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Reflexiones

7 noviembre, 2016

Inundaciones: las grandes aguas y la fatiga cósmica

En tiempos de aguas agitadas y de seres humanos escindidos, queremos compartir este texto de Carlos Martínez Sarasola. En él, el antropólogo nos habla de la importancia volver a escuchar los sabios mensajes que los pueblos originarios supieron leer en la naturaleza.


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Soledad, abandono e impotencia, el triste escenario de las inundaciones.

Carolos Martínez Sarasola es antropólogo. Graduado como Licenciado en Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (UBA, 1974). Investigador destacado en la cuestión indígena y la etnohistoria de Argentina. Ha mantenido un constante compromiso con la búsqueda de entendimiento con los pueblos originarios. En 1995 la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) le otorgó una distinción por haber “contribuido con su destacada y meritoria trayectoria a la promoción, revalorización y defensa de la cultura y de los derechos de los pueblos indígenas y sus comunidades”.

En un texto publicado por el Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (CUDES), el antropólogo Carlos Martínez Sarasola asegura que detrás de las cíclicas inundaciones que azotan a muchas zonas del territorio argentino y del planeta, resuenan los relatos fundantes de las cosmovisiones indígenas. “¿Está el hombre escuchando esos mensajes?”, se pregunta. Así nace este texto llamado “Las grandes inundaciones”, donde indaga acerca del sentido mismo de la vida, en sus diversas manifestaciones y destrucciones.

“En los inicios de este año los distintos medios de comunicación informaban que debido a las intensas lluvias, los ríos Iguazú y Paraná habían crecido de tal manera que provocaron graves inundaciones en las provincias de Misiones, Corrientes, Chaco y Entre Ríos. Luego el punto crítico se trasladó al río Paraguay, en Formosa, y al Uruguay, en Misiones. Se contabilizaron varias muertes y algo más de 30 mil personas evacuadas, con la angustiosa destrucción de sus hogares y graves pérdidas en todos los órdenes. Más allá de las razones estrictamente naturales, como la presencia innegable de la Corriente del Niño, muchos especialistas, ONGs y distintas voces que se alzaron desde ámbitos académicos y de investigación, coincidieron en que los desmontes, los desmedidos cultivos de soja, la destrucción de humedales y la construcción irracional de represas fueron y son también las causas de estas gigantescas inundaciones”, señala en el primer pasaje de su texto.

Del mismo modo, en su columna Sarasola cuestiona el actual modelo productivo, las proliferación de extensas plantaciones de soja (en detrimento de otro tipo de cultivos), la ocupación de espacios inundables y la gran cantidad de represas construidas sobre el río Uruguay.

“Si no se toma en serio el proceso de cambio climático y si se continúa con la expansión de la frontera agrícola, los escenarios catastróficos serán aún más incontenibles”, cita a Jorge Daneri, de la ONG M’Biguá, quien asegura que “Entre Ríos apostó en los últimos 20 años al modelo sojero y simplificador del uso de la tierra, devastador de la diversidad biológica, en montes y ríos, con un claro impacto hídrico”.

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El tema nuestro de cada día: el agua avanza, sepultando pueblos enteros.

Escribe Sarasola: “Hernán Giardini, de Greenpeace Argentina, afirmó que la deforestación es una de las principales causas de las inundaciones: ‘los bosques son nuestra esponja natural y paraguas protector. Cuando perdemos bosques nos volvemos más vulnerables ante las intensas lluvias y corremos serios riesgos de inundaciones’, Todas estas muy fundamentadas consideraciones son también las verdaderas razones de las catástrofes a las que hemos asistido en el verano pasado  y a las que sin dudas seguiremos asistiendo. Y llegados a este punto me pregunto: ¿tienen los pueblos indígenas algo que decir al respecto?”, considera el autor.

En el apartado “Mitos de origen y relatos proféticos”, el antropólogo destaca que la Tierra, nuestro hogar, “está llegando a un punto de fragilidad inédita en su historia, devastada y amenazada al extremo por un sistema global que aún no ha tomado debida nota de la crisis” y llama a tomar conciencia sobre esta crisis de la mano de los relatos acuñados por los pueblos indígenas, guardianes de la memoria de esa conexión que supo existir, en un principio, entre el hombre y su entorno. Entre sus “mitos”, prevalecen historias donde el ser humano es testigo de dramáticos desenlaces naturales, tal como los que nos tocan vivir actualmente.

“Una perspectiva del Tiempo conformado por una sucesión de Eras o Edades que terminaban abruptamente, generalmente por causa de algún cataclismo, estuvo muy difundida en las culturas originarias de Mesoamérica, los Andes Centrales y las de la región del Chaco, entre otras. El ciclo destrucción-regeneración que incluían estas Edades, implicaba que una generación de hombres moría para dar origen a la siguiente”, describe y cita ejemplos de varias comunidades latinoamericanas, donde por ejemplo los incas, “de acuerdo con la crónica de la “Cuenta Larga”, de Fernando de Montesinos, sostenían que la Primera Edad había sido destruida por la inundación, anunciada por la aparición en el cielo de cometas en forma de jaguares y serpientes”, y entre los mitos de los mapuches aparece “la noción de una lucha acuática entre las Serpientes Primordiales dio lugar al origen del hombre tal cual lo conocemos, y por otro lado, a la desaparición de una estirpe anterior, que pereció ahogada fruto de aquella lucha de serpientes”.

En estos relatos fundantes de nuestras culturas, Sarasola indaga acerca de un sentido que traspasa el plano de lo mítico. “Creo que podemos preguntarnos si estos relatos fundantes de los pueblos indígenas son realmente mitos de origen o profecías… Quizás sean ambas cosas simultáneamente”, destaca.

Hacia el final del texto, un llamado urgente –imposible de desoír–, a que la especie humana toda ejerza la posibilidad de no autoaniquilarse, de la mano de la visión de nuestros pueblos originarios, sabios mensajeros y custodios de una verdad mayor. “Una visión del mundo más humanizada y espiritual, que es la posibilidad de frenar la carrera de destrucción en que estamos embarcados”, concluye el autor.

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La postal de la Tierra es inquietante. Pero podemos trabajar en no autoaniquilarnos.

Podés leer el texto completo en institutodecultura.cudes.org.ar

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