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Inspiración

24 Febrero, 2011

La flor del tronco

Esta es la historia de una escritora precoz, Victoria Hynes, una fábula espiritual, una profecía conmovedora.      


“Este libro que el lector tiene entre manos no es un libro común.” Así comienza la introducción de La flor del tronco. Una alegoría de la vida, que escribió Sebastián Dozo Moreno, director de Bergerac Ediciones. Y continúa: “Cuando llegó a mis manos este libro de Victoria Hynes, a quien no conocí, y lo hojeé deteniéndome en algún párrafo o en los dibujos hechos por su joven autora (Victoria lo escribió a los 18 años de edad), tuve la impresión de que era un libro simple, bien escrito, pero simple al fin, e ingenuo –confiesa el editor-. Pero cuando, días después, me senté una tarde para leerlo desde el comienzo, y así poder escribir unas palabras introductorias (según era el deseo de Mónica, madre de la autora), no tardé en comprender que yo, y no el libro, era el ingenuo, y que tenía el privilegio de recibir en mis manos, y de poder prologar, una obra literaria profunda y única, de esas que afloran a la superficie del mundo muy de vez en vez, desde las honduras mismas del corazón humano.”

Inspirada por su amor por las historias celtas –legado de su padre irlandés, junto con las pecas y la melena encendida-, la joven escritora plasmó en un cuento del bosque -poblado de duendes, hadas y tréboles amistosos- una alegoría perfecta sobre el camino de esfuerzos, pruebas y descubrimientos que propone la vida. E hizo hincapié, con una intuición sobrecogedora para su edad, en la fe, la entrega y el desapego que requiere la partida.

Victoria añoraba publicar su libro. Pasó años corrigiéndolo, tomando cursos de narrativa y compartiendo las sucesivas versiones con sus hermanas Valeria y Cecilia. Pero nunca llegó el momento de presentarlo a una editorial, y el libro permaneció allí, oculto en archivos atesorados de computadora. Descubrirlo fue para su madre Mónica una suerte de camino de vuelta. “Siento que es un legado que nos dejó para ayudarnos a superar su partida. Y creo que puede ayudar también a muchas personas que enfrentan situaciones difíciles. Los chicos que atraviesan una enfermedad, por ejemplo, lo encuentran muy reconfortante. Me gustaría que el libro estuviese disponible para todos los que necesitan aliento y sabiduría.”

Vico introduce el relato con unas “Primeras palabras” que intentan cifrar el sentido del libro. Habla del devenir humano, de las muchas experiencias a las que estamos expuestos los seres humanos, y del libre albedrío. Dice de este último: “El nos permite caer en el error pero también nos permite repararlo, esforzándonos en limpiar las manchas que producimos. Por fortuna, dentro del tiempo, contamos siempre con una nueva oportunidad. El párrafo final de estas palabras  reza: “En este devenir tenemos la posibilidad de crecer internamente para poder descubrirnos, acercándonos cada vez más a nuestra verdadera esencia espiritual, hasta volver a ser “Eso” intangible, “Eso” que no deja de vibrar en el cosmos: la Pura Energía Divina de la que nace toda sustancia. De este proceso eterno en el que nos encontramos voy a relatar una de las experiencias: mi vida como flor.

A continuación, fragmentos del libro que dejan entrever la profundidad del relato, y lo luminoso del mensaje.

 

I.

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“En mi vida como flor vivía dentro de un tronco hueco, totalmente vacío. Allí crecí conociendo y aprendiendo de las paredes de ese tronco. Era muy amiga de sus raíces que me alimentaban con un agua muy fresca que siempre tenían almacenada. Yo no comprendía de dónde la sacaban, para mí era un misterio, pero, de hecho, entendía que sin ella me habría resecado, convirtiéndome en un yuyo feo. Ellas nunca me negaran el agua, decían que era imposible que la obtuviera por mí misma, así que debía seguir adentro del tronco.

Un buen día, noté que las raíces estaban muy alegres. Se movían de lado a lado, extendiéndose y encogiéndose entre risas y comentarios. Decían que pronto vendría el duende del bosque, un ser que, según contaban, visitaba todos los árboles, conocía todas las flores, todos los yuyos, todas las raíces y demás cosas que había en el bosque. Yo ni siquiera sabía lo que era un bosque, nunca había estado fuera de mi árbol. Entonces tenía una gran expectativa sobre cómo era este duende.

Por fin, una mañana de invierno el duende entró en el tronco. Su forma era magnífica. Podía moverse libremente ya que tenía extremidades que se lo permitían. Llevaba un traje verde y un sombrero puntiagudo, sus zapatos eran del color de la tierra y sus ojos tenían un brillo especial.

Se sorprendió enormemente al ver que el interior de mi tronco era hueco y que adentro sólo me encontraba yo. Acomodando su sombrero dijo:

-Hola, yo soy el duende del bosque –miró a su alrededor, hacia arriba y hacia abajo.

-¡En qué tronco extraño vives! Es hueco. No tiene comunidades de insectos, ni laberintos internos…-y rascando su frente reflexionó: Tú no puedes seguir aquí sola, debes salir al bosque.

Un poco asustada y nerviosa, le dije:

-Pero yo nunca salí de aquí, éste es mi hogar, las raíces me alimentan y el tronco me protege.

-Sí –continuó el duende-, pero no conoces el significado del horizonte. Nunca has visto el Sol, no sabes lo que es recibir su energía, no sabes lo bueno que es absorber tu propia agua de lluvia para alimentarte, y por sobre todo, no conoces a tus pares, ni a las hadas que bailan cuando se pone la luz. Debes conocer el bosque urgentemente.”

 

II.

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“Entré en pánico, no podía dormir… hasta que una luz incandescente  iluminó todo el tronco y se hizo tan fuerte que me encegueció.  De esa terrible luz surgió un ser muy bello. Tenía alas y un resplandor de colores que la envolvía. Se quedó mirándome largo tiempo. Yo no sabía, pero no por miedo, porque el miedo ya había desaparecido, sino porque estaba embelezada y porque inexplicablemente tenía mucha paz, sentía protección. Entonces le pregunté:

-¿Quién eres tú que me das tanta paz?

 -Soy tu hada guardiana. Soy pura luz, paz y amor. Estoy para protegerte e iluminarte cuando estás en la oscuridad y con miedo – me contestó.

 

III.

 

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Finalmente el gran día llegó y el duende entró en mi tronco. Estaba vestido como para una ocasión especial, llevaba un traje con botones de oro y zapatos lustrados que brillaban a los ojos.

-¿Por qué andas tan elegante?- pregunté intrigada.

-¿Cómo por qué. Hoy es un día de fiesta en el bosque. Todas las flores que lograron  superar la impaciencia y vencerse a sí mismas serán transplantadas fuera de sus troncos – me contestó entusiasmado.

-¿Y qué va a pasar con las que no pudieron sostener la espera?- pregunté entonces.

– Ellas deberán lograrlo para la próxima primavera porque aún no están preparadas. Cada flor tiene su tiempo y el tiempo es individual. El logro de una no es el de todas.

-Ah, ahora comprendo. ¡Entonces yo lo logré! –exclamé orgullosa. El se sonrió y acariciando uno de mis pétalos me aclaró:

-Sí, pero no te apures ya que deberás lograr y aprender muchas cosas más. Todavía falta, tú te has ganado ir al bosque y te felicito.

Medité. Reflexioné. Algunos pensamientos se me aparecieron como si alguien me los soplara a mi oído.

Para ver maravillas y ser felices, debemos esforzarnos. Esforzarnos por conseguir lo que deseamos nos hace sentir satisfechos. Satisfechos quiere decir ‘bien-hechos’, o sea, hechos por medio del esfuerzo y del trabajo en nosotros mismos. Nuestras acciones deben integrar nuestro ser y no desintegrarlo. Hay una parte de nosotros que intenta mantenerse igual, no cambiar, a la que le cuesta fluir. En cambio nuestro ser verdadero desea siempre crecer y expandirse. Deberíamos dejarnos guiar por la sabiduría de nuestra luz superior.”

La flor del tronco fue feliz en el bosque. Conoció a un roble sabio, a duendes y hadas, supo de la existencia del Gran Sol que es el origen y el fin de todo lo vivo. Soportó una tormenta cavando una zanja en torno a sus raíces. Pero cuando su amigo el trébol no logró hacer lo mismo, se apenó mucho.

 

IV.

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“Escuché que el trébol estornudaba muy seguido, se lo veía congestionado. Parecía querer disimular su estado de debilidad. Yo me puse muy triste porque notaba que todos en el bosque disfrutaban de esa tarde y él estaba caído. Pareció darse cuenta de que lo observaba.

-¿Qué te tiene tan preocupada?- me preguntó con voz temblorosa.

-Te veo mal, trébol. Tú sueles jugar y divertirte y ahora estás quieto, demasiado calmo… no sé qué te ocurre- le contesté.

-No me ocurre nada que no sea natural. Simplemente me debilitó la tormenta. Yo ya pasé por muchas y siempre pude sobrevivir a ellas y empaparme después con la alegría del bosque. Pero mi ciclo está terminando y esto es normal. Comprendo que debo volver al Sol –me explicó mientras sus ojos brillaban como dos cristales.

-y… ¿no te veré más?- pregunté desconsolada.

-No te angusties, nos veremos en el Sol: un lugar radiante, luminoso y encantado, mucho más que el bosque.

-Pero me cuesta aceptar que no te veré más aquí cerca de mí y que nadie me va a contar historias y chistes como tú.

-Es bueno que tengas un lindo recuerdo de mí, eso me hace muy feliz, y si me extrañas desde ahora es porque me quieres y lo más alto que existe es el amor.

-¿Qué puedo darte yo a cambio de todo lo que tú me has dado?- le pregunté.

-Sólo ámame ahora que estoy y ámame cuando me recuerdes. Y, por favor, no estés triste ya que el Sol es un lugar hermoso. Yo estaré muy bien allí, hay muchos seres que yo amo que están allá esperándome y ansío abrazarlos- me contestó.

Me emocioné mucho con sus palabras, que transmitían aceptación. Admiraba su actitud porque no mostraba miedo ni incomprensión, por el contrario, era su momento de morir y estaba preparado y libre para hacerlo. Yo estaba muy reflexiva al respecto. Sentía con mucha fuerza su dignidad, su integridad y éstas llenaron de luz mi interior. Me sentía profundamente agradecida con mi amigo por compartir conmigo lo que él era: un ser muy especial del cual yo había aprendido muchas cosas sobre la vida en el bosque. Cuando cayó la noche, las estrellas ofrecieron su luminosidad. No pude oír ya al trébol.

No quise pedirle que me contara una nueva leyenda, preferí dejarlo descansar. Yo seguía reflexionando acerca del Sol, el bosque, la despedida, los ciclos, y por sobre todo, en el gran misterio que es la vida.

Desperté muy temprano, al alba, cuando la luz comenzaba a asomarse por encima de la copa de los árboles. En seguida, dirigí mi mirada hacia el trébol, pero él ya no estaba. En su lugar había un charco de agua de colores que brilló por un instante y se evaporó completamente con un rayo del Sol. Comprendí que él se había ido con aquel rayo.

La música melódica del hada-flor comenzó a sonar, y luego de un rato, ella apareció abriendo unos largos pastos a pocos metros. Me regaló un beso que hizo volar de sus labios a sus manos y de ellas a mí. Ese beso rozó mis pétalos con mucho cariño. Entonces me di cuenta de que también amaba mucho al hada-flor, y al viejo roble, y a las golondrinas, y al duende y a  las mariposas. Desperté al amor y sentí que crecía y crecía muy alta y hermosa.

El hada-flor traía un balde con pigmento amarillo y naranja, y otro más pequeño con pigmento violeta, colores llenos de vida. Comenzó a pintar mis pétalos uno por uno, suavizándolos, humectándolos con savia y luego los lustró. Los dejó preciosos. Me miré en un charco que reflejaba mi imagen, y me vi resplandeciente.

En ese momento sentí que también me amaba a mí misma. ¡Estaba tan feliz!”

 

Al fin, le llegó también el momento de partir a la pequeña flor.

 

V.

“El viejo roble se despidió de mí diciéndome:

-Preciosa, ha sido muy grata tu compañía. Así como lo hice contigo, aconsejaré a las pequeñas flores que están comenzando su nueva vida. Ve a conocer al Sol. Nos veremos cuando yo vaya allí, adiós… – y puso la sonrisa más grande que jamás había visto en él.

El hada-flor se puso bajo el rayo y me saludó con sus manos diminutas sacudiendo sus pétalos con alegría. Fue una despedida muy linda y no estuve triste porque me colmaba una paz indescriptible.

Subí por el rayo de Luz Divina, el aire estaba lleno de susurros de despedida. Me elevé traspasando las nubes, dejándolas detrás de mí, y entonces comenzaron los saludos de bienvenida.”

(…)

 

Extractos de “La flor del tronco. Fábula espiritual”, Victoria Hynes, Bergerac Ediciones.

 

Ilustraciones: Victoria Hynes

 

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Victoria Hynes –Vico para sus seres queridos- murió a los 24 años en un accidente de tren. Poco después su madre encontró en su computadora un relato que Vico había escrito e ilustrado a los 18 años, titulado “La flor del tronco”.

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