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7 septiembre, 2018 | Por

Sara Facio: “La fotografía fue una militancia para mí”

Su trabajo de fotógrafa fue más allá del registro de imágenes y, como editora y curadora, devino una figura clave a la hora de posicionar a la fotografía argentina en el mundo y lograr que se reconociera como arte. 

Texto: Agustina Rabaini. Fotos: Gustavo Sancricca.

Estábamos en plena siesta de un viernes todavía invernal, el tráfico en la vereda no daba tregua, y Sara Facio –la autora de los retratos más famosos de Julio Cortázar, Victoria Ocampo, Alejandra Pizarnik y Pablo Neruda, entre muchos otros– nos abría las puertas de su silencioso estudio sobre la calle Paraguay. Arrastraba un resfrío de días y alternaba una taza de té con los libros que sacaba de sus bibliotecas. A nosotros, fotógrafo y cronista, nos bastó recorrer el pasillo de la entrada hasta llegar a su escritorio para ver buena parte de la historia y la vida cultural de la Argentina y el mundo en imágenes, porque en los retratos colgados de las paredes, en las cajas de archivos y entre los libros, aparecieron desde su compañera de vida durante treinta y ocho años, la eterna María Elena Walsh, hasta las mujeres que admiró siempre, como Simone de Beauvoir, Marguerite Yourcenar y Doris Lessing. Allí estaban también las fotos de las calles y personajes de su ciudad, Buenos Aires, a los que retrató incansablemente, incluida la famosa imagen de “los muchachos peronistas”, que tomó durante los funerales de Perón en 1974 y dio la vuelta al mundo.

A lo largo de la vida de Sara Facio hay varios momentos clave para rememorar. Una primera foto viaja a sus 20 años y la muestra en Europa durante una beca de estudio junto a su amiga Alicia D’Amico, cuando vislumbró que ya no sería pintora –tras egresar de Bellas Artes– sino fotógrafa. Estaba en Alemania, y en una muestra de fotografía de Otto Steinert, se conmovió con la fuerza de las imágenes y decidió comprar su primera cámara, una AGFA Super Silette.

Una segunda imagen recuerda un día de 1973, cuando fundó la editorial La Azotea, un sello con el que, de la mano de su socia, Cristina Orive, impulsó la obra de muchos fotógrafos latinoamericanos hoy consagrados, como Adriana Lestido o Marcos López, que vendrá en un rato para pedirle una foto o para contarle sobre su propio proceso creativo, como si viniera a visitar a una tía, y así lo dice, una tía grande que acompañó su camino y el de otros cuando los espacios eran escasos, e incluso en tiempos de la dictadura, cuando una cámara de fotos era objeto de sospecha constante.

Un tercer momento nos remonta al día en que creó la Fotogalería del Teatro San Martín, que dirigió entre 1985 y 1997, un espacio al que iba todo aquel que quisiera ver el trabajo de los grandes maestros y aprender de ellos. El tiempo siguió su curso y Sara Facio donó, en 2008, parte de su patrimonio visual –obras de maestros del mundo– al Museo Nacional de Bellas Artes, para concretar su gran anhelo: que la fotografía pudiera ser reconocida como arte, a la par de otras grandes obras exhibidas.

Por todo esto, el filósofo Tomás Abraham escribió que Sara Facio no solo ha edificado una obra personal, sino que “ha construido una política de la fotografía”. En otras palabras, que  ha sabido crear asociaciones y publicaciones que le permitieron fortalecer el trabajo de otros y el patrimonio fotográfico nacional, desde su rol de editora, curadora y gestora cultural.

Un cristal para mirar a través

Hay una imagen de su libro Buenos Aires Buenos Aires (1968) que vuelve de manera nítida a la memoria y que sirvió para abrir la charla porque, ya en los sesenta, Sara veía con sorpresa cómo las mujeres casi no salían a la calle, salvo para hacer trámites domésticos, del brazo del marido, o para llevar a  los niños a realizar actividades. En esa foto de tamaño grande, en blanco y negro, puede verse a una mujer en plena calle con sus tres hijas de la mano.

 –¿Qué significó la fotografía en términos de independencia para las mujeres y cómo fue abrirse camino en la profesión?

–Lo primero que me viene a la mente es el ejemplo que me dejaron Annemarie Heinrich y Grete Stern, dos personalidades que, más allá del medio, los maridos y los problemas personales que tuvieron que enfrentar, pudieron hacer su camino. Ellas me dieron impulso y me animaron a no hacerles caso a los problemas, a los rechazos y a las injusticias. Hasta el día de hoy, si recibo críticas o se me presentan obstáculos, sigo mi camino, que es hacer mi trabajo y venir todos los días al estudio. Cuando empecé a estudiar fotografía, también me inspiraron otras fotógrafas que, en el momento en que las mujeres hacían fotos de moda, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, fueron a los campos de concentración y supieron registrar todo ese horror. Entre ellas, Lee Miller, de quien tengo este libro. Ahí, mirá [señala la biblioteca]. En mi caso, yo siempre supe que quería hacer fotos en la calle; lo que me interesaba era reflejar a la gente y sus circunstancias.

“Estoy agradecida por haber seguido mi camino y por haber hecho lo que quise. Como todo el mundo, tuve altibajos y momentos muy feos, con amores y pérdidas de personas muy queridas. Pero el recuerdo que conservo es el de los buenos momentos y los logros”.

 –A lo largo de los años sostuvo un interés firme por hacer retratos y capturar lo real. ¿Por qué este interés por las personas en primer lugar?

–El ser humano es lo más importante. Una persona, a diferencia de un animal, siente, piensa, proyecta, crea. Un pintor pone más de su mundo interior, mientras que el fotógrafo capta el momento y la época. Así como se pueden ver cosas a partir de esa mujer que caminaba por la calle en los sesenta, hay mucho para ver en otras fotos de esos años. En el libro sobre Buenos Aires hay otra doble página acerca de la que alguien escribió una tesis y allí el autor hablaba de la gestualidad de los varones de la época: como se vestían, como caminaban, con qué presencia. En fin, la fotografía permite todo eso y es lo que a mí me gusta mostrar.

–¿Qué siente al volver a esas imágenes y qué le dejó haber repasado su vida entera para la biografía que se publicó recientemente, Sara Facio. La foto como pasión?

–Estoy agradecida por haber seguido mi camino y por haber hecho lo que quise. Como todo el mundo, tuve altibajos y momentos muy feos, con amores y pérdidas de personas muy queridas. Pero el recuerdo que conservo es el de los buenos momentos y los logros. Hay cosas que he conseguido porque me las propuse, por lo menos… Para mí la fotografía fue siempre una militancia. Sentía que me realizaba y, a la vez, que podía ayudar a otros en momentos difíciles, como en el tiempo de la dictadura, donde todo lo que tuviera que ver con las fotos estaba prohibido y cuestionado. Si salías a la calle con una cámara, podías ir presa. Te paraban, te pedían documentos, y más si eras mujer. Ahora, a la distancia, creo que esas cosas te van fortaleciendo.

–Al comienzo de la dictadura, igual pudo publicar el libro Humanario, con fotos tomadas en institutos psiquiátricos…

–Sí, salió a la venta el día que empezó la dictadura y fue censurado porque el tema no les gustaba y porque el texto era de Cortázar, que era mala palabra. Me acuerdo de que los libreros no lo querían poner en la vidriera ni exhibirlo, pero se publicó. Igual no fue la única cosa que me prohibieron. También un libro sobre Neruda en España, y otro de relatos de escritores. No los prohibían por mí, sino por los personajes a los que les tomaba fotos, toda gente importante, valiosa, ejemplar en lo suyo.

 –¿Por qué cree que eligió esta profesión? ¿Habría podido hacer otra cosa? 

–Yo no lo elegí, la profesión me eligió a mí. Yo elegí ser artista plástica y entré a la escuela de Bellas Artes sola, dando examen, sin haber hecho un solo dibujo en carbonilla antes. Tuve que comprar el tablero, la cartulina, las carbonillas, y entré. Si no hubiese entrado ahí, no sé que habría sido de mi vida. Después, la fotografía me empezó a interesar mucho, y hacer retratos, como decía, me gustaba por el desafío de poder captar la esencia del personaje.

–¿Tiene retratos preferidos, entre todos?  

–Las fotos que expongo son las que me parecen mejores, y algunas han tenido una mayor proyección, más popularidad, como el retrato de Cortázar que fue inspiración para muchos creadores. Pero son muchas fotos… De pronto me acuerdo de mi mamá, cuando uno le preguntaba: “¿Me querés más a mí o a mi hermano?”. Ella decía: “Los quiero a todos por igual”.

–¿Qué  más le gustaría transmitir o dejar como legado con las fotos?

–Yo fotografié hasta que supe que ya había llegado al final. Ya no saco fotos. Desde que tuve un accidente en el que se me rompieron las muñecas, estuve un año haciendo rehabilitación, y cuando eso pasó, había cambiado la técnica, vino la foto  digital, y tenía que estudiar, adentrarme seriamente y ya no tenía ganas. Pero, además, a mí lo que casi más me gustaba de la fotografía era la magia del laboratorio. Me sentía feliz ahí, podía pasarme días y noches haciendo copias. Por eso tengo tanto material vintage.

–¿Qué le dejó su experiencia como curadora del San Martín y del Museo de Bellas Artes?

–Lo del San Martín fue un ofrecimiento que acepté porque vi la oportunidad de que se abriera un espacio donde se hablara solo de la fotografía. Mientras duró, tuve absoluta libertad, porque Kive Staiff, el director del teatro en ese momento, era una persona de la cultura y me respetó en todo momento. Pudimos traer muestras de grandes maestros. Desde el primer día me propuse poner buenas fotos, fueran de hombres o mujeres, argentinos, extranjeros, negros, blancos, me gustara el fotógrafo o no.

–El tiempo y los gobiernos pasaron. ¿Cómo ve el panorama cultural en este momento?

–Estamos en un momento importante para intentar cambiar las cosas, porque en los últimos años hubo mucha frivolidad. Como dirían en el barrio, mucho aspaviento. De ahí a que se vieran las bases de la educación, de lo que tiene que ser cada lugar, hay una distancia, y ahora toca volver a poner las cosas en su sitio y reconstruir. Que la cultura sea en serio y no una frivolidad. Para eso está el show, y bienvenido sea. Pero la cultura es la cultura.

“En mi caso, yo siempre supe que quería hacer fotos en la calle; lo que me interesaba era reflejar a la gente y sus circunstancias”.

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