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3 enero, 2018 | Por

MARIANA CARRIZO: La vida en coplas

Creció entre los cerros salteños, donde aprendió el arte del canto ancestral con caja. Desde muy chica atendió el llamado del arte, atravesó obstáculos y hoy cumple su sueño en escenarios de todo el mundo.

Por: Carolina Cattaneo. Fotos: Fidela Carrasco.

Su biografía es una copla. Cuatro versos dulces que mantienen viva una tradición milenaria. En esa sola copla cabe su esencia, y Mariana Carrizo la canta siempre que puede, abrazando su caja y como quien dice un rezo, quizá porque hacerlo una y otra vez es recordar quién es, de dónde viene, que está viva. Dice así: “Yo soy hija de la luna. Nacida del rayo del sol. Hecha con muchas estrellas. Mujer de mucho valor”. Representante del canto ancestral con caja, figura siempre presente en el Festival de Cosquín, artista invitada en países como España, Cuba, México, Colombia, Brasil o Portugal, la cantante salteña, criada en la silenciosa magnitud de los Valles Calchaquíes, recita esos cuatro versos y enseguida recuerda: “Cuando yo era chica, y vivía con mi abuelita, atrás de la casa había un cerro; y en la punta del cerro había un cardón. A mí me gustaba mirar la salida de la luna: aparecía de a poquito detrás del cerro e iba marcando la silueta del cardón. Esa copla pinta la postal a la que pertenezco, relata de dónde soy”.

Es un día de semana y Mariana Carrizo llega al bar acordado para la entrevista abriéndose camino entre la multitud apresurada que circula esta mañana por la taquicárdica Buenos Aires. En el café suenan tangos, pero el acento norteño y la serena cadencia de Mariana Carrizo conviven en medio de la atmósfera porteña. Con su pelo sujetado en una trenza oscura hasta la cintura, la coplera cuenta que vino de paso a Buenos Aires desde Salta, donde vive, para trabajar en su cuarto disco, y también para ajustar detalles del espectáculo Jueves de comadres, que por estos días y hasta fin de año la iba a tener de gira por el país.

Delante de un café que tomará despacito, Mariana Carrizo comienza a contar que Jueves de comadres es un espectáculo donde ella recrea sobre el escenario un momento de reunión entre mujeres, un rito ancestral norteño que se realiza antes de cada carnaval.

–¿Qué es comadrear?

–Pertenezco a una cultura ancestral de pueblo adentro. Allí comadrear es encontrarse para estar en complicidad, donde entran la risa, el llanto, los secretos, los juegos, cosas pura y exclusivamente de nosotras, para nosotras. Comadrear podría ser equivalente a sororidad, un término muy actual, más citadino

–¿Qué lugar ocuparon en tu vida las mujeres?

–Hubo muchas mujeres en mi vida. Vivimos con mi mamá en la casa de mi abuela, que era como la abeja reina. Cuando íbamos a pastorear las cabras a los cerros, la mayoría éramos mujeres. Ahí yo recibí oralmente la sabiduría cotidiana de las mujeres.

–¿Ibas a pastorear cabras a los cerros?

–Siempre, de chiquita. Ahí empecé a cantar. La gente en aquellos lugares tiene su majadita, vive de eso: de la lana, de la carne, de la leche; entonces, teníamos unas cabritas y salíamos a los cerros a pastorear todo el día. Y allá, durante el tiempo que pastoreás, se hila, se canta, bueno, se está en las diferentes actividades con el tiempo que va trascurriendo.

–¿Cómo es cantar pastoreando?

–Este canto es de esos lugares, natural de aquella zona, es una expresión cotidiana, espontánea, íntima. Íntima porque es un canto que, si bien a veces se canta de manera colectiva, como en los carnavales, donde hay ruedas de hombres y mujeres, es una expresión del ancho de la vida. Y esto se canta cotidianamente mientras se pastorea, como cuando cantás una canción en la ducha. Es parte del aire que respirás. Los Valles tienen su forma de cantar, la Puna la suya, el monte la suya; va variando. Cada paraje, cada pueblo, le va poniendo su impronta, la textura de su sentimiento que va tallando el canto.

–Quiere decir que a tus primeras coplas las escuchaste pastoreando, no en la radio, por ejemplo.

–No, es más, allá no había luz. Mi primera música fue el río, el agua, los pájaros, los truenos, el viento. Esos fueron mis primeros audios –ríe–.

Mariana Carrizo es la mayor de siete hermanos. En Internet, distintos artículos sobre ella dicen que nació en 1976, en 1977, en 1978. Ella dice que nació en todos esos años, un poco para eludir el dato de la edad, otro poco para divertirse. Lo cierto es que nació en Angastaco, en 1978. Hasta los 5 años vivió en esa zona rural de Salta; más tarde se mudó con sus padres a un pueblo vecino, San Lorenzo, y luego a la capital de la provincia.

–¿Cómo fue crecer en el campo?

–Al pie del cerro está la casa de mi abuela y a doscientos metros pasa el arroyo. Y arriba del cerro, el sol, la luna, los cardones y los cóndores. Cuando era chica, y estábamos en los cerros, mi primer sueño era alcanzar con mi canto el vuelo de los cóndores, que ellos me escuchasen. Ese era mi juego. Y yo cantaba lo más fuerte que podía.

Esas aves imponentes, planeando entre las nubes mientras Mariana y las mujeres de su familia pastoreaban, inspiraron el vuelo de la futura cantora, aquella que, siendo adolescente y, tras recibir de regalo un casete de Leda Valladares, iría tras sus pasos y también iría tras los rastros de mujeres ignotas de otros tiempos, que, como sus ancestros, fueron dejando coplas entre los cerros. Por esa búsqueda, más tarde, en el perfil de LinkedIn de Mariana Carrizo, diría que, además de coplera, cantante y poeta, también es recopiladora. Parte de los versos que encontró buscando en parajes del Norte conforman hoy su repertorio. Otra parte, coplas que improvisa, y otro tanto, como en su próximo disco, temas del cancionero latinoamericano.

–¿Qué decían tus padres de tu inclinación por el canto?

–No lo entendían, y creo que, hasta el día de hoy, no lo entienden. Son gente de campo, y que su hija se abocara a una actividad como esa no estaba en sus esquemas.

–¿Cómo fue creciendo tu inclinación artística?

–Subí a los 8 años a un escenario; para mí ese fue mi punto de partida, tenía muy claro el sentimiento, ese fuego interior por cantar. No había nada más importante. Peleé con mis padres y con quien fuese para cantar, mi papá me azotó mil veces porque me escapaba. Me escapé a los 13 años en la bodega de un colectivo para ir a cantar a un festival en la provincia de Tucumán. Nadie sabía nada de mí. Yo fui a pedir para actuar. Como cantaba coplas, me dijeron que eso a la gente no le interesaba; entonces, no me dejaron cantar y me tuve que volver a dedo, sola, muerta de frío y de hambre. Volví  a mi casa y puse el lomo para que me dieran la paliza. En ese tiempo era normal.

–¿Y de qué manera llegaste a los primeros escenarios?

–Yo me enteraba de los festivales e iba y molestaba a los organizadores hasta que me hacían subir al escenario. Alguien me llevaba o yo pedía permiso para ir. En mi pueblo fueron todos cómplices. Les pedía ayuda al intendente, al comisario, a todas las autoridades: alguno tenía que ir a hablar con mi papá y decirle: “Dejala ir” –recuerda y ríe–. Y si así no lo lograba, buscaba ayuda por otros lados. Hasta en el cura. Para mi papá, que era el jefe de una familia patriarcal, era anormal y hasta indecente que una mujer pretendiese eso. Él le decía a mi mamá que no quería que yo fuera cantante “porque la china se iba a hacer mala vida”. Mala vida era andar en los escenarios. Él quería que yo fuese monja.

–¿Cómo le escapaste al monasterio?

–Cuando estaba por terminar la primaria, mi papá ya había hablado con alguien para que me llevase a la ciudad a un colegio secundario interno de monjas. Pero ese año, por ley, se cortaron todos los internados. Me salvó la campana.

–¿Te quedaste en el pueblo?

–Claro. Y después fui mamá a los 16 y a los 18 años. Y mis dos hijos fueron mi pasaporte a la libertad, digamos.

–¿Te casaste?

–No. Ni me casé ni me casaré. Soy madre soltera.

–¿Tus hijos conocen al papá?

–No. Se los llevó el viento zonda –dice, y emite una carcajada–.

–¿Por qué decís que ellos fueron tu pasaporte a la libertad?

–Porque mi papá me echó de mi casa. Y yo me tuve que hacer sola; lo principal era cantar y, bueno, sobrevivir.

–¿Trabajabas?

–Sí. Vendía flores, cantaba, vendía masitas dulces, repostería regional, cantaba coplas para las parejas, les vendía la dedicatoria. Me las ingeniaba. Veía una pareja y le decía: “¿Querés regalarle una copla de amor a tu pareja?”. Y les cobraba un equis dinero. Era cantora ambulante.

–Suena romántico pero debe haber sido duro.

–No, para mí fue un juego. Y aparte era un desafío. Yo me divertía.

–¿De qué manera te abriste camino a la música profesionalmente?

–Al andar. Siempre al andar. A los 18 años conseguí cantar en el Tren de las Nubes, vagón por vagón. Cada viaje eran diez shows. Ahí yo podía vender mis casetes y algunos me dejaban propina. Fue muy rico para mí; yo iba a cantar para gente que no iba a ver un espectáculo musical, sino un espectáculo natural. Era gente que venía de todo el mundo y en cada vagón tenías todos los idiomas del planeta; entonces, yo tenía que desarrollar una comunicación para transmitir lo que estaba diciendo con el canto. Fue intuitivo. Tenía que llegar al público y me las ingeniaba. Los días que no había viajes en tren, iba a los festivales. En el Tren de las Nubes estuve hasta 2003. Dejé porque era muy agotador. Ese mismo año me llamaron de Cosquín.

Y en Cosquín, allí donde suena lo mejor de la escena folclórica argentina, donde los mayores talentos brillan bajo el cielo de verano, Mariana Carrizo fue catapultada a la popularidad con el premio Consagración. La chica a la que Horacio Guarany supo llamar “la salteñita de los valles” fue, más tarde, invitada al programa del Chango Spasiuk, a tocar con músicos como León Gieco, Lila Downs, el Chaqueño Palavecino o Peteco Caravajal; la misma que, en palabras del jazzista Leo Genovese, líder argentino de la escena del jazz neoyorquino, “tiene la capacidad, con su voz y con su caja, de capturar las emociones de la vida a través de la experiencia sonora”.

–Tu perfil de Facebook dice que sos “Coplera por libertad. Cantora por necesidad”. ¿Cuál es esa necesidad?

–Yo, cuando canto, siento que existo. Punto. Eso me pasa. Sin cantar, estaría apagada.

–¿Qué cosas evocás al cantar? ¿La compañía humana o el contacto con la naturaleza?

–Es todo. En esos lugares, somos una parte más de la naturaleza, no estamos desprendidos. Somos flor, tierra. Eso somos. Para mí el canto está en todas partes. Cuando era chica, la música era sentarme debajo de un árbol y escuchar los pajaritos, cada uno de sus trinos; o el río, cuando bajaba o cuando crecía; los truenos. Cada uno tenía un sonido diferente de acuerdo con el lugar en el que estuviese ubicada. Y eso está adentro mío, de eso estoy compuesta.

–¿Qué es la copla para vos?

–La copla es una estrofa de cuatro versos que llegó con la Conquista y echó semillas en América. Luego cada pueblo le puso su ropita, su color. La copla en cuatro versos es una copla antiquísima que habita en España vaya a saber desde qué año, quizás antes de que España se uniera, y esa misma copla se la canta en los Valles de una forma, en Colombia de otra forma, en México de otra, y así. Representa la esencia de un lugar. Entonces, cuando canto una copla, estoy cantando mi pueblo, estoy cantando mi pueblo –enfatiza–.

–¿De quién se aprende?

–De todo el pueblo. Todo el mundo canta coplas: para sí mismo, de manera introspectiva, pero todo el mundo dice su vida en una copla. Son creaciones propias, y otras son antiquísimas, estrofas que vinieron del cancionero popular español y perduran; no se conoce el autor. La copla, cuando pasa a ser copla, ya se desconoce el autor. Supongamos que yo improviso una copla. Y si esa copla se quedó en alguna de las personas que me escucharon, y la repite, sigue viviendo con el tiempo: esa copla va a ser una copla del pueblo, ya no mía. En el canto de la copla canta no tan solo uno como ser vivo, sino que sos un canal de voces antiguas. Entonces, cuando cantás, hay un socavón que se abre donde cantan todas esas voces que están ahí dentro, que habitan ese canto. Es una expresión espiritual.

 

Mirá el video de Doña Ubenza, en el que Mariana Carrizo interpreta una canción de Chacho Echenique.

 

 

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