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Reflexiones

23 julio, 2018

La empatía, una asignatura pendiente

La escritora, periodista y filósofa alemana Carolin Emcke fue reportera de guerra durante catorce años, y en 2017 publicó Contra el odio, un ensayo y alegato en defensa de la pluralidad de pensamiento, la tolerancia y la libertad.


Por Lina Vargas. Fotos: Gentileza Carolin Emcke.

Un muro. Qué imagen más simple, más tosca, más brutalmente precisa para hablar de la xenofobia, definida por los antiguos griegos como la aversión a lo extraño, a lo extranjero. Un muro en la frontera sur de Estados Unidos fue la promesa de campaña de Donald Trump –y lo sigue siendo tras un año de gobierno– para impedir la entrada de inmigrantes mexicanos. Un muro, una valla alambrada de 110 kilómetros, separa Hungría de Serbia pues según el primer ministro húngaro, el conservador Viktor Orbán, es la mejor forma de frenar la llegada de inmigrantes ilegales a Europa. Un muro, esta vez simbólico, se adivina cuando el economista y sociólogo argentino Bernardo Kliksberg recuerda en El informe Kliksberg que para muchos inmigrantes en Europa el trabajo se reduce a esclavitud laboral. Hay un muro invisible y feroz en la escena del aeropuerto en Miami que describe la periodista Leila Guerriero en su columna de El País: “Vi, digo, a latinos o descendientes de latinos tratando a otros latinos como si fueran una indeseable secreción de la humanidad”. 

Fue reportera de guerra entre 1998 y 2013, una parte de sus trabajos en zonas de conflicto en Kosovo, Afganistán, Iraq, Gaza y Colombia fue publicado en la revista Der Spiegel y de su experiencia allí también salió el libro Echoes of Violence: Letters from a War Reporter [Ecos de la violencia: cartas de una reportera de guerra], una recopilación de la correspondencia a sus amigos en la que reflexiona sobre las cicatrices externas e internas causadas a la población civil. Cuando en 2016 Emcke recibió el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes, otorgado a aquellos que promueven la tolerancia desde las artes y la ciencia, Heinrich Riethmüller, presidente de la Asociación de Editores y Libreros Alemanes, dijo: “Si no hubiera poetas y escritores que hablaran del dolor y la guerra, de la esperanza y la libertad, nuestra sociedad sería muy pobre”. Entonces, recordó un texto de Emcke: un niño huérfano en Haití se acercó al fotógrafo que la acompaña siempre en sus viajes y le preguntó: “¿Quieres ser mi papá?”.

El artista británico Banksy plasma su crítica social en las paredes de las ciudades.

“En mi trabajo vi tantas sociedades que estaban siendo destruidas por el odio –dijo Emcke en una charla del Hay Festival en Medellín–, vi tantos refugiados en Alemania; hay gente que los acoge y les da un hogar, pero otros los atacan y les gritan. Como ciudadana me enfurece, como filósofa debo entender”. 

–Tu libro parte de la pregunta “¿Por qué odian los que odian?”. ¿Qué te llevó a esa duda, a ese asombro? 

–Mi trabajo como reportera de guerra me entrenó no solo para hacer comentarios sobre la violencia o el odio, sino para analizarlos. El juicio moral es fácil, pero no suficiente. Solo al revisar las etapas, las decisiones individuales que conducen a un acto violento o al odio colectivo, se puede mostrar qué tan frecuentemente se podría haber dicho no, qué tan frecuentemente habría sido viable cuestionar las intenciones, las acciones y los pensamientos propios. Sin importar cuán a menudo ocurra un acto antisemita, cuán común sea el racismo, qué tan extendido esté el nacionalismo, me sigue sorprendiendo. Mi actitud frente al odio es de curiosidad porque quiero entenderlo. No cuestionar, no dudar, no sorprenderse con la violencia sería ser cínico.

Emcke no habla del odio individual, sino de aquel que es ideológico y colectivo. Del que surge en un contexto, desdibuja a su receptor y lo reduce a una categoría: el otro, el diferente, el peligroso. Ese otro es culpable de todos los males de la sociedad, aunque, paradójicamente, también sea invisibilizado, despojado de sus necesidades y derechos. El odio surge como respuesta a una amenaza ficticia y exagerada, se construye poco a poco a través de metáforas, relatos históricos, chistes, frases hechas y canciones que crean juicios y exacerban pasiones. 

–La reflexión sobre el lenguaje atraviesa el libro. ¿El discurso del odio también se combate narrativamente? 

–En efecto, el libro es una reflexión sobre el lenguaje. ¿Acaso no toda reflexión lo es?
Quise argumentar contra la idea del odio como algo espontáneo y natural. El odio colectivo necesita de una ideología que construya un otro menos importante, menos humano, menos masculino, menos saludable. Un otro amenazante, perverso, débil. En Europa ser musulmán suele ser asociado con ser retrógrado, antimoderno, criminal, y en Estados Unidos un cuerpo negro se asocia con ser peligroso. Si se busca una sociedad democrática y plural y una esfera pública inclusiva, tiene que haber una resistencia a esas formas de construir al otro. Se necesita trabajar con palabras e imágenes distintas y resignificar términos. 

La obra del artista callejero Banksy es famosa por su crítica sobre la realidad social.

–Decís que el odio requiere un público que lo amplifique.  

–Sí. De espectadores y cómplices que aplaudan, miren fijamente y conviertan un ataque en un espectáculo; son ellos quienes hacen que la víctima se sienta desvalida. Pero el odio también requiere gente que se mantenga en silencio. Tomemos a la Argentina: en muchos casos de abuso, violación e incluso asesinato de mujeres o trans, el perpetrador desaparece, no es imputado ni sometido a la justicia. Eso ocurre porque muchos guardan silencio y cubren los actos de los demás. A menos que la sociedad exija justicia y condene la violencia contra las mujeres, esto va a seguir pasando. 

En 1995 los países miembros de la Unesco firmaron una Declaración de Principios en la que señalan que la tolerancia no es lo mismo que la indulgencia. Consiste, en cambio, en el respeto y aprecio, individual y estatal, hacia las distintas formas de ser humanos. En tiempos de desplazamiento forzoso y conflictos, la tolerancia, dice la Declaración, asegura la supervivencia de las sociedades.  

–¿Cómo se enseña a ser empático? 

–Es una tarea de todos: artistas, directores de cine, maestros, iglesias, trabajadores sociales, padres y abuelos deben hacerse cargo de la manera en la que nos referimos y tratamos a los otros. 

–¿Qué prejuicios pesan hoy sobre los intelectuales en Europa? 

–Son el principal objetivo de la extrema derecha, aunque la extrema derecha también esté liderada por intelectuales. La construcción del intelectual como “enemigo de la gente” sugiere que es un privilegiado demasiado pudiente para entender el sufrimiento de la “gente real”. Yo trabajé durante catorce años como reportera de guerra, así que no creo que califique como alguien que desconoce los problemas de la “vida real”. Difícilmente conozca a un intelectual, escritor o periodista que hoy, en plena crisis de los medios, no tenga una vida precaria. Mejor que la de algunos, pero no una vida de lujo y seguridad.

 

En el último capítulo del libro, “Elogio de lo impuro”, Emcke reacciona frente a los conceptos de lo homogéneo, auténtico y puro en los que se escuda la discriminación. “Es absurdo –escribe– enfrentarse al rigorismo con rigorismo, a los fanáticos con fanatismo, a los que odian con odio”. El odio, propone, se combate con duda e ironía, con cultura de la memoria, con libros para leer en las escuelas, con democracia, con un pluralismo entendido como algo más que la acumulación de muchos yos. 

–El escritor argentino Alan Pauls escribió que en tu libro conviven la paciencia analítica del ensayo y el grito de alarma. ¿Cómo escribir un ensayo sereno, pero profundamente crítico? 

–Soy una escritora. Debo ser cuidadosa con las palabras, buscar la precisión. La precisión, en sí misma, es lo contrario del odio. No podés ser precisa cuando odiás. 

Durante una visita reciente a Colombia, Emcke contó que, en zonas afectadas por la guerra, encontró humanidad y dignidad. ¿Cómo interpreta ella que donde ha habido tanto dolor no haya odio? “La gente suele ser mejor de lo que pensamos”, respondió.  

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