino y volver a esa naturaleza espiritual y trascendente, lo sagrado femenino, que todos .varones y mujeres- tenemos. “¡La felicidad es tan sencilla! Consiste en aceptar y respetar lo que somos, exclama.

Enamorada de la vida, la abuela Margarita no reniega de la muerte, a la que considera un cambio, pero no un final. “Cuando mi hija murió el horizonte se amplió y las percepciones perdieron los límites. Por eso ahora puedo verla y hablar con ella”, comparte y cuenta que una semana antes de morir, su padre fue a recoger sus pasos:  “Recorrió los lugares que amaba y a la gente que amaba y se dio el lujo de despedirse. La muerte no es muerte, es el miedo que tenemos al cambio”, dice esta abuela que sueña con irse de este mundo cantando, no sin antes ayudar a las personas a encontrar el verdadero sentido de la vida. ¿Cuál es para ella? “Saber que somos seres sagrados y que la Tierra es nuestra madre”.

Jean Shinoda-Bolen, médica psiquiatra

“Debemos entrar en una fase de bosque”

Con esa frase, la psiquiatra, analista junguiana, escritora y conferencista estadounidense de 84 años, describe la necesidad del ser humano de deambular por el mundo y a la vez buscar internamente el enorme potencial del alma. Ella misma decidió integrar su experiencia de la espiritualidad, el feminismo, la psicología analítica, la medicina y su vida personal, para brindar cobijo a aquellos que buscan su propósito, instándolos al reconocimiento de los distintos arquetipos y al encuentro de una causa que los refleje.

A través de sus trabajos y conferencias, ha lanzado un mensaje urgente, especialmente dedicado a todas las mujeres para salvar el planeta y, con ello, salvarse a sí mismas de la mano de una vida íntegra, coherente.

“Oriente y Occidente son dos mitades de un todo, representan los dos aspectos internos de cada individuo, hombre o mujer. La escisión psicológica puede curarse a través de una unión interior, que permita un flujo entre los hemisferios izquierdo y derecho, entre lo científico y lo espiritual, lo masculino y lo femenino, el yin y el yang”, destaca. Para ella, el concepto de “maternidad” también remite a nuestro vínculo indisoluble con la Madre Tierra: “Es el instinto de la madre, el arquetipo de la madre, la diosa madre, lo sagrado femenino, la Diosa, Gaia”, describe y considera que las mujeres, como género, tienen cualidades y prioridades que el mundo necesita para revertir la destrucción.

Pero, ¿cómo hacerlo? Asumiendo una misión.Se trata de trabajar con el alma”, destaca ella y recuerda que fue a sus 8 años cuando sintió por primera vez la presencia de lo divino, al observar la Vía Láctea desde la cima de una montaña. “Fue mi primera experiencia liminal, de estar entre este mundo y el mundo del misticismo y el misterio”.

Convencida de que los círculos de mujeres pueden hacer la diferencia a través de la empatía, llama a encontrar en esa red infinita de almas femeninas una verdadera sinergia. “Hemos aprendido que las mujeres que se reúnen en grupos y dicen la verdad de sus vidas pueden cambiar el mundo“, revela.

Betye Irene Saar, artista

“Las estrellas y la vigilia mística pueden tener las respuestas”

Artista y narradora visual estadounidense de origen afroamericano, su técnica es conocida mundialmente por desarrollar el ensamblaje y el grabado. El año pasado, con sus 93 años (hoy tiene 94), presentó una de las exposiciones destacadas del MoMa con la alegría de una niña. Aunque es considerada una leyenda del arte contemporáneo, ella aclara:  “Solo soy una chica feliz de poder crear en este mundo”.

Pero no siempre se dedicó al arte: fue trabajadora social hasta que, a los 46, comenzó a ensamblar objetos encontrados que disponía dentro de cajas, como si fueran úteros. Dos de sus obras más queridas, de hecho, hablan sobre la maternidad; las mujeres inspiraron muchos de sus trabajos. Como integrante del Black Arts Movement en la década del 70, desafió los estereotipos de género y criticó el racismo. “Mi objetivo como artista es crear obras que expongan la injusticia y revelen la belleza”. En sus creaciones siempre aparecen elementos de descarte y recuerdos personales entrelazados como parte de un vasto universo donde todo cobra sentido en esa unión.    

Para encontrar inspiración, jura que solo necesitó mirar a su alrededor. “La naturaleza ha conseguido todos los colores. El arco iris es, espiritualmente, un símbolo de esperanza, una promesa”. Por eso, con su arte, ella se ha comprometido a preservarla:Me considero una recicladora. Desde niña revisé la basura para ver qué dejaba la gente“.

Tenía apenas 5 años cuando su padre murió, la infancia no fue sencilla. Y, como su madre trabajaba todo el día, quedó al cuidado de su abuela. Ella le enseñó que, aun en los peores momentos, la religión y los cuentos de hadas siempre podían salvarla. Y lo mismo mirar las estrellas. “La curiosidad | por lo desconocido | no tiene fronteras. | Símbolos, imágenes, lugares y culturas se fusionan. |El tiempo se escapa. |Las estrellas, las cartas, la vigilia mística | pueden contener las respuestas. | Al cambiar el punto de vista | se libera un espíritu interior. | Libre de crear”, escribió Betye, más tarde, en su honor.

 Dos obras de Saar: Madonnas de medianoche (1996) y Madre e hijos en azul (1998).

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