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Emprendedoras

12 junio, 2018

“Hay una sobrevaloración de lo visual, y la nariz es más ancestral”

Melina Napolitano tiene 31 años y su fascinación por las fragancias la impulsó a crear un emprendimiento que busca desarrollar el olfato de las personas. Empresas de todo tipo la llaman para promocionar sus marcas y ella, a través de talleres vivenciales, acompaña en la magia de conectar con los aromas.


Es habitual que al conocer a una persona Melina Napolitano le pregunte por su flor favorita, si se siente atraída por  el verano, o si tuvo a una abuela cerca en la infancia. Si responde que sí, podrá adivinar que le gusta la vainilla, y si esa abuela tuvo un jardín, probablemente se interese por los jazmines, las rosas o las magnolias, y por las recetas de dulces y postres con frutas.

Para esta emprendedora de 31 años que lleva tiempo coordinando talleres e instalaciones sensoriales, el mundo natural no pasa desapercibido. Es que Melina nació en una pequeña localidad con playa, Mar de Ajó, y a los 6 años se mudó con sus padres a Monte Castro, provincia de Buenos Aires, a un barrio de veredas anchas y casas con fondo, donde empezó a despertar su sensibilidad y su nariz. “Me crié con una abuela que tenía un jardín con flores, limoneros, tomates y huerta, además de una gardenia enorme que para mí es el olor del verano. También había geranios y azaleas. Mucho olor a verde, a aire fresco”.

Con el tiempo se mudó a Capital Federal y a los 25 años se graduó como licenciada en Comunicación en la UADE. Durante los años siguientes, dio sus primeros pasos en el área de Comunicación Interna de un laboratorio, más tarde trabajó en una agencia de prensa, y tuvo un puesto de evaluación sensorial en una empresa de fragancias y sabores. Así, pudo participar del desarrollo de varios productos, entre ellos “una fragancia con olor a mar” que menciona a la hora de rastrear recuerdos.

“Me gustaba el trabajo en la agencia, pero tenía esta pasión por los olores; había algo que me impulsaba y me puse a estudiar perfumería”. Su primer maestro fue Bernardo Conti, experto en la materia, y luego siguió su capacitación en Barcelona. Mientras estaba en Europa, visitó Grass, en Francia, la ciudad donde nació el perfume. Hasta que un día pudo armar su propio proyecto: Smell me.

Del hobby al emprendimiento personal, Melina comenzó ofreciendo productos para perfumar la vida diaria –velas y almohaditas–,
y más tarde surgieron los talleres y otras experiencias que arma para primeras marcas y eventos artísticos. Hace poco, en la galería de Milo Lockett, creó una instalación en homenaje a las mujeres, y para las funciones de Música en la oscuridad de Ciudad Cultural Konex, montó una instalación olfativa que acompaña las escuchas de Queen o Los Beatles.

“Me gusta que los que vienen al taller y los clientes se conecten con el olfato de una manera nueva. Armo formatos especiales para lanzamientos –de un jean o una bebida alcohólica– y a las clases asisten especialistas –chefs, sommeliers–, pero también personas comunes. Hay una sobrevaloración de lo visual, y la nariz es más ancestral; yo voy guiándolos para que puedan descubrir, asociar aromas, divertirse o recordar”, dice Melina mientras acomoda en su valija pequeños recipientes con notas olfativas y esencias.

Antes de irse, subida a una bici, mencionará el olor a cítricos del árbol de magnolia de la vuelta. “No hay perfume sintético que imite la magia de los aromas de la naturaleza”.

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