Punto de vista
Por Cristina Miguens, Editora Responsable.Estuve en muchas manifestaciones, siempre como independiente, pero la del 13-S fue diferente. La gran novedad fue la espontaneidad: todos éramos autoconvocados que llegamos por nuestra cuenta, no hubo palcos, ni oradores, ni insignias partidarias: solo cacerolas y banderas argentinas. La mayoría de las pancartas eran muy caseras, algunas con mucho humor, y solo unas pocas aisladas tenían un mensaje más duro; una megabandera reclamaba “libertad, libertad, libertad”, mientras el himno se entonaba una y otra vez. El clima era de alegría, de fiesta, sin odios ni violencia. Entre risas y bromas, una multitud de jóvenes cantaba: “Y ya lo ve, y ya lo ve, para Cristina que lo mira por TV”. Simple, inofensivo. Las demandas eran tan variadas como la gente, pero lo cierto es que en la pacífica marcha, lejos de 2001, no había un reclamo económico, ni nada destituyente como “que se vayan todos”. El pedido era institucional y, en última instancia, ético. Lejos de ser “marginal”, como se dijo, el cacerolazo se repitió en todo el país.![]() |
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