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21 mayo, 2018 | Por

Marcelo Aitor Manetti Lamas: Las tradiciones sagradas, aquí y ahora

Los seres humanos, nos dice este médico y estudioso de textos milenarios, podemos encontrar respuestas a nuestras preguntas fundamentales en el fondo común de todas las religiones y filosofías. Ellas comparten la idea de que para alcanzar la trascendencia, es necesario superar la idolatría del yo.

Por Carolina Cattaneo. Foto: Martín Pisotti.

La vida es un viaje y los seres humanos somos caminantes que andamos el trayecto motivados por una inquietud profunda que viene de lejos y viene de adentro, peregrinos que transitamos nuestros días en busca de algo que no sabemos muy bien qué es, cómo se llama o cuál es su origen. Nos hacemos preguntas, ensayamos respuestas. Insatisfechos, continuamos
andando: intuimos que algo nuevo o que percibimos como necesario nos espera unos pasos más allá. Y entonces seguimos.

Palabras más, palabras menos, así es como Marcelo Aitor Manetti Lamas describe en su libro La tradición (Ediciones del Camino, 2014) al trayecto que hacemos las personas en nuestro tránsito por la vida, el recorrido existencial que seguimos en este “laberinto que es el mundo” mientras nos preguntamos por el sentido; la pregunta que, escribe, da inicio al viaje y nos impulsa siempre a través de él.

En esas páginas, el autor –argentino, 58 años, médico que se desempeñó durante dos décadas en guardias, servicios de emergencias y ambulancias, y que hoy se dedica a la enseñanza de la osteopatía, la quiropraxia y la medicina china– desarrolla con erudición el conocimiento adquirido desde los 14 años, cuando comenzó a leer textos antiquísimos de culturas desconocidas y geografías remotas. En su libro postula que, faltos de respuestas por parte de las ciencias o la tecnología, en ocasiones confundidos por espejitos de colores de diversa índole, los seres humanos podemos encontrar respuestas a nuestras preguntas fundamentales en la espiritualidad tradicional, en ese “trasfondo común a todas las religiones, filosofías, creencias y culturas, que se transmite desde tiempos inmemoriales (en sentido estricto, desde los orígenes mismos de la humanidad), de persona a persona, a través de la palabra (en forma oral y escrita) y a través de símbolos (con la forma de la imagen, el sonido y el relato mítico)”.

En Sophia quisimos conocerlo, le propusimos entrevistarlo y él, cargado de un entusiasmo enorme, dijo que sí. Llegó a la redacción un miércoles, nos trajo de regalo su segundo y más reciente libro, Relatos del joven y el anciano (Ediciones del Camino, 2017) y, con un lenguaje cercano y de un humor espléndido, respondió a nuestras preguntas. Como quien saca de un cofre valiosas reliquias, Marcelo Aitor Manetti Lamas fue citando autores, textos sagrados y hasta canciones para ampliar sus respuestas o aclarar los conceptos. La Biblia de Jerusalén o el Tao Te Ching, el Corán o Los Vedas, el Bhagavad Gita o Upanisad: todo un pozo de sabiduría contenido en muchos de los libros que la humanidad supo atesorar durante milenios, donde habitan las tradiciones sagradas.

–En tu libro decís que las respuestas a las preguntas fundamentales del ser humano deben buscarse y pueden hallarse en el ámbito de la espiritualidad tradicional. ¿Qué es la espiritualidad tradicional?

–La tradición primordial, la filosofía perenne, es lo que tienen en común, no en particular, todas las filosofías, culturas y religiones del mundo. El fondo común. Después, el modo en que cada filosofía, cultura y religión desarrolla eso es particular e individual, y tiene que ver con aspectos variados, con una forma de pensar, con
una lengua y hasta una región geográfica; se adapta a cada grupo. Lo que tienen en común serían las respuestas a las preguntas fundamentales, aquello que, si tuviéramos que reducir al mínimo, diríamos que es correr del centro de la escena al propio yo. Bajar la idolatría del yo y hacer lugar al tú, al otro. Todas, de diferentes maneras, dicen lo mismo. No matar, no robar, no mentir. No hay ninguna religión ni cultura del mundo que diga: “Matá, roba”. ¿Qué tienen en común no matar, no robar, no mentir? No imponer al otro el propio yo. Porque si mato, me apropio de tu vida; si robo, me apropio de tus pertenencias, y si miento, me apropio de tu voluntad, entonces, impongo mi yo. Eso que tienen en común todas las religiones está al servicio de algo, no está porque sí. No es simplemente por el dogmatismo de “porque lo dijo Dios”, dogmatismo que nunca me convenció demasiado.

Los libros de Manetti son fruto de una profunda investigación sobre saberes espirituales.

–¿Y cuáles son esas preguntas fundamentales a las que te referís?

–Son las que nos formulamos todos en algún momento de la vida. ¿Qué hacemos acá? ¿Para qué estoy acá? ¿Y yo quién soy? ¿Soy lo que dicen mis viejos que tengo que ser? ¿Soy lo que dice la sociedad en la que vivo? ¿Y yo qué quiero ser? El quién, más o menos, está respondido: Juan Pérez, Pedro, María, primo de, hermano de. Pero eso no me define. ¿Qué soy?, en esencia, es la cereza del postre, y ahí también coinciden las religiones. ¿Qué soy? Una partícula divina. Después, cada uno le da un nombre. El hindú dice que es el atman, el chino dice que es el yen, el hebreo dice que es el ruaj, etcétera. ¿Y desde la filosofía? Todas las filosofías, hasta la más materialista, dicen que hay una instancia, que no es la meramente visible, que hace que uno exista. Quizás al filósofo materialista no le gusta la palabra Dios. Bueno, no creo que Dios se ofenda porque no uses su nombre. ¿Cómo querés llamarlo? ¿Energía? Dale. ¿La vida? Dale. ¿El quantum? Dale. Ponele el nombre que quieras. La pregunta por el qué soy, en última instancia, es una de las preguntas fundamentales.

–Si esa sabiduría o filosofía perenne está plasmada en las religiones, y a la vez en los libros sagrados y en la tradición oral, ¿por qué estaba al alcance de las personas tan atrás en el tiempo, y hoy pareciera que no hay respuestas para nada?

–No hay una respuesta totalmente satisfactoria a esa pregunta, no en el sentido de lo demostrable. En lo que ellas coinciden es en que existe desde tiempos inmemoriales, y eso no encajaría con un concepto meramente evolucionista. Todas las religiones coinciden en el concepto de revelación; aunque lo llamen de diferentes maneras, están hablando de lo mismo: en el origen ya estaba, se supo, se sabía. ¿Cómo? Qué sé yo. Conocimiento revelado. No me parece menos razonable eso que pensar que fue por aprendizaje, porque si uno hace el cálculo de probabilidades de aprender todas estas cosas por ensayo y error, no da.

–¿De qué vienen acompañadas las preguntas fundamentales de los humanos?

–Surgen del sufrimiento del contacto con la vida cotidiana, donde empiezo a descubrir que el mundo no es como yo quiero, las cosas no salen necesariamente como yo quiero, los demás no responden a mi voluntad, ¡casi nada responde a mi voluntad! Y de pronto empiezo a decir: “¿Yo quiero estar acá? ¿No quiero? ¿Cómo vine a parar acá? ¿Y puedo decidir? ¿Qué puedo decidir?”. Entonces, hay un sufrimiento, que es el del yo en contacto con el resto del universo, que es el no yo, el otro que también es un yo. Es un proceso que me lleva a la empatía y hay que hacer el duelo del propio yo, que en última instancia es el “niéguese a sí mismo” de Yeshua. Hay un cuento tradicional que habla de un viajero, un buscador espiritual, que un día llega a la puerta de la divinidad, golpea y una voz desde adentro pregunta: “¿Quién es?”. El buscador dice: “Soy yo”. La voz le contesta: “Entonces, andate, porque no hay lugar aquí para un yo y un tú”. El tipo queda perplejo: “¿Qué me perdí?”, se pregunta; medita, queda dando vueltas por el laberinto del mundo, vuelve, golpea, y la misma voz dice: “¿Quién es?”. Y el viajero responde: “Soy tú”. Y la puerta se abre. Las preguntas van acompañadas de sufrimiento cuando buscamos desde el yo. Desde el “Yo quiero”. En la poesía “El Golem”, de Borges, hay una parte que dice: “Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones”, etcétera. Ese “sediento de saber lo que Dios sabe” es la clave del error. El personaje del Golem era un sabio, pero un sabio que buscaba desde su yo. Hay sufrimiento en la búsqueda de las respuestas. Y las respuestas están implícitas en los textos tradicionales. No nos dicen: “Es tal cosa”; nos dicen: “Pensá”. Los datos están.

“Hay un sufrimiento, que es el del yo en contacto con el resto del universo, que es el no yo, el otro que también es un yo. Es un proceso que me lleva a la empatía y hay que hacer el duelo del propio yo, que en última instancia es el “niéguese a sí mismo” de Yeshua”.

–¿A qué nos invitan los textos tradicionales, o libros sagrados?

–A reflexionar, con la sinceridad de decir: “No lo entiendo”, “No me cierra”, “Esta mirada no; a ver la otra”. Sería tomar una postura de complementariedad. A lo mejor me resulta mucho más fácil la explicación con una simbología hindú para una pregunta, y a lo mejor esa me permite entender lo que dice la Torá de otra manera. O viceversa. El estudioso René Guénon hablaba de que la verdad se defiende a sí misma. Está ahí. Parece que no, pero si uno persiste en la búsqueda, formula correctamente las preguntas, en algún momento, las respuestas aparecen. Como la célebre frase de que cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece. Guénon hablaba con frecuencia de la antitradición. Afirmaba que la tradición y la filosofía perenne estaban, y decía: “Pero no es la única fuerza que mueve al mundo”. Hablaba del interés específico en que estemos confundidos. La persona confundida es fácilmente manejable, para fines económicos, sociales, políticos, individuales, desde olo más cotidiano.

–¿Qué es la antitradición?

–La antitradición no tiene cara; si no, identificarla sería más fácil. Es simplemente el conjunto de personas que se benefician de la confusión. Entonces, ahí aparecen las falacias, que parecen verdad pero son mentira, los falsos gurúes, los falsos profetas, los falsos políticos; es la falsedad, la falsificación. Una de las cosas de las que se vale la antitradición es negar que haya ciertos principios, como el de no imponerle al otro el yo, que en realidad es principio en sentido de la palabra: princips o arge, a partir de lo cual algo se forma. Desde ese punto de vista hablamos de “principio”, no como dogma. No robar, no matar, no mentir, no apropiarse de, no avasallar, no imponerse a. Es muy simple si hacés el ejercicio de imaginación inversa: ¿a mí me gustaría que me maten, me afanen? No. Entonces, es muy fácil imaginar que al otro tampoco.

–¿De qué tipo de vida nos separa negar estos principios?

–De una más auténtica, más empática, más sincera, y, de alguna manera, nos separa de nosotros mismos, porque ya no puedo pensar con claridad por qué, ni para qué, ni cómo, ni quién soy, ni qué.

–Asistimos a lo que muchos consideran una epidemia de depresión, ansiedad y angustia. ¿Qué relación encontrás entre eso y la forma en que vivimos?

–La depresión, la angustia y la ansiedad son una tríada que se retroalimenta. Tiene que ver con mi esfuerzo de imponerle mi yo a la vida, con autoengañarme y decir “el mundo funciona así” y tratar de que se adapte a mis deseos, a mi voluntad. Por eso, algunas de las herramientas que la tradición ofrece como práctica son el aquietamiento, el silencio y la soledad.

“La antitradición no tiene cara; si no, identificarla sería más fácil. Es simplemente el conjunto de personas que se benefician de la confusión. Entonces, ahí aparecen las falacias, que parecen verdad pero son mentira, los falsos gurúes, los falsos profetas, los falsos políticos; es la falsedad, la falsificación”.

–En tu libro incluís un apartado sobre la espiritualidad en la vida urbana. ¿Por qué habríamos de tener una vida espiritual?

–Porque si uno tiene una cierta búsqueda, es el lugar de lo posible. ¿Dónde es posible? Aquí. ¿Y cuándo es posible? Ahora. Si no, pasa lo que pasa muchas veces: está el que viaja por gusto, y está el que viaja creyendo que si se va al Tíbet, va a encontrar la iluminación, la sabiduría, la paz. Pero la cabeza de uno viaja con uno. Uno viaja con uno. Y si estoy deprimido, ansioso o angustiado aquí, adonde me vaya me voy a llevar esa tríada. Esa sería la propuesta de la espiritualidad urbana: lo qué sí podés hacer en tu vida cotidiana, en función de tu búsqueda.

–¿Qué podemos hacer, entonces, para alcanzar una espiritualidad urbana?

–Enlentecer un poquito. Desacelerar. Si tengo que tomar el subte, tomaré el subte. Ok. ¿Qué puedo hacer si va lleno? Puedo agarrarme a piñas con el que me empujó, o puedo cerrar los ojos y recitar un mantra, respirar, meditar, rezar, ¡pensar! También puedo pavear con el celular, desde ya. O puedo elegir no tomar el subte y caminar contemplativamente.

–¿Cuál es la actitud del que camina contemplativamente?

–Observa, ve lo que no suele ver. Y, en realidad, contempla su interior. Porque si como es arriba es abajo, también como es afuera es adentro. La misma armonía numérica que uno ve en las ramas de los árboles, por ejemplo, el número de oro, está en nosotros: en la cara, en las manos, y está en el interior. La palabra contemplar tiene que ver con lo estético, pero también es cum templum: transformar en templo el aquí y el ahora. ¿Y qué es un templo? Es el lugar donde habita la divinidad. ¿Dónde habita? En cada uno de nosotros, incluido el árbol, el perro, la ameba. Heráclito tenía una frase que me dijo mi abuelo cuando era chico. Él me contaba que Heráclito estaba en la cocina (yo me lo imaginaba preparándose un mate) cuando llegaron a buscarlo unos filósofos griegos. Al verlo en la cocina, se quedaron ahí parados, y él desde adentro les dijo: “Entren, que aquí también hay dioses”.

–En el libro mencionás otras prácticas para la espiritualidad urbana, como la oración.

–La oración, en su sentido etimológico, significa hablar. Hablar con Dios. Rabi Najman, un maestro jasídico, tenía un término para orar, hitbodedut, que se traduce como “hablar con Dios” pero con las propias palabras. Para orar, no importa qué religión tengas o si tenés alguna. Lo que importa es qué le dirías a tu amigo. Siempre lo mangamos al pobre Dios y estamos negociándole cosas. Se supone que uno le pide lo que no puede, pero también le podés contar lo que pensás. Una vez estaba en Los Toldos, hacía un calor terrible y dije: “Me voy a tomar mate a la iglesia; total son las tres de la tarde y no hay nadie”. Se abrió la puerta y entró el padre Mamerto Menapace. Pensé que me iba a retar, pero me dijo: “¡Muy bien, mateando con Dios!”. Esa sería la propuesta de orar en la vida cotidiana. Podés ir al templo de tu religión, pero orar es simplemente hablarle a Dios, como dice la poesía de Machado a la que Serrat le puso música en la canción “Retrato”. Ahí dice: “Converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo espera hablar a Dios un día”.

LA TRÍADA CONTEMPLATIVA

“El aquietamiento, el silencio y la soledad componen una tríada contemplativa tomada de la regla benedictina y de Patanjali, dos extremos que coinciden”, explica Manetti Lamas. Estas tres prácticas acompañan la experiencia directa de la espiritualidad.

→AQUIETAMIENTO. A través de la respiración, se trata de caminar contemplativamente y de tomarse un tiempo. Si no lo tenemos, propone Manetti Lamas, “hay que hacer una reingeniería de la propia vida, porque puede ser que la persona se haya cargado de ocupaciones como excusa para no pensar y mirar hacia adentro”.

→SILENCIO. Su principal sentido es adquirir la disponibilidad para la escucha atenta y el ingreso en un ámbito interno de serenidad. Va de la mano del aquietamiento. Como herramienta útil, Manetti Lamas propone llevar un diario y escribir. Si no podemos hacerlo, bien vale grabar nuestros pensamientos con el teléfono.

→SOLEDAD. Al aquietamiento y al silencio debemos practicarlos, en principio, de manera individual, dispuestos a dedicarles tiempo cada día. Se trata simplemente de destinar ciertos momentos cotidianos para darles lugar. “La soledad tiene mala prensa; se la identifica con estar triste. Pero en realidad se transforma en tristeza cuando no puedo estar a solas conmigo mismo”.

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