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Sociedad

4 junio, 2018

Las Espartanas: esta tarde, la libertad

Integran el primer equipo de rugby femenino dentro de una cárcel argentina y cuentan cómo el deporte les permite salir de la rutina del encierro, juntarse con las internas de los cuatro pabellones y jugar bajo la mirada de entrenadores profesionales. Pero, sobre todo, encontrar otra forma de vincularse, esforzarse y soñar con un futuro afuera.


Por Martín Mazzini. Fotos: Estefanía Landesmann.

Son las dos de la tarde de un frío día de invierno. El pasto está plagado de pozos y charcos con barro. El patio no tiene más de quince metros de largo y es de forma triangular, ideal para jugar al béisbol. En dos de sus lados hay una alambrada altísima y alambre de púa enrollado al nivel del piso. Más allá, torres de vigilancia. No hay vestuario, ni siquiera un banco, y las jugadoras se cambian detrás de una casilla de gas. Los candados en cada una de las rejas que hay que atravesar para llegar al patio son gigantes, como los hormigueros en medio de la improvisada cancha. Cuando el viento sopla para este lado, trae el olor del basural del Ceamse, ubicado a pocas cuadras.

Y estar acá es un privilegio. Así lo viven las quince mujeres que integran Las Espartanas, el primer equipo de rugby femenino formado dentro de una cárcel argentina.

“Al principio, pensaba que no iba a poder, porque tengo problemas de peso, tenía principio de diabetes y colesterol alto. Pero los entrenadores insistieron y desde el primer día, en noviembre pasado, no pude dejar de venir. Bajé como quince kilos y ahora soy una de las mejores tackleadoras”, dice Liliana Patricia Córdoba. “Pato” tiene 38 años, una condena firme de ocho y lleva cuatro entre paredes. “Le pongo todo al juego porque me saca de acá. Cuando vengo me siento libre, puedo sacarme las broncas, emociones y angustias, por ejemplo si tengo problemas en mi casa”, dice mientras sus compañeras juegan un “medio” y practican pases, esperando que lleguen las demás.

“Tuve una infancia muy fea: mi mamá nos dejaba con mi papá, que era alcohólico. Tengo sus puñaladas en el cuerpo. En el juicio, mis hermanas contaron que papá abusaba de ellas”. Hace tres años, se hizo cristiana: “Me sirvió haber caído detenida, fue el propósito de Dios. Si no, por ahí seguía en la calle, muerta o con la droga. Empecé a valorar a mi madre, que está ‘pagando’ lo que hizo conmigo y mis hermanas. Lo cuida a mi hijo, que va a cumplir 1 8 y es discapacitado, habla con lenguaje de señas”.

Además de rendir la materia del secundario que debía, Pato hizo doce cursos –de manicura, costura, instrumentista, electricista, serigrafista y cuidadora de ancianos– y empezó Sociología. En la cancha, cuando agarra la pelota y encara a sus compañeras, también es imparable. “Dios me trajo a este juego para sacar esas cosas malas, como cuando decís voy a reventar, contra el servicio y la gente. Al ser cristiana, en mi pabellón tengo muchos conflictos. Pero no contesto: voy y lloro, hago ayuno, me lo guardo. Y cuando vengo al rugby descargo esas energías. Me voy renovada, nueva, limpia”.

Dice que “el día de mañana voy a venir a ser pastora, o vendría a ayudar a la gente. Con traer un paquete de galletitas, tomar unos mates y hablar de Dios les podemos cambiar el día. A mí me pasó”.

“No se fuma dentro de la cancha”, me retan cuando prendo un cigarrillo. Las Espartanas firmaron un acuerdo de buen comportamiento que implica respetarse entre ellas, a los entrenadores y las reglas, y venir al entrenamiento en condiciones.

“Cuando se empezaron a conocer, había mucha pica entre pabellones”, cuenta Carolina Dunn, la entrenadora, que juega y es manager en Atlético San Andrés de Maschwitz. Hoy la acompañan su hija Federica, de 18 años, dos jugadoras, y Nacho Morgantini, preparador físico en varios clubes de Primera.

Las sesenta presas de la Unidad 47 de San Martín, en la provincia de Buenos Aires, están divididas en cuatro pabellones y casi no se cruzaban dentro de la cárcel. El 25% que forma parte del equipo es un porcentaje mucho mayor que en las otras veinte unidades de hombres donde trabajan Los Espartanos. “Arrancamos en el pulmón de allá, un lugar muy chiquito y con palos en el medio –dice Dunn, y señala el espacio donde ahora hay tres perrotes que las presas cuidan–. El equipo se fue afianzando, con muchos altibajos en lo emocional. Poco a poco se va armando lo que uno quiere: un equipo que se pueda relacionar, tener buen comportamiento y mejorar su vida cotidiana acá adentro”.

–¿Es igual que entrenar a otro equipo?

–Los tiempos, las formas y sobre todo la paciencia son otros. En la calle yo digo “punto” y se acabó. Acá tenés que ir buscándole la vuelta, entender cosas que estando afuera nos podés ver: es otra realidad. Es duro pero muy satisfactorio el 99% de las veces. Los cambios son tremendos.

Belén Serrano está por salir en un par de semanas y, aunque vive lejos, está decidida a jugar en Atlético San Andrés. Todas sus compañeras piensan seguir jugando afuera. Como Jessica
Acevedo, la capitana, de 35 años, que hoy está lesionada pero normalmente corre todos los días para llegar en buen estado a la práctica de los lunes. Las Espartanas ya cargan con dos fracturas y un esguince de tendón, pero todas siguen entrenando.

“Antes algunas venían drogadas, hoy no hay ni una, las veo a todas bien –dice Eliana González, apertura, la más joven del equipo con 20 años, postura de deportista–. Acá hay de todo, como en la calle. El que quiere lo agarra y el que no, no”. En Caseros, donde se crió, jugaba a la pelota y al handball. “Del rugby me gusta la adrenalina: corrés para todos lados, gritás. Algo que adentro no hacemos para portarnos bien, acá sí. Dentro de la cancha no pienso en nada. No sentís dolor, no te cansás. Estoy libre”.

–¿Y los golpes? Se dan con todo…

–Si te caés, te levantás y seguís. No te podés enojar porque te empeorás vos.

Sobre sus compañeras, dice que “a algunas las cambió y a las que están detenidas hace rato, diez años o pasando, les cuesta más entender que si les doy un golpe no se lo hago a propósito. Pero se están acostumbrando”.

Eliana lleva un año y un mes presa. Pasó por La Plata y Batán, y llegó a San Martín hace ocho meses. Firmó por “seis y ocho” (N. de la R. seis años y ocho meses), pero “hoy me dijeron, que si Dios quiere, me voy con una pulsera a mi casa”. Y tiene un deseo: “Me gustaría salir afuera a jugar con chicas de la calle. Nosotras somos de la calle, pero estamos encerradas. Me gustaría ver qué contacto podemos tener con gente de afuera. No vamos a hacer nada malo, solo jugar, que es lo que nos gusta”.

La cancha, marcada con conitos, da para partidos de tres contra tres. No hay líneas ni palos. Pero Las Espartanas juegan como si estuvieran en Wembley. Corren pegadas a la línea imaginaria y se tiran, para tacklear o anotar, aunque se sumerjan en el barro y hoy no haya agua caliente para la ducha.

Imposibles de detener

Al costado del patio, en medio del pasto, hay una caja con una manguera de bomberos. La puerta chirría con el viento. También se oyen pájaros, ladridos y el cacarear del gallo de riña que crían las presas. Cuando necesitan algo, se acercan a la reja con candado y gritan fuerte: “¡Encargada!”. No siempre funciona: hoy no hay una sola botella de agua para saciar la sed después de las corridas.

Sabrina Ruiz (24 años) llega al patio vestida como para una visita: calzas y zapatillas impecables, campera con el escudo de River: “Soy re futbolera. También miro rugby y fútbol americano. En otras unidades hice hockey”, dice después de jugar, agitada. Lleva más de tres años detenida y llegó hace ocho meses. “En otros penales tuve quilombos, pero acá no tengo problemas con nadie y trato de levantar mi conducta a ver si para octubre o noviembre me tiran las transitorias”. Para ella, salir a la cancha es “la mayor libertad que hay, y hay que disfrutarla. Me hizo cambiar una banda a nivel droga, en tener responsabilidad. Es un descuelgue, una descarga de esa energía mal que tengo acumulada. Acá me la quito toda. Llego de jugar, me pego un duchazo y me acosté a dormir”.

–¿Pensabas que era un deporte de “chetos”?

–Sí, porque toda la vida fui a colegios privados y tenía amigos de clase media para arriba que jugaban al rugby. Hoy me encanta. ¡Aguante el rugby!

Otra jugadora, también llamada Sabrina, de 30 años, tiene tatuado en unas enormes letras góticas el nombre “Armando” en su antebrazo. Así se llama su hijo de 12, y también el hombre que la crió. Su padre está preso hace veintiséis años: lo conoció en visitas. Los de Las Espartanas son cuerpos marcados: con tatuajes y piercings en orejas, labios y lenguas. Con marcas de dolor –y también de placer–.

Sabrina lleva siete años y le falta poco para la libertad condicional. Estuvo “en todos” los penales. “Al principio no quería jugar porque tengo una fisura de cráneo y tenía miedo de lastimarme. Hasta que lo superé y empecé. Me estaba achanchando y ahora me está dando fuerza. Me ayuda a descargarme de todo lo que tenía adentro cuando estuve sola, en ‘buzones’. Jugar en una cancha con compañeras, que te den esa oportunidad, es volver a encontrarte con la sociedad. Es como sentirse libre por un rato”.

Termina el minitorneo y algunas jugadoras piden “uno más”. Pero es el momento del tercer tiempo: todos se sientan en ronda de mate y galletitas y cuentan sus sensaciones. “Lolo”, la jugadora de CUBA que ayuda a los entrenadores, reta a las que llegaron tarde: “Yo también me podría haber quedado durmiendo la siesta, pero vine”. Hay pedidos de disculpas. Se habla de cuidar a las compañeras y saber reconocer cuánto da el cuerpo, para no lesionarse. Se habla de sueños: “Ojalá que esto siga creciendo y nos saquen a jugar a una cancha cheta mal”.

Carolina, la entrenadora, les cuenta que está organizando un partido contra un combinado “al estilo Barvarians” en la cancha de césped sintético. Y desata la ansiedad: que puedan ir a entrenar antes, que vengan los familiares, o Alicia, una compañera, la fan número uno, que no se pierde un entrenamiento. “Ustedes saben que no me gusta apurarme –las frena Carolina–. Voy despacito. Vamos de a poco”, dice, pese a que Las Espartanas, una vez puestas en marcha, parecen imposibles de detener.

Ellas también

El proyecto de la Fundación Los Espartanos nació en 2016 con la colaboración de la Unión Argentina de Rugby y los ministerios de Justicia de la Nación y la Provincia. Además del rugby, se basa en reuniones en las que se reza el rosario y en promover cursos de oficios para que los presos tengan una salida laboral al dejar la cárcel. Por decisión consensuada, todos aquellos que quieran formar parte del equipo también se comprometen a continuar sus estudios, sin excepción.

El inspirador proyecto creció con resultados asombrosos, hoy se desarrolla en veintiún cárceles, llega a provincias como Mendoza, Jujuy, Salta y Chubut, y se extendió a las mujeres de la Unidad 47. 

En julio pasado se inauguró una cancha de césped sintético en la Unidad 48, que fue construida con la ayuda de los presos, y donde Las Espartanas también empezaron a jugar, para alegría de la entrenadora y alma máter del equipo, Carolina Dunn. Finalmente, en la Unidad 47, todos los miércoles las internas también pueden asistir a clases de yoga y a charlas grupales coordinadas por abogadas, psicólogas o entrenadoras de coaching.

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