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14 agosto, 2017 | Por

Los paisajes de Clara Díaz

Fue la ganadora del Gran Premio a la Trayectoria 2016 del Fondo Nacional de las Artes por las increíbles alfombras que, a partir del 22 de agosto, se exhibirán en la casa de Victoria Ocampo. En Córdoba, da clases a aquellas mujeres inquietas que buscan aprender y continuar su legado. La visitamos para conocer el mundo secreto de sus obras.


Texto: Agustina Rabaini.  Fotos: Archivo Clara Díaz y Fondo Nacional de las Artes

“El diseño de las alfombras de Clara juega cada tanto con el equilibrio de animales chicos y flora grande, como lagartijas y claveles, y en otras las aves ocupan el aire rosado como esas reinamoras que empujan las flores del aire a los rincones. Pero en todas hay una duda, una especie de imperfección que parece resolverse a último momento como un suspiro de alivio. Clara dice que no sabe lo que hace, pero acierta como algunos niños, sobre todo con el color. Mírenlo. Para qué describirlo”, escribió Martín Cullen, uno de los mayores conocedores y coleccionistas de las alfombras de esta artesana descendiente de los Díaz y de los Allende, dos de las familias más tradicionales de Córdoba.

El Fondo Nacional de las Artes (FNA) presenta la exposición de alfombras artesanales “El camino del bordo”, con piezas de la Ganadora del Gran Premio Trayectoria FNA 2016 Clara Díaz. La inauguración será el martes 22 a las 19 en la Casa Victoria Ocampo.
“Fue un honor para nuestro Directorio elegir a Clara Díaz: una de las maravillas que produjo nuestra región mediterránea y su tradición ancestral, la de las alfombras de bordo. Miembro de una antigua familia que se instaló en Córdoba hace ya muchas generaciones, Clara es una gran artista que muy pocos conocen, un secreto bien guardado de nuestra increíble Argentina”, explica Carolina Biquard, presidenta del FNA.
La exposición está compuesta por diez alfombras de gran tamaño bordadas por Clara Díaz y otras piezas trabajadas por sus alumnas. “El camino del bordo” puede visitarse hasta el 23 de septiembre, de martes a sábados, de 12 a 20, en la Casa Victoria Ocampo, Rufino Elizalde 2831, CABA. Entrada libre y gratuita. Más info: www.fanartes.gob.ar

Corrían los años ochenta y Clara, que vivió gran parte de su vida en el campo de Maza, en Ischilín, Córdoba, había llegado a Buenos Aires para exponer veinte de sus creaciones en el Museo de Arte Decorativo. Parte de ese conjunto de obra puede verse en estas páginas, y a esas piezas la artista sumó otras alfombras a lo largo de los años. A medida que iban pasando las estaciones, Clara continuó trabajando incansablemente, siempre sentada en el piso del living de su casa en la capital cordobesa. 

A esa misma vivienda llegamos una tarde a visitarla y, en medio de una cortada que es en sí misma un oasis en plena ciudad, atravesar la puerta de entrada nos condujo al living-comedor grande donde se respira mucho de su amor por el campo y por la obra de los padres jesuitas en los que buscó refugio y comprensión a lo largo de la vida.

“Esta casa se construyó en 1972”, recuerda, y cuenta que, hasta entonces, sus días transcurrieron en el campo, con sus tiempos, labores y paisajes tan particulares. “Cuando vine para acá, quise que la casa tuviera piso de ladrillo y puertas de la Colonia, esas mismas que alguna vez pertenecieron al monasterio de las catalinas de Córdoba”. ¿El tejido? “Me gustó siempre y el primer recuerdo que tengo de eso es de cuando todavía no iba a la escuela. Tenía 5 o 6 años y me gustaban las muñecas: un día le dije a mamá que quería hacerles una alfombra; ella tomó un pedazo de arpillera, me enseñó a hacer punto cruz y me dijo que hiciera unas líneas celestes y otras azules… Para las alfombras de bordo, pasaron los años y algunas cosas más. Todo empezó porque una vez mi papá se había  enfermado y, como tenía que quedarme cuidándolo, le pedí a una tía, Mecha Pizarro Crespo, que me ayudara a hacer las alfombras que hacían las monjas catalinas. Buscaba entretenerme y así empecé”.

Un poco de historia

En tiempos remotos, las alfombras de bordo cubrían los estrados y los pisos de los altares. Construidas con la antigua técnica que tuvo su auge en la época colonial, en nuestro país se produjeron  obras de arte preciosas. “Las hago desde hace mucho tiempo y tengo algunas alumnas, entre ellas mis sobrinas, a quienes les digo que esto es fácil; la técnica es mínima, lo que diferencia un trabajo de otro es la creación. Trabajo con agujas grandes y chicas, pero sobre todo con mis recuerdos del campo, con el amor por la naturaleza y los animales, con mi imaginación”, cuenta.

“No estudié dibujo, pero todo lo que sé lo tengo adentro. Cuando uno se pone a bordar es algo muy íntimo. A medida que uno borda, va viendo la naturaleza y va sabiendo lo que tiene en la cabeza, porque la cabeza manda la mano. Por ejemplo, yo ahora tengo que bordar unos pavos para unas personas que me pidieron, pero esa alfombra no me sale de adentro. El pavo no me sale de adentro. No es un animal que me salga como el quirquincho, el zorrino, el chancho del monte”, relata la artesana sobre los encuentros con sus discípulas. La confección de cada alfombra puede tomarle entre uno y cuatro años.

Al paisaje de campo, Clara vuelve de visita y con el pensamiento: “Todavía extraño mirar lejos. En Maza me sentaba en la galería y miraba todo a través del valle, desde la sierra chica hasta la sierra grande. Los días que estaba claro, se veía el cerro Hierbabuena a la distancia”. En su casa, además de las puertas de conventos que ella misma hizo traer cuando llegó, hay elementos de campo e imágenes religiosas, una frase de la madre Teresa de Calcuta y algunos libros –otra de sus pasiones porque Clara es profesora de Literatura e Historia y llegó a ejercer en barrios de esta misma ciudad–. Más allá, su rincón preferido es un lugar cercano a la ventana, donde trabaja y entra buena luz desde el jardín.

“Con el tejido se trata de observar, porque esta no es una forma de aislamiento sino de relacionarse mejor con uno y con los demás. Cuando todavía vivían mis padres y mis tías, conversábamos y así el trabajo avanzaba más rápido. El tejido de bordo pasó de los conventos de las monjas a los hogares; yo empecé por una necesidad imperiosa de expresarme y  distraerme. Cuando terminaba con mis tareas en el campo, me dedicaba a las alfombras. Hacerlas fue un tónico para mi templanza”, dice, y sale a buscar otro tejido, una prenda pequeña para uno de los recién nacidos de la familia, que siguen llegando.

“Con el tejido se trata de observar, porque esta no es una forma de aislamiento sino de relacionarse mejor con uno y con los demás”.

“Mi familia es enorme, nosotros éramos nueve hermanos y veraneábamos todos juntos en Maza. Ese campo nos viene por los Allende, y la estancia de Santa Catalina por los Díaz. Ese lugar también perteneció a nuestra familia y hace un tiempo se hizo un encuentro de parientes por los cuatrocientos años de la llegada de los jesuitas. Clara se levanta, busca la gran foto familiar y así seguirá contando anécdotas de familia y aparecerán más alfombras, más puntadas de hilos y palabras. Mientras tanto, la tarde fue cayendo y un libro más, sobre la mesa, nos ayuda a cerrar la nota. “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”, lee en las páginas, rescatando una cita de Albert Einstein. “Eso es lo que quiero decirles a los sobrinos, los que vienen atrás”, agrega, y rumbea hacia la cocina para preparar un té. Pero antes, sin saber que la observamos, fija la mirada en la alfombra que quedó sin terminar. Qué duda cabe de que no soltará ese desafío hasta la última puntada. Su lema, decíamos, ha sido siempre perseverar.

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