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2 octubre, 2018 | Por

Pilar Rahola: “El siglo XXI es femenino”

Tiempo atrás, la periodista y escritora catalana visitó nuestro país y compartimos con ella un armonioso encuentro al que asistieron destacadas líderes argentinas. Nuevamente en la Argentina para participar del W20, continúa trabajando por dar mayor visibilidad a las problemáticas de género.

 

Íntima: retrato de una mujer que gusta de decir lo que piensa.

Por Agustina Rabaini. Fotos: Gustavo Sancricca. 

A Pilar Rahola, catalana en toda su expresión, es habitual escucharla analizar temas álgidos de política internacional en los medios periodísticos. Sin ir más lejos, en la Argentina, su nombre y su rostro se hicieron más visibles cuando, en 2015, se presentó en la televisión local pidiendo justicia por el caso Nisman y no solo como periodista sino como amiga personal del fallecido fiscal, mientras expresaba “que Nisman no es [una causa] de los argentinos sino de la humanidad”.

Escritora y cronista reconocida por sus columnas diarias en el periódico español La Vanguardia, Rahola incursionó en el mundo de la política como vicealcaldesa de Barcelona y como diputada en el Parlamento español. Hasta el momento, ha escrito diecisiete títulos, entre ellos el libro Basta (RBA, 2015), sobre el islamismo y la situación de la mujer. En todos los casos, sus ideas siempre se hacen oír claro y fuerte, y puede ser tan valiente como, a veces, polémica y controvertida.

En ocasión de esta charla, invitada por Sophia y el Grupo Cohen, asistió solícita a un encuentro donde, luego de un café distendido, la charla giró en torno a los derechos humanos y a la situación de las mujeres en el mundo. Más allá de los temas de actualidad, la invitación a repensar los valores humanos –el amor, la solidaridad, la ética, la justicia y la paz– abrió paso a una charla de la que también participaron cuarenta mujeres líderes locales que compartieron inquietudes en un idioma común y universal. A esa conversación le seguiría otra en la intimidad de su lugar de residencia en Buenos Aires. De esos encuentros, surgió una larga conversación.

“¿Cómo habría sido la humanidad si las mujeres hubiéramos puesto nuestro relato, nuestro lenguaje y nuestra mirada en el relato global?”, se preguntaba Rahola para dar comienzo. Y continuó: “Hay quien dice que el siglo XX europeo nació cuando unos señores llamados Einstein, Freud y Thomas Mann se encontraron en Viena a principios de siglo, y en ese tiempo también estaba Adolf Hitler, pero fíjense que en ese mismo momento de protagonismo de los ‘grandes’ de la élite europea, también estaban allí las mujeres que solo podían ser maestras para señoritas en escuelas de señoritas. Por entonces, no podían ser filósofas, pensadoras o inventoras, y cuando lo eran, siempre estaban detrás, eran invisibles. Durante estos dos mil años de dominio, las mujeres del patriarcado han tenido encima el poder político, el poder económico y el poder religioso, y todos han sido masculinos. Muchas cosas han cambiado desde entonces”.

Mujer de ideas firmes, la catalana conquistó al auditorio durante la charla.

–¿Qué es lo que aún falta cambiar y qué podemos aportar las mujeres que no estemos haciendo?

–Si pensamos que las mujeres del siglo XX alzaron la voz, defendieron sus derechos y pudieron cambiar las leyes, podríamos decir que el siglo XX lo que hizo fue reivindicarlo todo y ponerlas en el centro para decir: “Se acabó”. En ese sentido, a las socialistas, grandes heroínas, les debemos mucho. Desde las sufragistas y autoras como Simone de Beauvoir con El segundo sexo en adelante, te encuentras a montones de mujeres que tuvieron que reivindicar incluso la menstruación, que era algo oscuro y escondido. Hasta determinado momento, todo tenía que ver con una mujer segregada, dominada y metida en su rinconcito. Hoy lo que falta es empezar a crear una idea de sociedad que cambie los parámetros masculinos que hasta ahora han regido el mundo.

–¿Cuál sería nuestra tarea en ese camino?

–Para responder a eso, recuerdo una entrevista al ex presidente FranÇois Mitterrand, que, al final de su vida, cuando un periodista le preguntó cómo sería el hombre del siglo XXI, le respondió: “El hombre del siglo XXI será mujer”. Ciertamente es eso, porque plantó sus derechos finalmente, pero la mujer ahora tiene que recuperar el protagonismo. Somos nosotras las que debemos tener la vara de las decisiones, lo que no significa que no compartamos con los hombres el destino del mundo. Las mujeres comparten, crean redes y complicidades, y no queremos perderlos en su capacidad, su fuerza y su inteligencia, pero los queremos de nuestro bando y queremos poder “estar”.

–Uno de los disparadores para este encuentro fue pensar juntas cómo podemos contribuir las mujeres en el terreno de la construcción de la paz en el mundo. ¿Qué podés decirnos sobre eso? 

–El tema de la  paz es muy importante y lo voy a plantear desde mi experiencia personal. Durante algunos años trabajé en un programa de televisión en el que hacía reportajes largos y tuve la ocasión de estar en la Guerra de los Balcanes, en guerras africanas y en la primera guerra del Golfo. Viví de cerca la brutalidad en el sentido más descarnado del término y pude ver que los hombres hacían la guerra y las mujeres construían la vida. La construcción de la muerte era masculina, y no porque el hombre fuera violento, sino porque la construcción de la sociedad se había creado desde esa posición más bélica. En cambio, lo que preservaba la vida contra todo era el instinto femenino que tiene que ver con el rol de la mujer en su propio proceso natural. Las mujeres somos las que mantenemos el edificio cuando todo se tambalea. Por supuesto que te puedes encontrar con mujeres bélicas y violentas pero, en términos generales, si alguien puede construir el relato de la paz, son las mujeres. En mi caso, aunque no haya estado en tantas, puedo decir que una sola guerra te marca, y en una de ellas, me enfrenté a una realidad que no había visto nunca antes y decidí que mi maternidad pasaría por la adopción (N. de la R.: Pilar tiene dos hijos con su primer marido: Sira, la única biológica, y Noé, que fue adoptado por la pareja. En 2000 llegó a sus vidas Ada,  una niña que la periodista adoptó en Siberia junto a su actual marido, Roberto Cerdán).

Durante su anterior visita a Buenos Aires, Pilar Rahola tuvo un encuentro con la gobernadora María Eugenia Vidal. A su regreso, contó:  “Me ha dejado una muy buena impresión, la vi muy sensible con el tema de la violencia de género, y pudimos compartir algunas ideas. Siendo muy joven en la política, tiene un sentido institucional fuerte y tiene claro que ella no es el gobierno y que es la institución la que debe preservarse, y que  alguna de sus acciones no van a tener fruto durante su gestión sino en el futuro. Va hacia lo práctico y lo real, y el riesgo que asume en lo personal es grande porque ha decidido romper el techo de la impunidad”.

–Has dedicado tu libro Basta a las mujeres musulmanas por su lucha y resistencia…

–Sí. Me gusta decir que las Nelson Mandela del siglo XXI son las mujeres musulmanas que luchan por sus derechos. Si la gran batalla por la ética y por la justicia del siglo XX ha sido la lucha contra el racismo, la lucha más urgente y más brutal de este siglo es la de las mujeres que intentan sobrevivir con dignidad. Es tan normal que nuestros referentes culturales, políticos y sociales sean masculinos que me obligo a buscar referentes femeninos para acordarme de que estuvieron ahí.

–La situación de las mujeres de Medio Oriente está entre tus preocupaciones desde hace  mucho tiempo…

–Sí, fíjate que la primera mujer juez de Irán –en su momento Persia– es Shirin Ebadi (Premio Nobel de la Paz 2003), pero llegan los ayatolás y le prohíben ejercer. Ahora intenta ser abogada de los disidentes y de las mujeres condenadas a la amputación, entre otros, y esto es algo que está pasando en el mundo con normalidad. Hace un tiempo conocí a una mujer embarazada a la que le sacaron el feto antes de matarla porque la ley no permitía lapidarla embarazada. En el siglo XXI tienen tecnología de este siglo, pero sus leyes son feudales. ¡Y las permitimos! Si me preguntas por mujeres que admiro, tengo un amor especial por una niña de Yemen, que ahora tendrá 16 o 17 años, que escribió un libro en colaboración con una periodista libanesa-francesa (N. de la R.: Noyud, divorciada a los 10 años). Allí contaba cómo, tras ser forzada por su padre a casarse con un hombre treinta años mayor, que la maltrataba y abusaba de ella sexualmente, en medio del infierno un día tomó coraje, subió a un autobús y se refugió en un tribunal hasta que un juez –que trabaja con abogadas que luchan contra los matrimonios de niñas– quiso escucharla y ayudarla. A partir de ahí su caso se hizo conocido y, por haber sido usada por el marido sin haber tenido la regla, consiguió el divorcio. Por supuesto que a él no le pasó nada. Este un caso que me conmueve muchísimo porque, entonces, ¿cómo no voy a considerar que las grandes mujeres del siglo XXI son estas mujeres que, en Teherán, Riad o Yemen, alzan la bandera de la dignidad de la mujer? Por eso digo que el siglo XXI es femenino. No puede ser otra cosa que femenino.

–¿Podría una mujer liderar un cambio a nivel global en el mundo, o aún falta tiempo?

–Ya me gustaría que ese liderazgo, ese relato internacional del que hablo, fuera femenino, porque las mujeres funcionamos con inteligencia emocional. Así como somos muy racionales y capaces de reestructurar el pensamiento, no nos olvidamos de nuestras emociones. Lo que ocurre es que hoy no tenemos a una mujer fuerte y potente entre los líderes. En el mundo de la política hace falta un estadista, y en el mundo de las emociones hace falta un halo espiritual que nos sacuda. Quizás un líder espiritual.

–Quisiera preguntarte por el mensaje que dejaste en el pregón del Domund en Barcelona, que llamó la atención viniendo de una persona que se declara “no creyente”. ¿Cuál era ese mensaje?

–Vengo de una familia católica y fui a una escuela de monjas, pero con los años me he alejado de la creencia religiosa. No soy creyente, perdí el teléfono de Dios y no lo encuentro, pero eso no me impide sentir un respeto profundo y admiración por cierta gente. Como saben, hay dioses del bien y dioses del mal… Cuando Dios te inspira para la muerte, es un dios del terror, pero cuando te inspira para la vida, hace milagros impresionantes. A mí lo que me ha impresionado siempre es que un ideal religioso pueda ser tan potente y luminoso que te lleve a entregar la vida, y es algo que tiene que ver con lo espiritual. Uno puede no resolver sus dudas con un dios, pero admiro a quien lo ha resuelto, y porque lo ha resuelto, es mejor. Cuando ves a miles de personas que lo dejan todo y se van a los peores lugares del mundo y se entregan en cuerpo, alma y vida, ¿cómo no voy a creer en ese dios, aunque a mí no me inspire lo que inspira en ellos? Para el Domund me pidieron que hablara sobre esa trascendencia espiritual. Y yo hice un discurso que se llamó “La patria del corazón”, porque es gente que deja su patria para ir a esa patria común, que es la patria del alma. Mi pregón del Domund tenía que ver con esa agua compartida por creyentes y no creyentes.

–¿Ves a las religiones como sistemas de poder?

Sí, a todas. En 2001 escribí un libro titulado Mujer liberada, hombre cabreado, que tiene un capítulo llamado “Dios es hombre”, relacionado con la concepción del dominio del patriarcado. Creo que las religiones han sido las grandes excusas del poder político y del poder económico para imponerse y dominar, y allí no se escapa ninguna y muy especialmente la nuestra, la cristiana, porque en todas sus facetas –sobre todo la católica, pero también la protestante– han sido grandes armas de imposición. Como armas de dominio, o como grandes estructuras de poder, han sido siempre mezquinas. Al mismo tiempo, creo que se han creado filosofías vinculadas a la trascendencia que son muy interesantes. Me atraen las religiones como fuente de elementos que nos retornan a lo trascendente, y me gusta leer a los filósofos cristianos de la Edad Media. En el propio Nuevo Testamento, el mensaje de Jesús es enormemente moderno. Si escuchas a Jesús, está hablando de justicia social.

–¿Qué opinás de la paridad y el cupo positivo que tanto se discute en los ámbitos políticos?

–La discriminación positiva tiene sus detractores y defensores, y me atrevo a decir que no es perfecta ni malvada. Hay argumentos racionales, pero yo me apunto a los argumentos a favor, y les diré por qué. Si no hubiera sido por la discriminación positiva, un afroamericano no habría sido presidente de los Estados Unidos. Desde luego que decir que por ley o por obligación ética se colocará a un grupo de mujeres como una forma de sacarlas del techo de cristal, y visualizarlas, tiene el discurso en contra de que deberían llegar por sus méritos y de que nadie puede ser puesto por el simple hecho de ser mujer. Aun así y a pesar de que me incomode, estoy a favor de las cuotas, los cupos o la discriminación positiva. ¿Por qué? Porque las mujeres no hemos alcanzado el derecho a ser mediocres y ese es el elemento fundamental: las mujeres aún estamos obligadas a  ser excepcionales.

–Última pregunta. Horas atrás, en medio de tanta dificultad o desesperanza, también hablabas de felicidad. ¿Qué te anima a seguir?

–Muchas veces me canso y me siento desesperan-zada, pero entonces vuelvo al comedor de mi casa y siento una red de protección brutal, esa red de complicidad y cariño que dan la familia y los amigos. Y todo eso conforma el terreno de la esperanza. Algo tan antiguo como amar. Entonces, trato de pensar que donde hay odio, también hay gente que quiere; donde hay gente que destruye, la hay que construye; donde hay gente que se mueve por lo material, hay gente que apuesta por lo espiritual. Y que una mujer, globalmente, tiene mucho de eso para aportar. Amamos más, no tengan ninguna duda. Tal vez ellos amen con más locura, pero nosotras amamos más y por más tiempo, con más generosidad. Y toda esa generosidad de la mujer que, por siglos, parecía que caía en un pozo sin fondo, está ahí y es una energía positiva para el mundo. Ellos han demostrado que no lo hicieron bien, y ahora nos toca a nosotras. Este siglo nos toca y la conquista del siglo XXI es cambiar el relato. Hay que hacer un relato distinto, que tenga como centro, ya no el poder ni la guerra ni el imperio ni la testosterona, sino las emociones, los sentimientos y la vida. La vida como centralidad.

Durante el encuentro, Pilar recibió el abrazo de la directora de Sophia y parte del equipo.

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