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24 octubre, 2018 | Por

Vanessa Bell: “Lo de afuera no siempre es mejor”

Tan inglesa como porteña por herencia y afinidad, Vanessa Bell ofrece tours donde comparte hallazgos de una Buenos Aires poco conocida, y su mirada rescata no solo los aires retro, sino también la vanguardia. Además, viaja por la Argentina: “Este país es como un camaleón: siempre se reinventa”, dice.

Por Ana Wajszczuk. Fotos: Camila Miyazono y Vanessa Bell.

La puerta es imponente. Verde botella con detalles dorados, anuncia el esplendor de otra época que, cuando Vanessa Bell abre, se nota aún en los pisos de mármol y en las molduras de este edificio en pleno barrio de Congreso. No es casual que Vanessa viva en una joya arquitectónica de los años treinta que pocas personas notan, aunque cientos pasen por esa puerta todos los días: encontrar y hacer visibles los tesoros de Buenos Aires que no se perciben a simple vista es su pasión y su trabajo.

Nacida en Londres, criada en París, hija de un médico inglés y de una argentina que le transmitió su amor por el arte y por su ciudad natal, Vanessa decidió probar suerte e instalarse en Buenos Aires en 2010. Dos años más tarde, dio forma a Creme de la Creme, un servicio personalizado que ofrece recorridos por showrooms de moda emergente, por edificios no tradicionales de la ciudad, por ateliers de artistas… todo fuera del remanido circuito turístico de tango y asado, Caminito y Plaza de Mayo.

En su cuidada cuenta de Instagram, Vanessa –que además coordina junto a su novio, el chef Isidoro Dillon, bread + butter, un pop-up itinerante de cenas de alta gama en lugares no convencionales– redescubre sitios que, como el edificio donde vive, casi nadie mira: fachadas racionalistas en Haedo o Ramos Mejía, viejos locales de oficios, showrooms escondidos con piezas únicas. Y sube fotos con una estética que combina un aire argentino tan retro como internacional: desde una de la actriz Marisa Berenson a fines de los sesenta usando aros diseñados por el artista argentino Eduardo Costa hasta una de Pumper Nic que tuvo cientos de réplicas en Twitter. “Me gusta investigar y mostrar cosas muy cool de la Argentina que siguen siendo cool en otros lados, aunque muchas veces esté la idea de que afuera siempre es mejor”, dice Vanessa.

Es su mirada particular, siempre atenta a ir más allá de lo típico, lo que hizo que esta Buenos Aires “secreta” empezara a aparecer en medios como The Guardian o en el New York Times y que visitantes de todo el mundo –directores de Hollywood, artistas neozelandeses, la comisión de Art Basel que vino en noviembre pasado y le encargó una guía a medida ¡y hasta el equipo de comunicación de Barack Obama!– la eligieran para conocer la ciudad.

Vanessa habla español con pasión y giros argentinos, y con acento y porte inglés comparte sus consejos locales: la silla Cesca donde se sienta para las fotos, que descubrió en un galpón por una fracción de su valor real; los aros de acrílico que encontró en la feria de Parque Centenario, la peluquería mínima de Congreso donde por fin le hicieron el corte de pelo que siempre quiso.

–Te criaste en París y en Oxford, y pasaste muchas vacaciones en la Argentina. ¿Cómo se traduce hoy en vos esa mezcla?

–Este verano europeo volví al edificio de mi infancia en París, y resultó ser un edificio Art Déco emblemático de Montparnasse, con detalles fabulosos. Cuando lo vi pensé: “¡Ahora entiendo toda mi obsesión con los palieres y los lobbies!”. En mi casa siempre hubo mucha cultura y arte. Cuando terminé la escuela, me anoté en Estudios Hispánicos en la universidad, en Londres, pero al segundo año estaba desesperada por seguir mis raíces. Vine por seis meses, justo después del quiebre del 2001, y fue un encuentro con una Buenos Aires utópica.

–¿Por qué? ¿Qué te atraía de Buenos Aires cuando venías de chica?

–Venía muy seguido, tenía a toda mi familia materna acá, y mi mamá nos crió a mi hermano menor y a mí con una fiel representación de lo que era su cultura: leyendo a María Elena Walsh, escuchando casetes de Ruidos y Ruiditos, y a Mercedes Sosa. Todo lo que mis pares vivieron acá yo también lo viví. Me quedó una fascinación por un Buenos Aires que me habría gustado que continuara existiendo, algo muy auténtico que a veces aún se nota. Me acuerdo de que íbamos a una heladería en Vicente López, cerca de la casa de mis abuelos, y el heladero tenía esos gorros blancos que se usaban antes y siempre se lo ponía a mi hermano. Son esas memorias de un servicio personalizado que en Inglaterra ya no existe. Acá la galería de las ópticas sobre la avenida Corrientes no es una pose; todavía están esos lugares donde podés encontrar una perla.

–En ese sentido, ¿cuál fue tu mayor logro?

–Haber podido diversificar Creme de la Creme y hacer recorridos por murales en Villa Urquiza, por lobbies de edificios en Once. Que el portero nos dejara pasar y que a un diseñador de Nueva York le fascinara un mural de los años setenta: eso es tan valioso como ir a la Casa Rosada. Dentro de la investigación que vengo haciendo, lo más fantástico es mostrarle a la gente cosas que no van a encontrar en ninguna guía, sitios interesantes o curiosos, muchos detalles de cadencia urbana. Creo que hay belleza en todo; depende de cómo lo mires, o de cómo lo encuadres.

–¿Cómo te decidiste a instalarte del otro lado del océano?

–La fantasía estuvo siempre; todos los trabajos que hacía durante el verano eran para ahorrar y venir a Buenos Aires. Me acuerdo de estar en Inglaterra y pensar en cómo podría haber sido mi vida acá. Trabajé en una boutique de lujo y luego para el sistema público, y hacía mis proyectos creativos a la par, como vender ropa vintage. Un día pensé: “Tengo casi 30 años; estoy en una rueda de hámster. Si no hago un cambio drástico, voy a seguir en esta incertidumbre”. Decidí venir a hacer un curso intensivo de enseñanza de inglés, y ahí supe que quería instalarme. Regresé a Londres, ahorré plata, saqué la doble ciudadanía y, al llegar, empecé una pasantía para Time Out. Escribí algunas notas sobre Buenos Aires y fui golpeando puertas en todas las revistas donde había soñado con escribir: Wallpaper, Monocle.

–Es decir que encontraste tu vocación al vivir en la Argentina…

–Con empeño, seriedad y constancia, me parece que acá podés lograr lo que quieras. Sé que muchos argentinos creen que las cosas resultan por nepotismo, pero yo siento que no es así: a diferencia de Inglaterra, acá todavía existe la posibilidad de tener una buena calidad de vida. Por otro lado, estaba también en una búsqueda personal para lograr fusionar mis dos lados, más allá de ser una influencer o experta local, porque tengo un gran apego emocional y de identidad con este país. Siempre fui un portavoz para afuera y ahora incluso tengo una apreciación local: hay gente que me escribe y me dice: “Ayer vi una casa y pensé en vos” o “Esto es muy Creme de la Creme”.

–¿Qué es lo que más te molesta de los clichés sobre Buenos Aires?

–La verdad es que muchos porteños jamás fueron a una milonga, no saben bailar tango, nunca comieron un asado gauchesco… son todos estereotipos bastante trillados que se siguen mostrando porque es la “ley del menor esfuerzo”, como se dice acá. Los tours tradicionales venden una imagen que no refleja lo que ustedes son ni lo que viven. Este esquema de turismo se está rompiendo porque la gente quiere conocer locales o personas que ofrecen otros tipos de servicio.

–¿Y qué no te gusta de nosotros?

–La soberbia. Cuanto más viajás y más aprendés, te das cuenta de que no sabés nada. Acá hay una cosa de estar a la defensiva, por frustración tal vez. Entiendo que es un país muy difícil, pero eso se vuelca en la calle, en la agresión, en que no te importe el otro. En mi espacio inmediato, siento que hago más política que si fuera activista para un partido. Comprando comida para alguien que me pide en la calle, al tratar al mozo con respeto o cuando tiro la basura en el cesto… También veo una suerte de desprecio por lo propio. Por ejemplo, llevé a París unas canastas hechas en el Chaco que una marca emergente está poniendo en valor acá y la gente se volvía loca. Buenos Aires, su variedad, sorprende a personas que ya lo vieron todo. En mi Instagram tengo un hashtag que es #OnlyInArgentina: este es un país que, como un camaleón, siempre se reinventa, y va a seguir haciéndolo. Eso es lo que más me fascina.

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