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Sociedad

27 febrero, 2018

Femenino y ancestral

Las mujeres wichís de El Potrillo, Formosa, tejen canastos, manteles o muñecas a partir de técnicas que aprendieron de sus antepasadas. Agrupadas en la asociación Siwan’i, crean diseñados inspirados en la naturaleza; venden a todo el país y ya llegaron a Europa.


Por: Carolina Cattaneo. Fotos: Pompi Gutnisky y Celine Frers.

Todo empieza en el inmenso silencio del monte, donde Formosa es casi Salta y la Argentina es casi Paraguay, aunque para las comunidades originarias que lo habitan las fronteras formales no existan y el territorio sea uno, inmenso, madre y casa. Pero decíamos, entonces, que todo empieza ahí, en El Potrillo, una localidad del noroeste formoseño, muy cerca del río Pilcomayo, cuyos pobladores son, en su mayoría, wichís. Si no es época de pesca, y si tampoco lo es de recolección de frutos, las mujeres de la zona salen al monte, con sus polleras largas y sus calzados de tela, a buscar la planta de chaguar: de ella sacarán sus hojas, y de sus hojas las fibras, y de las fibras los hilos, y con ellos tejerán cestas, manteles, carteras, muñecas o cinturones. Su producción empezará a viajar, y tras varias escalas, llegará a ferias y a tiendas de diseño de Buenos Aires. Lo hecho sobre el suelo de tierra, al resguardo del sol caliente, se lucirá en la Capital, y quizá cruce la cordillera y llegue a Chile, o cruce el océano y desembarque en Europa, porque, como ya ocurrió, aquello que empieza en el inmenso silencio del monte, puede terminar en vidrieras de París, Roma o Barcelona.

Siwan’i. Así se llama esta organización de artesanas que nuclea a 450 mujeres wichís y que lleva ese nombre por la arañita que vive entre los chaguarales formoseños. Ellas, como la arañita, y tal como hicieron sus antepasados, tejen con las manos. Guiadas por el conocimiento ancestral, crean piezas únicas con diseños que simbolizan los elementos de su entorno: el ojo de una lechuza, la oreja de una mulita, el huevo de un ave o las patas de un zorro. Al color de las hebras lo obtienen de la naturaleza, porque todo en ella parece estar dispuesto para que, a través de elementos como semillas, ceniza, corteza de árboles o frutos, puedan plasmar en los tejidos la trama de su vida cotidiana.

“En el monte ven su comida, lo divino, encuentran los diseños de sus artesanías y sus tintes. Todo lo que dibujan son representaciones de la naturaleza. Sus tejidos tienen un sentido ancestral: algunas comunidades hicieron cosas lisas, sin dibujos, y se vendieron bien, pero muchas no quisieron volver a hacerlas porque para ellos no representaban nada”, cuenta a Sophia Lucía Cardini, responsable de Desarrollo Institucional y Comercial de Siwan’i. Desde Buenos Aires, Lucía Cardini se ocupa de encontrar nuevos espacios de venta para los productos de la organización y, a la vez, hace de nexo entre las artesanas formoseñas y las tiendas porteñas que quieran vender sus productos.

“Ellas tienen el tiempo de la artesanía, que es el tiempo de la naturaleza. Es un tiempo de producción distinto, marcado por el sol y por el clima”, Lucía Cardini. 

Siwan’i se define a sí misma como un emprendimiento de economía social y solidaria que adhiere a los principios de comercio justo. “La idea es que a través de la organización se mantenga vivo el estilo de vida alrededor de la artesanía”, dice Lucía, y cuenta que Siwan’i nació cuando Mercedes Llorente, una porteña que decidió afincarse en el monte en la década del setenta, vio en los tejidos wichí una posible alternativa económica para sumar ingresos a las familias locales y vio también una forma de fortalecer a las mujeres de esas comunidades, históricamente postergadas. Mercedes Llorente, “Lola”, como la llaman en El Potrillo, creó la Fundación Niwok, que trabaja en proyectos para promover la educación y la salud en la región, y Siwan’i surgió como parte de esos proyectos hace veinte años: comenzó con 20 mujeres, consiguió multiplicar esa cifra más de veinte veces, y hoy trabaja para sumar a otras 200 artesanas que aún esperan poder vender sus productos a través de la asociación.

El chaguar es una planta de la familia de las bromelias que crece en zonas áridas, secas y calurosas. Solo alguien que vio a su madre o a su abuela trasmutar esa planta de aspecto algo áspero y rústico en un objeto bello puede imaginarla convertida en un canasto, o en un pequeño jinete de a caballo, o en una muñequita que sostiene a su bebé en una guagua. El proceso comienza cuando las artesanas se internan en el campo y van a buscar a la planta. Luego cortan las hojas, les extraen la savia, las desfibran y obtienen las hebras; después las secan al sol y las hilan para, finalmente, comenzar a tejer. Así, un morral, una cesta o un mantel puede llevar varios días, incluso semanas. “Ellas tienen el tiempo de la artesanía, que es el tiempo de la naturaleza –dice Lucía Cardini–. Es un tiempo de producción distinto, marcado por el sol y por el clima”.

Las piezas de Siwan’i –tejidas al crochet, en telar o con la técnica de yica, un tejido típico de la región que se realiza con una aguja hecha de una espina de árbol– llegan a unos cuarenta locales de todo el país; entre ellos, Arte y Esperanza, La buena tierra, Facón, Inka, Autoría, Patrón o la tienda del Malba. También diseñadores como Trosman, Marcelo Senra, Catalina Pieres y Catalina Chavanne eligen estas piezas para incorporar a sus locales. Han estado en las ferias Caminos y Sabores, en la de Mataderos, en Puro Diseño y en La Rural, salieron del país en varias ocasiones y las convocaron para participar de la prestigiosa feria Maison & Object de París. En 2018, se proponen estar en la feria NY Now, en Nueva York. Sin embargo, dice Cardini, aún necesitan más compradores y más canales de venta.

Las mujeres wichís y sus familias viven con condiciones básicas, algunas cuentan con agua y electricidad en sus casas, y otras no. Tienen, según Cardini, una cosmovisión distinta a la de los habitantes urbanos: “Todo se hace en grupo, para ellos no es ‘mi plata’, ‘tu plata’, y no existe el narcisismo. Y la casa es la naturaleza. Cuando vienen a Buenos Aires, se sorprenden al ver que no pisamos la tierra o que atamos a los perros”, dice Lucía, y cuenta que una de las mayores dificultades de las comunidades wichís es encontrar oportunidades laborales. “En ese sentido, Siwan’i es una alternativa, pero no viven de ese ingreso solamente. Además, ellas comparten el destino de sus ingresos: si un chico de la comunidad está enfermo y tiene que viajar para ir al médico, entre todos pagan el pasaje a Formosa. Tienen un concepto distinto del dinero, del trabajo, del amor y de Dios”.

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