Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

Reflexiones

1 Agosto, 2017 | Por

Humberto Maturana: “Somos mamíferos, nos ocupa el amor”

Tuvimos el privilegio de acceder al último workshop que el biólogo y epistemólogo chileno, conocido por sus investigaciones, brindó en Buenos Aires. Retrato de un hombre que lleva 88 años creyendo en el alma humana.


Así como se esperan las grandes celebraciones de la vida, un auditorio repleto aguardaba el ingreso de Humberto Maturana, el biólogo y epistemólogo chileno –PhD, Premio Nacional de Ciencias y creador de la teoría del conocimiento– que visitó nuestro país meses atrás. El bullicio era constante, mezcla de algarabía y ansiedad, y por los ventanales del piso 23 de un edificio ubicado en la zona del bajo porteño, los ojos se perdían en un horizonte amplio, iluminado por la resolana que brillaba sobre el Río de la Plata. “Es una oportunidad única”, murmuró entonces alguien, y una mujer que había viajado desde lejos expresó emocionada: “Hice un gran esfuerzo para venir; tal vez sea la primera y la última vez que lo vea en persona”. En mi mesa de mujeres (dirán que fueron gajes del oficio, pero yo creo que fue la pura casualidad ayudada por esa energía femenina que nos mueve siempre a enredarnos), la mayoría ya lo había visto alguna vez.

Ahora, gente de todas partes –mujeres y varones por igual– se daba cita para escuchar y tomar nota. Y a lo largo de las horas, lo que se había planteado como un workshop derivó en una inspiradora conversación acerca del valor de recuperar el factor humano por sobre todas las cosas, donde el tono confidencial que adoptó la charla abrió paso a espacios de encuentro apenas imaginados al comenzar.

“El sufrimiento del hombre no se debe a la falta de certidumbres, sino a la de confianza. Hemos perdido la confianza en el mundo, y como perdimos la confianza queremos control, y como queremos control queremos certidumbres, y como queremos certidumbres no reflexionamos”.

Humberto Maturana

Maturana ingresó del brazo de su compañera de trabajo y colega Ximena Dávila. A sus 88 años, tan delgado y jovial como siempre, con el ánimo y la humildad intactos, saludó: “Gracias por estar aquí, por darme esa confianza”. A partir de entonces, el espacio de diálogo fue pura fluidez. “A ver, levanten la mano las personas que están vivas”, pidió Ximena de repente, y todos los presentes elevamos el brazo, sorprendidos y sonrientes, mirando alrededor para constatar que habíamos comprendido bien la consigna. “Eso, vamos, saquémosles el misterio a las cosas: somos seres vivos, biológicos y culturales”, dijo dando el puntapié inicial a una charla dedicada al simple –aunque tantas veces complejo– ejercicio de poner a las personas y sus conversaciones en primer lugar.

El valor de ser y hacernos humanos

“Somos los únicos seres que vivimos en el lenguaje y esa no es para nada una actividad trivial”, detalló Maturana mientras improvisaba, con gran sentido del humor, una charla telefónica imaginaria con Ximena. Ella no tardó en responder: “Hola, Humberto, qué tal. Sí, claro, es que el modo de vivir humano es reflexionar y conversar; lenguajear”. Entonces él recordó que los distintos modos de vivir constituyen identidades particulares, que en definitiva se convierten en el modo de vivir humano, y a partir de eso, el auditorio comenzó a vibrar. Porque la conversación, ese espacio temporal donde nos configuramos con el otro, quedó por fin en el centro. “Estamos cambiando, siempre. Somos sistemas moleculares dinámicos que en sus interacciones generan nuevas moléculas. Hoy, sin ir más lejos, todos nos iremos de aquí modificados”, puso en palabras Maturana. Y Dávila, asintiendo, agregó: “La disposición a conversar es aceptar que existen otras realidades”, dejando en claro que ese es el único ejercicio que nos cambia realmente.

Luego, durante la charla, ambos remarcaron el valor de la confianza, a la hora de escribir esa historia común donde la ética reinará a través de una emoción tan noble como el amor.

El hombre, ante todo

Humberto Maturana, biólogo y epistemólogo chileno, es mundialmente reconocido por su distinguida trayectoria académica en el campo de la biología del conocimiento, la organización de los seres vivos y la teoría de sistemas. Se destacan sus contribuciones a las ciencias de la complejidad, es decir, al estudio de los sistemas complejos, como los seres vivos o los sistemas sociales, desde el conocimiento y las técnicas propias de varias disciplinas. En particular, ha desarrollado investigaciones biológicas en neurofisiología y neuroanatomía, y ha impulsado el estudio de la percepción y el entendimiento de la biología del conocer y del amor. Actualmente se desenvuelve como docente e investigador en Matríztica, la escuela que fundó junto a Ximena Dávila.

“Los invito a recordar el candor, el abrazo, la ternura, el asombro, la inocencia, la mirada, la apertura, la confianza de cuando eran niños. Los adultos hemos perdido todo eso, tenemos respuestas para todo. Y ante la más mínima pregunta, refutamos. Por eso nos cuesta confiar en los otros. Como humanidad, debemos asumir el desafío de encontrarnos como seres humanos, porque cuando se pierde la confianza se borra la historia en común. Para eso es fundamental conversar nuestros conflictos, sacarlos de la oscuridad”, destacó Ximena, mientras él permanecía junto a ella, hombro con hombro.

Fue esa misma dinámica, empática y colaborativa, la que hizo que esta pareja del ámbito profesional creara la Escuela Matríztica de Santiago, donde ambos trabajan desde hace dieciocho años brindando talleres y encuentros para líderes, con el fin de invitarlos a dialogar acerca del fin del liderazgo. ¿Contradicción? Para nada. En una de las reuniones de entrenamiento, un gerente de una importante compañía llegó a decirles: “Nosotros queremos que las personas que trabajan aquí piensen, pero no tanto”. A la anécdota la contó Ximena, sin poder contener la risa: “Lo expresó mientras nosotros decíamos que, más que liderazgos, debíamos impulsar proyectos comunes donde se dejara de obedecer, para colaborar. Y claro, eso no les gustó…”.

“Porque cada vez que uno obedece, se resiente, se niega a sí mismo. Por eso debemos trabajar en una cultura de la coinspiración. ¿Qué hago en la convivencia del otro, cómo lo incorporo? Somos una escuela boutique de pensamiento enfocada en lo biológico y humano”, acotó Humberto, y sin perder su sonrisa serena, agregó: “Necesitamos un cambio de sustrato epistemológico. Si no nos escuchamos ¿cómo vamos a encontrarnos para hacer cosas juntos?”. No por nada el antropólogo Gregory Bateson dijo alguna vez que la gran tragedia humana era, justamente, epistemológica.

“Hay dos caminos: hacia el malestar y hacia el bienestar. Cuando nos quedamos atrapados en el malestar del resentimiento y la venganza, esas emociones no le hacen mal al otro sino a nosotros mismos”.

Ximena Dávila 

Tiempo de coinspirarse

Richard, un muchacho nacido en Perú, de unos 40 y pocos años, no tardó en levantar la mano para intervenir desde el público: “Me crié en una familia muy machista, donde el maltrato paterno era cosa de todos los días. En mi primer matrimonio reproduje ese sistema, pero ahora, con mi segunda mujer, estoy aprendiendo a dar amor, me abrí a romper un círculo”. La gente aplaudió su valentía y Ximena celebró su participación. “Es que el sistema nervioso es súper plástico, no estamos fijos donde estamos. Como tú, Richard, que nos muestras que la transformación es posible solo si uno quiere. Entonces, el gran artífice del verdadero cambio eres tú mismo. Cada persona es un tesoro. Todos podemos reaccionar ante situaciones amorosas, aun aquellos considerados a priori malvados”.

A la hora de dar otro ejemplo, apareció el caso canadiense, donde a los presos más agresivos que purgaban condenas indefinidas, el servicio penal decidió entregarles un cachorro de regalo. “La experiencia los cambió: cuidando al perro, comenzaron a preguntarse por el bienestar del otro. Eso revela que somos seres fundamentalmente amorosos. Es que la ética no proviene de la filosofía sino de la biología: somos mamíferos, nos ocupa el amor”, señala Maturana.

“No es cierto que los seres humanos somos seres racionales por excelencia. Somos, como mamíferos, seres emocionales que usamos la razón para justificar u ocultar las emociones en las cuales se dan nuestras acciones”.

Humberto Maturana

Curiosamente, Ximena destacó que nadie, ni siquiera “el Doc” (como bautizó cariñosamente a su gran maestro), con toda su trayectoria a cuestas, habría de tener la última verdad de las cosas. “Hay muchos libros escritos y nada iguala la experiencia que hoy estamos teniendo aquí. ¿Por qué? Porque las respuestas están en nosotros. Pasa que nos hemos complicado la vida con ideologías, teorías y todo eso. ‘Se puede tener un mar de conocimientos, con un centímetro de profundidad’, decía mi padre. Y claro que es hermoso leer, pero lo más importante es aprender a escuchar. Porque dependiendo de a quién uno le crea, será el camino que seguirá. Por eso, no debemos apoyarnos en la teoría del doctor Maturana ni en ninguna otra. ¿Cuándo salió la persona del centro de atención para que esté ahora de moda devolverla ahí? La cosa va en el trato de nuestra vida cotidiana, no en lo que dice el último gurú. Si uno escucha interesado a otro ser humano, sin buscar tener la razón, sino convencido de que todas las preguntas son legítimas, entonces, el caminar será otro”.

En esa armonía que tantas veces se pierde debido a la falta de escucha hacia los demás, pero también hacia uno mismo, explicaron que radica ese desequilibrio siempre latente, capaz de enfermarnos.

“Todo tiene que ocurrir como un proceso armónico. Si eso se pierde, enfermamos, y si eso empeora, morimos. Los modelos de pensamiento alteran nuestra fisiología. Escuchar en el respeto no es lo mismo que escuchar en el odio. Y no es una prédica, sino una invitación a gatillar cambios estructurales. Porque todos los organismos interactuando entre sí cambian juntos, como nosotros hoy, aquí. ¿Qué se tiene que dar en esa interacción? Tiempo. Si no tenemos tiempo de encontrarnos, no hay encuentro posible –manifestó Maturana antes de dar por finalizado el encuentro­, agradecer a la audiencia presente, y dejar un último regalo–: “Es un criterio de validación que aprendí de mi mamá. Ella nos decía: ‘Niños, las cosas no son ni buenas ni malas en sí, sino oportunas o inoportunas. Es decisión de cada uno ver cuál aplica en cada momento. Y ahora, ¡vayan a jugar!’”.

Luego de los aplausos, de las firmas de ejemplares y de las selfies de ocasión, los ojos de ese varón singular, autor de tantas investigaciones, libros y conferencias, seguían brillando de alegría, como si hubiera sido su primera vez frente al público. Entonces se acercó a él una chica muy joven, confirmando que, en efecto, siempre había lugar para despertar a alguien por vez primera: “Maestro, no había tenido el gusto de conocerlo antes y me voy feliz, porque me llevo esta hermosa idea de permitir que el otro surja”. Él la besó dos veces, visiblemente satisfecho. Y uno a uno nos fuimos, dejando el auditorio de pronto vacío y en penumbras. Devueltos a nuestra vida, la de siempre, aunque tan modificados.

“Se dice que el progreso tiene que ver con la competencia. No quiero desvalorizar a Darwin, pero es un hecho que cuando competimos, el autoengaño es pensar que mi bienestar radica en negar al otro. Y en realidad uno se siente bien haciendo las cosas que sabe hacer, en el momento oportuno. Lo peculiar en nosotros es que vivimos en el lenguaje, podemos reflexionar y elegir. Por eso, en el preciso momento en que el otro pasa a ser referente de lo que hago, me desvalorizo a mí mismo. En cambio, cuando hay colaboración, la competencia ya no existe, porque no existe la amenaza”.

Humberto Maturana

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()