Sophia - Despliega el Alma

Hijos

21 enero, 2019

La congregación de los amores

Un padre flamante comparte las reflexiones y emociones más profundas que lo atraviesan desde la llegada de su hija Ana a su vida. Un texto lleno de amor y belleza que vale la pena leer.


Por Santiago Buompadre*

Mirar a una beba es como mirar el mar, o el fuego. Un presente continuo. El mar, el fuego y la vida. Es la captura, casi absoluta, de la atención; contemplación —con la sonrisa continua, relajada, el silencio interno—, y la mirada a cada movimiento, cada gesto, como sucede con la espuma de las olas, o con las figuras del fuego.

Es mirarla, y que el tiempo pase a segundo plano.

El oído atento e hipersensible a cada ruidito, como ocurre con el rumor del mar, o con las chispas de un fogón. Sonidos que no solo se escuchan, sino que se sienten; sonidos que activan sensaciones, los sentidos sensibles, mezclados, el mundo que se tiñe de amor. Su existencia es un espejo de mi interior; ella vino de su madre, y de mí, pero verla es verme a mí y a su madre, vernos a los tres.

Somos tres y uno.

La miro y mi vida, mi tiempo, mi pasado y mi futuro, mi deseo, mi miedo, mi amor, dejan de ser tan míos, y eso me conmueve en lo más hondo de mi ser. Ser en ella, ser en su madre, que seamos los tres, y que yo sea cada vez menos yo: ese es el verdadero milagro.

Ser menos yo. Las ganas de hacer cosas, que superan el cansancio: esa especie de alquimia que transforma el agotamiento en construcción. Lo llaman trascendencia, en tiempos donde se vende, y se compra, inmanencia en cada esquina… el sujeto posmoderno, encerrado en sí mismo, afónico de quejarse a gritos cada vez que alguna situación lo implica mas allá de los límites de su piel.

«La miro y mi vida, mi tiempo, mi pasado y mi futuro, mi deseo, mi miedo, mi amor, dejan de ser tan míos, y eso me conmueve en lo más hondo de mi ser«.

Su sola presencia ilumina todo lo positivo que es, y puede ser, quedar en un segundo plano: basta pensar lo agotador, y neurótico, que es, estar siempre en el medio de la escena. Vivimos un momento histórico en el que la desesperación narcisista por el reconocimiento, la aprobación y la admiración (“la admiración es una perversión de la mirada”, decía Borges) hacen estragos en el comportamiento cotidiano de la gente.

El acto desinteresado, dar, ofrecer, compartir; son bienes cada vez mas escasos. Una hija es una oportunidad de cambio en ese sentido, o debería serlo. ¿Me importa menos si no duermo, si me obliga a comer a deshora, si escucho gritos buena parte del día, si vivo entre pañales y llantos y tetas y sueños? Es probable que si, y que esa sensación de potencia venga del peso que le saco a cuestiones personales “chiquitas”, al pequeño yo que soy cuando me tomo en serio, sin darme cuenta de que es poco serio tomarme tan en serio.

Y sucede que al tiempo que se diluye lo propio, se multiplica lo otro, y muta.

Ya no soy yo solo, ahora somos tres, y los fantasmas pierden fuerza frente a lo que tengo que hacer por los tres. Mi hija es el único amor de/por una mujer que no conocía. Tengo madre y hermanas, amigas y pareja; tuve muchas otras amigas, y otras parejas, pero es mi primer hija: es la congregación de todos los amores.

Hace tiempo que me pasa de ver mujeres por la calle y ya no verlas en sí mismas, sino como la mujer que mi hija podría ser algún día. La busqué durante todo el embarazo en los modos de caminar de chicas que pasaban, en sus pelos oscuros y lacios (la imaginaba así) y en sus piernas flacas y largas; en cada una que abría un libro en el subte, concentrada.

Ahora la miro y lloro porque ya la encontré, y es tan linda y tan fuerte, con sus piernas largas y la trompita de su mamá.

Ser para ella

¿Siento que es o espero que sea “lo mejor que me pasó en la vida”?

Desconfié de esa frase cada vez que la escuché. Desconfío de las afirmaciones que intentan reducir la multiplicidad a una, o a unas pocas opciones. Deseo que sea parte de una vida compartida con felicidad, y que nadie se preocupe por “ser lo mejor que me pasó”. Porque en la construcción de la felicidad colaboran muchos factores, y se nota de lejos cuando no funciona.

Prefiero que ella no cargue con ser lo mejor de mi vida; me gusta más pensar que se suma a un equipo, a la familia que empezamos a construir, en la que vamos a vivir muchas experiencias, buenas y malas, mejores y peores… Prefiero el medio, el claroscuro, el equilibrio. Me gustaría que se sume desde ese lugar: sin tener que salvar a nadie de sus miserias.

«En la construcción de la felicidad colaboran muchos factores, y se nota de lejos cuando no funciona».

Más importante, creo, es la sensación de que a partir de ahora lo importante de mi vida empieza a ser para ella. «

Porque tengo que estar más tranquilo para calmarla cuando llora; porque tengo que dejar atrás ciertos miedos para darle seguridad; porque, para acompañarla cuando ame, tengo que darle mi amor con la mayor honestidad que pueda, desde ahora.

Recorrí un camino muy largo para llegar hasta acá. Busqué toda mi vida ser capaz de estar con una mujer, hacerla feliz y dejarme querer. Hoy mi hija potencia el amor que siento por su madre. Nos queda por delante lo que me quede de vida, y es hermoso sentir que en ese tiempo voy a ser mejor que antes porque voy a ser-para-ella.

*Licenciado en Psicología e instructor de yoga. Actualmente cursa la Maestría en Psiconeuroinmunoendocrinología en la Universidad Favaloro. Desde 2011 enseña diferentes técnicas de medicina mente-cuerpo, yoga y meditación antropotecnica.com

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