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7 octubre, 2018 | Por

Mery Lunge: “Primero tuve que fracasar, después pude salir adelante”

La empresaria cordobesa asegura que no importa la historia de vida que nos toque, "lo que importa es pensar bien, amar más y mejor y ayudar a los otros". Con fe y tesón inquebrantables, levantó una empresa, una fundación solidaria y una escuela universitaria de oficios en Córdoba.

Por Agustina Rabaini. Fotos: Gustavo Di Mario.

Es imposible escuchar el recorrido de vida de Mery Lunge y no conmoverse frente a su historia de lucha y superación. Esta mujer de ojos claros, que habla sentada en su cálida casa del country Jireh Dorf –a veinte minutos del centro de la ciudad de Córdoba–, tiene hoy un buen pasar, puede disfrutar de comodidades y darles una buena educación a sus hijos, pero de chica no siempre vivió con su madre, ni tuvo grandes comodidades, ni pudo elegir ir la escuela.

Sus primeros años fueron duros: terminar la escuela secundaria y obtener un título universitario fueron el fruto de su esfuerzo personal y de la ayuda que pudo encontrar en el camino. Mery, mujer perseverante, llegó a convertirse en profesora, primero, y hoy es una de las empresarias más exitosas del país. Cuenta que tuvo trabajar en el campo desde que era muy pequeña, en su Misiones natal, y luego en ciudades como Posadas y Buenos Aires, donde se capacitó y se dedicó a las tareas de servicio doméstico que realizó durante años.

“No fue fácil llegar hasta acá”, dice desde su lugar preferido en medio del parque: una hamaca en la que valdrá la pena demorarse, mientras trae unas hojas de burrito de por allá, y se las pone al mate. A este lugar Mery viene a reflexionar, a soltar los pies del piso y a conversar con ese papá Dios que aparecerá en la charla y a quien ella le confía todo.

Mery Lunge preside la Fundación Moconá, con fines solidarios y educativos, y creó la Fundación Universitaria de Oficios (FUO), su mayor orgullo, que ofrece capacitación en carpintería, herrería, armado de muebles y construcción, entre otras áreas. Más info: www.fuoficios.com.ar

Licenciada en Administración de Empresas, Mery vive desde los años ochenta en esta ciudad de Córdoba y primero incursionó en el rubro textil (“Soy modista; al principio hacía las cosas yo misma y después las mandaba fabricar”). Con los años fundó, junto a quien fue su marido y el padre de sus dos hijos, Maderas Moconá, que, a simple vista, es un supermercado de la madera, pero donde vende aberturas, accesorios y artículos de decoración. Hoy Mery preside la Fundación Moconá, con fines solidarios y educativos, y creó la Fundación Universitaria de Oficios (FUO), su mayor orgullo. Es que ese otro edificio grande y moderno que se ve del otro lado de la ruta ofrece a los jóvenes capacitación en carpintería, herrería, armado de muebles y construcción, entre otras áreas. El nuevo sueño de Mery, también en marcha, es la construcción de un parque industrial.

“¿Ves aquel señor de allá?”, pregunta levantando la vista. “Está haciendo un trabajo de pintura; como él, mucha de la gente que trabaja en la empresa vino de Misiones. Mi pueblo se llama 2 de Mayo y era tan pequeño que mi mamá fue la primera mujer nacida allí. Mi abuelo era contador y se refugió allí escapando de la guerra en Alemania. Mi papá era constructor, un hombre muy comprometido con la religión. De chicos íbamos a la iglesia en un carro tirado por bueyes. Desde muy chiquita participaba de todo lo relacionado con la religión. Éramos de la Iglesia evangélica”.

–¿Qué más recordás de esos primeros años?

–Muchas cosas, pero en especial que a los 5 años mi papá murió de difteria y, entonces, mi mamá quedó viuda con tres hijos. Ahí empezó una historia complicada. Al tiempo, mamá se casó con un hombre que, a su vez, tenía cuatro hijos. Cuando yo tenía casi 8 años, ellos tomaron la decisión de dejarme al cuidado de unos familiares para que pudiera ir a la ciudad. Así empezó el peregrinaje en mi vida.

–¿Recordás ese día?

–Sí, vino un camión, me subieron y me mandaron a Oberá a trabajar y a terminar la escuela, al principio con gente que yo no conocía. Era común que pasaran esas cosas y era común que los chicos trabajáramos. Yo juntaba tung –el fruto de un árbol–, iba a la escuela y vivía en lo de mi abuela; después con una tía, otra, y así sucesivamente. Eso sí: a fin de año volvía siempre a casa. Pasó el tiempo y pude terminar séptimo grado en la escuela pública 417, que hoy, con la Fundación Moconá, apadrinamos.

–¿Cómo siguió la vida, en la adolescencia?

–Cuando terminé séptimo grado, el director de la escuela le entregó la libreta a mi tío, el Vasco, y le dijo que yo era  capaz, que estaría bueno que siguiera estudiando. Me agarré de esas palabras contra todo. Pensé: “Tengo que estudiar porque sin estudio no voy a llegar a nada”. Me prometí que no me iba a pasar lo que había vivido mi querida mamá, que, cuando enviudó, tuvo que casarse por no saber cómo iba a mantener a los hijos.

Pasó el tiempo y Mery cursó uno tras otro los años de escuela secundaria; mientras tanto, trabajaba como empleada doméstica a cambio de casa y comida, hasta que se enfermó de fiebre reumática y volvió a su casa en Misiones. Una vez recuperada, salió a buscar trabajo, y fue viajando de Posadas a Buenos Aires y Córdoba, alternadamente, mientras se capacitaba en lo que tuviera a su alcance: corte y confección, peluquería, costura, dactilografía, taquigrafía, bordado, cocina, repostería. Hasta que se radicó en Córdoba para cursar la facultad, trabajó como preceptora, como maestra de orientación espiritual en una Iglesia luterana, y en 1984 se casó. Fue su marido quien la acercó al negocio de la madera que Mery ahora recuerda como “un mundo de hombres, en galpones que parecían talleres, con pilas de madera, alguna máquina y los típicos calendarios de señoritas”.

–¿Cuántos años tenías cuando terminaste la carrera de Administración de Empresas?

“Pensé: ‘Tengo que estudiar porque sin estudio no voy a llegar a nada’. Me prometí que no me iba a pasar lo que había vivido mi querida mamá, que, cuando enviudó, tuvo que casarse por no saber cómo iba a mantener a los hijos”.

–Me recibí de profesora con 9,50 de promedio, a los 24 años, y estuve tres o cuatro años más para recibirme de licenciada porque ya tenía mi negocio y mantenía mi casa. Cuando era joven, además de dar clase, vendía lo que podía –cosméticos, cremas, tuppers–, y durante un tiempo hacía y vendía ropa, una etapa que terminó cuando cambió el gobierno y las condiciones se modificaron: llegó mucha gente de Corea a vender ropa mucho más barata. No había forma de competir. Como tenía algunos ahorritos, pensé que mi próximo negocio tenía que ser más difícil. Me dije: “Me voy meter en un negocio de hombres, pero con visión de mujer, y lo voy a hacer mejor o voy a tratar de aportar algo distinto”. Así me propuse poner un negocio de maderas donde hubiera de todo y el carpintero encontrara los clavos, la cola, el barniz, los tornillos, pero donde también hubiera cosas para el hogar o el jardín que pudieran interesarles a las mujeres.

–¿Trabajabas con tu marido?

–Sí, mi esposo fue mi primer novio y estuvimos juntos durante treinta años. Como su familia tenía aserradero, él traía la madera de Misiones con su camión. Pensé que era un rubro que se podía mejorar. Con mi hermano, mi exmarido y los ahorros que tenía, empezamos… Vivimos momentos difíciles, porque era una época complicada, hasta que nos fundimos. Nos pagaron con cheques sin fondo, quebramos y fue difícil salir adelante otra vez. Poco a poco decidí saldar las deudas, vendí lo que tenía y les fui pagando a los proveedores. Daba clases de noche, vendía madera que había quedado y así fui devolviendo lo que debía. Cuando terminé de pagar, me subí a un colectivo para ir a hablar con los cuatro proveedores de Misiones y les dije: “Voy a empezar de nuevo”. De los cuatro, tres me dijeron que sí. Ellos me mandaban un camión y yo les daba la plata cuando vendía la madera. Uno solo me dijo que no, y hoy, muchos años después, le doy fiado a su hijo, que tiene una maderera.

–Como empresaria, ¿fue difícil siendo mujer? 

–Me criticaban mucho, me decían que creía que por haber estudiado, podía sacarlo adelante. Con la segunda hiperinflación, en los ochenta, a veces comprabas algo a mil pesos y al día siguiente valía dos mil. Nadie te daba crédito ni por veinticuatro horas. Pero en Misiones todavía conseguía, y en un momento era la única que vendía a treinta y sesenta días. En poco tiempo pude comprar propiedades, terrenos y, lo más importante, me di cuenta de que ya no tenía miedo. ¿Ves cómo hace Dios las cosas? Primero tuve que fracasar, después pude salir adelante cuando aprendí a tener más cuidado. Ya con mi hermano Ricardo como socio, pudimos abrir un negocio más grande y trajimos a mamá, que había enviudado, desde Misiones.

–Además de dirigir la empresa de maderas, te abriste al mercado inmobiliario con este country donde vivís, Jireh Dorf, y presidís la Fundación Moconá…

–Sí, en 2001, con la crisis, decidimos diversificarnos y lo primero que hicimos fue crear la Fundación Moconá, para ayudar a la gente. Como teníamos una propiedad acá al frente, con un saloncito, decidimos abrirlo como escuela bíblica. Los sábados dábamos café con leche, merienda y compartíamos lecturas de la Biblia. Después empezamos a juntar ropa para llevar a Misiones y en mi provincia empezamos a apoyar proyectos productivos. Dimos charlas, hicimos talleres con docentes, hablamos del ser, del hacer, y los fuimos ayudando con el desarrollo comercial, con direcciones y contactos. Durante cinco años, la promoción funcionó muy bien, pero después comenzaron a tener incidencia los planes sociales. Cuando íbamos, la gente levantaba la mano y decía: “¿Y cuánta plata nos van a dar?”. Empecé a perder el entusiasmo y pensé que había que dar dos pasos atrás.

–¿Y entonces?

–Me ponía mal que la gente creyera que sin plata no podía salir adelante y me propuse transmitirles que la riqueza está en cada uno. Dios puso dentro nuestro talentos, y hay que descubrirlos: ese es el trabajo. Así surgió la idea de empezar con la escuela de oficios. Veía que había trabajos que se pagaban bien, de pintura, herrería, construcción, y pensé que esos oficios podían recuperarse y dignificarse más si las personas se capacitaban con amor y respeto. Si diez años atrás mi hijo David me hubiera dicho: “Mamá, quiero ser cocinero”, tal vez habría pensado que parecía poca cosa. Hoy mi hijo me dijo que quiere ser chef y estoy de lo más contenta. ¿Y  qué pasó? ¿Es lo mismo que antes? Sí, pero el trabajo se dignificó y ahora hay que prepararse, al oficio se le agregó cultura, especialización, prestigio.

“Me ponía mal que la gente creyera que sin plata no podía salir adelante y me propuse transmitirles que la riqueza está en cada uno. Dios puso dentro nuestro talentos, y hay que descubrirlos: ese es el trabajo”.

–Con los años, decidiste abrirte hacia la actividad inmobiliaria, con este country.

–Sí, primero compramos estas tierras y pensamos en llenarlas de árboles, poner todo lindo y tener una comunidad donde vivir serenamente, en paz, con alegría. Nuestro lugar se llama Jireh, que hace alusión al Dios que provee, y Dorf, que en alemán significa “aldea”. El cartel de la entrada significa: “La aldea de Dios proveedor”. Acá vivo con mis hijos y también tienen casa el gerente de nuestra empresa, que vino de Misiones, el director de la Fundación Universitaria de Oficios, mi mamá y un matrimonio de amigos. También se han vendido lotes, así que con los años llegarán otras familias.

–Cuando mirás para atrás, ¿te quedaron sueños pendientes?

–Sí, porque antes de ser empresaria, soy cristiana, ya sin marcas de iglesias, algo que pude sacarme con el tiempo. Como cristiana, no soy la dueña de nada. La empresa no me pertenece, yo solo la administro. Esta casa no es mía, no sé a quién le va a quedar, pero no es mía. Mis empleados no son míos, son de Él y los tengo que cuidar. Mis hijos no son mis hijos, sino que los crío para Dios. Pensar eso significa una liberación, porque un día voy a tener que rendir cuentas sobre qué he hecho con estos niños. Dios no me los ha dado para que haga lo que se me da la gana, sino para que infunda en ellos el amor.

–Mery, ¿cómo son tus hijos y qué más podés compartir de lo que aprendiste? 

–Dios quiso que pudiera tener, en adopción, a mis dos niños, Elfrida y David, que hoy tienen 19 y 15 años. También crié a otros dos chicos, hoy adultos, que traje de Misiones. Uno de ellos era el hijo de una criada de mi mamá, y la nena tenía 9 años cuando llegó y vivió diez años con nosotros. Los dos terminaron la secundaria y hoy trabajan y son padres. Viendo a mis hijos, pienso que lo único que tenés en tu vida es lo que das. Dales a tus hijos amor y vas a tener amor. Dales educación y vas a tener educación. Dales a tus hijos deseos de prosperar y ser buena gente, y vas a tener eso. Enseñales a tus hijos a generar y vas a tener hijos emprendedores o empresarios. A mis hijos les tengo que enseñar a generar porque, de otra manera, van a ser hijos que solo gasten, y no me quiero ir de este mundo dejando hijos con mucho dinero. Mi mayor sueño es poder distribuir la riqueza de una forma equitativa sin regalarle nada a nadie, porque en la vida nadie te regala nada. No creo en la gratuidad incondicional.

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