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Mujer y trabajo

2 agosto, 2017

Leyes de cupo: ¿mujeres al poder o el poder de las mujeres?

Existen normas institucionales que garantizan la presencia femenina en espacios en los que se toman decisiones importantes. La imposición, sin embargo, no es sinónimo de una auténtica valoración de la participación de las mujeres en espacios claves, opina la autora de esta columna.


Por Jorgelina Albano. Ilustración: Maite Ortiz, archivo Sophia.

Me gusta la frase “Empapadas de Patriarcado”, de la autora italiana Natalia Ginzburg, que escuché por primera vez gracias a Inés Garland, gran escritora argentina. “Empapadas” quiere decir tomadas, como cuando nos empapa la lluvia y casi no podemos ver; esa lluvia que nos inmoviliza y que nos obliga a cerrar los ojos. Hombres, mujeres y niños estamos empapados de patriarcado, tan empapados que para dar más espacio a las mujeres en la sociedad creamos, por ejemplo, leyes de cupo. En el caso argentino, la ley 24.012 –reglamentada en 1993- establece que las listas de candidatos a cargos electivos deben estar compuestas por mujeres al menos en un 30 por ciento.

Hace un tiempo me invitaron a un evento en el que había un panel compuesto por dos hombres y dos mujeres. Uno de ellos, cuando comenzó su exposición, dijo: “Es necesario dar espacio a las mujeres por una cuestión de justicia”. Quise levantarme e irme: si vamos a mantener la superficialidad en la conversación, las mujeres nunca estaremos a la par de los hombres, o quizás lo hagamos en varios siglos más. Esa no es mi expectativa; más bien espero que podamos profundizar la conversación. Y no solo la conversación, sino las soluciones que se plantean para mejorar la situación de la mujer.

Si algo cambió, es gracias a las mujeres que pagaron costos muy altos. Desde las sufragistas que bogaron por el derecho al voto femenino, hasta Malala Yousafzai, la chica pakistaní que desafió al régimen talibán y que, más tarde, ganó el Premio Nobel de la Paz. Está comprobado estadísticamente que si una mujer llega a un lugar de liderazgo, el esfuerzo que tiene que hacer es muy superior al del hombre que llega al mismo lugar. Además, por lo general, gana menos que su par y es juzgada de ambiciosa e inescrupulosa.

Pioneras. Sufragistas inglesas, juntas por el voto femenino, en 1911 (Wikimedia Commons).

Es públicamente conocido que en Europa la ley de cupo dio resultados positivos y generó círculos virtuosos para que las mujeres ocupáramos cada vez más lugares de referencia. Me pregunto qué postura tomaron esas mujeres que por primera vez se sentaron en una silla de poder por una ley que obligaba a los hombres a compartir espacio con ellas. Me pregunto, también, qué hicieron o hacen esos hombres cuando tienen que compartir la decisiones con esas mujeres. Muchas de las que he escuchado dicen que se sintieron tratadas con mucho respeto.

Pero aquí me permito tomar la posición de abogada del diablo y me pregunto si el respeto es solo una cuestión de buen trato y de decoro, habilidades que pueden ser superficiales, y si se valoran realmente la diversidad, la mirada y la opinión que hasta ese momento faltaban.

Jorgelina Albano (1969) nació en Arias, provincia de Córdoba, Argentina. Estudió Marketing y Coaching Organizacional. Desde 1999 se dedica a ayudar a construir comportamientos efectivos en las organizaciones.  Es autora de La Mujer de la Hamaca, una novela que cuenta la historia de una mujer que de niña imaginó un mundo de acuerdo a los cánones familiares en la hamaca del patio de su casa, pero que en su vida adulta tuvo que enfrentarse a sí misma para conseguir conectar con sus deseos y, con ellos, la libertad. Tiene un especial interés en el mundo femenino, sobre todo en cómo ayudar a las mujeres a desarrollar el potencial que les ha dado el género y desde allí fortalecer la autoestima. Es directora e ideóloga del proyecto Alabadaswww.alabadas.com.

¿Por qué tiene que haber una ley para que las mujeres ocupemos el lugar que queremos? Las leyes son imposiciones y lo que viene por imposición y no por deseo demora más en entenderse y valorarse, porque no permite hacerse preguntas. Si tiene que existir la ley –imposición– es porque no existe el valor. De ninguna manera, ante la imposición, el ser humano le va a otorgar valor a algo que no lo tenía previamente a dicha imposición.

Sólo le damos valor a lo que deseamos y a lo creemos que lo tiene. Por eso, si en los lugares de poder existe la creencia de que las mujeres no aportamos valor porque “no nacimos para eso”, nada de lo que venga de una mujer, por más leyes que impongan su participación, será valorado. ¿A qué le damos valor? ¿A la presencia de las mujeres en esos lugares porque hacen un aporte genuino y fundamental? ¿O a la ley?

“Las leyes son imposiciones y lo que viene por imposición y no por deseo demora más en entenderse y valorarse, porque no permite hacerse preguntas”.

Si hay ley, hay castigo, por lo tanto el regente es el miedo y el deber ser. Si hay valor, hay querer ser y éste es el único poder transformador. El castigo es el bolsillo, porque las multas son de índole económico. En poco tiempo más, las empresas que no tengan mujeres en lugares ejecutivos van a valer menos, el precio de las acciones bajará si no tienen entre sus prioridades y, como eje estratégico, la equidad de género. Pero sería verdaderamente triste que la diversidad en términos de género solo sea valorada como un factor económico y no como un agregado de valor.

El aporte de las mujeres será tomado como un agregado de valor cuando la mujer seamos valoradas como un auténtico otro y cuando no le concedamos el poder al patriarcado de sentirnos menos valiosas por el solo hecho de ser mujeres, y nos valoremos a nosotras mismas creyendo fervientemente que podemos ocupar todo el lugar que queremos.

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