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27 octubre, 2017 | Por

Mariela Dabbah: “Debemos alcanzar el equilibrio”

“Cambiar la sociedad desde la pelea entre los géneros no es viable”, dice esta argentina que vive en Estados Unidos desde hace 25 años, donde creó el Red Shoe Movement, un movimiento con sede en 160 países destinado a conversar acerca del rol de las mujeres en la sociedad.

Está de visita por trabajo en Buenos Aires, su ciudad natal. Pero entre reunión y reunión, siempre encuentra un rato para ver a su familia y a sus amigos. De hecho, luego de esta charla, la espera su madre en un bar, para quien siempre será la pequeña Mariela, la de los rulos colorados, la hija del medio entre tres, tan lúcida y extrovertida. A los ojos del mundo, sin embargo, ella es además referente en temas de mujer y liderazgo. “Mi mayor recurso es haber sabido encontrar mi lugar”, describe la creadora del Red Shoe Movement, una compañía de capacitación que es, a la vez, una red que organiza círculos de encuentro e intercambio para potenciar la diversidad en los puestos de toma de decisión.

El Red Shoe Movement es una compañía de capacitación en liderazgo con el propósito de acelerar el crecimiento femenino en puestos de toma de decisión. Su metodología de los Círculos del RSM basada en la auto-motivación, y apoyo mutuo, busca tener efectos sustentables en individuos y organizaciones. A su vez, la campaña #RedShoeTuesday invita a todos a usar zapatos y corbatas rojas para trabajar los días martes y así mantener viva la conversación sobre los beneficios de una mayor inclusión en puestos jerárquicos y sobre qué acciones concretas se deben realizar para cambiar la cultura organizacional. 

Un tema siempre candente porque, según explica, aunque es cierto que hubo avances durante los últimos años, el asunto todavía precisa hacerse visible. Fue justamente eso lo que motivó a Mariela Dabbah a ir por una idea muy particular: invitar a que todos los días martes, tanto mujeres como varones, vayan con calzado de color rojo a trabajar (o con corbatas, o cualquier otro accesorio de ese tono), para poner de manifiesto que lo importante es encontrarse a conversar de ése y otros temas.

En la Argentina, el RSM tiene un equipo que se encarga de unir a aquellos que quieren mayor igualdad, pero que también buscan un cambio en la forma de verse y de proyectarse tanto en lo laboral como en lo personal. “Es muy gratificante ver que la idea original tuvo semejante expansión”, cuenta esta mujer que recorre países donde el rol de la mujer puede llegar a tener un gran despliegue o uno mínimo. En cualquier caso, ella siempre recomienda encontrarse con otras mujeres, trabajar en red, apoyarse, y buscar un camino propio de acuerdo a motivaciones personales que nada tengan que ver con lo impuesto por la sociedad, por los padres, por una pareja o por las creencias culturalmente arraigadas del “deber ser”.

–¿Qué significa en ese contexto la idea del zapato rojo?

–Fue la imagen de tapa de mi séptimo libro, y para mí es la idea de una mujer nunca debe masculinizarse para llegar a un cierto nivel, pero tampoco parecerse a  alguien más, sea varón u otra mujer. El ícono comenzó a ilustrar el valor que tiene el poder con femineidad a la hora de dar visibilidad a la problemática de la desigualdad de oportunidades.

–¿Cuál era el desafío por delante allá por 2012, cuando todo nació?

–Estaba la necesidad de que la mujer pudiera alinear sus aspiraciones con sus objetivos de carrera para acelerar su crecimiento, pero además la posibilidad de mover la aguja para ocupar más espacios de toma decisión, aportando su espíritu femenino. Luego, el tema fue acompañar ese salto con un cambio de conciencia a otro nivel, no solo enfocado en alcanzar un cierto lugar laboral, sino un cambio de paradigma global, donde la mujer pudiera pensarse y ser pensada desde otro lugar, pero de la mano de los varones.

–Muchos pensarán: “¿Y eso se logra solo con usar un par de zapatos rojos?”

–Se trata de un mensaje con un llamado a la acción, para que todos sepan que pueden hacer algo, por más pequeño que parezca. El hecho de usar un determinado par de zapatos, no importa cuál (stilettos, chatas, zapatillas…), hace que se represente y se muestre un tema sobre el que uno quiere poner atención. Y se trata también de alivianar un poco el tema, por eso los zapatos rojos, porque creo que hay una distancia entre no tomarse las cosas en serio y hacer de la situación de la mujer un drama. Porque el drama al principio genera movimiento, pero rápidamente la gente deja de querer hablar del eso. Aunque parezca liviano, te aseguro que no es para nada algo superficial.

–¿Por qué creés que cuesta tanto instalar la temática?

–Porque el machismo y el paternalismo todavía son muy fuertes. Las mujeres continúan creyendo que quieren lo que les dicen que deben querer por el hecho de ser mujeres. Esas resistencias se traducen en la vida en las empresas: algunas no buscan mujeres porque prefieren un empleado que no se embarace y que no tenga que ir al pediatra. Pero las que sí buscan mayor inclusión a veces no encuentran el talento femenino en sus búsquedas, porque las mujeres no aplican a ciertos puestos. También hay organizaciones que dicen que quieren fomentar la diversidad y la inclusión, pero en verdad no hacen nada. En Latinoamérica el desafío recién está empezando y hay que trabajar mucho y en conjunto.

–¿De qué manera?

–Teniendo una filosofía, pero fundamentalmente dándole un marco legal a la cuestión de género. Ninguna realidad cambia sin legislación clara que garantice que los derechos se respeten. Hay compañías que todavía piden que las candidatas para un determinado puesto envíen foto y consignen su estado civil, eso debería ser ilegal. Del mismo modo debería serlo que acoten las búsquedas de trabajo a un determinado grupo de edad: si tenés 30 no, porque vas a querer tener hijos; si tenés más de 45 no, porque te consideran vieja. Hasta que no se llegue a ese primer paso, la igualdad de oportunidades es imposible.

–¿Qué autocrítica podemos hacer las mujeres cuando nos falla el envío del mensaje de género?

–Nuestro error fundamental ha sido hablar sin hacer que el hombre se sienta incluido en la misma conversación. Hay un cambio de paradigma y las viejas estructuras ya no funcionan. Tenemos que encontrar un nuevo lugar donde pararnos, de eso se trata. Si me preguntás, me considero una feminista, porque busco iguales derechos y oportunidades para todos los seres humanos, pero entiendo que imponer ideas desde la confrontación nunca funciona. Por eso, las mujeres que estamos llevando adelante proyectos destinados a favorecer el crecimiento de más mujeres, tenemos que incorporar a los varones y aprender a hablarles desde otro lugar, donde no haya un “ustedes contra nosotras”. El proyecto de cambiar la sociedad desde la pelea entre los géneros no es viable y esa es la vuelta de tuerca que hace falta darle en América Latina para alcanzar el equilibrio.

–¿Y cómo se hace?

–Lo hablamos. Yo te digo cómo y por qué apoyo el crecimiento de la mujer y te invito a conversar acerca de las maneras posibles de hacerlo juntos, para que vos también te beneficies. No hay peleas ni gritos de por medio.

–¿Cuál ha sido para RSM el recurso más hábil a la hora de llamar a los varones?

–Uno de los primeros recursos para apuntar a hombres más receptivos, es hablarles a quienes tienen hijas mujeres. Esos son tus mejores aliados, porque a ellos ya les cambió la vida. Aun cuando estén casados con mujeres que trabajen en sus casas, a la hora de criar a sus hijas buscarán que no estén limitadas por su género. Mi papá, que es médico, se casó con mi mamá, cuyo mayor objetivo en la vida era cuidar a sus hijos. Y fue él, criado bajo la lógica de un machismo a ultranza, quien me impulsó a buscar mi propio liderazgo. Por eso, los ejecutivos padres de mujeres son una gran carta para el cambio, porque ellos harán llegar el mensaje a otros hombres.

–Hay un nuevo varón, eso está claro. ¿Cuánto falta para que asuma un verdadero protagonismo?

–Sí, hay nuevos varones, criados con madres que trabajan y acostumbrados a construir una familia a la par de la mujer. Pero todavía en el mercado laboral existe un alto porcentaje de hombres para los que esa no es la realidad. Y esos varones nuevos, que recién ingresan al mercado, todavía no tienen el suficiente volumen como para cambiar la cultura. A medida que vayan entrando más, van a pedir mayor flexibilidad, más días por licencia de paternidad, más idas al pediatra… Creo que será un proceso natural.

–¿Cuáles son las claves para trabajar mientras tanto?

–Crear círculos es fundamental, eso está en el centro de nuestra metodología a la hora de construir en cada organización una comunidad de confianza. La idea es trabajar en los retos que se presentan, en los desafíos y en poder conseguir un apoyo mutuo, sin importar géneros ni rangos. Eso genera la certeza de que todos siempre podemos aportar algo. Al mismo tiempo permite promocionar grupos de mujeres enteros, algo importante, porque una de las razones por las cuales es difícil sostenerlas en puestos de toma de decisión, es que en general solo sube una y está rodeada de hombres. En principio, muchas tienden a masculinizarse para encajar. Luego, el hecho de que una mujer tenga que representar a todas las mujeres, siempre es difícil. Lo ideal es que las mujeres no suban solas, de otro modo desarrollan el síndrome de la abeja reina y no dejan que suba ninguna otra, porque solo hay lugar para una. Se trata de abrir el juego.

–En ese sentido, ¿cómo ves la cuestión en el mercado laboral argentino?

–Acá hay una cuestión cultural negativa muy arraigada en el hecho de que la mujer todavía esté agradecida de tener trabajo. No quiere sacudir el bote para que no la echen y siente muchos temores. Tampoco hay una estructura clara en todas las casas y muchas aun no han renegociado los roles domésticos para tener la posibilidad de desplegar sus carreras. Sin embargo, veo que muchas tienen algo a favor: cuentan con ayuda de empleadas domésticas que, como mujeres que son, apoyan a la hora de cuidar.

–¿Qué nos falta aprender?

–A identificar lo que una quiere, a pedirlo y a hacer networking integrándolo para encarar la vida laboral. Para eso las mujeres tenemos un gran potencial, porque es lo nuestro: creamos redes desde siempre. El tema es que dejemos de hacerlo solo para la familia y los amigos, y comencemos a usar ese recurso también en el entorno profesional, que es algo que los hombres sí hacen. Además, hay que aprender a hablar de una misma, ser una marca personal. Refinarla, potenciarla, utilizarla para atraer nuevas oportunidades…

–¿Qué te genera la palabra empoderar?

–No me gusta hablar de empoderamiento. La palabra no existía acá y ahora se escucha en todas parte. No está mal, pero creo que deberíamos referirnos al autoempoderamiento. Nadie puede pasarte un poder: ni el de arriba, ni un hombre, ni siquiera otra mujer. No hay varitas mágicas que empoderen, a lo sumo seres que inspiran.

–¿En tu caso cómo te autoempoderaste?

–Soy licenciada en Letras, así que solo soñaba con escribir. Después llegó la oportunidad de ser empresaria. Fue un gran tema de análisis: ¡me crié con muchos prejuicios! Pero pude dar la vuelta necesaria para unir esas dos cosas y poder ayudar además a otras mujeres. En mi caso, la fuerza más grande fue descubrir que los seres humanos, sean varones o mujeres, siempre nos enriquecen.

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