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Educación

11 septiembre, 2018

La patria feliz de la infancia

En el Día del Maestro, te compartimos el relato de Ana María, una mujer que abrazó la vocación por enseñar guiada por los modelos que recibió en su infancia y adolescencia, el de personas entregadas a la tarea de educar con amor y por convicción.


La única patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños” 
Rainer Maria Rilke

 

Texto: Ana María Cagnin. Fotos: Pexels.

Estudiar Magisterio por aquellos años en que fui a la escuela, en los años 60, era el destino de la mayoría de las mujeres que llegábamos al secundario. En cuanto a mí, yo llevaba el modelo de mis tías abuelas maternas, que habían sido las primeras maestras del pueblo. Las recuerdo en su galería de jazmines, sobre los sillones de hamaca de mimbre que crujían en cada vaivén de sus caderas de matronas tiernas y austeras, disfrutando de sus años maduros, ya jubiladas.

También llevaba conmigo el recuerdo de una de mis tías paternas, la que, con el ímpetu de un huracán, fundaba cooperadoras para hacer crecer las escuelas en las que trabajaba. En un tiempo en que eran pocas las mujeres que conducían, mi tía me llevaba a su escuela  manejando su Ford T por un camino de tierra en el medio del campo, donde iba subiendo a sus alumnos, que debían hacerse lugar al lado del tacho de leche que le donaban en algún tambo para acompañar el mate cocido. Su escuela tenía piso de tierra, cocina a leña, aulas con chicos de todas las edades que confluían en una misma clase y una mujer que cumplía el rol de maestra, directora, secretaria, portera y cocinera a la vez.  Ella, como otras maestras de su época, lo primero que tenían que enseñar era la independencia y la cooperación. Porque los niños se las tenían que arreglar entre ellos, buscar las fichas con las tareas, encontrar los libros en los estantes de la mínima biblioteca y, los más grandes, acompañar y cuidar de los más pequeños.

Otro de mis faros fue mi maestra de primaria, la Señorita Chila. Amalia Aldao, se llamaba, pero le decíamos  señorita Chila. Era maestra en la Escuela Normal José Elías Galisteo de Coronda, Santa Fe, la misma escuela en la que la gran Alfonsina Storni se recibió de docente. La Señorita Chila, si nos tenía que relatar la historia de la llegada de Cristóbal Colón a América, lo hacía a la orilla del río, todos arriba de canoas, jugando a ser los indios y los conquistadores, con ramas de sauces como arcos y flechas. Éramos alumnos callejeros, aprendíamos de lo que hacían los vecinos. Ella nos enseñó a hacernos un documento: para eso, podíamos poner una foto de las revistas: yo elegí a Zully Moreno porque era la más linda de una de las revistas que leía mi vecina. En sus clases, también, aprendimos qué era votar, y de algún modo, qué era la democracia: uno de los ejercicios que hacíamos consistía en votar a los chicos que organizaban las fiestas de la escuela; ellos nos contaban sus propuestas y nosotros elegíamos al que nos proponía la más atractiva.

En las clases de la Señorita Chila, los días de lluvia eran días de fiesta, cada uno podía hacer lo que más le gustaba, nos disfrazábamos para bailar, cantar, recitar. Los días de sol íbamos a la plaza, y yo contaba las leyendas de la colección de cuentos aborígenes que me había regalado mi papá. A la tarde, la Señorita Chila daba taller de títeres y teatro de sombras. Íbamos por gusto. Más tarde lo convertíamos en un teatrillo itinerante y salíamos a dar funciones a otros niños. Esas cosas que viví en mi infancia, cuando empecé a transitar la adultez, las quise para los demás: la libertad y la creatividad, la vida aprendiendo de los otros y para los otros, entregando lo mejor de nosotros con alegría verdadera.

A mis 11 años, mi familia tuvo que mudarse a Buenos Aires. Con aquella partida, llegué sola de toda soledad a un colegio de monjas de un suburbio bonaerense. Llegué sin pueblo, sin río, sin libertad, sin amigos; allí me recibió la maestra, una monja casi adolescente con acento cordobés que, con la ternura como bandera, me sentó adelante de todos en un banco entre dos compañeras que me sostenían y me daban calor. Ella encarnaba el tipo de maestra que entiende que la enseñanza también es ponerle empatía y ternura al alma desvalida de un niño que se siente solo. Ella me llamaba “mi negrita”, y decía que yo tenía “un alma franciscana”.

A los 18 años, igual que mis compañeras, egresé de la escuela de monjas con el título de Maestra Normal. Por intermedio de una de las profesoras del colegio y de una amiga, llegué a trabajar  con mi título bajo el brazo a una de las villas de emergencia de la zona de Retiro, donde dábamos clases en tranvías en desuso. Por mandato familiar, al salir del secundario me había inscripto en la carrera de Abogacía, así que terminaba de trabajar en la escuela e iba a cursar a la facultad. Durante las clases corregía los cuadernos de los chicos y muchas veces faltaba a la Universidad para ir al Hospital de Niños o al Fernández, donde atendían a los niños del barrio en el que yo trabajaba: siempre tenía a alguno de “mis chicos” que visitar.

Ana María, la autora del relato, en sus años de maestra.

Un día dije “basta”, dejé Abogacía y decidí seguir mi vocación y no desatender todo lo que había aprendido de mis tías, de la Señorita Chila y de la monjita cordobesa. Sus voces me resonaban cada vez más intensamente. Me inscribí en el Profesorado de Educación Inicial, sabiendo que iba a tener que enfrentar a mis padres y oír malos pronósticos. Pero mi decisión era firme y definitiva. Tenía la convicción de que los niños son los más hermoso de la vida, porque son el prodigio de la creación, porque son la encarnación de la esperanza, porque son limpios y puros, porque la inocencia es un milagro que dura poco y no hay que perdérselo, porque siguiendo a aquel Jesús andariego y libre, mi corazón siempre dijo y dice: “Dejad que los niños vengan a mí”. Me aboqué a la tarea durante más de treinta años.

Hoy que ya voy para anciana, que me canso, física y a veces anímicamente, aunque la jubilación alcance para poco y haya horas inexorables de soledad, hurgo en aquella almita franciscana que descubrió Sor Francisca y encuentro que ese amor sigue intacto y crece; me siento cerca de cada joven y también de cada adulto de esas generaciones y generaciones que pasaron por mis cuentas y mis cuentos, por mis reprimendas y mis risotadas, por mis besos y mis abrazos.

A mi edad, sigo convencida de que los valores de la educación son los valores humanos puestos en el bien común,  que la cultura es una manifestación del alma de los pueblos, y sigo creyendo muy profundamente en el ejercicio cotidiano de la creatividad, la autonomía de pensamiento y el amor a los demás. Lo otro viene por añadidura, y aún más en los tiempos de internet, tiempos en los que ese amor, mi viejo amor, reverdece, y encuentra forma de expandirse a través de las redes, que me permiten la comunicación con los niños y los jóvenes, quizás algún ex alumno, hijos de compañeras de la escuela secundaria, nietos de amigas de la infancia, sobrinos, en fin: con ellos me encuentro por la web y salgo a buscarlos para jugar y pelearnos un rato, intercambiar ideas, libros, películas, canciones. Se me aparecen con algún mensajito cuando tienen algo lindo para contarme y también cuando les pasa algo triste o difícil. Al despedirnos, les digo siempre lo mismo: “Mis queridos, sean buenos y felices”.

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