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29 octubre, 2018 | Por

Sylvia Iparraguirre: La vida secreta de las palabras

A lo largo del camino, la narradora argentina reafirmó su vocación como contadora de historias y docente. Ganadora de un Konex de Platino en 2014, destaca la importancia de leer a los grandes autores antes de afrontar el desafío de escribir.

Por Agustina Rabaini. Foto: Estefanía Landesmann.

“Intento que las historias que escribo vivan, que no sean letra muerta”, expresó hace un tiempo Sylvia Iparraguirre sobre su modo de construir ficciones. Hay algo en ella esta mañana de feriado, en el silencio de su cuarto de trabajo, que hace visibles o muy reales las horas de dedicación que dejan entrever las páginas de sus relatos.
La autora de El parque, La tierra del fuego y El país del viento pasa horas en este espacio de su casa del barrio de Congreso. Rodeada de libros, cuando no escribe aquí, se traslada a su refugio de la ciudad de San Pedro, otro sitio donde lee, estudia y se deja ir sobre el teclado bien alejada del ruido de la ciudad. Una vez allí, va encontrando una voz, nuevas voces, un hilo conductor o una obsesión devenida en convicción o relación de dos, como cuando edificó la trama de su último y elogiado libro, La orfandad (Alfaguara, 2010), una bella historia de amor ambientada en la primera mitad del siglo XX.

Sylvia nació en Junín, provincia de Buenos Aires, y pasó su infancia y adolescencia entre esa ciudad y Los Toldos en los años cincuenta y sesenta. Esos escenarios inspiraron otro lugar de ficción: San Alfonso, el pueblo donde transcurre La orfandad. A Buenos Aires, llegó a los 18 años, cuando se inscribió en la carrera de Letras de la UBA, la mítica facultad que, con los años, se convertiría para ella en un lugar de pertenencia. A esas aulas regresa hasta hoy ya como profesora, investigadora y referente de jóvenes o profesionales que asisten a sus clases y la consultan mientras empiezan a escribir.
Basta cerrar los ojos para imaginarla a los 20 años, cursando materias y buscando libros, ávida de hallazgos y deslumbramientos, como el que tuvo –y él con ella– con Abelardo Castillo, su compañero de vida y de amor por los libros desde hace más de cuarenta años.

Sobre la vida en pareja

Cada pareja es un pacto, como decía una amiga mía, y cada uno lo establece a su manera. Desde mi experiencia puedo decir que, si estás bien constituido como individuo, si te bancás solo, si estás feliz individualmente, podés sostenerlo mejor. Ahora, si tenés mecanismos de dependencia muy fuertes, si te angustia mucho estar solo, vas a crear un nexo de otra naturaleza. A lo mejor, lo aceptás y estás feliz toda tu vida. En mi caso, siempre fui independiente. Me voy muchísimo sola a San Pedro, por ejemplo, donde he escrito mucho. Vamos juntos con Abelardo también. Y él fue solo. Así que es simple: el espacio personal de las propias obsesiones, de los propios libros, para mí es como el oxígeno. Y para mi marido, igual. Sin embargo, no podríamos estar uno sin el otro. Podemos estar a kilómetros, pero siempre juntos, comunicados.

La historia detrás de esta dupla literaria cuenta que Sylvia conoció a Castillo en 1968. Tenía 21 años, había asistido a una reunión de la revista El Escarabajo de Oro en el Tortoni y allí se vieron por primera vez. Meses después, Abelardo asistió a una charla en la Facultad de Letras y la invitó a un taller literario. Ya no se separaron más. Se casaron en 1976 y compartieron espacios de trabajo y discusión, pero supieron mantener una independencia que a ella le permitió construir un cuerpo de obra literario muy personal y espacios en los que viajó sola por el mundo, como refleja su libro Encuentros con Munch.

En esta casa hay dos grandes bibliotecas, un poco alejadas, separadas por un gran living. La de Abelardo Castillo está poblada de ediciones antiguas. La de Sylvia ostenta algunos colores más, con estantes cargados no solo de textos sino de libros-objeto, recuerdos y fotos. Más acá está su escritorio, donde conversamos y donde ella se entusiasma cuando recuerda el seminario que dio este año en Letras: una especialización en procesos de lectura y escritura. “La propuesta es leer, investigar y escribir. Vienen desde docentes de Lengua hasta abogados y sociólogos. La condición es que tengan un grado, y con ellos hago un recorrido por el ensayo, la crítica, la crónica… A veces me sorprende que algunos no conozcan textos como los de Nabokov. En las clases vemos autores que me gustan, como la rusa Nina Berberova, maestra de la nouvelle.

–Nabokov nos sirve para empezar, porque en tus libros se ve un cuidado especial por la construcción y un respeto por la belleza de las palabras. Abordás temas, personajes y épocas muy diversos. ¿Cómo nacen las historias?

–Consciente o no, cada escritor va trazando una línea en el tiempo. Cuando empezás, no sabés cómo se va a ir armando lo que posteriormente puede llamarse “una obra”. Te atraen algunos temas y, en mi caso, tanto La orfandad y El muchacho de los senos de goma como una futura novela que empecé conforman una trilogía donde hay una historia que no aparece en primer plano sino como una trama “secundaria”, y los personajes van de una novela a la otra.

–La orfandad transcurre en un pueblo de provincia en los años veinte y treinta…

–Sí. Ahí aparece Cristóbal Bautista Pissano, que viene a ser el nieto de Bautista, el protagonista. Dos generaciones adelante, en mi novela El muchacho de los senos de goma, ese chico creció y todo transcurre en los años noventa. La novela que estoy escribiendo se ocupa de la etapa intermedia, a fines de los setenta. Tomo la historia de la madre de Cristóbal, la generación intermedia, y la historia del padre de este chico, muerto en la época negra de la historia reciente.

–Temprano en tu obra aparecen dos de tus grandes temas: lo urbano, por un lado, y la vida de pueblo, por otro.

-Sí, vine de un pueblo y de una ciudad chica a los 18 años y lo urbano me fascina desde entonces. A su vez, los recuerdos de Los Toldos, el pueblo de la familia de mi padre, me inspiraron para escribir La orfandad. Recurrí a imágenes y personajes típicos de los pueblos chicos. En esa novela aparecen estas mujeres que hablan y hacen una especie de coro griego, hiperreducido, y comentan lo que va pasando. Me interesaba esta cuestión de la circulación oral y el “dicen que dijo que”. Ya en mi primer libro de cuentos, En el invierno de las ciudades, estaba el germen de la dicotomía pueblo-ciudad. En ese libro hay textos que se refieren a la infancia en el pueblo y lo que significa llegar a una ciudad grande para alguien que es muy joven.

–¿De qué manera te marcó Buenos Aires?

–Para mí fue un encuentro y un despertar. Cuando vine, viví una pensión de monjas y era muy gracioso estar en Filosofía y Letras, una facultad hiperpolitizada, y volver a la pensión. Cuando conocí a Abelardo y a la gente de la revista El Escarabajo de Oro, conocí a personas que me dejaron bastante atónita. Hasta entonces yo no sabía nada de política, era una chica bastante ingenua. Después, con los años, empecé a publicar y para mí todo fue pasando a través de la escritura, de la lectura o de cierto nivel de conocimiento del mundo a través de los libros. En El muchacho de los seños de goma, había una circulación diferente del saber, más intelectual. Había un profesor de filosofía obsesionado con Wittgenstein. Y también estaban las canciones de Los Redonditos de Ricota, porque el protagonista era fanático.

–¿Cuáles serían los temas en El parque?

–Cuando escribí esa novela tuve una libertad total, quería divertirme. Tengo una pasión por el lenguaje, por las palabras, y en especial por las más arcaicas… Para mí el humor está siempre dentro del lenguaje. En El parque inventé una historia de una Buenos Aires paralela o fantasmal, y me di todos los gustos. Me divertí escribiéndola, imaginé, inventé. Lo que más me gusta de la literatura es inventar.

–También escribiste Encuentro con Munch, una crónica de un viaje a Noruega que te llevó a mirar bien adentro. Ya desde el título el arte asoma como otra de tus grandes pasiones…

–La pintura me gustó toda la vida. Encuentro con Munch es un libro muy personal. Más allá del viaje, y lo que fui encontrando en el camino, ese libro tiene contacto con las cosas que más me interesan: el tiempo, el humor, las palabras, los personajes inventados. Mientras viajaba, anotaba en una libreta lo que me llamaba la atención y, a la hora de escribir, a las anotaciones les sumé la ficción.

–Sylvia, en tu escritura aparece un tercer interés y ahí está la Tierra del Fuego…

–Sí, tengo varios libros sobre ese lugar. La tierra del fuego es una novela que encierra una historia real, y mi interés por el tema tiene que ver con mi infancia, mi abuelo y su relación con los indios. Cuando llegó de España en el siglo XIX, compró un campo en Los Toldos, pueblo lindante con la tribu del cacique Coliqueo. Allí nacieron mi padre y sus hermanos. Durante años estuvieron en contacto constante con los indios pampa, a quienes mi abuelo llamaba “indios amigos”. Mi abuela, como buena española, era muy católica. Una vez fue un misionero al campo y quisieron casar a varias parejas para que no vivieran en concubinato. Mis abuelos prestaron las alianzas e hicieron una celebración. El tema de los indios, indígenas o aborígenes está en lo más profundo de mi infancia y de mi memoria extendida.

–Tus libros tienen una impronta autobiográfica. También dijiste que escribir es ideológico y no solo en el sentido estrictamente político…

–El uso del lenguaje es ideología. Hoy hay escritores que piensan que están más allá de la historia y que el lenguaje puede usarse sin construir historias. Yo lo veo como un esfuerzo imposible porque el lenguaje es sentido, es historia. Al lenguaje no lo inventa el escritor. El lenguaje es social, no es un hecho individual. Hablamos en español rioplatense, y ese español trae una historia. ¿Por qué hablamos de “che”, de “vos”? En el español que hablamos está la ruptura con España, está nuestra historia. No podés escaparte de eso. Somos hijos de nuestro tiempo y en lo que escribo subyace una escala de valores, una visión del mundo.

–¿Podés identificar temas o marcas específicas de la literatura argentina?

–Desde el siglo XIX, la literatura argentina gira alrededor de la búsqueda de identidad nacional. Desde el Martín Fierro, hemos estado preguntándonos: ¿quiénes somos?, ¿cómo nos posicionamos frente a Europa?, ¿tenemos un lenguaje propio? Las literaturas como la argentina y la mexicana están hechas sobre la base de una doble biblioteca: la nacional, que tiene nada más que ciento cincuenta años, y la universal. Pero hay algo que nos diferencia de otros países de América Latina: nuestra literatura es eminentemente urbana, ni indigenista, ni regionalista.

–En los años sesenta y setenta, los escritores eran muy consultados. ¿El rol del escritor fue cambiando?

–Sí. Hoy el escritor directamente no es consultado, y no lo digo desde la queja sino como un fenómeno. En otras épocas tenía un peso fuerte en la sociedad y, a partir de lo que escribía o decía, formaba opinión. A los escritores se los consultaba acerca de cuestiones nacionales. El peronismo fue discutido por Sabato y por escritores de distintas ideologías. Hoy lo ideológico a los más jóvenes no les interesa, todo eso les parece antiguo o denso. Y en el camino se ha ido perdiendo la discusión de ideas, el valor de la argumentación y la inclusión del otro a la hora de escribir o buscar una verdad. No se construye una obra ni un poder político en total soledad.

–¿Utilizás Facebook o Twitter?

–No, en eso soy antigua. Y justamente creo que hay factores que inciden en que el escritor sea cada vez más insular. La literatura que se cultiva está emparentada con la globalización y con los procesos de escritura en la computadora y en los teléfonos. Todo ocurre de una manera acelerada. Aparecen formas de escritura distintas de aquellas con las que me formé, y de las que elijo para escribir. Aunque sean válidas, hay gente muy joven que quiere eludir la literatura con mayúscula; no lee, no se forma y quiere salir espontáneamente a escribir.

–¿Hay una relación cercana entre la generación de ustedes y la actual? ¿Sentís afinidad con las nuevas voces?

–Sí. Como doy clases, sé cuáles son las preocupaciones, por dónde pasan los temas. Pero lo que les propongo es discusión. Sin duda, vengo de otra generación y me paro de otra manera frente a la literatura y la lectura. Quiero que aprendan a argumentar. No basta con decir: “Ahora todo es efímero, a nosotros la literatura no nos interesa”. Entonces, ¿para qué escriben?

–¿Te interesan algunos de los autores nuevos?

–Hay gente que viene publicando textos interesantes, como Gonzalo Garcés, Samantha Schweblin y, entre los que escriben crónica, Federico Bianchini, editor de la revista Anfibia.

Suena el timbre, se escucha la voz de Abelardo Castillo del otro lado de la casa y Sylvia vuelve la vista sobre su biblioteca. Allí están, como estrellas encontradas y con páginas subrayadas para siempre, los autores europeos y norteamericanos, los libros de teoría, poesía y lingüística; los argentinos y los latinoamericanos. Y las mujeres, las grandes escritoras, agrupadas en dos estantes. Virginia Woolf, Emily Dickinson, Katherine Mansfield se mezclan con Marguerite
Yourcenar, Carson McCullers, Claire Keegan y la argentina Hebe Uhart.

No hay duda de que Sylvia prefiere a los clásicos, pero también bucea y se deja fascinar por los intersticios de la modernidad y la posmodernidad. Como si, en algún lugar, no hubiera dejado de ser nunca aquella chica de 20 años deslumbrada por la ebullición de la gran ciudad.

“No se puede escribir sin haber leído antes a los grandes”

A los escritores jóvenes les recomendaría que no lean solo lo que lee su círculo. Entiendo que quieran saber qué está pasando, pero muchas veces se quedan también en la superficie. Les pediría que salten ese círculo y lean a los grandes autores porque esa es una cadena que no se puede romper. Hay que leer y saber de nuestra propia literatura, saber dónde estás ubicado y desde donde escribís. No se puede escribir sin leer. Sin haber leído a Flaubert, a Borges, a Rulfo, la literatura norteamericana y tantos otros escritores contemporáneos. Les pediría que lean literatura, que miren películas, y tomen contacto también con los grandes directores y recursos del cine. Mi primer contacto con la narración fue a partir del cine. Vi películas de muchos directores y algunos de ellos, como Roman Polanski, fueron una gran fuente de inspiración.

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