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16 septiembre, 2019 | Por

Malena Higashi: “Cuando tenés paz interior se te nota en la cara, en los gestos, en la manera de caminar”

Practicante de té, egresada del programa Midorikai de la escuela Urasenke de Kioto, periodista y Licenciada en Letras, esta argentina descendiente de japoneses difunde la cultura del té en nuestro país y enseña Chado junto a su abuela, la maestra Emiko Arimidzu.

Malena Higashi retratada por la fotógrafa Laura Ortego. 

Por Agustina Rabaini

“Practicar Chado es una manera de despertar los sentidos. El aroma del té se siente cuando se lo mezcla con el agua caliente, cuando se lo bebe y también se observa su color verde intenso en contraste con la taza de cerámica sin asas, que se toma entre las manos. Además del gusto, entran en juego el olfato, la vista y el tacto. Tomar una taza de té puro es dar un paso a la tranquilidad”, explica Malena Higashi, practicante de té y periodista.

“Cha” significa té, y “do” camino. Lleva toda la vida estudiarlo y se practica de manera rigurosa, sabiendo que esa perfección nunca se va a alcanzar. Es un camino que te va dotando de sentido estético (maneras de apreciar lo bello) y sabiduría”, cuenta Malena, enfundada en un kimono azul con flores de ume (ciruelo) y muy cerca de su  abuela materna, la gran maestra de Chado Emiko Arimidzu, presidenta de la sede argentina de la escuela Urasenke.

Un viaje, un libro y un amor

El periodista Javier Sinay publicó el libro Camino al este (Tusquets, 2019) y allí cuenta el viaje que lo llevó a recorrer 15.000 kilómetros de Argentina a Europa y Asia, hasta reencontrarse con su novia, Malena Higashi. De su texto, fruto de un gran trabajo de investigación, viaje con mochila y rigor narrativo, Malena rescata un pasaje, un espejo de su propia historia de amor.
“Ahora estamos por tomar un té a la orilla del río Kamo. La corriente fluye suave y estamos sentados sobre el pasto (…) Higashi se sienta de rodillas en la posición tradicional de seiza y con sus manos une las puntas de su pañuelo rojo de seda, el fukusa, para hacer un triángulo. Luego repasa cada uno de los elementos para purificarlos y al mismo tiempo, en silencio, su mente y su corazón se vuelven claros. El té es un medio y el té es un fin”.

Malena Higashi también tiene nombre nipón, Miki, que significa “linda esperanza”. Nació en Buenos Aires y creció como una porteña más, pero supo oír el llamado de sus orígenes. “Cuando era chica volvía de los campamentos y pedía arroz blanco, gohan, sin nada arriba”, recuerda de un tiempo en el que todavía no entendía muy bien de dónde venía esa preferencia que dejaba muy atrás la leche chocolatada que pedían sus amigos a la tarde.

Pasaron los años, cursó y se graduó como Licenciada en Letras en la UBA y un día comenzó a adentrarse con pasión en el mundo de la ceremonia del té. Paso a paso fue transitando un camino propio como “persona de té”, algo distinto y que significa mucho más que ser solo parte de una cultura a todas luces fascinante.

Conocer Japón me llevó a descubrir mis raíces y cuestiones identitarias que intuía que estaban ahí, pero que pude entender mejor con los viajes. Me di cuenta que compartía valores con mi abuela, por ejemplo”, reconoce.

La mujer sonriente que la mira con su cabello negro y atuendo impecable, la guió en el arte de servir el té desde que era una adolescente. Ahora comparten el ritual de las ceremonia del té en las clases que dictan juntas. El 22 de septiembre, abuela y nieta participarán de una demostración de ceremonia del té en el Jardín Japonés, justo a tiempo para celebrar la llegada de la primavera.

Malena y su abuela Emiko, juntas en la escuela Urasenke de Kioto.

Verlas entrar a la sala de té, saludar a los invitados, y servir las tazas de Koicha (té espeso) y de Usucha (té liviano) con sus delicados dulces a un lado, escapa a las palabras. Para las ceremonias, traen el té de matcha desde Japón y la mirada de Malena, atenta a los gustos y hallazgos del mundo contemporáneo, insufla aire fresco e innovación a esta práctica milenaria. Fuera de los ámbitos japoneses, Malena desea que cada vez más argentinos descubran la cultura del té y llevarlo a las casas y a los parques, fuera del tatami.

Periodista de oficio, escribe artículos para distintos medios, entre ellos Amo Villa Crespo, una publicación de su barrio. Está casada con el periodista Javier Sinay y tienen un hijito, Manuel. De ese amor atravesado por las letras y la pasión por los viajes, nació un libro de crónicas, Camino al Este (Tusquets) que le valió a Sinay un premio del concurso de Letras del Fondo Nacional de las Artes en 2018 (ver recuadro).

La argentina comparte la milenaria ceremonia del té. Foto: Laura Ortego.

La vida, ese viaje infinito

A los 35 años, Malena lleva tiempo desandando la historia familiar: “Mis papás son argentinos y mis abuelos y bisabuelos eran japoneses. Mi abuela Emiko nació acá, pero a los ocho años sus padres la enviaron a Japón con su hermana mayor. Cuando volvió a la Argentina, tenía 18 años, y en ese viaje en barco conoció a mi abuela paterna. Mis papás se conocieron muchos años después, pero tengo fotos de ellas juntas en aquel viaje y fue una coincidencia hermosa”, cuenta entusiasmada, regalando los detalles.

El Chado es una disciplina que como el karate o el yudo es un “do”m un camino. Sus cuatro principios son armonía (wa), respeto (kei), pureza (sei) y tranquilidad (jaku); armonía con la naturaleza,  respeto entre al anfitrión y sus invitados. Y una pureza física y espiritual que se adquiere a medida que el practicante avanza con los principios.

—¿De qué otras maneras influyó en vos el contacto con Japón y su cultura? 

—En primer lugar, tuve la suerte de conocer a tres de mis abuelos y a dos bisabuelos japoneses, porque fueron muy longevos. A Japón viajé por primera vez a los 31 años, con mi mamá y mi tía, y en ese viaje pude conocer el pueblo de mis abuelos paternos y el de la familia de mi abuela. Estando ahí, me sentía como en casa. Empezaba el día comiendo arroz, un sabor muy constitutivo de la identidad. Los efectos de ese primer viaje fueron decantando en mí y quise regresar. Gracias a la Embajada de Japón, un año más tarde pude acceder a una beca del Ministerio de Relaciones Exteriores para periodistas Nikkei latinoamericanos y volví a Japón en febrero de 2016.

—En ese viaje conociste la escuela de Urasenke, donde después fuiste alumna… 

—Sí, la beca consistía en un viaje de una semana y recibíamos capacitaciones sobre historia y cultura japonesa. Todos los días nos llevaban a hacer actividades y en una de las salidas pude asistir a una ceremonia del té en la escuela de Urasenke con sede en Tokio (N. de la R: Más tarde sería alumna de Urasenke sede central, en Kioto). También fuimos a ver una práctica de Sumo y visitamos un estudio de manga y animé; cuestiones ancladas en el corazón de la cultura japonesa.

—¿Por qué decidiste estudiar té y cómo fue la experiencia en Urasenke?

—La beca Midorikai de Urasenke me permitió estudiar durante un año en Kioto. Éramos ocho personas de distintas partes del mundo y fue muy interesante poder estar en esa escuela tan tradicional de Japón, iniciada por el gran maestro Sen no Rikyu, que falleció en 1591. Supieron dar a conocer la cultura del té fuera del país y hoy Urasenke tiene sedes en todo el mundo;  mi abuela Emiko preside la sede en Buenos Aires. Estando allá, primero me enseñaron cuestiones básicas como caminar sobre el tatami, purificar algunos elementos y corregir los movimientos. Luego fui aprendiendo distintos procedimientos para preparar el té; lleva tiempo aprender a perfeccionarlo y dominarlo. Uno siempre tiene que seguir estudiando, esforzándose y volver al punto cero. Nunca decís que lo sabés todo, eso no es japonés.

—Tu abuela Emiko Arimidzu fue condecorada por el Gobierno Japonés por su aporte en la difusión de la cultura nipona en nuestro país. ¿Cuándo supiste que querías seguir sus pasos, cuánto hubo de mandato y cuánto de elección?

—En un país con tanto psicoanálisis como el nuestro, hay una distancia grande con lo que ocurre en Japón, donde las tradiciones se heredan de padres a hijos, y no se cuestionan. Yo crecí en Buenos Aires, mi abuela empezó a estudiar Chado a los 50 años, mi madre y mi tía no y yo llegué al mundo del té por elección. En un momento, trabajaba en la CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares) y al salir,  tomaba clases con mi abuela. Ella me esperaba con los elementos, me daba permiso para llegar tarde alguna vez, y siempre me dejó realizar mi práctica. Me dio una gran libertad y confianza, pero creo que nunca pensó que yo iría a Japón a estudiar. Me formé en literatura, me dediqué al periodismo y tenía una vida laboral bastante organizada, hasta que esto me empezó a llamar cada vez más.

—¿Leías los libros sobre el té y toda esa sabiduría que conllevan? 

—Sí. Mi abuela me había dado libros escritos por grandes maestros y se juntaban en un rincón de mi biblioteca, hasta que un día los fui a buscar. Vi que había cosas subrayadas, y en ese acercamiento, me sentí cerca de la filosofía y la estética del té, supe que tenía que ver con mi  búsqueda. Hoy vivimos muy dispersos y el té ayuda a concentrarte en una sola cosa. Durante la ceremonia hay que hacer una sola taza para tu invitado y esa atención es fundamental para que salga bien. De a poco me fui dando cuenta de que los pequeños actos cotidianos en relación al té, se podían aplicar a mi día a día. El concepto de chajin, tea person o persona de té refiere en Japón a personas muy tranquilas que pueden lidiar con imprevistos sin estresarse. Son personas amables que saben ser buenos anfitriones. Tienen paz interior, y cuando tenés paz interior se te nota en la cara, en los gestos, en la manera de caminar. Por eso decimos que el té contribuye a la paz del mundo.

Para la cultura japonesa el té fomenta la unión y la paz. Foto: Laura Ortego.

“El concepto de chajin, tea person o persona de té refiere en Japón a personas muy tranquilas que pueden lidiar con imprevistos sin estresarse. Son personas amables que saben ser buenos anfitriones. Tienen paz interior, y cuando tenés paz interior se te nota en la cara, en los gestos, en la manera de caminar. Por eso decimos que el té contribuye a la paz del mundo”.

—¿Cuánto cambió tu vida desde entonces? ¿Cómo es tu actividad laboral ahora? 

—Cuando surgió la posibilidad de estudiar en Kioto, no lo dudé un segundo, pero me preocupaba distanciarme de mi novio y actual marido, Javier. Tenía que concentrarme en lo que estaba haciendo y no podía salir mucho de la escuela, pero nos comunicábamos y al final pudo visitarme dos veces, pasamos las vacaciones de verano juntos. De ese viaje nació el libro de Javier, Camino al Este y yo estoy escribiendo otro sobre el año que pasé en Urasenke como estudiante. En el libro cuento la historia de mi abuela y de mis maestros, Sen no Rikyu y Daisosho, dos grandes referentes en el tema. Además, sigo difundiendo la cultura del té a través de artículos periodísticos y encuentros destinados a una público más general.

—¿Y las mujeres japonesas? ¿Qué lugar y rol ocupan en el Japón actual? 

—La sociedad japonesa sigue siendo machista y es algo estructural, viene de larga data. Aun así, la mujer ocupa otros roles fuera de la casa. Hoy tengo amigas japonesas solteras que no quieren casarse, ni hablan de tener hijos y están muy contentas con su vida profesional. Al mismo tiempo, en la institución donde estudié, el té está muy ligado al ámbito masculino, porque los grandes maestros han sido hombres. De cada cuatro o cinco maestros, en mi escuela había una sola mujer. Pero también hay que decir que cada vez hay más sensei mujeres dando clases particulares fuera del mundo académico.

—¿Qué dice tu mamá sobre tu recorrido y cómo vivió este proceso suyo hasta abrazar lo japonés? 

—Mi mamá siempre estuvo muy cerca, pero tanto ella como mi tía no se criaron en un ambiente de té. Mamá es contadora y con ella comparto la pasión por la cerámica japonesa y el placer de la comida, el cine y las flores. Es muy buena cultivando orquídeas. Ahora también me acompaña con mi hijo y vamos encontrando nuevos intereses en común.

—Por último, ¿qué significa “ichi go ichi e”?

—El té está ligado al momento presente, al estar aquí y ahora, en este lugar. Ichi go ichi e significa que este instante es único e irrepetible, y que lo que ocurre ahora pasa y no vuelve más. En el tokonoma, el espacio  de honor dentro de la sala de té, se cuelga una caligrafía y esta es una de las frases que pueden leerse ahí. Nosotros podemos volver a compartir una taza en un mismo recinto, pero las condiciones y el clima van a ser otros, y nosotras también seremos otras. Ichi go ichi e es un concepto precioso, pura sabiduría japonesa.

El domingo 22 de septiembre a las 15, Malena y su abuela harán una demostración de la ceremonia del té en el Jardín Japonés. ¿Te gustaría saber más sobre esta milenaria práctica? Toda la info está en facebook.com/urasenkeargentina

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