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Artes

16 enero, 2018

La vida secreta de los objetos

Silvio Goren se dedica a la conservación y restauración hace más de cuarenta años. A su taller llegan desde cuadros de artistas consagrados hasta piezas cuyo valor es el afecto que les tienen sus dueños. Para él, cada nuevo objeto sobre el que le toca trabajar es único y dice que debe ser tratado como algo vivo.


 

Por Carolina Cattaneo. Fotos: Camila Miyazono.

Una araña del siglo XVII, posiblemente genovesa, formada por cientos de pequeños caireles de vidrio. Un grabado sobre papel coloreado a mano, inglés, de 1885. Un enorme jarrón chino de porcelana del siglo XIX. Un cuadro con la firma del argentino Eduardo Mac Entyre, del siglo XX. Repartidos entre las cuatro salas del taller de Silvio Goren, los objetos esperan en aparente quietud la protección de la mano experta.

Llegan hasta allí, un estudio de Balvanera montado en una casa de 1927, llevados por alguien que quiere preservarlos de los efectos del paso del tiempo o que busca devolverles el vigor y la apariencia que supieron tener. Contienen en sí el peso de la historia, el rastro de un artista talentoso o la carga afectiva de una familia. Sus dueños los entregan con confianza porque saben que este hombre de 69 años, de pelo blanco y colita a la altura de la nuca, los sabrá cuidar: lleva más de cuarenta años dedicado al oficio de conservar y restaurar desde muebles hasta vajilla, desde candelabros hasta cuadros, desde esculturas hasta libros. Lo hizo con obras de coleccionistas privados, y lo hizo con piezas de instituciones como el Museo de Arte Decorativo, el Museo Nacional de Bellas Artes o el Museo Nacional de Armas.

“Mi oficio es el de la conservación, esa es la doctrina madre –cuenta, con afán didáctico y riguroso–, y de allí se desprende la restauración”. Conservar, explica, es proteger las piezas con valor patrimonial del deterioro que causa el paso del tiempo. Restaurar, en cambio, es volver a otorgarles, a través de la técnica, el aspecto estético que perdieron por una rotura o por la degradación de sus materiales. Cuando una pieza llega a sus manos, él la recibe, la estudia y confecciona una suerte de historia clínica sobre ella, donde apunta, entre otras cosas, el origen, el autor, la fecha, el estilo o su estado general al momento de recibirlas. Una vez que la trabajó, con sus manos enfundadas en guantes y la asepsia de un cirujano, anota también qué técnica y qué materiales utilizó. En todos los casos, dice, las trata con igual respeto: “Desde el punto de vista de los que trabajamos en conservación, cada objeto es único, por más que haya mil idénticos”.

Silvio Goren ya era profesor de Música y de Karate cuando empezó a trabajar con los primeros objetos, a mediados de la década de 1970. Pese a que tenía dos oficios consolidados, decidió zambullirse en un tercero. “Necesitaba hacer cosas con las manos, y cuando empecé a dedicarme a esto, no hubo lugar para lo demás”. La pasión lo llevó a fundar con otros colegas el Centro Argentino de Restauradores y la Fundación Patrimonio Histórico. También, a dar clases en la Licenciatura en Conservación y Restauración de Bienes Culturales de la Universidad Nacional de las Artes.

A las paredes de su oficina las tapan estantes con colecciones de libros sobre historia del arte y títulos que repasan la obra de artistas como Picasso o Klimt. Sentado detrás de su escritorio, Silvio Goren desanda el recorrido que lo llevó de viaje por distintos países del mundo, en los años ochenta, primero para aprender técnicas novedosas relacionadas con la restauración y, más adelante, como invitado para dar seminarios y conferencias. Cuando explica, serenamente apasionado, que se comienza a hablar de los objetos como sinónimo de patrimonio según una serie de atributos como la antigüedad, quiénes fueron sus dueños o quiénes sus creadores, Goren muestra un pequeño recipiente de porcelana que cabe en el hueco de la palma de una mano y luce letras y dibujos orientales. No sabe a quién perteneció, ni cuál es su origen, pero cuenta que lo encontró en un lugar de baratijas y lo compró porque le llamó la atención su aspecto: el recipiente está reconstruido y, sobre su contorno y sobre las líneas por donde sufrió las roturas, alguien colocó finas líneas de cobre. “El restaurador no quiso ocultar el daño –dice–. La técnica que usó se llama kintsugi, que viene del Lejano Oriente y consiste en rearmar la pieza y revestir las partes quebradas con láminas de oro, plata o platino para hacer honor al daño, como si se tratara de un anciano al que no queremos ocultarle su ancianidad con una cirugía estética. Aquí se realza la rotura, como diciendo: ‘Esto se rompió con nobleza, porque se rompió con el uso’; entonces, se valoriza más. Es un concepto muy lindo”, dice.

“Conservar -explica- es proteger las piezas con valor patrimonial del deterioro que causa el paso del tiempo. Restaurar, en cambio, es volver a otorgarles, a través de la técnica, el aspecto estético que perdieron por una rotura o por la degradación de sus materiales”.

Al igual que en su escritorio, las paredes del resto de las salas de su atelier también están cubiertas de estantes con tarritos y frascos de pigmentos, pinceles, pinzas, serruchos. Un desprevenido podría pensar que allí trabaja un artista, o un científico al que le gusta pintar, porque también hay probetas de cristal y hasta un microscopio. “Yo soy un artesano. Luego soy el resto –dice–. El gusto por trabajar con las manos es algo que brota, que nace. No me considero un artista, no soy un creador. Nosotros nos definimos como técnicos científicos, no porque seamos científicos, sino porque dependemos de un sistema técnico científico para trabajar”.

Autor de cuatro libros, tres de ellos dedicados a la conservación preventiva, y un cuarto, a los mensajes que podrían estar ocultos en la obra de Miguel Ángel en el Vaticano, Silvio Goren asegura que los objetos deben ser tratados como si tuvieran vida. “Cuando vemos con el microscopio cómo se componen las capas de una pintura, por ejemplo, observamos algo complejísimo. La obra tiene vida propia, y no es esoterismo: hay un comportamiento activo en los materiales”, dice.

La técnica del kintsugi, proveniente del Lejano Oriente, consiste en rearmar la pieza y revestir las partes quebradas con láminas de oro, plata o platino para hacer honor al daño. Busca realzar la rotura y valorizar la nobleza del uso. 

¿Por qué alguien querría proteger un mueble o un candelabro, generación tras generación, si al fin y al cabo son meros objetos? Él ensaya una respuesta: “Es algo que pasa por el sentimiento, por las sensaciones. Los objetos son nuestro pasado. Crear un futuro sin conocer el pasado es un futuro incierto. No quiere decir que tengamos que venerar el pasado y no renovar. Recordar el pasado y ver cómo se vivía en determinada época puede ayudarnos a entender cómo vivimos hoy. Hay un escalonamiento que nos lleva a lo ancestral, que tiene un significado, y ese significado se sigue reproduciendo. Los errores, patear dos veces la misma piedra, se reiteran por no tener en cuenta cuestiones del pasado”.

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