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Hijos

18 agosto, 2017

Invitar al alma a jugar

Los chicos viven rodeados de estímulos, pero carecen de tiempo para estar solos, en contacto con sus emociones y su mundo imaginario. Cómo acompañarlos para conectarse con su interior y volver a encender esa llama indispensable.


Por Marina Do Pico. Ilustración: Juliana Vido.

Thiago estaba mirando cómo una fila de hormigas transportaba pétalos y pasto de una punta del jardín a la otra cuando su madre lo llamó para salir. “Estoy viendo las hormigas, ma. ¡Hay una que está llevando un pétalo tres veces más grande que ella!”. La madre respondió, exasperada: “¡Dejá las hormigas! ¡Se hace tarde para la clase de taekwondo y hoy ya llegamos tarde a inglés!”. El chico obedeció sin protesta. En sus ojos se había apagado de golpe todo asombro.

¿Cuánto tiempo les damos a los niños para que desarrollen su mundo interior? ¿Cuánto espacio? Las agendas de las generaciones de chicos actuales estallan de actividades. Sus cuartos rebalsan de juguetes, pantallas y entretenimientos. Pero ¿cuánto de esto los nutre en lo profundo?

Si el término “vida interior” no tiene una definición unívoca, todos la reconocemos cuando la vemos: quienes gozan de ella pueden permanecer largos ratos en paz, en intimidad con ellos mismos, atisbar universos con la imaginación, conocer y aceptar sus emociones y, sobre todo, entrar en diálogo con el mundo, pasando lo que reciben por un tamiz propio y devolviéndolo con su impronta.

No hay recetas para replicar pero sí caminos propicios para invitar al alma a jugar. Estos caminos son simples y antiguos; llaman a los niños a vivenciar el asombro que el mundo les ofrece, a contactar con las imágenes que viven en su interior y a tender un puente sólido y gozoso entre ambos. Veremos dos caminos que conducen al centro del laberinto: el vínculo con la naturaleza y la imaginación convertida en creatividad.

La magia de la tierra

Para cuando un joven llega al primer año de la universidad, se estima que reconocerá unos mil logos corporativos. Según las investigaciones de esa misma casa de estudios estadounidense, ese joven será capaz de identificar menos de diez plantas y animales nativos de su territorio. ¿Qué nos dice esto acerca de lo que ocupó la atención de esos jóvenes durante sus años de formación?

La naturaleza es un alimento vital y primigenio para los chicos. No se trata de enseñarles sobre el medio ambiente como si fuera una materia más, sino de fomentar una conexión íntima con la pequeña gran flora y fauna que los rodea, aun en medio de la ciudad. Esta conexión les ofrece a los niños una sensación de pertenencia, a la vez que les enseña sobre los ritmos del planeta en el que viven y –en espejo– sobre los propios.

Una manera sencilla de desandar el camino es enseñarles a hacer alimentos y medicinas simples con las plantas y árboles que están por todas partes, como el diente de león, el llantén, las flores del tilo. Pero será importante que los padres sean los primeros en entusiasmarse con los conocimientos que van a transmitir. El hecho de investigar juntos –padres e hijos– puede ser la parte más enriquecedora del viaje.

Volver a crear

La autora norteamericana Joan Almon afirma que “en los últimos años se puede notar un declive en la habilidad espontánea de los niños para jugar. Los niños modernos están acostumbrados a juguetes manufacturados con propósitos definidos, televisión y películas que los ponen en contacto con la imaginación de otra persona; computadoras que usan los programas de otros, y clases de danza o deportes en las que alguien los instruye en qué hacer. En consecuencia, no pueden seguir sus propios impulsos, fuertes y creativos, para jugar”.

Así como es enriquecedor que los niños reciban estímulos que los inspiren o movilicen, el exceso de estímulos también puede terminar por atrofiar esta habilidad y hacer que el niño quede siempre a la espera de un factor externo que lo motive y le muestre el camino. En realidad, para entretenerse, un niño no necesita más que un solo estímulo, que es casi un superpoder: la imaginación.

Una investigación que realizó el Greater Good Science Center, de la Universidad de Berkeley, en California, puso a un grupo de chicos frente a una secuencia de imágenes que iban de objetos cercanos, como un lápiz sobre una mesa, a otras progresivamente más lejanas, como imágenes del espacio. A otro grupo los expuso a la secuencia inversa. Al terminar de ver las imágenes se invitó a ambos grupos a dibujar. Los que terminaron con las imágenes del espacio crearon obras más libres, expansivas e imaginativas que sus pares que terminaron con la imagen del lápiz sobre la mesa. ¿Lección? La imaginación, nutrida por el asombro, deviene en creatividad y en una visión más rica del mundo.

Ideas para fortalecer la creatividad de los niños

Tarde de títeres insólitos

Los chicos crean una historia tomando como personajes a alguna colección de objetos que encuentren por la casa: botellas de champú, especias de la cocina, los contenidos de su cartuchera, frutas y verduras de la alacena. ¡Cuanto más desopilante la escena y la escenografía, mejor!

Crear el propio libro

Los chicos inventan una historia, la escriben (con o sin ayuda) y la ilustran con fotos recortadas de revistas o con dibujos. Los adultos pueden ayudarlos a coser o pegar las hojas, para que quede lo más parecido a un libro de la biblioteca, pero de su autoría.

Formar un club de lectura

Redactar una lista de preguntas para discutir sobre los personajes, la trama y los escenarios, y armar para las reuniones una comida con ingredientes relacionados con el cuento en cuestión. Por ejemplo, se puede acompañar la lectura de Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl, con una torta atravesada por un río de chocolate hecho con un postrecito de ese sabor, rodeado por un bosque de chupetines.

Un superhéroe de creación propia

Los chicos crean al personaje, eligen sus superpoderes y diseñan el traje y el logo distintivo. Luego nosotros podemos ayudarlos a hacerse el disfraz con el diseño que ellos dibujaron.

Los caminos son muchos, pero el destino es siempre el mismo: chicos curiosos, motivados y seguros en la confianza de que el mundo que viene a su encuentro por dentro es igual de vasto y maravilloso que el que los espera afuera.

Educar las emociones

Una forma muy directa de nutrir la vida interior de los niños es educarlos en la percepción y el manejo de sus emociones. Esto es particularmente importante en el caso de las así llamadas “emociones negativas”, como el miedo, los celos, el enojo, la frustración y la tristeza, que pueden asustarlos o llevarlos a acciones poco productivas. Igual de importante será ayudarlos a cultivar emociones positivas, como la alegría, la empatía, el entusiasmo, la curiosidad, y otras de naturaleza espiritual, como el asombro, el altruismo y la gratitud, que los conectan naturalmente con los demás, con el mundo y con la intuición de lo sagrado.

¿Cómo lograr todo esto? Validando sus emociones y ayudándolos a nombrarlas, diferenciando entre emociones y conductas (no es necesario actuar todo lo que se siente), ofreciendo formas constructivas de exteriorizar lo que sienten, propiciando tiempos y espacios para la calma y la introspección, y, sobre todo, enseñándoles a autocalmarse. Puede armarse un pequeño altar con una velita adonde el niño sepa que puede acudir para estar tranquilo cuando se sienta ansioso o estresado. La habilidad de encontrar la paz por sus propios medios quizá sea el instrumento más importante que podamos darle para que logre salud, bienestar y buenos vínculos a lo largo de su vida.

Propuestas para incentivar la conexión con la naturaleza en los niños

Diario naturalista

Retratar, en un cuaderno decorado para la ocasión, sucesos naturales: las distintas etapas de un árbol en cada estación, cómo cambian los amaneceres en invierno y en verano, cuándo ponen sus huevos los pájaros y cómo son sus nidos, cuáles son las flores que atraen a las mariposas y a los colibríes. Pueden también hacer listas de sus árboles, flores o hierbas favoritos, dibujarlos y poner el nombre vulgar o científico.

Día de paseo y observación

Llevar a los chicos a visitar un espacio natural e intentar reconocer juntos distintas especies de árboles o plantas. Vale cosechar hojas y flores para guardar en el diario naturalista, así como plantas silvestres para hacer tés y medicinas.

Observación de procesos

Nada tan asombroso para un niño como seguir con sus propios ojos el proceso de transformación de una oruga en mariposa, o de una semilla en brote, tronco, rama, árbol.

Recetas con hierbas, hojas y flores

Hacer galletitas de manteca y agregarles flores de lavanda, manzanilla u hojas tiernas de tilo cortadas en pedacitos: lo que resulta son unas “galletitas del bosque” coloridas y divertidas.

Comederos para pájaros

Embadurnar una piña con manteca de maní e incrustarle semillas de todo tipo. Colgar con un piolín de una rama baja… y ¡sentarse a esperar!

Armado de escenas con piñas, frutos de jacarandá, bellotas y cáscaras de nueces

Las piñas pintadas representan árboles, los frutos del jacarandá son bocas desdentadas ideales para hacer personajes, las bellotas son duendes con sombrero y las cáscaras de nuez son camitas para diminutos habitantes.

Accesorios con ramas y flores

Hacer varitas mágicas pintando ramas con témpera y brillantina, o coronas de príncipes y princesas con ramas de sauce entretejidas con flores silvestres, o coronitas de hadas con flores de diente de león (como los tallos son huecos, se hace un agujerito en uno y se engarza el siguiente, hasta dar toda la vuelta).

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