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Sustentabilidad

20 febrero, 2018

La Madre Naturaleza necesita a sus hijas

Ayer, un grupo de 76 mujeres volvió a embarcarse en la expedición del proyecto Homeward Bound rumbo a la Antártida. El objetivo: estudiar los efectos del cambio climático y reivindicar el rol de la mujer en la ciencia. Una aventura de crecimiento y un despertar a nivel planetario con liderazgo femenino.


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Por Tais Gadea Lara

“Lo que haces marca una diferencia, y tienes que decidir qué tipo de diferencia quieres marcar”. Las palabras de Jane Goodall deben de haber resonado en más de una de las 76 mentes a bordo de un barco en aguas heladas, allí, casi en “el fin del mundo”. La diferencia que propone la conservacionista inglesa cobró un sentido especial para astrónomas, ingenieras, físicas, comunicadoras, médicas y científicas de distintas partes del mundo que decidieron ser protagonistas de una experiencia planetaria: el proyecto Homeward Bound. 

“Se trata de una innovadora iniciativa de liderazgo, estrategia y ciencia, con la Antártida como telón de fondo. Su objetivo es aumentar la influencia y el impacto de las mujeres con antecedentes científicos, para incidir en la política y en la toma decisiones”, explican desde la organización –fundada por la activista ambiental Fabian Dattner y la modeladora ecológica antártica Marina Jess Melbourne Thomas, ambas australianas y subrayan la problemática del cambio climático como eje transversal para “darle una nueva forma al planeta”.   

El objetivo del proyecto es tan ambicioso como inspirador: empoderar a mil mujeres en la Antártida en los próximos diez años. Setenta y seis mujeres ya iniciaron la aventura. 

Con la Argentina como punto de encuentro ayer, 19 de febrero, se inició una nueva travesía. Pero fue el 2 de diciembre de 2016 que el primer grupo de mujeres inició la travesía a la Antártida. Compartieron doce jornadas de liderazgo y capacitación en planificación estratégica a cargo de expertos y seis días de educación científica para comprender las problemáticas ambientales que atraviesa el mundo. Antes de viajar, recibieron apoyo del sector público y privado, y de plataformas colaborativas de crowdfunding. 

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→Un mundo en cambio

La Antártida es una de las regiones donde se advierten de forma más rápida y visible los efectos del cambio climático, producto de un sistema de producción y consumo para satisfacer las necesidades humanas basado en la explotación de combustibles fósiles. Allí, el calentamiento se hace sentir: según datos de la Organización Meteorológica Mundial, el pasado 1 de marzo se registró la temperatura más alta en los últimos cuarenta y tres años, 17,5 °C, lo que igualó el clima de ese día en la desértica El Cairo. Esto incide en la disminución de la capa de hielo: en enero de este año era de 1,1 millones de kilómetros de extensión, 22,8% menos de lo que medía entre 1981 y 2010. 

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Desde Homeward Bound suman un argumento: “El continente antártico es icónico como ambiente salvaje, hermoso y único que ha capturado la imaginación de muchos líderes en el pasado. Buscamos crear lazos fuertes, inspirar a la acción e impulsar colaboraciones extraordinarias entre mujeres”. 

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TRABAJAR EN LA ANTÁRTIDA: LA EXPERIENCIA ARGENTINA

Yanina V. Sica estuvo dos meses en la Antártida y allí celebró Año Nuevo. Acompañada por otras dos investigadoras, viajó a la Base Primavera argentina para estudiar su especialidad: los humedales. “Producto del derretimiento de hielos, se dan zonas de estado líquido con ecosistemas particulares y una fauna asociada”, explica la doctora en Biología y becaria posdoctoral del Conicet.
Los días de la investigadora en la Antártida empezaban con el desayuno junto al equipo del ejército que administra la base. De allí salía a buscar muestras. Más tarde, luego del almuerzo, entraba al laboratorio para procesar lo recogido. Hoy, ya en Buenos Aires, espera los resultados de las muestras para iniciar el análisis, y destaca su importancia: “Para conservar, primero hay que conocer. Si no sabemos, no podemos advertir los efectos del cambio climático para poder actuar”.

La investigadora australiana Samantha Grover confiesa: “Mientras trabajaba en el estudio del cambio climático, me di cuenta de que tomar contacto y vincularme con otras científicas dedicadas a temas complementarios era más valioso que el contenido mismo”. Su compañera de viaje, la bióloga francesa Deborah Pardo, identificó el impacto en las especies del continente: “Cuando ves colonias de pingüinos vacías, advertís que están moviéndose por el aumento de las temperaturas. Si la Tierra sigue calentándose, no tendrán ningún lugar adonde ir”. 

→Un mundo científico ¿sin liderazgo?

“Decidí participar para progresar en mi carrera. Después de diez años y dos hijos, quería avanzar hacia un próximo cargo. Pensé que Homeward Bound me ayudaría a invertir en mi futuro como científica”. El caso de Grover es solo un ejemplo de la situación a la que se enfrentan muchas científicas en el mundo: investigan, trabajan, pero a la hora de ascender a posiciones de liderazgo y toma de decisiones, la imposición del modelo masculino aún se hace sentir. Según la Unesco, el porcentaje de mujeres investigadoras es de apenas el 29%. En la Argentina, la cifra asciende a 53%, pero no en cargos de liderazgo. 

Mónica Araya, especialista en renovables y movilidad eléctrica de Costa Rica, fue la única representante de América Latina –una de las regiones que más sufre los efectos del cambio climático– que participó del proyecto. “Tuve tres sombreros: ser costarricense, ser latinoamericana y ser mujer del sur. Me esforcé por conversar sobre los problemas desde la perspectiva de una región, como mujeres fuertes y empoderadas, cada vez mejor formadas, para romper el estereotipo de que si hay una persona de un país en desarrollo, hay que verla con un rol de víctima”, explica. 

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La maternidad fue un tema central para Pardo. Cuando aplicó al proyecto, su hijo tenía apenas nueve meses. “Pasé bastante tiempo reflexionando durante el embarazo. Leí libros y vi documentales, pero nunca antes había escuchado hablar sobre la importancia del liderazgo. Desde ya, me gustaba la idea de ir a la Antártida, pero elegí participar porque el empoderamiento femenino se relaciona con aquello que me preocupa: poder ser felices y garantizar un futuro más sustentable”, cuenta la científica, y agrega: “Esto no se trata solo de los animales, sino también de nosotros”.

Su aclaración hace referencia a su especialización en la protección de los animales en peligro de extinción: desarrolla modelos matemáticos complejos que explican la reducción de la cantidad de ejemplares e informa a las organizaciones de conservación para que puedan actuar y generar cambios. 

En relación con el empoderamiento femenino, la experiencia del viaje le dejó una enseñanza concreta: “Las mujeres podemos salvar el mundo no solo porque tenemos un estilo de liderazgo más colaborativo y vinculado al futuro más lejano, sino porque podemos aportar más de lo que hoy se necesita a nivel económico, cultural y asociado a la felicidad”, explica, y subraya: “Estamos más conectadas con el ambiente. De nosotras depende que la población crezca o no. Tenemos que reinventar la sociedad”. Hoy somos más 7000 millones en el mundo y la tendencia ascendente supone desafíos futuros. El viaje a la Antártida también le dejó una enseñanza hogareña: “Estuve casi un mes lejos de casa y fue difícil, pero parte del empoderamiento femenino es confiar cien por cien en el hombre que tenés al lado, para que se ocupe, así que hicimos nuestra experiencia”. 

→Un mundo nuevo

¿Cómo se sigue después de la primera aventura? El proyecto Homeward Bound no es solo un viaje a la Antártida. Su trabajo con cada una de las mujeres perdura durante un año para continuar fomentando su liderazgo en sus respectivos ámbitos de trabajo. Hoy Pardo ayuda a otra científica a buscar fondos para la segunda etapa, organiza un viaje escolar a la Antártida, y trabaja con otras compañeras de la travesía para alcanzar sus objetivos concretos de liderazgo. Samantha Grover hizo cambios en su vida laboral y personal, hoy se considera más feliz y exitosa, comparte los conocimientos adquiridos y se apoya en sus compañeras para seguir aprendiendo. Por su parte, Araya trabaja por una Costa Rica libre de combustibles fósiles a través de la promoción de la movilidad eléctrica. Todas coinciden en algo: “Fue una experiencia de cambio de vida”.

“Lo que uno siente cuando está en la Antártida es amor. Ese amor especial por la naturaleza. Causa mucho dolor ver el impacto negativo que le estamos generando”, agrega Araya para terminar. El lema de la campaña de Homeward Bound las inspiró a todas y es tan simple como complejo, tan provocador como estimulante: “La Madre Naturaleza  necesita a sus hijas”. El pedido fue escuchado y sus hijas ya empezaron a actuar.

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Más información:

www.facebook.com/homewardboundprojects

twitter.com/homewardbound16

www.instagram.com/homewardboundprojects

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