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Hijos

16 octubre, 2015 | Por

Hasta que un día se levantan y te dicen “mamá”

Un día, Pilar y Guillermo decidieron tomar el camino de la adopción. A diferencia de otras parejas, no tuvieron reparos al anotarse a la espera de chicos de más de 6 años. El destino les reservaba una sorpresa: tres hermanitos llegaron a su vida. Y entonces todo cambió para siempre…


adopcion

“Nunca me voy a olvidar de la mañana en que recibí la llamada. Estaba en la calle, no se escuchaba bien. “Hay tres hermanitos…”, dijo la voz al otro lado. Enseguida llamé a Guillermo. Le conté que me habían hablado del juzgado. Que sí, había novedades. Que no, no era un nene, tampoco una nena. Que eran tres. “Tres”, repetí. Cuando corté, todavía me temblaban las piernas. Y aunque estaba rodeada por el ir y venir de la gente y de los autos, no escuchaba nada más.
Esa noche no dormimos imaginando cómo podía ser, fundidos en la misma certeza…

Todo comenzó en 2010. Llevábamos trece años juntos, nos habíamos casado, estábamos en un gran momento. Entonces, el deseo de ser padres se acomodó en el sillón principal de nuestras vidas. Alguna vez habíamos hablado de que, ante la imposibilidad de tener hijos biológicos, recurriríamos a la adopción. Pero no imaginaba que un día iba a estar en ese lugar, esperando parir por teléfono.

Qué pasa con la ley de adopción

Con la implementación del nuevo Código Civil cambian algunos aspectos fundamentales en cuanto a la adopción. Uno de los puntos más importantes es el derecho del chico a tener una familia, a conocer sus orígenes y a ser oído, debiendo dar su consentimiento a partir de los 10 años. Además, se dará prioridad a grupos de hermanos, como en el caso de la familia formada por Pilar y Guillermo.
En la Argentina hay más de 7000 postulantes para adoptar uno o varios menores de edad, pero solo el 1,25% está dispuesto a llevar a su casa a un niño mayor de 12 años, según consta en el último informe del Registro Único de Aspirantes a Guarda con fines de Adopción (RUAGA). El último informe publicado por la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia determinó que en la Argentina hay alrededor de 21.000 niños y adolescentes a la espera de ser adoptados, de los cuales la mitad vive en instituciones (hogares, ONG, institutos), y la otra mitad al resguardo de familias sustitutas. Por eso, el nuevo código tiene como misión agilizar los tiempos de encuentro. Si estás pensando en adoptar, consultá con la ONG Ser Familia Por Adopción.

A veces la maternidad da miedo, y a mí me costó decidirlo. Cuando empezamos la búsqueda para concebir biológicamente, yo tenía 41 años y pocas posibilidades de lograr un embarazo sin recurrir a técnicas de fertilización asistida. Con Guille nos detuvimos a pensar, y no se nos jugaba nada ahí. Podíamos ser padres igual sin someternos al desgaste físico, emocional y de pareja que a veces supone ese proceso. Así que decidimos adoptar.

Al principio no sabés a quién recurrir y lo primero que hice fue buscar en Google la palabra clave: “adopción”. Cuando dimos con el registro que nuclea a los aspirantes a padres con fines adoptivos, nos preparamos para iniciar un viaje hacia lo desconocido.

Pasamos meses completando una carpeta y el 19 de marzo por fin presentamos los papeles, con una mezcla de alegría e incertidumbre.
Fueron dos años de espera en los que entraron muchas cosas en juego. Cuando el deseo es tan grande, se corre el riesgo de pasarlo mal. Por eso siempre tratamos de seguir adelante disfrutando de nuestro vínculo y de las actividades que nos hacían bien. En mi caso, tomar clases de filosofía y seguir trabajando en una agencia de comunicación. Además armamos una red que dura hasta hoy: familia, amigos, terapeutas… Si algo aprendimos en este proceso, fue a dejarnos ayudar.

Afortunadamente, en el juzgado que nos tocó nos encontramos con profesionales muy humanos. Todos trabajaron con el deseo de encontrarles una familia a nuestros hijos. Pero no siempre es así y muchas veces hay que enfrentarse a la burocracia, al destrato. En el trayecto nos contaron de parejas que nunca lo lograron y de otras que lo hicieron por otras vías; algo que no queríamos para nosotros: adoptar requiere procesos necesarios y nadie debería ir por fuera de la ley para lograrlo.

En ese tiempo, nos hicieron participar de talleres obligatorios junto a otros aspirantes, grupos enormes donde la angustia y la ansiedad parecían a punto de explotar. Es entonces cuando aparecen los miedos, condensados como una nube sobre la cabeza. Y también los mitos, como el de que adoptar chicos más grandes es problemático. He llegado a escuchar que lo mejor de recibir un bebé es que “uno lo hace a su manera”. ¿Qué padre, biológico o adoptivo, podría concebir algo así? Se hace más bien lo que se quiere y lo que se puede, sobre la base del amor, las ganas, la observación y el reconocimiento del otro.

El momento crítico es cuando te preguntan concretamente qué recursos tenés para ser una buena familia para ese hijo y debés responderlo en un formulario. Trazos de birome para indicar por qué lo hacés, hasta qué edad aceptás, la cantidad de chicos que querés, la posibilidad de recibir un nene con alguna enfermedad… Es fuerte. Así nos fuimos abriendo a pensar en la alternativa de que fuera un chico más grande; incluso más de uno.

En el RUAGA (Registro Único de Aspirantes a Guarda con fines Adoptivos) desconfiaron, creyeron que lo hacíamos para lograr una adopción a como diera lugar. En su momento, la psicóloga y la asistente social también nos dijeron que abrirnos a otra alternativa no era garantía de nada. Es duro escuchar que tal vez no van a llamarte nunca, pero está bien prepararse para eso. Es complicado también para los profesionales: tienen que definir quiénes son los mejores padres para los chicos y evitar arrepentimientos, algo que pasa más de lo que uno cree y es sumamente difícil de sanar.

Cuando finalmente llegó el llamado, era noviembre de 2012. En ese momento los chicos tenían 5, 7 y 9, y llevaban tres años en un hogar. Hablamos con la jueza y le dijimos que sí. Ella fue contundente: “Sepan que se necesita más que amor para construir esta familia”. Mis amigas me decían que estaba loca. Otros, que merecía el paraíso, como si adoptar fuera una obra de bien. Y yo a todos les explicaba que solo estaba tratando de formar mi familia.

El 6 de diciembre al mediodía los conocimos. Llovía a cántaros. Salí corriendo del trabajo y nos encontramos con mi marido en la puerta del hogar. Nos miramos, los ojos húmedos, la garganta seca; no podíamos hablar. Tomamos fuerza y avanzamos. Nos recibieron el director y la psicóloga. Hablamos de ellos: cómo eran, qué les gustaba. “¿Están listos?” preguntaron y los fueron a buscar.

Entraron los tres con mucho miedo. Todos estábamos nerviosos y nadie sabía muy bien qué decir, queríamos ser cautos y a la vez era tan enorme la emoción que daban ganas de correr a abrazarlos. Creo que estaban esperando a ver qué pasaba, no creían que fuera verdad que íbamos a adoptarlos. Enseguida aparecieron sus personalidades bien marcadas: C., el de 9, mirándonos desde un rincón debajo de la visera de su cap; B., el de 7, que nos dio la mano y dijo “Hola, qué tal”, como si nada; y P., el de 5, un bebote, que nos dio un beso enseguida, pero cuando intenté acariciarlo se volvió de un salto hacia atrás.
Cuando salimos, con Guillermo dijimos: “¡Son ellos!”. Y ese día, solos, en medio de la lluvia, nos convertimos en papás.

Durante un tiempo íbamos a buscarlos, compartíamos tiempo juntos y los devolvíamos al hogar. A casa llegaron por primera vez en Navidad. Almorzamos los cinco, seis con la asistente social, y hubo regalos en el arbolito. De pronto ahí estaban, recorriendo la casa en silencio, hasta llegar a sus camitas. Rocco, el gato, rompió el hielo: se acercó, recibió sus mimos y los invitó a jugar. Por primera vez sonrieron.

No fue fácil, yo creía que sería más romántico. Me sentía frágil, desplegaba mi maternidad como podía, y ellos no querían acercarse. Recién se mudaron cuando, una tarde, el más chiquito llamó y dijo: “Vengan a buscarme”. Nunca más nos separamos.

Al mes siguiente firmamos la guarda con fines de adopción y a los seis meses iniciamos el juicio. Fue una locura: pedí un mes de licencia en el trabajo más las vacaciones, busqué colegio, los anoté, comencé a descubrirlos… ¡De pronto era madre de tres, las veinticuatro horas! Solo lamenté no tener más tiempo con ellos antes de volver a trabajar, porque las madres adoptivas no tienen los mismos derechos laborales que las biológicas. Por suerte, en mi trabajo fueron muy abiertos y comprensivos.

Siempre es complejo conocerse, establecer una convivencia. De repente dos extraños les decíamos que íbamos a ser sus padres para siempre y ellos nos miraban como si habláramos en japonés. Hubo que poner pautas y respetar sus espacios y sus tiempos. En ese momento no supe ver la incomodidad, estaba feliz y atareada. Pero hoy, cuando miro esas fotos, reconozco la extrañeza en sus caritas.
Llevó tiempo que confiaran, que nos dejaran abrazarlos. Y mucho más que dejaran de llamarnos Pili y Guille. Por suerte son nenes muy vitales, con una fuerza enorme, y construyeron un vínculo maravilloso entre sí: se enojan, se pelean, pero se defienden con uñas y dientes. C. es introvertido y le encanta leer. B. es creativo y dibuja increíblemente. Y P. es súper histriónico, un actor en potencia que descomprime con su humor. En cuanto a nosotros, estamos atentos a respetar el tono de cada uno y a brindarles tiempo por separado. Hay que estar, escuchar, hablar, hacer, abrazar, leer cuentos, llevar, traer. Hasta que un día se levantan y te dicen “mamá”.

Al ser nenes grandes, saben todo acerca de su identidad. Hablamos del tema cuando ellos quieren, pero también respetamos sus ganas de callar. Hay una historia para reescribir y lo importante es hacerlo con respeto y alegría. También hay que poner límites: son chicos que se portan mal, como todos.

Muchos no se dan la posibilidad de abrirse a otras opciones. Y entre los chicos de los hogares existe la idea que si pasás de los 7 años ya nadie va a adoptarte. Los miedos son así, alejan, duelen. Ojalá que mi historia inspire a otras personas a desterrarlos, porque un hijo siempre es una bendición, llegue en el momento que llegue y de la manera que sea.

Como familia, nos pasa lo mismo que a todos. Los sábados pedimos empanadas y vemos una película. Es mágico y me pregunto cuántos sábados de esos quedan antes de que crezcan. Igual no miro el tiempo que no estuve con ellos, sino lo que nos queda hacia adelante. Entonces nos veo yendo y viniendo por la vida, con días buenos y no tanto, hasta que la casa se nos llene de nietos. ¿Te imaginás? ¡Vamos a ser un montón!”.

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