Sophia - Despliega el Alma

15 agosto, 2018 | Por

Sergio Sinay: “El sentido está en la búsqueda”

El ensayista y escritor, explorador de los vínculos humanos, la filosofía y los temas existenciales, habla en esta entrevista de la reconexión con el alma, y comparte una guía sobre dónde y cómo, en el transcurso de la vida, podemos encontrar sentido.

Por Carolina Cattaneo

El alma, nos dice el escritor y consultor en vínculos humanos Sergio Sinay, necesita estar en contacto con las vicisitudes de la vida, integrar la tristeza con la alegría, darle lugar a la construcción de relaciones verdaderas. Incansable investigador y lector de autores y pensadores de todos los tiempos, comparte en esta entrevista su mirada sobre el alma y nos trae también la palabra de quienes son para él  fuente de sabiduría. Cuando lo contactamos para concretar la entrevista, acababa de volver de viaje y nos respondió por mail pidiendo un poco de tiempo para la charla. Su correo decía: “Llegué el jueves, pero solo llegó el cuerpo. El alma vino en barco”.

–Ese término parece haber pasado de moda. 

–Sí, antiguo, obsoleto. Sobre todo en un mundo volcado a lo material. Cuando la gente está ocupada en producir, no se puede perder tiempo hablando del alma. La cuestión es producir, estar, que te vean, ver. Y claro, el alma va quedando apartada. Así anda una masa crítica de la sociedad: desalmada. Y no es bueno andar desalmados, porque es como estar mutilados. Los seres humanos tenemos alma. Tenemos consciencia de ser cada uno quien es, de no ser el otro, de no ser todos los otros y ser parte de un todo. Alguien, no recuerdo quién, dio una bonita definición: el alma es la porción individual, intransferible, del espíritu que componemos entre todos. Es lo que Jung llamaba “el inconsciente colectivo”, esa especie de consciencia de pertenecer a una especie que es una totalidad y que tiene increíbles coincidencias en aquello que sueña, lo que teme, aquello que logra.

“El alma no pide estar planchada, limpia y almidonada, guardada en un estuche a salvo de las vicisitudes de la vida, sino que pide estar ahí donde transitamos todos los días, donde sufrimos y gozamos”.

–¿Qué sucede cuando cuando, como decís, “se anda desalmado”?

–Cuando uno se desentiende del alma, se desentiende también de esa totalidad a la que pertenece. Andar desalmado es andar solitario, en el peor sentido de la palabra ‘soledad’. Porque hay soledades necesarias en los momentos de transformación. Pero andar desalmado te lleva a una soledad que es la ausencia del otro. Una soledad profunda, dolorosa, que se vive en la multitud. En este mundo, hay multitudes de solitarios que parecen estar muy conectados pero no están comunicados. Esa manía de juntarse en grandes espacios a ver un espectáculo o a asistir a megafiestas es una desesperación por la búsqueda de estar juntos. Pero, en realidad, son grandes espacios habitados por solitarios existenciales que se apiñan sin encontrarse. Salís a caminar por Cabildo y Juramento un día antes de Navidad y la gente no mira al otro, se lo choca.

–¿Estamos enajenados por el consumo?

–El consumo, más que una causa, es una consecuencia. Cuando uno tiene un vacío del otro y un vacío de sentido, de no haber explorado la propia alma y de no haber construido vínculos reales, se va generando una angustia muy grande, un agujero negro en el alma, en el centro del ser. Eso se trata de llenar desesperadamente con algo, y ahí empieza el consumo. Es un hambre desesperado que no se sacia con nada, porque el consumo es una adicción. Una vez adquirido aquello que fuiste incitado a consumir, ya no cumple ninguna función y hay que ir por más. Es un mecanismo perverso, pero eso no nos quita responsabilidad. Somos individuos responsables, podemos elegir.

Sergio Sinay es ensayista, narrador y periodista. Investiga y escribe sobre vínculos humanos, temas existenciales, sociales y filosóficos. Publicó más de treinta y cinco libros de ensayo y artículos y columnas sobre los temas en los que trabaja. Es columnista de los diarios La Nación, Perfil y EL Día (de La Plata. Algunos de sus títulos editoriales son Pensar, El apagón moral, La sociedad de los hijos huérfanos, La masculinidad tóxica, Ser padre es cosa de hombres, Inteligencia y amor, La falta de respeto, Sanar la pareja, La felicidad como elección, La vida plena, Elogio de la responsabilidad y Vivir de a dos. También publicó seis novelas (Noruega te mata, Morir en offside, Es peligroso escribir de noche, Dale Campeón, Sombras de Broadway y Ni un dólar partido por la mitad).

–¿Qué necesita el alma?

–El exseminarista y terapeuta Thomas Moore dice que el alma pide a los gritos que la embarres. Que la metas en el mundo. El alma no pide estar planchada, limpia y almidonada, guardada en un estuche a salvo de las vicisitudes de la vida, sino que pide estar ahí donde transitamos todos los días, donde sufrimos y gozamos, que no la despeguemos para vivir, sino que la incluyamos en todos los aspectos de nuestra vida. Cuando eso no ocurre, hay un enorme monto de angustia existencial circulando. Viktor Frankl y Carl Jung coincidieron, en momentos distintos, en algo. Ellos dijeron que solamente el diez por ciento de las personas que acuden a los consultorios psicoterapéuticos tienen problemas clínicos reales, el resto tiene sufrimiento espiritual, un vacío de sentido, que no es una enfermedad mental, es un dolor del alma. En el afán de calmar los dolores del alma, surge el consumo de psicofármacos, otro síntoma de lo desalmados que estamos. Pero los dolores del alma no se calman con psicofármacos, sino integrando el alma a la vida, a los vínculos.

–¿Por qué nos despegamos del alma?

–La humanidad ha llegado a un punto de desarrollo, desde un punto de vista económico y tecnológico, en el cual se ha empezado a instalar la idea de que nos valemos por nosotros mismos.

–¿Te referís a la idea de que no hay nada “más allá”?

–Sí, y de que no es necesario que lo haya. A finales del siglo XIX, Niesztche dijo la famosa frase “Dios ha muerto”. Ya no es necesario Dios, porque los seres humanos hemos empezado a extraerle a la naturaleza sus secretos y podemos irla reemplazando. Puede ser que algún día logremos no morir o no enfermarnos. Esto ha ido generando una soberbia de la especie, que se expresa también en cada individuo, y va creando la idea no solamente de que Dios o algo que está más allá de nosotros no es necesario, sino también de que el otro no es necesario. Hemos ido cayendo en esta especie de soberbia, de autosuficiencia falsa, hasta llegar al punto crítico en el que estamos hoy.

–¿Venimos llamados a ser algo en el mundo?

–Creo que estamos llamados a hacer algo, pero que no viene en el instructivo; cada uno tiene que descubrir qué es. Tenés una vida de plazo para explorar y en esa exploración encontrar sentido. No vas a encontrar sentido de una vez y para siempre. En la vida hay momentos de sentido que pueden tener que ver con lo que hacemos, con los vínculos que mantenemos, con la forma en que expresamos nuestros valores. Hasta en el sufrimiento puede aparecer el sentido. Son momentos que, si los engarzás como si fueran perlas, a medida que la vida avanza van dejando de ser perlas sueltas y va apareciendo un sentido.

“Cuando se está atento al mundo, hacés contacto con el alma. Estás regando, o amasando, y sucede: es un momento, no hay que atraparlo. Es dejar un espacio para dejarse asombrar”.

–¿Es lo que en tu libro ¿Qué vida vivimos? aparece como “la búsqueda del Sí Mismo”?

–Tiene que ver con la búsqueda del Sí Mismo, que es ir como sacándote capas de cebolla: una cosa es lo que parece que somos, o cómo vestimos, pero debajo hay algo todavía más auténtico que eso, y debajo de eso más. Jung hablaba del Sí Mismo, que sería la pulpa, la semilla. Él decía que por ahí no se llega en una vida, pero una vida en la que se ha buscado ese Sí Mismo, ya tiene sentido: porque el sentido no es el encuentro, el sentido es la búsqueda. Se va percibiendo en ciertos momentos. Ahora, si estás toda la vida distraído, en el afuera, en el ruido, en el consumo, en la conexión sin comunicación, es muy difícil.

–Cuando se habla de la búsqueda de sentido, ¿por dónde se empieza?

–Si se trata de alguien que está sin norte, que está angustiado y no sabe por qué, me parece que la manera de empezar es reconociendo y no ocultando esa sensación. Lo primero es decir: “Me siento angustiado, no sé por qué”, y dejarse impregnar por esa sensación, porque en ella también viene una brújula. Ahora, si cierro la puerta, también se la cierro a la búsqueda que me puede orientar. Y después, hay preguntas que no está mal hacerse cada tanto. Frankl decía que el sentido aparece cuando uno vive para algo y vive para alguien. Y vivir para alguien no quiere decir fundirse con otro, porque esa sería  también una manera de no estar conectado con el alma.

–¿Tenemos cada uno nuestra propia manera de conectarnos con el alma?

–Los caminos hacia el alma son infinitos, múltiples y diversos como los seres humanos. Incluso adentro de nosotros mismos hay una diversidad de aspectos que aparecen en distintos momentos, no somos un bloque único. Cuando vos estás atenta al mundo, de pronto estás caminando a la mañana temprano y hacés contacto con el alma. Estás regando, o amasando, y sucede: es un momento, no hay que atraparlo. Es dejar un espacio para dejarse asombrar. Si estás tapado de estímulos, de la desesperación del “tengo que”, nunca te va a pasar. Hay que llevar el alma a todos lados y que vuelva con uno, que vuelva sudada, cansada, pero que esté con uno.

–¿Cómo sería llevarla a todos lados?

–Llevarla a todos lados es andar despierto por el mundo. Es hacerse preguntas y no pretender tener la respuesta instantánea. Para que el alma vaya acompañándonos, hay que andar  a cuestas con más preguntas que respuestas.

Entrevista publicada en edición impresa #159.

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