Sophia - Despliega el Alma

Rescate

3 abril, 2018 | Por

Lo que el agua no se llevó

Hace 5 años, la ciudad de La Plata quedó bajo el agua y Susana, una vecina de 63 años del barrio La Loma, fue una de las tantas damnificadas. En medio de la tragedia, su historia de encuentro nos habló de la importancia del amor entre tanto dolor. Hoy volvemos a compartir su testimonio, como un símbolo.


A cinco años de la tragedia, todavía no se conoce el número oficial de muertos.

“Todavía, por momentos, me parece sentir el olor. Una mezcla de cloaca, nafta, humedad… Ese será de ahora en más, para mí, el olor del miedo. También me parece sentir el frío, el impacto del agua contra mi cuerpo. El temblor de estar mojada hasta más allá de la cintura. La impresión de querer moverme y no poder. O la certeza de estar más sola de lo que estuve alguna vez en mi vida.

Ni siquiera cada vez que vuelvo a revivir mentalmente esas sensaciones, llego a entender lo que vivimos esa noche en La Plata. Me cuesta, sobre todo, darme cuenta de que podría haber muerto. ¿Por qué no, si murió tanta gente, aunque ni siquiera nos dijeron cuántos fueron? Si yo quedé paralizada en un rincón de la cocina, mientras el agua subía, primero hasta los zócalos (no es grave, me dije, mientras intentaba barrerla hacia fuera), pero después más y más alto, con una rapidez que impresionaba, hasta alcanzar el metro y medio, o más. Fue así como me quedé mirando como si no estuviera ahí, como si fuera en realidad el cuerpo de otra persona el que se encontraba a la deriva en un mar de terror, viendo cómo todos mis recuerdos iban quedando sumergidos: las fotos, la máquina de coser de mi mamá, las camitas siempre tendidas para los nietos (que, a la vez, habían sido alguna vez de mis hijos), el juego de living que tanto nos había costado comprar con mi marido y que se había convertido en nuestro orgullo hogareño, como si lo material, al fin y al cabo, valiera algo…

“… me quedé mirando como si no estuviera ahí, como si fuera en realidad el cuerpo de otra persona el que se encontraba a la deriva en un mar de terror, viendo cómo todos mis recuerdos iban quedando sumergidos: las fotos, la máquina de coser de mi mamá, las camitas siempre tendidas para los nietos…”.

Esa noche grité una, dos veces, pidiendo ayuda, pero nadie respondió. Después, no sé cómo, me quedé dormida, sentada sobre un armario en donde suelo guardar porquerías. Llegué hasta ahí arriba subiéndome primero a una silla y después a la mesa, cuando me di cuenta de que el agua ya no iba a bajar, como creí en un principio. Todo era muy confuso: la oscuridad (el suministro eléctrico se había cortado), las alarmas de los autos sonando constantemente, la lluvia golpeando todo sin parar y un silencio amargo, profundo, que apenas se alternaba con chillidos que en ese momento creí eran de animales, pero hoy sé que también eran de personas.

Como tenía miedo de salir, decidí quedarme en la casa. Y me desperté recién entrada la madrugada, con los pies helados y la certeza de que había vuelto a nacer. Era un sentimiento muy claro e inexplicable, como el de nadar desde el fondo hasta una superficie siguiendo la huella de la luz. Entonces, me puse a llorar como una nena y me dije que todo eso debía tener algún significado, que ya no podía seguir igual.

Creo que lo que más me duele de todo lo vivido es que nadie nos ayudó. Esa noche todos los platenses nos quedamos solos, cara a cara con Dios. No hubo intendente, ni gobernador, ni policía, ni Defensa Civil, ni nadie que nos diera una palabra de aliento o un té caliente. El destino de cada uno de nosotros quedó marcado por la desidia y la irresponsabilidad. Pero más tarde, una vez pasada la tormenta, también por todas esas historias de solidaridad anónima, de gente que –aun a riesgo de arriesgar la vida– salvó la de sus vecinos. O por la fuerza que con el transcurso de los días nos transmitieron todos esos jóvenes a los que muchas veces los adultos subestimamos, pero que dieron una lección volcándose masivamente hacia las calles para ayudar.

En medio del dolor infinito por las pérdidas, la solidaridad fue un bálsamo.

Yo nací en esta casa tipo chorizo, con jardín y ventana al frente, que mi papá terminó de construir apenas unos meses antes de morirse. Mamá solía decir: ‘Tu padre nos dejó un techo y se fue tranquilo’ y yo pensaba que prefería mil veces tener un padre que un techo. Con el tiempo mamá murió y yo, hija única, me quedé. Reformamos la casa con mucho esfuerzo junto a mi marido, hasta que quedó tal como la habíamos soñado. Entre estas paredes nacieron mis dos hijos y fuimos felices, trabajando siempre, hasta que crecieron y formaron sus propias familias. Y, sobre todo, hasta que enviudé, hace dos años.

Un rato antes de la tormenta, justo había estado pensando en mis épocas de mayor felicidad, tal como si recorriera mentalmente un álbum lleno de imágenes soleadas. Así fue como también aparecieron en mi cabeza los juegos a la hora de la siesta cuando con mi amiga Mabel (que vivía al lado de casa y, de tan amigas, nos decíamos “primas”) íbamos a caminar por el barrio para jugar a golpear las puertas de los vecinos y salir corriendo; o le invadíamos el almacén a don Valentín para ayudarlo con los pedidos y así nos ganábamos una bolsa llena con las galletitas rotas que quedaban en el fondo de las latas.

No sé por qué apareció Mabel en mis pensamientos aquel día: calculé que habían pasado treinta y pico de años desde que no nos veíamos, aunque yo era la madrina de su hija mayor. ¡Cómo adoraba a esa nena cachetona y siempre sonriente a la que sentía casi como a una hija! De hecho, fui yo quien llevó a mi amiga al parto, porque el papá de la nena solía ir y venir por su trabajo como médico. Me acuerdo de que ese día Mabel me llamó: ‘¡Susy, vení por favor, me duele mucho la panza!’. Entonces, salí corriendo, la subí a un taxi y nos fuimos juntas al hospital. En el camino pensamos nombres posibles para el bebé: si era nene, Gabriel; si era nena, Cecilia.

“Un rato antes de la tormenta, justo había estado pensando en mis épocas de mayor felicidad, tal como si recorriera mentalmente un álbum lleno de imágenes soleadas”.

La pelea con mi amiga fue unos pocos años después del nacimiento de Cecilia y ahora, a la distancia, me parece que fue por tonterías que ya ni recuerdo. Solo puedo decir que cuando empecé a salir con Ernesto (quien después se convirtió en mi marido), las dos nos fuimos distanciando. Primero hubo un par de discusiones, después tratamos de evitarnos y al poco tiempo perdimos todo contacto. Una vez, hace más o menos quince años, la crucé en una farmacia del centro y nos miramos, pero ninguna de las dos atinó a decir nada. Creo que sentí vergüenza o, más bien, pena. ¿Dónde había quedado esa amistad de ‘nunca separarnos’, que solíamos conjurar con las manos apretadas?

Pero dicen que el agua purifica y algo de eso debe de haber. Todavía me pone la piel de gallina lo que pasó al día siguiente, mientras escuchaba los relatos de los vecinos, cargados de historias de valentía, que daban cuenta de ese desastre que aún me costaba creer. ¿Cómo podía haber pasado algo así? ¿Por qué los únicos que se acercaban hasta nosotros eran otros ciudadanos, tristes y desesperados por ayudar incluso a quienes no conocían? Recién entrada la mañana pude hablar con mis hijos por teléfono, que habían pasado la noche en vela, tratando de ubicarme inútilmente porque todos habíamos quedado incomunicados.

Y entonces, mientras iba y venía por mi casa aferrada como una autómata al secador de piso (como si con él pudiera secar hasta las lágrimas), ocurrió algo hermoso, inesperado. La puerta de entrada estaba abierta de par en par y yo todavía andaba empapada de la noche anterior, porque ni siquiera tenía algo seco para ponerme. Primero fue una sensación, como un perfume conocido abriéndose paso entre el hedor. Luego, la confirmación de una presencia; alguien me tocó el hombro por detrás y dijo: ‘Hola, Susy. Vine a ver si puedo ayudarte’. Reconocí la voz, pero giré lento, como quien no entiende cómo ni por qué. Y ahí estaba ella, mi amiga Mabel, con los ojos llenos de lágrimas, observando incrédula la destrucción de esa casa en la que tantas veces jugamos juntas.

Me parece que me arrojé hacia ella, tal vez buscando un pilote resistente al que aferrarme, y quedé apretada contra su pecho, llorando. Ella siempre había sido ‘la alta’, yo ‘la petisa’, pero esa mañana, en un largo abrazo, dejamos de lado las diferencias. Le dije: ‘Gracias por venir, Mabel…’ y me acarició el pelo. Después, poco a poco, nos pusimos a encastrar los fragmentos de un pasado de desencuentros que se había ido, arrastrado por el agua”.

El pesebre destrozado por el agua, uno de los tantos recuerdos del horror.

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