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Pareja

26 mayo, 2010

Los 6 mitos de la pareja


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Y a mí, ¿qué me contaron?. Por Isabel Martinez de Campos.

Las mujeres crecimos viendo películas románticas, leyendo novelas rosas o escuchando a nuestras madres, tías o abuelas decir una serie de verdades a medida sobre lo que deben ser una pareja y el matrimonio. Aunque no entendiéramos demasiado, esos mensajes quedaron grabados a fuego en nuestra mente y en nuestro corazón. Pero con el tiempo, y los golpes, nos fuimos dando cuenta de que esas premisas, como que una persona va a cambiar cuando se case o que el otro llega para completarme, no son tan ciertas. Son mitos o simplemente frases hechas que, en lugar de ayudarnos, terminan llevándonos a poner nuestras expectativas en donde no deberían estar o a buscar una salida donde no la hay.

Algunas de estas creencias ya están por completo desterradas, pero hay muchas que todavía siguen vigentes y nos impiden tener una vida más plena. La realidad es que, por más que las mujeres avanzamos en muchos aspectos, algunos de esos mitos siguen en nuestro inconsciente. Hoy quisimos sacarlos a la luz y ponerlos bajo la lupa de un grupo de especialistas para analizar cuánto de verdad y de mentira encierra cada uno de ellos.

 

1. “Sin un novio estoy incompleta”

Aunque muchísimas mujeres nos muestran día tras día que pueden llevar una vida con proyectos y satisfacciones sin tener un varón al lado suyo, todavía seguimos pensando en la pareja como esa mitad que llega para completarnos, como si nuestra identidad estuviera dada por otro que viene a rescatarnos. “Tiempo atrás existía la idea de que las mujeres éramos salvadas por ‘el caballero del blanco corcel’ que nos daba su nombre, su dinero, su protección… Éramos ‘propiedad’ de ellos, la ‘señora de’. Nosotras y nuestro lugar en el mundo estaba marcado por ‘el marido que supimos conseguir’”, explica la psicóloga Gabriela Vasquez Mansilla.

Hoy sabemos que una mujer sin un novio o un marido es un ser entero que tiene una vida, trabaja, se busca a sí misma y no necesita indefectiblemente a un varón a su lado para ser alguien. Según la filósofa Marisa Mosto, una mujer sola es una persona con posibilidades de soñar proyectos importantes para su crecimiento personal y para beneficio de la comunidad: “Es una persona con capacidad para crear, para gozar y para generar vínculos enriquecedores. Entre esos proyectos puede estar el de formar una pareja y tener hijos, pero eso no se convierte en el único motivo de su vida”. Aunque es cierto que este mito fue cambiando, para la licenciada en Psicología María Luisa Perkins sigue teniendo vigencia. “Una de las tantas formas de llamar a estas conductas es ‘patologías del desvalimiento’, que significa no tener recursos para valerse por sí misma. En este caso, es el otro quien otorga el ser, la identidad. Por eso, sin el otro no soy nada –explica–.

Cuando actuamos según esta frase, podemos establecer vínculos de tipo simbiótico, donde estamos pegadas al otro, dependemos emocionalmente de él y vivimos cualquier tipo de separación como un desgarro. Y lo que es peor, corremos el riesgo de caer en relaciones de sometimiento absoluto y con un alto porcentaje de violencia, ya sea física o emocional, porque el varón puede maltratar a la mujer y hacerle sentir que su opinión no es importante o no vale”.

 

2. “Cuando nos casemos, él va a cambiar”

Este mito lleva a patear para el futuro los problemas que exigen un cambio de actitud en el presente. “Casarse trae nuevos desafíos a la relación. Si la pareja se desenvuelve dentro de una atmósfera en la que los dos se sienten cómodos y están dispuestos a poner lo mejor de cada uno, logran la ‘plasticidad’ necesaria para encarar esta nueva etapa”, dice la filósofa Marisa Mosto. Pero aclara que no se puede pensar el casamiento como una “entidad mágica” que por sí sola va a hacernos superar las dificultades de una relación. Quizás, incluso, termine con ella: “En general, los problemas de pareja son simplemente problemas personales que se ‘exportan’ a la pareja. Problemas que tiene uno consigo mismo. Una forma de mejorar la relación es intentar primero ser una mejor persona y, a partir de eso, modificar lo que haga falta.

Cuando uno cambia su modo de relacionarse, cambia el universo con el que uno se relaciona”. En algún punto, esta sensación de que la pareja va a mejorar después del casamiento esconde un autoengaño, explica Gabriela Vasquez Mansilla: “Esto forma parte de una sobrevaloración del propio poder o capacidad . ‘Va a cambiar’ significa, en realidad, ‘Yo voy a cambiarlo, yo voy a poder’”. En este punto la psicóloga recuerda el libro de Robin Norwood Mujeres que aman demasiado, donde se plantea claramente cómo muchas mujeres se sienten seguras controlando al otro y ocupándose de él como si fueran las madres de sus parejas, para no hacerse cargo de su propia realidad.

En estas situaciones se corre el riesgo de caer en relaciones tóxicas. En realidad, nosotras no estamos capacitadas para cambiar al otro y es difícil que alguien nos haga cambiar. Lo cierto es que el amor está en respetar al otro como es, y si las diferencias son irreconciliables, tal vez haya que pensar que la relación no puede funcionar.

 

3. “El amor todo lo puede”

Si queremos entender esta frase, tal vez tengamos que remontarnos a tiempos remotos. Para empezar, según Vasquez Mansilla, habría que definir la palabra “amor”: “Hay una concepción del amor como mito romántico, derivado de los últimos rastros del amor cortés medieval. Los caballeros partían a las cruzadas dejando a sus damas solas por largo tiempo. Entonces, aparecían los juglares cantando al amado ausente, y así surgió el romanticismo como medida de amor verdadero. Este mito ha llevado a muchas mujeres a sobreadaptarse, a soportar abusos y a justificar lo injustificable en nombre de ese amor fantástico. Sin embargo, el amor verdadero es una decisión, un acto de la voluntad de querer el bien del otro, un trabajo constante para entregarse generosamente a los demás. El amor verdadero no es sobreadaptación, sino libertad y capacidad de perdonar”.

El amor auténtico es aquel que comprende que el otro puede equivocarse, que está arrepentido, que lo mueve el sincero deseo de recomenzar una historia mejor. “Pero cuando el perdón significa, en realidad, un torpe miedo a enfrentar la realidad, una simple inercia a seguir en el camino equivocado, una incapacidad de poner límites a una relación que nos humilla y desgasta, es un atajo falso que nos envilece”, concluye la filósofa Marisa Mosto.

 

4. “Con un hijo todo se va a arreglar”

“No nos estamos llevando bien, lo siento un poco lejos, hay algo que no funciona… Creo que lo que nos está faltando es un hijo. Cuando tengamos un hijo, las cosas van a ser distintas, mejores. Todo se va a arreglar”. Aunque no se animen a decirlo en voz alta, algunos matrimonios creen que ésta puede ser una salida a los problemas. Es duro aceptarlo, pero un hijo no une a las parejas que tienen diferencias; al contrario, las acentúa. Un chico necesita mucha contención, disponibilidad afectiva y física, y, especialmente, acuerdos básicos acerca de la crianza. Eva Rotenberg, directora de la Escuela para Padres, cree que si la pareja no esta bien “soldada”, un hijo será un tercero que interferirá en una relación y que, en lugar de solucionar las cosas, hará que se vayan sumando problemas.

“Si el matrimonio no está bien, tener un hijo distrae a los cónyuges de sus problemas. Son padres más que esposos. En el caso de la madre, ella tiene un objeto de amor que la llena y gratifica, y se olvida de los reclamos, insatisfacciones y quejas. Un hijo puede dilatar los tiempos pero, a la larga, los desacuerdos vuelven a aparecer. No en vano hay una alta tasa de divorcios cerca de los 50 años, cuando los hijos se están yendo, y el famoso nido vacío en realidad no está vacío: está tu marido o tu mujer. Pero no alcanza”, explica Vasquez Mansilla.

María Luisa Perkins dice que la llegada de un hijo requiere que los padres tengan clara la diferencia entre dos órdenes, el conyugal y el parental, para preservar la salud mental de sus hijos. Los padres deben ser los depositarios de las angustias de sus hijos y no a la inversa. “Cuando deseamos salvar a la pareja con un hijo, en realidad, estamos teniendo expectativas un poco inmaduras, ya que estamos esperando que la salvación venga de afuera –agrega Vasquez Mansilla–. La verdad es que a la pareja la salvamos o la hundimos los cónyuges. Querer tener un hijo a toda costa puede esconder lo que en la jerga de la psicología se llama un ‘supuesto narcisista’, que implica el deseo egoísta de tener un hijo como una posesión. Y aunque muchas mujeres no lo quieran reconocer, piensan: ‘Ahora que tengo a mi hijo, ya no lo necesito a él’”.

 

5. “Los opuestos se atraen”

Esta afirmación que para la física es ley (los polos opuestos se atraen) no es necesariamente cierta cuando hablamos de formar una pareja sólida y duradera. Es posible que, en un comienzo, las diferencias entre dos personas hagan que se sientan atraídas por eso distinto que les muestra el otro, pero con el tiempo lo mismo que los unió puede llegar a separarlos. “A la larga, las diferencias van a empezar a notarse y a molestar. Con atracción química no basta, hace falta mucho más”, dice Vasquez Mansilla.

Marisa Mosto cree que en lugar de hablar de opuestos, hay que hablar de personalidades complementarias, siempre que nos movamos en el terreno de lo sano: “A una persona melancólica e introspectiva, por ejemplo, le viene muy bien relacionarse con una personalidad alegre y extrovertida, y lo mismo al revés. Este tipo de parejas anda bien cuando por complementarse se ayudan mutuamente a superar sus limitaciones y no cuando contribuyen a endurecerse dentro de sus límites. A veces, las personalidades contrarias terminan siendo una especie de locura compartida”.

La relación de pareja es algo que se construye día tras día y las afinidades, la comunicación, el entendimiento y el respeto mutuo son fundamentales para crecer y sentirse más plenos. Vasquez Mansilla cree que es posible que una pareja ‘despareja’ funcione de una manera armónica, pero siempre y cuando se tenga plena conciencia y aceptación de las diferencias: “Dos personalidades diametralmente opuestas pueden estar juntas si existe el respeto por la individualidad del otro y si cada uno potencia a su pareja en sus cualidades y deseos de ser quien ella o él es”.

 

6. “Él tiene que satisfacer todas mis necesidades”

Hablamos de ese mito que dice que el matrimonio debería ser una especie de “pequeño paraíso” de felicidad permanente. Ésta es, para Marisa Mosto, una creencia muy actual. Las películas, novelas y propagandas transmiten una imagen de felicidad que parecería estar al alcance de la mano si uno encuentra a la persona indicada. “En su vida de pareja las personas tienen muchísimo que ofrecerse una a la otra en un camino de crecimiento compartido –dice Mosto–.

Pero en ningún caso alguien puede significar ‘todo’ lo que el otro necesita. El ser humano es, por naturaleza, un eterno insatisfecho, y no me estoy refiriendo a un tema de consumo, sino a que naturalmente siempre estamos anhelando una vida mejor, más plena. Si no admitimos que ése es nuestro estado natural, podemos engañarnos y pensar que nuestra insatisfacción existencial se debe a que nos hemos equivocado de persona en nuestra elección, cuando en realidad es algo constitutivo de nuestra naturaleza. Así corremos el riesgo de vivir amargados y de no valorar las pequeñas-grandes conquistas que hemos ido logrando en nuestra vida”.

Si buscamos que el otro satisfaga todas nuestras necesidades, estamos equivocadas porque nosotros, como seres humanos, somos limitados. Vasquez Mansilla dice que lo único que puede satisfacernos por completo se encuentra en otro plano, el del alma: “El ser humano es de por sí espiritual y sólo su relación con un ser superior lo puede completar”.

 

 

 

 

 

 

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