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Sophia - Despliega el Alma

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Edición Impresa

21 marzo, 2018

¡Llegó el otoño, llegó Sophia!

Le damos la bienvenida a nuestra nueva edición, de la mano de una de las estaciones más bellas del año: el otoño. Un cálido abrazo, entre hojas que crujen y caen para contarnos que se acerca del fin de un ciclo, pero también la oportunidad de un nuevo reverdecer.


Un sol tibio ilumina las primeras hojas doradas que caen de los árboles. El tiempo comienza a marcar otro ritmo, un compás amigable con ese nuevo entorno que se dibuja a través de la ventana. Anochecerá más temprano, es cierto. Por eso, vale la pena disfrutar cada uno de los instantes que nos regalan los días del otoño. La oportunidad de sentir cobijo puertas adentro, pero también de respirar hondo el aire fresco que se nos ofrece en una caricia suave y misteriosa, cada mañana. Viento en la cara, ¿hay una imagen mejor para ilustrar el verbo vivir?

Y en eso, ha llegado el momento de volver a encontrarnos, queridas lectoras. La oportunidad de estar otra vez entre sus manos y adivinar aquello que van sintiendo página a página. Esa dinámica nos conmueve siempre, es importante que lo sepan. Porque se trata de pedirles permiso para alcanzarlas y permanecer junto a ustedes durante horas, días, meses. O, como nos cuentan muchas, durante muchos años, ocupando un lugar sagrado en un estante de la biblioteca. ¿Cómo no querer hacer Sophia cada día?

Para que vayan saboreando la nueva edición, les compartimos el editorial de este número, donde los árboles son protagonistas, compañeros, inspiración y a la vez un símbolo claro y permanente del ciclo inexorable de la vida. ¡Las invitamos a descubrirla!

Uno de los inspiradores proyectos de la paisajista chilena Teresa Moller.

Un camino de transformación

 

En la imagen se ve un bosque de ocres y verdes secos en todo su esplendor. Mirarlo nos recuerda que se acerca el otoño, ese tiempo de repliegue, transición y hojas que bailan hasta el suelo.

En la Antigüedad, los pueblos y culturas de orígenes remotos veneraban a los bosques y, en particular, a los árboles. En los cuentos, las hadas se daban cita allí. Los árboles eran guardianes, espejos y maestros de los ciclos de la vida, y su presencia escondía un profundo significado como símbolos de conexión entre lo sagrado y la vida terrenal. 

Con la llegada de la modernidad, la supremacía de la ciencia y el desarrollo urbano, los árboles pasaron a ser objetos de investigación; meros decorados de una vida que comenzó a transcurrir puertas adentro. Se fueron volviendo ajenos. De a poco, tomamos distancia de ellos, que nos dan alimento, abrigo y oxígeno.  

Sin embargo, algo ancestral permanece. Basta sentarnos al reparo de sus copas, recibir la dulzura de sus frutos y ver lo que ocurre cuando nuestros hijos trepan desde la enorme raíz hasta las ramas de un ombú. Entonces, en medio de la ciudad, de pronto conectamos, respiramos mejor y nos preguntamos por qué desatendimos nuestro vínculo primordial con ellos.

¿Qué pasaría si volviéramos a mirarnos bajo su luz, reconociéndolos como metáfora de nuestras vidas? ¿Y cómo serían los días en la ciudad si todos pudiéramos ver árboles desde nuestras ventanas y tomáramos energía de su despliegue vital?

En este número, queremos invitarlos a reconectar con su sabiduría, con la tierra, con nuestra parte más intuitiva y femenina, según sugiere la especialista Inés Olivero. O a entablar un diálogo silencioso de alma a alma, como apuntan los maestros Shinoda Bolen y Thomas Moore.

Dejemos que nuestra mirada recupere su capacidad de asombro y se vuelva encantada. Podremos acercarnos a ellos de la manera que cada uno elija: abrazándolos, regándolos, trepando, sembrando especies nuevas o explorando sus ciclos vitales: del nacimiento al esplendor y de allí al ocaso, la muerte y, otra vez, la renovación.

La paisajista chilena Teresa Moller, una de las entrevistadas de este número, nos ayuda a comprenderlo mejor: “Si estamos tranquilas y conectadas con la naturaleza, podremos oír qué nos dice la tierra”.

Ejercitar la mirada interior, abrir paso a la introspección y recuperar la dimensión simbólica y sagrada del significado del árbol. Y recordar lo que tan bien supo expresar Goethe en el Fausto, “toda teoría es gris, solo verde el árbol dorado de la vida”.

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