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Hijos

7 noviembre, 2016

La crianza bajo la lupa

¿Qué hay detrás de la tendencia a medicalizar las conductas de los chicos cuando hay dificultad de atención o no logran cumplir con lo que se espera de ellos? ¿Qué rol cumplimos los adultos en esta época de chicos sobreinformados y estimulados que juegan cada vez más solos y menos libremente? Hablan los especialistas.


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Por Leila Sucari. Ilustración: Mónica Andino.

“El cuidado materno no solo implica la supervivencia física y los logros, sino que también consiste en guiar a un niño hacia sus profundidades desconocidas y los misterios del destino”. Thomas Moore, El cuidado del alma

Manuel no podía quedarse quieto. Cuando la maestra escribía en el pizarrón, se levantaba a mirar por la ventana o pedía ir al baño y salía corriendo por el patio del colegio. Si la mamá quería leerle un cuento, no lograba prestar atención más de unos pocos segundos. Siempre estaba fastidioso, cargado de una energía que no sabía cómo canalizar y que transformaba en peleas con sus compañeros o pelotazos contra las ventanas de su casa. “En dos años lo cambiamos de escuela tres veces”, cuenta Flavia. “Nos decían que nuestro hijo tenía problemas de adaptación. Al principio no le dábamos importancia, hasta que una psicopedagoga nos dijo que era muy probable que tuviera ADHD [sigla en inglés de “trastorno por déficit de atención con hiperactividad”]. Entonces comenzó una odisea con especialistas que nos daban diagnósticos y tratamientos de todo tipo. Desde optar por una educación alternativa y mudarnos fuera de la ciudad hasta medicarlo y armarle un rutina hiperestructurada”.

En las generaciones pasadas, los problemas de los niños se consideraban menores. Si un chico se angustiaba, se peleaba con sus amigos, no quería comer o tenía dificultades para dormir, a nadie se le ocurría llevarlo al psicoanalista. Hoy, en cambio, cada vez son más las consultas y los niños diagnosticados con ADHD, depresión y estrés. “Los adultos priorizan la eficacia por sobre el afecto: quieren que sus hijos sepan más, que asistan a talleres y aprendan lo más rápido posible”, dice Esteban Levin, director de la Escuela de Formación en Clínica Psicomotriz y Problemas de la Infancia. “Se los satura de información y actividades. El resultado es que tenemos chicos informados pero insensibles. Los niños se vuelven ajenos al otro, no lo registran y se quedan en soledad, aislados. Esto desencadena una serie de síntomas propios de los adultos que cada vez afectan más a la infancia: sobrepeso, aburrimiento, ansiedad, angustia y problemas de sueño”.

“En muchos casos, al observar al niño se descubre que son los padres los que necesitan ayuda”. Patricia Otero, psicoanalista

Comprenderlos como personas pequeñas

Francisco había sido abandonado al nacer en un terreno baldío. Lo encontró una señora que alimentaba a los gatos de la zona, y los  animales le dieron calor y lo protegieron de la intemperie. Tiempo después, el niño fue adoptado por una familia y antes de los 3 años le dieron el diagnóstico de autismo. Francisco no hablaba, movía las manos repetidamente y había desarrollado una fuerte alergia a los animales. A los 7 años, después de muchas idas y vueltas, comenzó una terapia que incorporó sesiones con un gato y reuniones con otros chicos. Con el tiempo, Francisco comenzó a comunicarse, se escolarizó y adoptó un perro que se volvió su amigo inseparable. Nunca tomó medicación, a pesar de que varios especialistas lo habían indicado como único tratamiento posible. “A mi entender, no existen enfermedades, sino personas que se enferman, y la medicación no resuelve; solo apacigua ciertos síntomas”, dice la psicoanalista Patricia Otero. Y agrega:  “El trabajo holístico permite encarar el tratamiento brindando seguridad, escucha y contención. Se trata de dejar la exigencia de resultados inmediatos a un lado y buscar comprender a la persona por más pequeña que sea”.

En general, los padres consultan con un profesional cuando los alertan desde la escuela. Los niños que no pueden cumplir en tiempo y forma con las consignas, que se desconcentran con facilidad o tienen problemas para relacionarse con sus compañeros y respetar las reglas son los más señalados. “Las consultas habituales son sobre sospechas de ADHD y autismo”, dice la psicoanalista Patricia Otero. “Los padres llegan asustados por los comentarios de una maestra o una psicopedagoga. Suele ocurrir que se los encasilla demasiado rápido; hay una necesidad de catalogar y definir mediante patologías, cuando debería conocerse en profundidad al niño y su contexto antes de dar un diagnóstico concluyente. Son varios los factores que inciden en un cambio de comportamiento, por lo que es importante ser paciente, profundizar en la historia y abordar la problemática teniendo en cuenta la totalidad. Nunca un padecimiento tiene una sola causa. En muchos casos, al observar al niño se descubre que son los padres los que necesitan ayuda. Los chicos son muy receptivos y sintomatizan lo que sucede dentro del contexto familiar y social”.

La soledad de los niños

Vivimos en una época de hiperestimulación. Desde la primera infancia, los chicos tienen agendas repletas de exigencias: colegio doble jornada, clases de inglés a contraturno y deporte los fines de semana. La actividad no se detiene, el ocio se considera una pérdida de tiempo. Los chicos se sienten agobiados y pierden la capacidad de asombro en medio de la vorágine diaria. “No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”, afirmó el filósofo hindú Krishnamurti.

Cuando el medio está cargado de tensión, los primeros en reaccionar son los chicos. “Para criar a un niño se necesita una aldea”, dice Alicia Stolkiner, psicóloga especialista en salud pública. “Sobreculpabilizamos a los padres cuando es la sociedad entera la que debe hacerse cargo de la crianza. El conjunto de adultos es responsable. No hemos encontrado el modelo de educación que les permita a los chicos desarrollar la concentración, aprender y no ser vencidos por el impulso natural de querer salir del aula. La sociedad debe encontrar un nuevo modelo, que incluya el movimiento y el juego. Hoy está de moda el ADD [sigla en inglés de “trastorno por déficit de atención”]: todo chico que molesta o no se adapta tiene ADD. Se diagnostica rápido y, sobre todo, a los que no encajan. Un chico puede tener un grave problema de depresión, pero, como es de perfil bajo y cumple con la tarea, pasa desapercibido. En cambio, el que reacciona es catalogado. Tenemos que aprender a no diagnosticar de manera precipitada. Es necesario saber quién es el otro, qué siente, qué le pasa, y para eso hay que escuchar, tomarse tiempo”.

“El niño se refugia en la imagen, que lo aísla y lo tranquiliza, pero si no se relaciona, no puede armar comunidad ni construir”. Esteban Levin, psicólogo y psicomotricista

La calle dejó de ser un espacio de encuentro. Los chicos no salen a andar en bicicleta ni juegan al fútbol contra el portón de un garaje abandonado y, a veces, ni siquiera se los lleva a la plaza, ese lugar tan lleno de posibilidades. El aire libre se cambió por las pantallas. “El niño de hoy está desubicado en el lugar social, y eso genera angustia. Se arma una coraza y se refugia en la imagen: videojuegos, tablet, computadoras o celulares”, dice Levin. “El problema es que la imagen no construye experiencia, no circula afecto ni herencia simbólica, algo que sí sucede en la relación con los otros. La imagen lo aísla y lo tranquiliza, pero destruye el diálogo y los espacios comunes. Si un niño no se relaciona, no puede armar comunidad ni puede construir. Entonces se queda solo. Para romper esa muralla hay que retomar el vínculo y enseñarle a dar sin esperar nada a cambio”.

Pastillas para no soñar

En Estados Unidos, cuatro de cada diez niños de entre 4 y 7 años fueron tratados con medicamentos por ADDH, según un estudio de los CDC (sigla en inglés de Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades). En nuestro país no hay datos concretos, pero los especialistas concuerdan en que en los últimos años la cantidad de niños a los que se les ha suministrado Ritalina o Strattera aumentó radicalmente. “La industria farmacéutica es muy poderosa, necesita ampliar sus mercados, y nosotros tenemos una fuerte confianza en el consumo. Pensamos que un medicamento soluciona cualquier situación. La medicalización de la infancia comenzó cuando se instaló la anestesia durante el proceso de parto y luego con la aparición de un sedante para bebés que indicaban los pediatras cuando los chiquitos lloraban”, dice Stolkiner. “Ahora es tendencia medicalizar las conductas de los niños, sobre todo si hay dificultad de atención. También existe un nuevo síndrome para el que se recetan medicamentos: el de oposición desafiante; son los niños que están enojados, que se oponen a la autoridad y a sus padres. Hoy la psiquiatría infantil se apoderó de características que antes eran considerados fracasos en la crianza”.

Hay que abandonar la exigencia de eficacia. Dejar de correr e intentar volver al universo de lo lúdico, a ese país de las maravillas que supimos habitar. “Los chicos cada vez juegan menos”, dice Levin. Quizás el desafío sea recuperar el juego como un espacio sin tiempo. Ese instante fugitivo, que no precisa de justificaciones ni busca alcanzar objetivos a largo plazo. Que está por fuera de las reglas del mercado, que no tiene apuro. Jugar para recuperar la infancia, no la propia, sino la de nuestros hijos. Para transformar la angustia en algo nuevo. Dibujar con crayones sobre una caja de cartón y hacer un castillo vagabundo.

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