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Salud

6 septiembre, 2018

Fertilidad: el tiempo de espera, una oportunidad

¿Qué nos pasa como mujeres que hemos recibido el mandato de ser madres cuando no lo logramos? ¿Cómo transitamos la búsqueda, el deseo y la espera? A corazón abierto, la periodista Agustina Gallego Soto comparte su experiencia entre la incertidumbre, la fe y la esperanza.


Por: Agustina Gallego Soto. Ilustración: Eugenia Mello.

El mensaje que recibimos llegó con algunos rodeos o adornos y venía a traernos una novedad que se suponía iba a ponernos felices. Frente a la noticia, mi familia se imaginaba que mi marido y yo íbamos a reaccionar como todos: que íbamos a festejarlo; pero no estuvimos tan exultantes.

Se agrandaba la familia, íbamos a tener un nuevo sobrino, y hoy estamos muy felices con la noticia. Pero para llegar a ese sentimiento tuvimos que atravesar otros que no son fáciles de entender para quienes no hayan transitado un largo recorrido como el nuestro; lo que se siente cuando el momento de ser mamá tarda en llegar.

Al recibir el mensaje, mi marido miró la pantalla y, sin decir nada, me dio el teléfono para que lo leyera. Los dos nos quedamos en silencio. Yo volví al libro que me tenía atrapada y él, mudo, trató de concentrarse en su serie. Tres párrafos más abajo, me di cuenta de que la voz en mi cabeza era mucho más fuerte que la de cualquiera de los personajes que, hasta ese momento, me tenían cautivada.
“Listo, no voy a tener hijos. Si ellos son los que te eligen antes de llegar a este mundo –como alguien me dijo una vez– y a nosotros todavía nadie nos quiere, abandono el barco. Me olvido de los tratamientos y cuidados especiales: empiezo una vida donde seremos solo dos”, me dije, dolida.

Esta vida, la nuestra, en realidad empezó hace cuatro años. La imaginamos como un proyecto de dos que se ensancharía con la llegada de bebitos. Y es que el deseo de ser padres –para los que lo tenemos– era el paso siguiente a la decisión de casarnos o formar una pareja y pasar la vida juntos.

¿Quién querría casarse solo para tener proyectos “egoístas” de viajes, realizaciones personales o laborales y sueños cumplidos que no incluyeran criar y adorar al fruto de un amor consolidado? Y así mis pensamientos empezaron, una vez más, a tomar el control de la situación hasta que dije basta y me animé a llorar de la mano de mi marido.

“Tuvimos que atravesar otros que no son fáciles de entender para quienes no hayan transitado un largo recorrido como el nuestro; lo que se siente cuando el momento de ser mamá tarda en llegar”.

En mi caso, enterarme de embarazos de otras mujeres que me rodeaban y acompañarlos no me dio envidia ni tristeza, esa que generan otras situaciones incomprensibles, como puede ser la muerte. Tampoco sentí el miedo crudo que puede surgir ante la enfermedad impredecible. Es otra cosa: un sentimiento o un estado con el que aprendés a convivir, pero que por momentos duele. Mucho duele.

Asoma como una presión insistente en el pecho, como un nudo en la garganta que cierra el estómago y no deja tragar, o lo abre demasiado y aparece la compulsión de ingerir lo que sea en exceso. También puede asomar en forma de lágrimas que necesitan salir, pero que a veces hay que guardar para no opacar la felicidad que también sentís cuando una amiga te cuenta que está embarazada de su segundo hijo (la que había empezado a buscar a su primer hijo al mismo tiempo que nosotros).

En pocas palabras, la noticia de un embarazo ajeno enciende un botón de alarma que abre paso a la desesperación, al miedo a no lograrlo, a la conciencia sobre el paso del tiempo y a la incertidumbre por los misterios de la naturaleza.

En mi caso, yo viví los primeros meses de búsqueda como un naufragio emocional. Mis ciclos pasaban uno tras otro, cada uno igual al anterior, y mi ansiedad iba creciendo. Aunque siempre estuvimos en el mismo barco, mis vivencias eran diferentes a las de mi pareja. Empecé por incomodarme con la gente. No quería tener que pasar por la pregunta: “¿Y ustedes, para cuándo?”.

Comenzar a hacer las consultas médicas significó conocer un mundo para el que no estábamos preparados, y hoy puedo decir que lo que funciona para algunos no es la solución para todos. Después de meses probando por el camino natural, decidimos ir al primer centro de fertilidad. Lo transitamos junto a un equipo médico muy profesional, pero con demasiada frialdad para contener el mar de emociones, miedos y estrés que generaban los estudios y las largas esperas.

“En mi caso, yo viví los primeros meses de búsqueda como un naufragio emocional. Mis ciclos pasaban uno tras otro, cada uno igual al anterior, y mi ansiedad iba creciendo”.

Hasta que decidí complementar mi búsqueda con otros. Así conocí a Marcela Beltramo, especialista en medicina integrativa reproductiva, que me ayudó a entender que el tema de la fertilidad no se puede abordar como un quehacer práctico más. “El ser humano es multidimensional y, por eso, es importante acompañar los tratamientos de fertilización asistida con técnicas dirigidas hacia lo emocional”, me dijo.

Cuando querés ser mamá y el embarazo no llega, hay momentos en los que sentís que, para el mundo, sos una pobre víctima de la esterilidad. O, quizá, que es lo que te merecés. Hay quienes –como me pasó con una amiga–, en un intento de ayudar, te dicen: “Ya vas a quedar, vos te lo merecés”. Como si el hecho de que todavía no podamos ser padres significara que no somos dignos de tener hijos. ¿Acaso merecemos todo lo que nos toca?

Hay que saber tener paciencia frente a la marea de sentimientos que vas atravesando y aceptar que, por momentos, a la calma puede sucederle el llanto o el enojo. Que vale estar triste o enojado pero, sobre todo, poder estar abierto y confiar en las oportunidades que puedan venir.

Abrirse al cambio

La contracara de esta crisis con la que tenemos que lidiar los que estamos en la búsqueda puede traer también la oportunidad de movernos y hacer cambios, darle una dirección nueva a nuestra rutina y ver la realidad con un filtro distinto.

Expresar mi mundo interior a través de la escritura y la fotografía, y abrir la puerta de mi creatividad fueron algunos de los pequeños logros que conseguí en este camino. Voy aprendiendo a disfrutar el momento presente, doy gracias a diario y he decidido adoptar la espiritualidad como una aliada de una manera más consciente.

Transitar este proceso también me dio la posibilidad de conocer una faceta más de mi pareja y ver su optimismo para afrontar la impotencia ante la situación que vivimos y reconocer su forma de manifestar la tristeza, diferente a la mía. Sobre todo, agradezco su capacidad para demostrarme que estamos juntos en este camino. Aunque lo que deseemos todavía no haya llegado, juntos formamos lo que quisimos desde el principio: una familia.

Entonces, a los que estamos en este tiempo de espera, los embarazos de nuestras amigas y otros seres queridos nos alegran y en muchos casos nos dan esperanza, pero también nos ponen cara a cara con nuestra situación, con una realidad que no entendemos, con el reloj biológico implacable, con nuestra naturaleza femenina que se siente herida, con nuestro instinto maternal que muchas veces se opaca y no encuentra vías alternativas de expresión.

Por eso, a mis queridas amigas, quiero decirles que no se sientan mal al contarnos sobre sus embarazos o hablarnos de sus hijitos que dieron sus primeros pasos. Nos vamos a alegrar con ustedes, los vamos a querer y a llenar de besos. Nuestra tristeza no tiene que ver con su realidad, sino con algo que va más allá de lo que podemos comprender. Mientras ejercitamos la aceptación, la entrega y la confianza de saber que hacemos lo que podemos y que del resto se ocupará Dios –ese Otro que sabe más allá de toda razón–, les pedimos que nos acompañen en silencio. Y que si por momentos desaparecemos, entiendan que quizás por dentro nos sentimos rotos por un sueño que no sabemos si algún día se hará realidad.

“Voy aprendiendo a disfrutar el momento presente, doy gracias a diario y he decidido adoptar la espiritualidad como una aliada de una manera más consciente”.

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