Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

17 octubre, 2018 | Por

Teresa Moller: “En la naturaleza me refugio y me salvo”

Amante del silencio y la simplicidad, la prestigiosa paisajista chilena se inspira en los escenarios naturales de su país para proyectar jardines que sorprenden en todo el mundo. Consciente del valor sagrado de cada árbol y elemento nativo, revaloriza las especies y materiales autóctonos, reforzando la identidad local.

Por Agustina Rabaini. Fotos: Gentileza Teresa Moller.

Es frecuente que, al entrevistar a una mujer apasionada y reconocida en su profesión, uno pregunte hacia el final, como al pasar, qué hace fuera de las horas de trabajo o si podría dedicarse a una actividad diferente, para abrir una puerta hacia otros temas o deseos postergados.

Con Teresa Moller, sin embargo, no es una cuestión de multiplicidad de intereses sino de foco y atención. Y su respuesta no deja lugar a dudas: “La naturaleza es el tema que me interesa y ha sido mi refugio desde siempre; ahí me siento bien, me recupero y me salvo. Mi máxima pasión es estar allí, estudiarla, observarla y ver cómo podemos acortar la distancia con ella”. Lo dice tan simple y clara  como la ropa que viste bajo el sol, en un jardín de las afueras de Buenos Aires.

A lo largo de treinta y cinco años, esta paisajista ha explorado la relación entre naturaleza, arquitectura y flora nativa en los más diversos entornos. A través de sus intervenciones en el paisaje y en conferencias en centros de estudio como la Universidad de Harvard, invita a otros, más que a entender, a habitar el paisaje; a abrazarlo hasta recordar que somos parte de él.

Ahora pide un vaso de agua fría y, en charla con Sophia, va en busca de un primer atisbo de interés por el paisaje en la infancia: “Crecí con mis padres y mis cuatro hermanos varones. Vivíamos en una casa con un jardín muy amplio, en una quinta en las afueras de la ciudad. Pasaba mucho tiempo al aire libre; me acostaba en el pasto bajo los árboles y me quedaba mirando. Todavía lo sigo haciendo. Mi padre era un amante de la naturaleza, de la montaña y el mar, y me llevaba de viaje con él”, recuerda.

El tiempo pasó, la paisajista se formó en la carrera de Landscape Design (diseño de jardines) en Nueva York, trabajó con reconocidos colegas y supo fortalecer, a través de sus diseños, la identidad local; desarrollar un paisajismo que da cuenta de la belleza propia de su tierra. “Los latinoamericanos debemos valorar lo que tenemos y dejar de tratar de parecernos al señor de allá por creer que tiene el pasto más verde”, dice quien, al llegar a los lugares por primera vez, toma en cuenta los elementos que ya existen en el entorno, la ecología local y la arquitectura del lugar.

Recién después se embarcó en proyectos a pequeña y gran escala, que hoy pueden encontrarse tanto en Chile como en la Argentina, Alemania, China y Australia. La diversidad de paisajes y climas se aprecia en un libro dedicado a su trayectoria, Develando el paisaje (editorial Hatje Kanz, 2014).

–Teresa, tuve la oportunidad de estar en los terrenos que diseñaste en San Pedro de Atacama, un lugar que rinde culto al silencio. ¿Qué es lo que te moviliza a la hora de planificar las obras?

–En los diferentes proyectos, lo que más me mueve es poder acercar a las personas a la naturaleza y volver a conectarnos con lo que somos; volver a la esencia de lo que es la vida. No busco la belleza en sí misma, ni me interesa hacer exhibiciones que llamen mucho la atención. Lo que busco es realizar una tarea más bien silenciosa que pueda llevar otros a un estado de paz y tranquilidad. Ese es el sentido de mi trabajo. Incluso cuando estoy haciendo un jardín donde todo parece muy controlado, pienso en que las personas puedan absorber lo que ya hay en el lugar en sí mismo y en poder dejarles, adicionalmente, una experiencia de serenidad y armonía.

–Tanto en el norte de Chile como en Punta Pite, donde llevaste adelante otro proyecto, priorizaste los elementos propios del lugar…  

“La naturaleza es el tema que me interesa y ha sido mi refugio desde siempre; ahí me siento bien, me recupero y me salvo. Mi máxima pasión es estar allí, estudiarla, observarla y ver cómo podemos acortar la distancia con ella”.

–Sí, es otro pilar de mi trabajo. Cada lugar tiene un carácter propio y, en vez de sacar los elementos preexistentes, busco recuperarlos. Pienso que es solo cuestión de ver y encontrar lo que ha estado allí y desarrollarlo. Para el proyecto de San Pedro de Atacama, quisimos recobrar la agricultura del lugar y mostrar a los visitantes la vegetación propia del altiplano. Recuperamos zonas de riego, construimos pircas y plantamos cultivos típicos de la zona. A cada árbol que estaba le dimos un lugar, hicimos una terraza para ver las estrellas y dejamos los arbustos que estaban por tratarse de un paisaje árido y desértico. En el otro extremo, al sur de la Argentina, hicimos un proyecto en Villa La Angostura. Allí el espacio estaba forestado con árboles que no eran propios de la zona, como el pino Oregón, y tuvimos que ser valientes para sacar esos árboles añosos y poner árboles nativos: coihues, lengas y arrayanes. Después, en un aserradero, reutilizamos las maderas que habíamos sacado y construimos terrazas, escaleras y banquetas.

–¿Qué le aporta un árbol a una cuadra y a nuestra vida como seres humanos? 

–Amo los árboles y es importante que podamos entender cuánto necesitamos del contacto con ellos. Estar en relación nos permite conocer los ciclos de la vida, podemos ver cómo responden al medio, si llueve o no, si tiran las hojas o dan frutos. Un árbol es un centro de vida capaz de albergar pájaros y flores. Además, genera bienestar, nos ofrece sombra, nos protege del viento y nos da belleza. A mí me maravilla plantar un árbol y ver cómo al año siguiente salen las hojas más largas, al tercer año hay más pájaros, y al quinto año ya te puedes sentar debajo. Los tiempos de la naturaleza nos enseñan mucho, el proceso es precioso y hay que poder disfrutar de ellos.

–¿Qué debe tener o saber un paisajista?

–Una persona que trabaja con la naturaleza debe tener un vacío, estar abierto a lo que puede encontrar. Si un profesional llega a hacer un trabajo con un camión cargado y, sin haber estado antes en el lugar, ya decidió qué herramientas va a usar y qué tipo de árboles plantar o cómo va a construir el edificio, en mi opinión, está perdiendo de vista algo muy importante. Yo le recomendaría que llegue con el camión vacío a recoger las cosas que encuentre y construir a partir de allí con lo que está disponible y lo que hace al lugar. Pero, sobre todo, lo que pueda servir a la gente que lo va a habitar. Tenemos que ser hábiles con los recursos y conscientes de que estamos trabajando para otros, y dejar el ego o los gustos personales de lado. No sirve de nada que a mí me guste columpiarme en un cordel si los que van a usar eso son personas que están inhabilitadas para hacerlo.

–¿Hay, en tu vida, una búsqueda o camino espiritual consciente?

–Para mí Dios es un infinito, algo que no se puede describir, y puedo acceder a él través de la naturaleza. La tierra es de una generosidad impresionante; lo que ocurre es que nos hemos alejado de ella y con un costo muy grande: en las ciudades las personas tienen deteriorado su espíritu y su humanidad. Nos hemos olvidado de que también somos naturaleza y que es ella la que nos cuida al darnos alimento, agua, vida y belleza. Si perdemos de vista esto, nos perdemos a nosotros mismos.

“Para mí Dios es un infinito, algo que no se puede describir, y puedo acceder a él través de la naturaleza. La tierra es de una generosidad impresionante; lo que ocurre es que nos hemos alejado de ella y con un costo muy grande”.

–¿El paisajismo es una forma de arte?

–Puede serlo, pero prefiero hablar de creatividad y decir que en esta profesión uno pone en juego la sensibilidad para absorber lo que hay en los distintos lugares y desarrollar los proyectos. Hay también incertidumbre, porque la naturaleza participa y el árbol que imaginaste que iba a crecer hacia un lado puede crecer hacia el otro. Trabajar con la naturaleza te lleva a ser flexible y a soltar el control de algunas cosas. A lo mejor, proyectás algo y al tiempo los árboles se cruzan y crecen configurando un sueño que habías imaginado pero que la realidad supera. Eso es lo maravilloso.  

–¿Qué otro aprendizaje o certeza te trajeron los años?

–He ido cambiando. Al comienzo las críticas me importaban más, me gustaba que me dijeran que había hecho algo precioso y buscaba reconocimiento. Ahora voy más hacia el beneficio que significa tener conciencia de lo que somos y poder llevar una vida más profunda y cercana a lo que de verdad significa la vida. Para qué vinimos, por qué estoy aquí, cuál es el sentido de lo que hago y por qué el mundo parece caminar hacia situaciones de tanto conflicto. Me gustaría que las personas puedan tomar conciencia de lo que significa la naturaleza. Para estar más conectados, aunque no sea más que poniendo una semilla de perejil o regando las flores de las macetas de su casa.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()