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Género

17 Abril, 2017

Feminismo renovado

Desde la literatura y la comedia, las escritoras Caitlin Moran y Lena Dunham alzan una voz femenina y cuestionadora con la que muchas mujeres se sienten identificadas. Con humor filoso y poniendo el cuerpo y las vivencias propias en juego, reflejan tanta audacia como contradicciones y venden millones. ¿Qué tienen para decir estas chicas?


Por Ana Wajszczuk

“No se nace mujer, llega una a serlo”, escribía Simone de Beauvoir en El segundo sexo, y con ese postulado le daba nueva vida, a mitad del siglo XX y después de las suffragettes –las activistas que consiguieron el derecho al voto para las mujeres a principios de ese siglo–, a la segunda ola del feminismo. En la actualidad, el legado de Simone de Beauvoir y el de feministas radicales de los años sesenta y setenta, como Gloria Steinem y Betty Friedan, permea la academia y la teoría para hacerse cada vez más presente en los medios de comunicación, en la literatura y en la misma calle. Convocatorias como las del colectivo Ni Una Menos y movimientos afines en América Latina y Europa llevaron este año a la escena pública y a la portada de los diarios a miles de manifestantes; los portales y grupos de Facebook sobre violencia de género y violencia obstétrica se multiplican; por primera vez en la historia una mujer fue candidata a la presidencia de los Estados Unidos, y hasta actrices de Hollywood alzaron la voz para reclamar por la brecha salarial entre hombres y mujeres.

Y es que es en la industria del entretenimiento, precisamente, donde gana espacio una suerte de feminismo de tercera ola, menos teórico y más cotidiano, reflejado en series de televisión y libros, y retroalimentándose de ellos a la vez. Dos de los best sellers más resonantes de los últimos tiempos tienen que ver con mujeres que ganaron protagonismo por sus reflexiones autobiográficas y discusiones sobre las vicisitudes de ser mujer en el siglo XXI: la periodista Caitlin Moran (Inglaterra, 1975), con su ensayo Cómo ser mujer, y la actriz y directora Lena Dunham, con su autobiografía No soy ese tipo de chica y su newsletter feminista Lenny. Las dos, además de conocerse y apoyarse una a otra, forman parte –con sus libros– de un fenómeno que algunos medios han formateado bajo el rótulo de femoirs: memorias personales desde una perspectiva feminista, que ponen el acento en las experiencias como mujer de las autoras y vuelven a colocar en primera plana, entre la autobiografía y el manifiesto, el postulado de Simone de Beauvoir.

El ensayo de Caitlin Moran lo plantea de esa manera desde su título. Ser mujer, para Moran, es sinónimo de ser feminista. La periodista y escritora, después del suceso de su primer libro –que desde su salida en 2011 vendió más de medio millón de ejemplares–, también publicó Moranfiesto, una colección de sus columnas periodísticas y Cómo se hace una chica, una novela de iniciación basada en su propia vida, que se publicó este año en la Argentina. Moran se inició a los 17 años en el periodismo de rock, y es desde hace años columnista en The Times. Desde su infancia de clase obrera durante los años thatcheristas en un suburbio de Londres hasta su presente de estrella mediática que sale de juerga con Lady Gaga, la autora no se priva de contar las anécdotas más humillantes, íntimas o divertidas de su vida para diseccionar con humor filoso los hitos por los que toda mujer pasa.

Desde la primera menstruación, la depilación o la moda, la tiranía del ideal de belleza contemporáneo y la búsqueda de material o diversión en torno al sexo que pueda identificarnos; la histeria de las bodas y los reveses de la soltería, el nacimiento de los hijos o la decisión de no tenerlos, el machismo en los lugares de trabajo, el hecho de ser acosadas sexualmente, todo está revisitado a través de la propuesta de un “feminismo exaltado”, tan festivo y contagioso como su verborragia: Moran tira un dardo tras otro y no pide disculpas por ser ingeniosa y divertida, cualidades que en las mujeres suelen ser valoradas en proporciones inversas a su aspecto. Fiel a su estilo irreverente, aggiorna a sus predecesoras feministas con referencias a la cultura pop y un humor deslumbrante.

Porque el feminismo, para Moran, es demasiado importante para dejárselo a la academia. Y a pesar de las críticas que recibió por referirse, en rigor, a un solo tipo de mujer (blanca, urbana y profesional como ella), y a las que contestó diciendo que apenas una feminista logra cierto éxito se le pide que salve al mundo, logra recuperar la esencia de un concepto desgastado: no existe otra palabra más que “feminismo” para definir “hacer que el mundo sea igual para hombres y mujeres”. “Si quieres que no te llamen feminista, entonces, bien: no estudies, no tengas un trabajo, o déjalo cuando te cases, admite que si te violan no se considerará un delito y devuelve tu derecho al voto”. Como ya lo decían las primeras teóricas del feminismo: lo personal es político. Y Moran convierte su vida, con gran agudeza, en una historia con la que muchas mujeres pueden identificarse.

Tan celebrada, tan feminista y tan niña prodigio como lo fue Moran en su momento, pero con diez años menos, Lena Dunham (Estados Unidos, 1986) es también la voz de su generación de mujeres. O al menos una voz de una generación, como la frase ya célebre que el personaje que interpreta –su álter ego Hanna Horvath– dice en el primer capítulo de Girls. La serie, que además produce y dirige, está a punto de estrenar su sexta y última temporada después de haberse convertido en un “fenómeno masivo de la cultura pop con una veinteañera en su centro”, como escribió Moran después de entrevistarla. Dunham, al igual que en la serie, logra transformar sus historias personales en material para tocar la sensibilidad de las mujeres en su primer libro, No soy ese tipo de chica. Una femoir que, al igual que su autora y tantas veinteañeras, es tan divertida y franca como narcisista y obsesiva, tan pretenciosa como insegura. Una oda al yo a tono con la época pero donde, en tiempos de filtros de Instagram y selfies posadas, aparecen temas como sus contradicciones con la comida o su trastorno obsesivo.

El libro suscitó su primera polémica cuando trascendió que el contrato superaba con creces los tres millones de dólares. Algo que no habría sucedido con las memorias de ningún hombre, respondió Dunham. “Aunque hemos trabajado duro y hemos llegado lejos, aún hay muchas fuerzas conspirando en contra de las mujeres, diciéndonos que nuestras preocupaciones son insignificantes, que no necesitan nuestras opiniones, que carecemos de la seriedad necesaria para que nuestras historias importen”, escribe al comienzo del libro. Dunham rescata a referentes como la guionista y periodista Nora Ephron –autora de guiones como el de Cuando Sally conoció a Harry–, y el ícono del activismo feminista de los años setenta Gloria Steinem, pero también a Helen Gurley Brown, la editora de revistas femeninas y autora de clásicos –muy criticados por las feministas de su época por su liviandad– como el best seller de 1962 Sex and the Single Girl o Having it All. Dunham se hace eco de ese “tenerlo todo”: “Nunca ha sido mejor momento para ser mujer.

Piensen en Oprah, en cómicas como Amy Poehler o Tina Fey, o en políticas como Hillary Clinton o Sonia Sotomayor”, se entusiasmaba en una entrevista. “El poder femenino y la representación femenina están en un momento increíble. El diálogo sobre feminismo antes ni existía. Las mujeres que lo están haciendo lo están haciendo de verdad”. Este año, Dunham fue una de las invitadas que cerró la campaña de Hillary Clinton en la Convención Demócrata. Y algo de ese compromiso político desde una visión feminista hay en Lenny (www.lennyletter.com), el newsletter de suscripción gratuita que edita junto a Jennifer Konner, productora de Girls. En Lenny aparecen ensayos y entrevistas que pueden ir desde una nota sobre los femicidios en El Salvador hasta un reportaje a la comediante del momento –y también una de las mejores amigas de Dunham–: Amy Schumer.

Tanto Moran como Dunham, como Schumer, están alzando una voz femenina –y feminista– con la que muchas mujeres se sienten identificadas. Así como las activistas de los años sesenta y setenta volvieron masivos los reclamos de la llamada “liberación femenina”, ellas son voces de su época, cargan con sus contradicciones e incluyen en su experiencia la de miles de mujeres. Como escribió Lena Dunham en su despedida a sus fans –por Instagram– ante la última temporada de Girls: “Ustedes han normalizado estas experiencias, los momentos de ser mujer que se sienten oscuros y turbulentos, que duelen como una cuchillada. Y sé que les darán la misma cálida recepción a todas las voces radicales y esenciales de mujeres que aparecerán en TV en un futuro próximo. Porque estamos al comienzo de una era dorada en donde toda mujer, sin importar su raza, religión, tipo de cuerpo o el género asignado al nacer, pueda contar su historia y ser reconocida por su cualidad única. Hagamos entre todos que eso ocurra. Debemos hacerlo”.

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