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Sustentabilidad

19 julio, 2018

La comida no se tira

Hay una cifra que alarma: el 12,5% de la comida que se produce al año en la Argentina se desecha. Desde las pérdidas de frutas y verduras en el campo, pasando por los alimentos que no son “atractivos” para las góndolas de supermercados o se vencen, hasta lo que desperdiciamos en la propia cocina. Un problema que preocupa, pero sobre el que ya se comenzó a actuar.


Por Tais Gadea Lara. Ilustración de Maite Ortiz.

En la naturaleza nada se desecha, todo tiene una razón de ser, un nuevo propósito y finalidad. En la vida de las personas, en cambio, los residuos son parte de la rutina. En un mundo donde 815 millones de personas padecen hambre cada día, 1300 millones de toneladas de alimentos se tiran a la basura por año, es decir, un tercio de lo que se produce globalmente. Los datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés) demuestran una paradoja: solo con la comida que se tira en Estados Unidos y la Unión Europea se podría alimentar al mundo entero. En la Argentina se desechan 16 millones de toneladas de alimentos por año, 12,5% de lo producido, más de un kilo por día por persona, según el Ministerio de Agroindustria de la Nación.

Food waste, o “basura alimenticia”. Así se denomina este problema que la FAO define como “toda aquella comida que se arrojó a la basura, incluso cuando estaba en condiciones aptas para ser consumida”. Y da ejemplos: “Si desechás algo de la heladera porque se venció, si te serviste demasiado en tu plato y lo tirás, si desechás tus sobras en lugar de reaprovecharlas… todo eso es basura alimenticia”.

Las múltiples causas encuentran una raíz común en la sociedad del hiperconsumo. En la era del comprar-tirar-comprar, algo tan preciado como un alimento tiene más valor para una foto en las redes sociales que para satisfacer una necesidad básica como la de comer.

Para poner en la heladera y ¡no olvidar! 

  • Planificar el menú de la semana sobre la base de la rutina y actividades programadas.
  • Hacer una lista de lo necesario antes de ir al supermercado.
  • Aprovechar todo el alimento al cocinarlo. En especial, frutas y verduras.
  • Servirse pequeñas porciones.
  • Si sobró comida y se la puede comer al día siguiente, envasarla y guardarla en la heladera.
  • Si no estamos seguros de poder consumirla al otro día, freezarla.
  • Ubicar siempre en la parte delantera de la heladera aquellas sobras que deben consumirse primero.
  • Los restos de alimentos no aptos para consumo sirven para el compost.
  • Si en reuniones sociales sobró mucha comida, buscar el comedor comunitario más cercano en el sitio web quieroayudar.org y donar esos alimentos a quienes lo necesitan.

Fuente: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Las consecuencias de tirar alimentos en cantidades demenciales son fáciles de imaginar, pero el alcance es mayor de lo que suponemos. Desde la pérdida de dinero hasta la pérdida de la fuerza de trabajo y recursos (como energía y agua) hasta su impacto en el cambio climático: el mal uso del suelo en la agricultura, el transporte y la ineficiencia en el uso de los recursos incrementan las emisiones de gases contaminantes. De hecho, los desperdicios y pérdidas mundiales generan el 8% de esas emisiones anuales.

Las palabras de José Graziano da Silva, director general de la FAO, cuando presentaba el primer estudio de la organización sobre la problemática en 2013, suenan aún vigentes: “Todos nosotros –agricultores y pescadores, procesadores de alimentos y supermercados, gobiernos locales y nacionales, consumidores particulares– debemos hacer cambios en todos los eslabones de la cadena alimentaria humana para evitar que ocurra el desperdicio de alimentos y, si no podemos impedirlo, para reutilizar o reciclar los alimentos”.

La comida que se tira tiene varias procedencias: hogares, supermercados y distintas etapas del proceso de producción, desde el campo hasta el mercado. Cuando hablamos de hogares y supermercados, hablamos de “desperdicios”. Cuando hablamos del proceso productivo, nos referimos a “pérdidas”. Por eso, desde 2016, el Ministerio de Agroindustria trabaja con un Programa Nacional de Pérdidas y Desperdicios de Alimentos con el foco puesto en el sector que tiene el 45% de las pérdidas: las frutas y hortalizas. Detrás de cada alimento hay personas que trabajan la tierra, que cuidan el fruto, que distribuyen el conjunto final de verduras. Por eso, y para reducir las estadísticas, la Comisión Nacional de Alimentos determinó que, dentro de dos años, será obligatorio aplicar buenas prácticas agrícolas. Mientras tanto, se orientará a los productores para que puedan alcanzar esas metas. ¿Qué son las buenas prácticas? “Son acciones que no requieren grandes inversiones; reglas para el empleo de agroquímicos, el uso racional del agua, la manipulación de la cosecha y los sistemas de riego. Hoy muchos las aplican de forma voluntaria, pero, a medida que se pongan en marcha con la obligatoriedad, habrá mayor eficiencia y menos pérdidas”, explica Mercedes Nimo, subsecretaria de Alimentos y Bebidas del Ministerio de Agroindustria.

El desafío de las empresas 

Los supermercados entran en contacto con los productores y los distribuidores para que la pérdida de alimentos sea la menor posible. “Tirar comida está mal”, asegura Candela Arias, gerente de Sustentabilidad y RSE de Carrefour. “Pero, además, representa una pérdida económica”, agrega. Esta cadena de supermercados aplica distintas acciones: si un producto está cerca de vencerse, intenta atraer a los clientes para que lo compre a menor precio; si una fruta o verdura no está en condiciones aptas para su venta, se le busca un destino que no sea el tacho de basura.

Uno de esos destinos principales es la donación a los bancos de alimentos, una tendencia internacional que funciona a través de instituciones dispuestas a recibir comida apta para el consumo y a distribuirla a organizaciones. “Pedimos que las organizaciones tengan personería jurídica y un espacio en donde puedan darles de comer a las personas. Visitamos el lugar y concientizamos al equipo sobre cómo pueden mejorar la alimentación de la ciudadanía”, cuenta Virginia Ronco, integrante del Banco de Alimentos en la Argentina. Con dieciséis bancos en el país y 830 organizaciones beneficiarias, se busca garantizar que la comida llegue en buenas condiciones.

En Plato Lleno, otro de los destinos, se trabaja de manera voluntaria para darles una nueva oportunidad a esos alimentos poniéndolos en la mesa de los hogares. El proyecto “rescata” comida para entregarla a quienes la necesitan, sin costo. Desde el año pasado, trabajan en red con distintas ciudades del país para replicar el modelo.

Karen Vizental es vicepresidenta de Comunicación y Sustentabilidad para América Latina de la compañía Unilever, una de las mayores productoras de alimentos del mundo. Ella asegura que desde Unilever se trabaja a lo largo de toda la cadena de valor: desde la reducción del desperdicio donando a los bancos, pasando por metas de reducción en el comedor propio de sus instalaciones, hasta la concientización del consumidor con ideas de recetas con sobras. “Si los 1300 millones de toneladas de alimentos que se tiran se consideraran el equivalente a los gases emitidos por un país, este sería el tercero con mayor emisión de dióxido de carbono (principal gas que afecta el cambio climático)”, dice.

El activista inglés Tristram Stuart, referente internacional del food waste, es dueño de Toast Ale, una empresa que es un ejemplo de éxito en disminución de desperdicios: allí se fabrica cerveza artesanal a partir de sobras industriales de pan lactal, especialmente esos bordes que, por estética, no se usan en la elaboración de sándwiches. Stuart es un convencido de que la última palabra la tienen las personas, individualmente: “Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad y el poder de exigir a las compañías a las que les compramos que dejen de desperdiciar de manera tan escandalosa alimentos que están perfectamente bien”, dijo a Sophia por mail, desde Londres. Para él, una buena noticia es que los millones de toneladas de alimentos que se desperdician cada año representan miles de millones de dólares, y decenas de empresarios ya empezaron tomar nota de eso y a ahorrar, recuperar o reciclar productos alimenticios.

El aporte desde la cocina 

“Si una fruta o verdura tiene un puntito de otro color, la gente lo tira”, dice Pablito Martín, chef especializado en Alimentación consciente, y agrega: “Quizás ese producto estaba en perfectas condiciones para consumirlo”. Planificar las compras de alimentos es el primer paso para evitar tirar comida: qué necesitamos, para cuándo y para cuántas personas, y en qué cantidad son preguntas esenciales. Una vez que los alimentos están sobre la mesada, como dice Martín, hay que aprovechar todo: “Falta una cultura de utilizar el producto completo. En las verdulerías se vende solo el bulbo de la remolacha porque la gente no quiere llevar el tallo y la hoja. Se está tirando así un 50% que puede consumirse en ensaladas, tortillas o tartas”.

¿Qué hacemos con lo que sobra después de comer? “Tenemos que ser creativos y salir de la comodidad y los mitos. Algo que está freezado se puede saltear y queda impecable”, dice Martin.

Considerado un problema de todos, desde grandes productores hasta pequeños consumidores, Stuart resume ese aporte diario que se puede hacer desde cada cocina: “Compren menos, preparen comida deliciosa que todos quieran comer y asegúrense de que las sobras se conviertan en recompensas sin esfuerzo”. A esto, Pablito Martín le suma una razón indiscutida: “Es comida. Y la comida no se tira”.

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