Última Edición

Sophia - Despliega el Alma

  • Seguinos

22 febrero, 2018 | Por

Susana Malcorra: “Hay que aprender a repensarse”

Una charla íntima con la excanciller para hablar sobre su nueva vida en España, los afectos, el mundo y el futuro político de la Argentina. Y, además, de un gran desafío por delante: en diciembre presidirá la cumbre de la OMC, que se celebrará en la Argentina.

 

Susana Malcorra sigue acompañando al gobierno, aunque con voz propia.

Por María Eugenia Sidoti

Susana Malcorra (63) atiende la comunicación desde España. Cuarenta y seis minutos de charla, más de lo esperable para esta mujer que fue canciller y continúa asesorando ad honórem al Gobierno. Podremos hablar de todo, por qué no. O al menos de aquello en lo que, como entrevistada experta, decida explayarse con su hablar pausado, donde ninguna palabra se pronuncia porque sí.

Lleva meses alejada del Gobierno. Una decisión tan personal como inobjetable: confiesa que quería recuperar el espacio vacante de su propia vida, cuando se cansó de atender los temas personales a control remoto. Y también que la enfermedad que atravesó su marido, Torcuato Battaglia, fue el detonante del proceso que la llevó a hacer las valijas para reencontrarse con él y su hijo en Madrid. “Tomé la decisión cuando sentí que mi aporte en la Cancillería se había solidificado. A pesar de que la razón inicial, la de la salud, por suerte ya no era un tema: hoy mi marido está recuperado… Toco madera”, señala, y a la distancia, es íntimo y a la vez humano adivinar su mano deslizándose sobre algo macizo y sin patas que le permita aferrarse a esa certeza.

La sonrisa, esa misma que le elogió alguna vez el presidente Mauricio Macri, es su gran compañera mientras habla. “Estoy muy bien, aunque es un gran cambio que requiere ciertos ajustes. El más claro es el de volver a ocupar mi espacio en el placard. Cuando no estás en casa, se expande todo el mundo y ya no te dejan lugar”, confiesa esta mujer que supo descollar en la actividad privada y fue mano derecha de Ban Ki-moon en las Naciones Unidas, para luego ocupar un territorio vital en el actual gobierno: el de las relaciones internacionales, claramente desgastado durante la gestión anterior. Ahora sus ideas, prendas y objetos más queridos están donde deben estar, dice quien supo conquistar los estantes más altos de su vida, donde suelen guardarse las ilusiones y los sueños. Y aunque el camino no siempre es vertical, a veces puede volverse cuesta arriba. “La decisión me generó tensiones, pero fue lo correcto”, reflexiona.

–Las mujeres somos grandes cuidadoras. ¿Sentís que eso movilizó tu renuncia?

–Sí, lo somos. Pero en mi caso no fue solo por cuidar a mi familia; también tuvo que ver conmigo, con la necesidad de recuperar tiempos propios. El nivel de vorágine en el que estuve metida fue impresionante y llegó un momento en el cual el cuerpo me pidió tomarme una pausa. Fue una suma de muchas cosas, cuyo resumen sería: el momento justo de escuchar mi voz interna y darle bolilla.

–¿Qué significa haber dejado tu lugar en el Gobierno?

–Desde lo personal implica haber puesto mi vida y la de mi familia en primer lugar. A las mujeres profesionales muchas veces nos cuesta hacerlo; tendemos a postergarnos. A mí me llegó el momento de hacer un balance y volver a la fuente. Es muy difícil rendir si uno no está balanceado: no estar a gusto lleva a cometer muchos errores.

–Pero seguiste aun en el peor momento de la enfermedad de tu marido…

–Sí, todo ocurrió justo al momento de asumir. El compromiso era muy fuerte, recién se iniciaba la gestión. El haber pasado por circunstancias extremas te testea, te pone a prueba para ver si estás en condiciones de saber dónde están las cosas importantes, los valores, y cuánto comprendés del hecho de que todo es a plazo fijo, incluso la vida. Aprender es, antes que todo, exponerse.

–Es fuerte alejarse de una rutina de alto impacto como la que tuviste. ¿Y ahora?

–Ahora hay otros tiempos, pero estoy haciendo muchas cosas, ocupándome de la reunión de la OMC que presidiré en Buenos Aires en diciembre. No estoy inactiva, pero la densidad de trabajo es distinta a la de una responsabilidad ejecutiva. Al momento de dejar Cancillería, la despedida de los afectos fue difícil. Pero estoy acostumbrada al movimiento.

–¿Qué les dirías a quienes te querían en el Gobierno?

–Entiendo las expectativas y que aquellos que me querían bien esperaran que me quedara más tiempo. He sentido muchísimo la cercanía de la gente. Más allá de lo laboral, ha sido una experiencia de vida muy buena. Pero solo puedo decirles que he sido honesta conmigo misma y siempre he decidido respetar mis prioridades.

“Solo puedo decirles que he sido honesta conmigo misma y siempre he decidido respetar mis prioridades”.

El día de su jura como Canciller, junto al presidente Mauricio Macri.

La mujer que calculaba

No hay rincón del mundo secreto para Susana Malcorra, cuyo dormitorio fue tantas veces el asiento de un avión. Ponderada por el Presidente, quien la definió como “una mujer inteligente, vigorosa y sabia”, también fue muy valorada por el Secretario General de las Naciones Unidas, quien un día contó: “Yo siempre decía que sí a todo y era Susana la que decía que no. Era la doctora no”. Aquellos que tuvieron la oportunidad de trabajar a su lado destacan su capacidad de gestión y su firmeza. Pero varias veces quedó en el ojo de la tormenta y fue blanco de duras críticas. Al mando del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, debió enfrentar catástrofes como el tsunami que tuvo lugar en Tailandia al principio de su gestión y, años más tarde, también el devastador terremoto que ocurrió en Haití.

De su vida anterior a la gestión se sabe poco. Que nació en Rosario, Santa Fe, y se recibió de ingeniera electrónica. Que es la única hija de un matrimonio compuesto por una madre dedicada en cuerpo y alma al cuidado de su familia y un padre marino mercante. De esa materia se construyó Susana, formada gracias a la educación pública, militante de la UCR en su juventud, y profesional exitosa durante sus años en la actividad privada para empresas como IBM y Telecom, donde llegó a CEO cuando serlo no era cosa de mujeres.

A través de sus gestiones públicas, Malcorra recorrió el mundo entero.

–¿Qué recordás de tu infancia en Rosario?

–Vengo de una familia de trabajo, así que recuerdo haber visto mucho esfuerzo e inversión en mí. Mis padres pusieron mi educación en primer lugar; fui el típico caso aspiracional de “M’hija la doctora”. Represento eso, vengo de una extracción donde la madre se dedicaba a la casa y el padre trabajaba afuera. Pero la mayor obsesión de ambos era que yo tuviera un futuro profesional; me veían llegar a la universidad y lo hicieron posible.

–¿Había muchos libros en tu casa?

–¡Muchísimos! El incentivo a la lectura y a la formación era permanente. También al aprendizaje de idiomas: estudié inglés y francés, y a los 16 años me fui becada a los Estados Unidos durante un año. Era 1971 y yo era su única hija; no era algo habitual porque el mundo no era global como es hoy. Creo que de ahí me viene esa enorme fuerza y ansiedad por crecer y desarrollarme, por alcanzar la excelencia.

–¿Por qué decidiste ser ingeniera?

–Durante aquella beca, que fue una experiencia extraordinaria porque me mostró una vida distinta, pensé en ser física nuclear. Pero antes me anoté en Ingeniería. Y me encantó la carrera, me dio una fuerte formación analítica, una capacidad de evolución muy sólida. Eso sí, era la única mujer de la clase.

–Y te interesaste por los temas de género…

–Sí, pero en eso mis padres tuvieron un rol muy significativo; para ellos no había algo que yo no pudiera hacer por ser mujer. En una ocasión, enojada porque mis compañeros de estudio se mostraban incómodos con mi género, mi padre me dijo muy serio: “No hay ningún problema en vos. Así que si ellos tienen un tema, no es tu misión resolverlo”. Siempre me transmitió una seguridad muy grande.

–La mirada paterna, pieza fundamental para salir al mundo.

–Totalmente; el rol de los padres es muy importante. Ellos son los que te brindan la primera mirada de género desde el otro lado. Pero mi madre también me aportó muchísimo desde otro lugar: ella era el acompañamiento, el cuidado. De chica salía a las diez de la noche de las clases de francés y ella siempre estaba ahí parada esperándome para que volviéramos juntas en colectivo.

–¿Tenías la ilusión de hacer carrera en un organismo internacional?

–No. Fui muy activa políticamente en la universidad, y tenía un fuerte compromiso social. Pero comenzó la Dictadura y, como les pasó a muchos, dejé esa actividad para preservarme. Siempre tuve esa deuda pendiente. Cuando me fui de Telecom, no había muchos desafíos por delante en el sector privado, así que pensé en volcarme a alguna actividad en una ONG.

–¿Y cómo fue el salto a las Naciones Unidas?

–Me avisaron de una búsqueda en ese organismo, pero jamás había pensando en estar ahí. ¡Ni siquiera sabía lo que era el World Food Program, donde entré! Tenía pocas posibilidades, no me apoyaba ningún gobierno. Fui por las mías y gané siendo solo Susana Malcorra.

–¿Por qué creés que te eligieron?

–Tenía capacidad de gestión. Hay algo que las mujeres no hacemos bien: tenemos la obsesión de hacer la checklist de todo lo que creemos que debemos cumplir para llegar a una posición, y si no cumplimos diez de diez, ni nos damos la posibilidad. Los varones, en cambio, sienten que pueden hacer cualquier cosa que se les presente y van para adelante. Esa capacidad de darnos la oportunidad es algo que tenemos que trabajar. ¿Qué es lo peor que puede pasar? La experiencia es pasar, justamente, por la experiencia.

“Creo que se hace camino al andar y que se pueden cometer errores, aunque siempre hay que cuidar que ese porcentaje no supere el de los aciertos. “. 

Recién llegada a África. Postal de sus épocas en las Fuerzas de Paz.

–¿Qué te resultó más valioso de tus gestiones?

–Haber conocido el mundo en su totalidad, lo que no aparece en las guías de turismo. He ido a lugares donde es poco probable que alguien que no haya ocupado mi lugar pueda ir alguna vez. Sentir que lo que estaba haciendo tenía impacto, marcar una diferencia. Aun en medio de tanto dolor, como las catástrofes que me tocó manejar en Naciones Unidas, sentí que podíamos mejorar en algo la vida de un grupo de personas. Eso siempre es positivo.

–¿Cuál fue la parte mala?

–Que a pesar de todo eso, los dolores sigan existiendo. Todavía hay guerras, hambre, maldad. No soy para nada cínica, lo cual es increíble a esta altura de mi vida. A veces me pregunto cómo puede ser que ocurran esas cosas, cuando muchas de ellas se podrían evitar, claramente. Haber estado expuesta al poder mundial me mostró las peores realidades y tuve que aprender a lidiar con eso.

–¿De qué forma? Es duro enfrentarse al dolor.

–El tsunami de 2004 fue terrible, porque fue mi primer desafío. Tuve que poner la mente en blanco, trabajar en modo automático poniendo en práctica todos mis recursos; sentía que era una locura que yo quedara a cargo de esa situación. Pero funcionó. Lo más terrible fue el terremoto de Haití: además de todas las vidas haitianas que se cobró, perdimos más de cien personas de nuestros equipos. Tuve que ir a buscar los cadáveres del número uno y del número dos de las fuerzas de paz, y acompañar a los familiares de uno de ellos hasta Río de Janeiro, intentando darles fuerza y consuelo. No me quedó otra que atravesar el impacto.

–¿Cuál fue tu bálsamo para lograrlo?

–En las situaciones extremas me puse una especie de capa de teflón, porque frente a esas circunstancias es vital no caer y reaccionar desde la racionalidad más absoluta: había poco tiempo, no me podía dar el lujo de la flaqueza o de la duda. Superado el momento, el impacto me resultó imposible de esquivar. Para mí la recuperación siempre ha pasado por la familia y los amigos. Ellos me conocen, saben quién soy. Con ellos puedo hablar de lo que siento sin ningún simulacro.

–¿Por qué aceptaste ser parte del gobierno?

–Porque sentí que podía hacer una contribución. Era mi historia pendiente, la necesidad de participar social y políticamente de mi país. Creía que podría acelerar un proceso de inserción desde la experiencia que me habían dado los años, desde mi conocimiento del mundo y de la gente. Podía levantar el teléfono y hablar con la mayoría de los líderes mundiales, o con sus manos derechas. Me fui satisfecha.

–Se dijeron muchas cosas. ¿Cómo fue realmente tu relación con el Gobierno?

–Trabajé muy cómoda. Era ajena a todo el equipo, y fue un ejercicio de acomodamiento, pero me integré bien. Tanto, que el presidente describió mi función como “una amable sorpresa”. Él siempre me escuchó, aunque no estuviera de acuerdo en algunas cosas. Pero no hubo desencuentros. Cuando entré, la Cancillería estaba muy desempoderada: en la gestión anterior la diplomacia fue presidencial y eso provocó una anomia muy fuerte.

“A futuro, creo que María Eugenia Vidal es la candidata más fuerte. Se ve día a día en su gestión, una de las más difíciles que se pueden encarar en la Argentina. Tiene un gran potencial y por supuesto me encanta que sea mujer”.

–¿Cómo ves al país al otro lado del océano?

–Creo que se hace camino al andar y que se pueden cometer errores, aunque siempre hay que cuidar que ese porcentaje no supere el de los aciertos. Mi impresión es que ha habido un período de aprendizaje, pero también de muchos logros. Lo que ahora está en danza es poner en marcha los engranajes internos de la economía. Haber puesto énfasis en un desarrollo vinculado a la inversión y no al consumo, para dar trabajo sostenible en el tiempo, es un cambio paradigmático. Ahora falta que eso impacte en el día a día de la gente.

–¿Sentís que terminó algo o que hay algo está comenzando?

–En la vida hay que aprender a repensarse permanentemente. Lo hice cada vez, al pasar de una vida a otra totalmente distinta. Una de ellas fue cuando dejé la actividad privada para ir a Naciones Unidas. El mismo desafío se me plantea ahora; estoy con muchas expectativas.

–¿De otro cargo importante, quizás?

–No tengo una idea exacta. Tiendo a creer que no voy a hacer algo de dedicación full time, sino varias cosas. Quizás algo en alguna ONG, por fin. Por ahora estoy recobrando fuerzas.

–Cuando googleás tu nombre, ¿hay algo de lo que aparece online que te duela?

–Ser una figura pública tiene un costo y hay que asumirlo. Pero hubo momentos en los que sentía que explicaba una cosa y no se reflejaba lo que había dicho. Me costó entenderlo. Lo que más me afectó fue la idea de que yo había ido por la secretaría general como un proyecto personal, viendo algo oscuro ahí, cuando debería haberse tomado como una buena oportunidad no solo para mí sino para la Argentina. Pero bueno, uno aprende a convivir.

–¿Cómo son tus días en España?

–Estoy tranquila, haciendo cosas que me gustan y que antes no tenía tiempo de hacer, como cocinar; me encanta preparar una buena cena en casa, invitar a amigos. O ir al cine, tomar un café, leer; cosas simples. En el fondo anhelaba eso: tener una vida normal.

“Estoy tranquila, haciendo cosas que me gustan y que antes no tenía tiempo de hacer. En el fondo anhelaba eso: tener una vida normal”.

Por las calles de Madrid, donde reside junto a su familia desde que dejó el gobierno.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Comentarios ()