15.11.2012
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Sergio Sinay

Franco habla con pasión. Transmite indignación respecto del estado actual de los vínculos humanos. Siente, según sus palabras que faltan más encuentros reales, cara a cara, cuerpo a cuerpo, en lugar de refugiarse en los teclados, en las pantallas, en las redes sociales, donde a la larga el otro es apenas un nombre o una foto. Eso dice. “Y ni siquiera sabés si la foto es real”, agrega. En el afán de conectarse rápidamente, de hacerlo con muchas personas al mismo tiempo, se mutila la palabra, se pierde la sintaxis, se reducen los significados, agrega. “Al final nos incomunicamos más de lo que nos comunicamos. Hablamos mucho, decimos poco, nos desencontramos y hasta la imagen, ya sea en televisión, fotografías o películas, pone más el acento en lo técnico, en los efectos, que en los contenidos, mostrar importa más que comunicar”.

08.11.2012
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Sergio Sinay

Cada mañana a las 4 Juan despierta e inicia su día. Toma mate con su padre y luego inicia el largo viaje que lo llevará desde las cercanías de Pilar, en donde vive, hasta el barrio de Belgrano, en la Capital, en donde trabaja. Juan llega a las 7, entra en una caseta y se pone su uniforme de fajina, un mono verde claro con una franja fosforescente. Juan es placero. Limpia la plaza frente a la cual vivo, riega el césped, cuida las plantas. Silba. Canta. Y sonríe. Así todos los días. Lo encuentro cotidianamente cuando salgo para mi caminata de rigor. Nos saludamos, cambiamos algunos comentarios sobre el clima, como si fuera un ritual.
Un día, finalmente, le pregunto si su trabajo le gusta tanto como parece por su actitud y por su estado de ánimo. Me dice que sí, que le gusta mucho. Veo el estado en el que se encuentra la plaza. Habitualmente parece un vaciadero. Botellas y papeles tirados en cualquier lugar, alguna caja de pizza, caca de perro. Todo eso que tanta gente desparrama con negligencia, con falta de respeto por los semejantes, con despreocupación y a veces me parece que hasta con un cierto dejo desafiante. Como si la ciudad no fuera una casa colectiva, la casa de todos. ¿Lo harán también en sus casas? ¿Tiran también allí la basura en cualquier lugar? ¿Ensucian los espacios compartidos con ese mismo desparpajo y desinterés por los otros? Confían, quizás, en que no es responsabilidad propia, en que vendrá alguien a limpiar.
En este caso “alguien” es Juan. A él no lo arredra el desmadre con el que se encuentra. Y siente una enorme satisfacción, que no oculta, cuando a media mañana los areneros están limpios, el césped está cortado, las flores recibieron riego y ahora muestran con esplendor sus colores, los senderos están despejados y hojas y ramas forman prolijos montones a la espera del camión que pasará a recogerlos. Nos hemos hecho amigos y le pregunto a Juan de dónde viene su alegría ante esta tarea que me recuerda a la de Sísifo, rey de Corinto, quien, como castigo por haber revelado a los mortales los secretos de los dioses (aunque hay otras versiones acerca de su pecado), debía llevar eternamente una enorme piedra hasta arriba de una colina cuya cima nunca alcanzaba, pues la piedra rodaba cuesta abajo antes de llegar y lo obligaba a empezar otra vez.
Juan es una especie de Sísifo feliz y me cuenta sus razones. Gracias a su tarea, me dice, la plaza está limpia para los chicos que vienen a jugar, para las mamás que pasean a sus bebés, para los jubilados que se encuentran a charlar. A las 3 de la tarde, cuando termina su turno, Juan siente que su trabajo del día tuvo sentido, que lo que él hizo le mejoró un poco la vida a algunas personas. “Hoy trabajo en esto y lo hago así, me dice. Mañana puedo hacer otra cosa, como lo he hecho en mi vida. A mí no se me caen los anillos con ningún trabajo.” Juan llegó de Tucumán hace cinco años. Tras la muerte de su madre, se mudó con su padre hasta donde hoy vive, cerca de sus hermanos, un poco más lejos de la melancolía y el dolor que entonces sentían.
Todo trabajo tiene un sentido, y Juan lo confirma. Los humanos necesitamos trabajar, poner nuestros dones y recursos personales en el mundo para transformarlo. Cuando dejamos el mundo en que vivimos un poco mejor de c{omo lo encontramos, nuestra tarea tiene sentido, y cuando ella lo tiene, empezamos a percibir también el sentido de nuestra existencia. Un médico sin fronteras que salva una vida o atenúa un dolor en medio de una guerra absurda, una abuela que prepara una torta para sus nietos que la visitarán esta tarde, un empleado público que le soluciona un problema a una persona (solo una) cada día, un ingeniero que planifica el puente que comunicará a dos pueblos a través de un río que los separaba, un albañil que ladrillo tras ladrillo eleva la casa que cobijará vida e ilusiones de sus habitantes…Toda tarea tiene un sentido. Quien debe descubrirla es el que la realiza. “Si no hacés lo que te gusta, tratá de que te guste lo que hagas”, reza un viejo adagio. ¿Es posible? La respuesta está en cada uno, en la actitud de cada quien, en la posibilidad de advertir de qué manera nuestra tarea (aún la más ignota y pequeña) puede hacerle bien a alguien. Porque el sentido, tanto en el trabajo como en la vida, es tal cuando aparece el semejante en el horizonte. Juan, el Sísifo feliz, lo sabe y lo dice de una manera muy sencilla.
01.11.2012
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Sergio Sinay

Mi amigo Oscar es odontólogo. Recuerda que, en sus comienzos, no sabía qué responder a los pacientes ya maduros que entonaban quejas como las siguientes: “¡Nunca en la vida se me había roto un diente y mire ahora!”; “¡Jamás antes me habían sacado una muela y con esta ya van dos que pierdo!”; “¡Hasta hoy no conocía lo que era anestesia!”; “Mi orgullo era que todos mis dientes eran propios y ahora ya empezamos con las coronas!”. El joven Oscar de entonces sufría por no tener una respuesta certera para aquellos lamentos. El experimentado Oscar de hoy (que ha madurado mucho en la profesión y en la vida) tiene con qué replicar. “Mire mis canas, dice, yo nunca antes había tenido canas”; “Mire esta cicatriz (y muestra la que surca su cuello); jamás antes de esto me habían operado de tiroides”; “¿Recuerda que hace dos meses no atendí por una semana? Había muerto mi madre, que jamás había fallecido antes”.
25.10.2012
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Sergio Sinay

Hay algunos fenómenos que a fuerza de repetirse parecen naturales y dejamos de prestarles atención. Apretamos una perilla y se enciende el televisor, abrimos la canilla y sale agua, marcamos un piso y el ascensor nos deposita en él. Otros fenómenos nos tienen por protagonistas: saludarnos con un beso, hablarnos por teléfono, reunirnos para las fiestas. Todo esto es, en nuestra percepción, natural. No podría ocurrir de otro modo, del mismo modo en que no podría no salir el sol cada mañana. Entre los fenómenos “naturales” hay uno que me llama la atención. Es la frecuencia conque hombres y mujeres hablan de sus problemas de pareja o matrimonio con conocidos y amigos, en sesiones de psicoterapia o en diferentes circunstancias. Esos problemas pueden ir desde la ya clásica incomunicación en la pareja hasta los conflictos con los hijos (en especial adolescentes) o la queja por ciertas costumbres o hábitos del compañero o compañera, pasando por varios otros.
18.10.2012
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Sergio Sinay

Pequeñas acciones multiplicadas por mucha gente, producen grandes cambios. La fórmula es sencilla y poderosa. Después de años de trabajar como ejecutiva en grandes empresas, Eugénie Harvey, una australiana de 42 años que vive en Londres y es madre de una hija de 9 años, emprendió un propósito guiada por aquella consigna. Conoció al activista social David Robinson, que estaba empeñado en comprometer a gente común en proyectos que mejoraran el mundo empezando por el lugar en el que transcurre la vida cotidiana, y juntos crearon un movimiento llamado We Are What We Do (Somos lo que hacemos). Los inspira una frase de Gandhi: “Sé tú el cambio que quieres para el mundo”.
11.10.2012
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Sergio Sinay

Eduardo tiene algo más de 50 años, su aspecto es el de un hombre habituado a resistir, a emprender, a toparse con lo difícil. Cabello entrecano, cara de rasgos fuertes, marcados, cuerpo delgado que se sospecha fibroso. Lo acompaña Carlos, un amigo y colega silencioso, bajo, serio y sereno. Toca el portero eléctrico de mi casa a la hora convenida. Diez de la mañana. Nos presentamos. Está nervioso, con una mezcla de ansiedad, alegría y acaso temor. “Llegó el día”, dice. Caminamos la cuadra que nos separa de su auto y emprendemos el viaje que nos tomará una hora y media, atravesando complicadas calles del conurbano, sembradas de camiones, baches, autos de todas las edades y condiciones, y semáforos a menudo inoportunos e incomprensibles, ante los cuales podemos estar detenidos hasta cinco minutos. Sin embargo, no hay tiempo para aburrirse, adentro del coche se respira adrenalina, la conversación es ágil, apasionada, cambiante.
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